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  • En Trigo limpio, Juan Manuel Gil aúna la libre imaginación con la teoría bastante ironizada sobre la urdimbre retórica de cuanto se fabula
  • El propio autor se parodia y se divierte consigo mismo —suponiendo que sea el narrador del libro—, alejándose de la solemnidad 

Publicada el 14/05/2021 a las 06:00

Trigo limpio
Juan Manuel Gil
Seix Barral
Barcelona
2021

La literatura de Juan Manuel Gil (Almería, 1979), al menos hasta el momento, ha sido capaz de cuestionar esos cimientos sobre los que se sostiene nuestra noción de realidad y de fantasía. Además, lo hace con la sutileza de una estética dilatada a lo largo de una mínima historia cuya tensión, a medida que avanzamos en su lectura, nunca decae, mantiene el interés durante el tiempo que sostenemos el libro y, una vez terminada su lectura, merece la pena que sea tenida en cuenta. El narrador Gil ha aprendido a desdoblarse, a mirarse desde fuera y a construir ficción con el material de la vida cotidiana que, en materia de invención y fingimiento, resulta uno de los mayores desafíos de la escritura a que un narrador pueda someter su obra.

El almeriense ha supeditado su narrativa a un exigente proceso creativo que iniciaba con Inopia (2008), una primera novela que proponía una experimentación transparente, un arriesgado texto de perspectivas narrativas variadas que debe leerse bajo una mirada múltiple. Un extraordinario ejemplo de relato fragmentario, una híbrida imbricación que propone una nueva técnica en el terreno arquitectónico textual lírico de la narración, o de aquellos otros géneros literarios fronterizos sin delimitar; textos construidos con una variedad formal, una técnica, una estilística y una temática que se mueven entre el relato, más o menos extenso, y la novela, y que incluyen temas como las relaciones humanas o la sumisión, que delimitan el conflicto de identidad y que rozan esa locura que lleva a los personajes a la soledad, la incomunicación y el miedo, un terror físico que condiciona al ser humano.

Tiempo y voz se daban cita en Mi padre y yo (2012), un delicioso e irónico wéstern, pero Gil insistió en un nuevo espacio narrativo en la turbadora Las islas vertebradas (2017), una novela repleta de preguntas, construida con mucho acierto, una inteligente narración en torno a la fragilidad y las muchas contradicciones humanas que, temáticamente, hubiera desembocado en un realismo sociológico al uso por cuanto le ocurre a Martín de Juan, un personaje que se esconde entre las sombras y las luces que proyectan las imágenes de la isla que, con algo de suerte, pueda convertirse para él en su única salvación. Un hombre bajo el agua (2019), su anterior entrega, es una novela que busca descubrir, en la reminiscencia prestada del pasado y de los amigos, la recuperación de la memoria real: un episodio que sucedió durante su adolescencia porque el protagonista, de nombre Juan Manuel, encuentra en una balsa de riego el cadáver de Eduardo, un hecho que se convierte en un acontecimiento a nivel personal y vecinal que, sin saberlo, marcará el resto de su vida, una obsesión constante que dibujará en el niño el perfil del adulto del mañana. La balsa se convierte ese componente simbólico que le devuelve, una y otra vez, a ese sentimiento de dolor y de angustia, a una turbulenta relación con quienes convive el ya adulto Juan Manuel y cuyo recuerdo amplifica la sensación de desasosiego, de irrealidad y de oscuridad que transmite cuando intenta reconstruir la historia.

Trigo limpio (2021) es una nueva novela que, una vez más, constata cómo la memoria se convierte en materia para una ficción condicionada por un singular punto de vista, del que en ocasiones nos costaría desprendernos, porque ordenar esa especie de puzle de vida implicaría que volviéramos a disponer de todas las piezas posibles para colocarlas de nuevo sobre un tablero, para reordenar las historias que confluyen en un puñado de recuerdos y anécdotas. Pero esta es una novela que incide plenamente en esa literatura que aúna la libre imaginación con la teoría bastante ironizada sobre la urdimbre retórica de cuanto se fabula, y desde la voz narrativa del presente, evoca un incidente de aparente banalidad: principios de los noventa, un niño tras una pelota, y la incursión de ambos en la pista de aterrizaje de un aeropuerto en obras, imprudencia que le llevará al cuartelillo de la Guardia Civil para aclarar el suceso; ahí conocerá a un curioso personaje, Huáscar, al que deben validar su pasaporte. Mientras ambos esperan la resolución de sus asuntos, se intercambiarán jugosas historias y vivencias en un diálogo plagado de un rico y estimulante anecdotario, equívocos y acontecimientos varios, y será con el paso de los años cuando Simón, ese amigo que un día desapareció del barrio, inducirá al joven a escribir sobre cómo esa circunstancia cambió sus vidas.

En esta novela su autor insiste y vuelve a algunos de sus temas y recursos habituales, que presenta ahora en un proyecto bastante más ambicioso y que se sitúa en el punto exacto entre la absoluta exigencia literaria y ese devenir popular a que debería estar sometido el texto de Juan Manuel Gil, un relato escrito en una primera persona que cede abundante espacio a diálogos rápidos, jocosos, vivaces e inteligentes, y nos va enredando en la historia de un escritor a quien aquel amigo de la infancia ha invitado a recrear en una ficción esos años en su barrio que, de pronto, se vio invadido por la ampliación del aeropuerto cercano. Sus días se vieron alimentados entonces por gamberradas de las que no siempre salían ilesos, y fue así cómo esa energía que vertebra el mundo de la fantasía infantil aportaría a sus vidas la suficiente manifestación de un futuro distinto para algunos de ellos.

Trigo limpio va multiplicando los planos de su historia, y destaca por una rigurosa estructura en su desarrollo. Se inspira en ese principio que, para el lector, puede traducirse en sobrecogerse ante lo que va a pasar en la propia novela, y la sensación de que, si supiera lo que va a suceder en las siguientes páginas, o tal vez en la última del libro, ese asombro desaparecería totalmente, porque ese entramado de planos no está hecho de una manera deliberada sino orgánica, lo que no implica que haya un trabajo de ajuste, como por ejemplo una mirada irónica a uno de los géneros que durante los últimos años más espacio ha ocupado en la narrativa reciente, la autoficción que, según Juan Manuel Gil, es un proceso muy antiguo y que, salvando unas distancias muy grandes, ya lo hiciera Cervantes en el Quijote. Es decir, escribir una parodia de la autoficción haciendo uso de esa misma autoficción. En el caso de Trigo limpio, es el propio autor quien se parodia y quien se divierte consigo mismo, suponiendo que sea el narrador del libro, quizá porque no se toma en serio la vida, y con su prosa se aleja de esa emoción de solemnidad en la literatura que suena como algo hueco o bajo una armadura de la cual no se sabe si hay alguien dentro.

Gil ha sabido echar mano de un curioso término, pasadizos, esos que cruzan los amigos en su barrio, pero también los literarios, para que el autor nos hable de las conexiones entre lecturas, pasajes de libros identificados, o con ciertas curvaturas de una realidad muy apropiada para describir esa naturaleza intrincada e interconectada de textos y experiencias. Y así se convierte en una novela ágil y divertida que no deja de interesar al lector, que pretende saber más de unos chavales de barrio que parecen sacados de un relato juvenil, en busca de aventuras y haciendo trastadas, inventando desafíos entre colegas y protagonizando algunos dramas ocultos al borde de una adolescencia olvidada en esa penumbra que proporcionaba aquella vida doméstica, en un barrio y en una pequeña ciudad. Aunque un lector cauto aceptará sus trampas, porque son esas mismas las que nos tiende a nosotros la memoria, nos hace comprender a los personajes y sus vivencias.

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Pedro M. Domene es escritor.

 

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