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Los libros

El monstruo que se alimentaba de literatura

  • Los relatos de Devoraluces son homenajes intertextuales respecto a obras universales como Las mil y una noches, el Quijote o la Odisea
  • Ángel Olgoso propone en cada relato otro periplo dentro del mismo viaje, una suerte de bitácora de la mente fantástica del autor

Publicada el 11/06/2021 a las 06:00

Devoraluces
Ángel Olgoso
Reino de Cordelia
Madrid
2021

Ángel Olgoso (Granada, 1961) plantea prodigiosos momentos en su forma narrativa, su expresión es milimétrica, su estilo es depurado y logra un efecto concreto y curioso porque la mayoría de sus relatos provocan una emoción, con esa facilidad que solo es capaz de regalar la pluma de los escritores verdaderamente grandes. Y si añadimos la precisión, la destreza y la fascinación que produce en el lector la maestría de su lenguaje, una característica esencial que se complementa con esa variada temática recurrente que encabeza la denuncia de un mundo imperfecto, los vaivenes y mixtificaciones de la Historia, su concepto de la imaginación y el mundo de las alucinaciones, el anverso y el reverso de lo visible, el misticismo de lo real, e incluso lo irreal, las evidentes carencias de los humanos y, en muchas de sus colecciones, un acusado lirismo, o quizá un intimismo aún más logrado.

La nueva entrega de Ángel Olgoso, Devoraluces (2021), reúne 14 piezas de diversa extensión y, una vez más, ofrece una amplia variedad temática y de registros que dejan esa huella personal del granadino. Los relatos enfrentan al lector a toda una serie de curiosos homenajes intertextuales respecto a obras universales como Las mil y una noches, el Quijote o la Odisea, y se convierte en un curioso viaje a la esencia misma de la literatura occidental por la que el mítico Ulises se pasea por distintas obras hasta llegar al siglo XX. Además, nos sumerge en una interesante y original revisión de la literatura erótica en una suerte de Cantar de los cantares que irá desgranando en microtextos, para terminar su recorrido con una exquisita poética sobre el cuento breve, una reflexión con la que el autor, pretendidamente, dejará atrás la ficción breve entendida como invención para entrar, según propósito, en una nueva etapa creativa.

Dentro del viaje al que nos invita, Olgoso propone en cada relato otro periplo dentro del mismo viaje, una suerte de bitácora de la mente fantástica del autor y de su extensa travesía vital, casi una sublimación íntima y apasionada de sí mismo y de su oficio a lo largo de una veintena de propuestas e historias, desde Los días subterráneos (1991) a Astrolabio (2020), que subliman el concepto de relato breve en su expresión más concreta. Y para más señas, con Devoraluces emprendemos el viaje por el complejo mundo del arte, tanto textual como visual, sin olvidar algunos apuntes biográficos que nos regalan referencias al mundo del cine, auténticos guiños de un cinéfilo, como se aprecia en el relato “Hajdú”, un personaje cuyos ojillos maliciosos recordaban a Charles Laughton, el elegante cinismo de George Sanders y la esnob pedantería de Clifton Webb.

Aunque en el primer relato, “Las luciérnagas”, ya se nos ofrece un viaje por la memoria, por los recuerdos del corazón, que nos acercan a una geografía ya perdida y a unos sentidos ya lejanos en el tiempo, aunque cercanos en las emociones y los sentimientos. Sobresale una memoria íntima y el homenaje a un tiempo ido, presente cuando es nombrado, y se rememoran esos lugares reconocidos por la nostalgia: la Vega, Charca de la Viña, Cruz de los Cigarrones, Cerrillo del Tesoro, El Salado, Acequia Gorda. El relato “Fulgor”, de la mano de Matteo y El Pajarillo, nos apunta el devenir de un senderista y su pasión por la naturaleza y los caminos que es la literatura y la vida. El eje literario de “La Rosa de los vientos” nos implica en un prolongado homenaje bibliográfico donde aflora el inquieto lector que Olgoso lleva dentro, y nos guía por las aguas procelosas de la literatura, un itinerario que conduce Ulises, alter ego del autor. El relato se llena de nombres que resuenan como una letanía, Polifemo, Cíclope, Crotón, Ligia, Laertes, Paris, Ítaca, Homero, o los más cercanos, Nautilus, Capitán Nemo y Julio Verne, Moby Dick y Melville, Swan y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, Scrooge o el Cuento de Navidad, de Charles Dickens, James M. Barrie y la tripulación pirata de Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, Basil Hallward y Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, Tom Sawyer y sus aventuras, de Mark Twain, Madame Bovary de Gustave Flaubert, Davy Byrne y James Joyce, el niño Oskar Matzerath y El tambor de hojalata, de Günter Grass, Lázaro de Tormes, o don Quijote. Con el relato “Pelikan” nos lleva hasta la metáfora de un campo de concentración, y el siguiente, “Villa Diodati”, se convierte en una evidente propuesta metaliteraria que nos devuelve el protagonismo de Lord Byron, Percy B. Shelley y Mary Wollstonecraft en aquel palacio suizo, de tenebroso ambiente romántico, recreando el episodio como si se tratara de un momento literario único y fundacional de todo un género literario: el Romanticismo, porque Olgoso le tributa su particular homenaje de testigo privilegiado, y nos esperan escenas visionarias de futuros títulos universales.

El granadino, según afirma, no quiere ser “el primero en ensayar lo nuevo ni el último en abandonar lo viejo”, y desde las primeras páginas nos lleva a las lindes del misterio y de la fantasía, acompañados de una palabra compuesta Devoraluces que parece estar escrita al trasluz, cual espejo en que mirarnos. El título, como una metáfora, nos lleva a la mitología griega y a sus monstruos con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, aunque, también, viajamos al Siglo de las Luces, a la Ilustración y sus fantasmas/mitos o al romanticismo de los seres góticos. Todo un esplendor de luz y también de sombras incluso el título, con esa palabra nueva compuesta de verbo más sustantivo: podría significar en lo más hondo el nombre de un monstruo bueno, que se alimenta de rayos de sol y de destellos de vida, o de esas migajas que desprenden nuestros sentidos.

“La ilusión del horizonte” es, casi, un viaje de precisas y sutiles enumeraciones, de frases cortas y simples, de abundantes puntos, de reiterada ausencia de comas y una enumeración de imágenes en un solo párrafo. “Okitsu” se traduce como una ofrenda verbal y nos transporta a los rituales de la infancia con esas palabras y el momento en que se aprendieron, abundan las oraciones extensas y compuestas, y un uso más frecuente de comas frente a los puntos, quedando dividido en dos amplios párrafos. “La arena de las historias” cuenta, de la mano del sultán Schariar y Schahrasad, una singular recreación de Las mil y una noches y subraya la oralidad de los cuentos, y deja testimonio de esa intertextualidad que rezuma el fértil reloj/desierto/vergel de Devoraluces. En “El calendario quimérico de lo que podía haber sido”, su néfesch nos sumerge en la luz y en la oscuridad; y, en el siguiente relato, “Medio real” transmutado en Cide Hamete Benengeli, y por añadidura en don Quijote de la Mancha y en Miguel de Cervantes, el autor nos traslada a Toledo y paseamos por sus calles. “Émula de la llama” es un curioso relato que encabezan dos citas, una de Petrarca y otra de Paul Klee. De exquisita textualidad, se convierte en un poemario de amor dedicado a Marina Tapia donde va “su voz destilándose en el alambique sagrado de la poesía”, un total de 22 poemas, 2 en verso y el resto en prosa, cuyos títulos inician otro viaje más, el del “erotismo en aluvión”: “Aljibe”, “Aspiración”, “Bocajarro”, “Calendario”, “Diapasón”, “Estrellamar”, “Gusto”, “Lactar”, “Lamer”, “Literatura”, “Maravilla”, “Nupcias”, “Oído”, “Olfato”, “Orbes”, “Parque”, “Patria”, “Puerta”, “Sudor”, “Tacto”, “Vista”, y un epílogo, “Apelativo”. Y es aquí donde sucede el milagro y el autor reconoce: “no acierto a definir la literatura; te has mezclado con ella”.

En “Odres nuevos” nos lleva a la Guerra Civil con Társila y Elisio, con Águeda y Amador, donde “durante tres años, a los hombres se les había ido cayendo la ceniza del corazón”. Y en la “Coda” final, que titula, “Nomenclatura Boghini para los dedos de los pies”, reúne hasta 30 entradas breves y elabora un auténtico ensayo de crítica literaria, reflexiones, deseos, explicaciones sobre la escritura, vuelven los homenajes/deudas/agradecimientos. Esos textos se convierten en metaliteratura en su estado más puro, porque frente a la página en blanco, se ejercita en conceptos de sintaxis y de gramática, y el autor se desdobla en un “constante principio de incertidumbre”, y enumera toda una lista de intertextualidad de biblioteca, y se recuerdan los nombres de Borges, Leopardi, Nicanor Parra, Benjamin, Hannah Arendt, Gombrowicz, Thoreau, Blake, Chateaubriand, Savater, Aramburu, Flaubert, Raymond Roussel o García Márquez.

Un libro como Devoraluces se merece un pormenorizado recorrido por sus páginas, porque, además, cada uno de estos cuentos podría reclamar aquel título de un relato que nunca se escribió, como al final leemos de la mano de Olgoso, y bien deberían titularse “los mejores relatos del mundo”.

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Pedro M. Domene es escritor.

 

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