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La riqueza de una palabra pobre

  • Erguida sobre la sencillez, escrita como en voz baja, la poesía de José Mateos es capaz de retratar con lucidez la turbia complejidad y la belleza sublime de la existencia
  • Primavera, año cero reflexiona sobre la vida en tiempos de pandemia, constituyéndose posiblemente como el primer poemario sobre el covid-19 y sus consecuencias

Juan Manuel Romero
Publicada el 08/10/2021 a las 06:00

Primavera, año cero
José Mateos
Editorial Milenio
Lleida
2020

Los poemas voluntariamente sencillos corren el riesgo de caer en la simpleza, en el cliché y en el ingenio fácil. Con estos peligros lidia la obra de José Mateos (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1963) sin resbalar nunca en ellos, sino más bien todo lo contrario: erguida sobre la sencillez, escrita como en voz baja, su poesía es capaz de retratar con una singular lucidez la turbia complejidad y la belleza sublime de la existencia. La elección de palabras pobres, escuetas y justas, es el sustento paradójico de una nueva riqueza en el decir, cuya eficacia reside precisamente, frente a tanto discurso altisonante, en la fuerza que nace de la fragilidad, en la inteligencia sin énfasis y en la autenticidad de una emoción que nombra con hondura lo que somos: "Un idioma que es pobre / y es tan suave / que parece, en la noche, / nieve que cae".

Con Primavera, año cero, Mateos aplica este idioma, aprendido en Manrique, en Juan de la Cruz, en Antonio Machado o en el cancionero anónimo medieval, a reflexionar sobre la vida en tiempos de pandemia, constituyéndose posiblemente como el primer poemario completo sobre el covid-19 y sus consecuencias. La tragedia protagoniza este libro desde el principio en versos con resonancias bíblicas: "Hedor de sangre y ráfagas / de enfermedad y miedo / recorrerán las calles". Hay noches "al límite / del sopor y el desánimo", puertas y ventanas cerradas, cielos que se pudren, manos manchadas "de ceniza y de sangre". El dolor y la muerte que ocuparon días de confinamiento y de toques de queda no se soslayan; al revés, son mostrados en su crudeza, a veces desde la ira o la indignación, pero sin que la mirada lírica renuncie, sin embargo, a la esperanza y a la trascendencia, quizá como una forma de justicia: "¿No sería más justo / aprender de la tierra / cuyas rojas heridas / siempre florecen?".

Leves e intensos, terribles y luminosos, los poemas de José Mateos emocionan por la aceptación serena con la que se afronta el destino, una serenidad hecha de interrogantes y de desgarro. Si se llega, al final, a la celebración de la vida, no es soslayando sus sombras sino por un camino de lucha interna, de claroscuros y de dudas, de forcejeo con el sinsentido. La fe es una fe ciega, como debe ser, pero también ganada a pulso en una pelea a brazo partido con el "ángel". El misterio no se descubre de una vez por todas. Aparece y se pierde entre la niebla y vuelve a aparecer. Nos visita de pronto en el olor de un jazmín, en el canto de un jilguero oculto entre las cañas, en el sol que baila entre unas hojas trémulas. Se trata de instantes donde el yo brilla un segundo y desaparece, como en el magnífico "Oráculo"; donde la historia, con su "viento errático" ya no puede tocarnos ("Un 14 de abril"); instantes en los que la muerte nos arranca lo que más queremos para indicarnos el lugar donde la muerte deja de existir ("Madre").

La verdadera poesía siempre transforma la herida en canto, como señaló Octavio Paz. En Mateos, esta transformación es de índole reflexiva, a través de un pensamiento no discursivo sino contemplativo y sensitivo, con fogonazos imaginativos (a veces visionarios) que le otorgan vuelo lírico al verso. En la quietud, en la calma, la mirada del poeta encuentra el consuelo y la reconciliación con lo real: "Me pasaría las horas / sin hacer nada, muy quieto, / robando de cada cosa / de este río, un río nuevo". Es por ese trabajo interior que el mundo exterior se limpia y se renueva, recargándose de energía: así, por ejemplo, puede ser una encina "de hurañas raíces, con el tronco / como un trapo escurrido, / la que sostiene el cielo". El asombro ante los pequeños dones de la naturaleza sintoniza con la musicalidad deliberadamente llana y austera, sin adornos superfluos, del poema, para abrir un camino por el que escapar de las propias llagas y de los grumos egocéntricos del yo: una higiene para el corazón.

Ensayista, narrador y pintor, José Mateos es autor de una obra poética breve, exquisita y llena de sabiduría (al que esto subscribe le impactó sobremanera La niebla, uno de los poemas extensos más reveladores y hermosos de los últimos tiempos). Primavera, año cero, escrito al hilo de la actualidad, es un libro que entra a fondo, sin recurrir a los tópicos, en su circunstancia, pero que también la supera y nos enseña a vivir frente a todo sufrimiento: nos pone en nuestro sitio ("Ahora soy casi un poco / menos que nadie"), nos señala la gran belleza de lo humilde ("ese ritmo de vals / con que gotea un grifo") y nos insta a aceptar el fracaso y la incertidumbre ("Y me siento feliz flotando a la deriva"). La mejor lección para tiempos convulsos.

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Juan Manuel Romero es poeta. Su último libro, Contra el rey (Hiperión, 2020).
 

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