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Luces Rojas

Carta abierta al obispo de Alcalá de Henares

Publicada 30/09/2014 a las 06:00 Actualizada 01/10/2014 a las 16:28    
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El obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Plà.

El obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Plà.

EUROPA PRESS
Excelentísimo y Reverendísimo Señor. No sabe cómo le agradezco la publicación, en la página web de su diócesis, de un escrito en el que comenta la retirada de la reforma de la ley del aborto. Me refiero al texto titulado “Llamar a las cosas por su nombre”, aparecido el 24 de septiembre de 2014. Se le nota irritado con la decisión del Gobierno, indignado incluso. Es comprensible. Eran muchas las esperanzas que tenían puestas en esa ley, la más dura, autoritaria y restrictiva de la democracia. Sin embargo, esa ira que usted siente ante el abandono del proyecto que preparaba el ex ministro Gallardón no justifica las gravísimas acusaciones que profiere en su texto. Cualquier hijo de dios puede tener un momento de cólera, de odio al semejante, y realizar afirmaciones de las que luego arrepentirse; usted, en cambio, ha meditado sus palabras, las ha plasmado en un artículo bien pensado, ordenado y razonablemente coherente. Así quedará por los siglos de los siglos.

Por eso he querido comenzar mi carta agradeciéndole su sinceridad, esas palabras que le salen, indudablemente, de lo más profundo de las entrañas. Llamando a las cosas por su nombre nos aclara muchas más a los ciudadanos y nos permite conocerle tal cual es, sin tapujos ni falsedades: nos muestra lo que hay en el fondo de su alma.

No es mi intención discutirle cuestiones de fe o de dogma, ese conjunto de creencias que ustedes, los obispos, han construido en torno a la figura de Cristo. Usted puede pensar como quiera, defender las ideas que desee, por muy extrañas que a los demás nos parezcan: es libre de creer que una bellota es en realidad un árbol, que la Santísima Trinidad existe o que una blástula es un ser humano. Lo que no parece de recibo es que trate de imponer sus concepciones a los demás, que descalifique, con la gravedad con la que lo hace, a las personas que no piensan como usted. No demuestra una actitud muy cristiana, ¿no cree?

Usted dice respetar a las personas, escribe que no las juzga. Permítame que lo ponga en duda. Afirmar que las asociaciones gais y lesbianas han “infectado” a “todos los partidos políticos” y a los “sindicatos mayoritarios” con sus ideas enfermizas no parece una actitud muy respetuosa hacia sus personas; considerar que “los partidos políticos mayoritarios se han constituido en verdaderas «estructuras de pecado», que “nos encontramos ante una verdadera crisis de civilización”, parecen juicios de valor bastante rotundos, apocalípticos diría yo: descalifican a toda la sociedad simplemente porque una mayoría de ciudadanos no comparte sus puntos de vista. ¿Se da cuenta, Monseñor, de lo dogmático de sus apreciaciones?

Del mismo modo, sostener que el aborto es un asesinato, que quienes están a favor de legislar sobre esta materia son unos criminales de la peor calaña, y que no sólo merecen la cárcel, sino también arder para siempre en los fuegos del infierno, parece una sentencia bastante expeditiva, poco respetuosa con quienes defienden posturas diferentes a la suya, ¿no le parece? No diga entonces que respeta a las personas. Usted las desprecia y las condena directamente al infierno.

Su posición sobre el tema que nos ocupa queda clara desde el primer párrafo. La ley del aborto de Gallardón, considerada hasta por la prensa occidental más conservadora un retroceso inadmisible en los derechos y libertades de las mujeres, era un mal menor para ustedes. Representaba un mero intento de “«limitar» cuantitativamente el «holocausto silencioso» que se está produciendo”. Para la Conferencia Episcopal, como usted escribe, “ninguna ley del aborto es buena”, no puede haber ninguna norma que regule algo que su pluma califica de “crimen abominable”. Una vez que la mujer queda embarazada, cualquier interrupción voluntaria de ese proceso, aunque sea un día después, es un asesinato, “el crimen más execrable”. Y les importa poco que un espermatozoide penetre en el óvulo a consecuencia de una violación. Esa mujer, aparte de violada, maltratada y humillada, es para ustedes una asesina, una filonazi; es responsable del “«holocausto» más infame”. Así califica usted a quienes defienden que el aborto es un derecho de la mujer: compara sus reivindicaciones con “los trenes de Auschwitz, que conducían a un campo de muerte”. Es difícil expresar tanto odio en tan pocas palabras.

Pero su intolerancia no es sólo inadmisible en un Estado de Derecho; sus ideas sobre la vida en sociedad presentan profundas carencias democráticas. Usted afirma, como si acabara de descubrirlo, que el Partido Popular es liberal. Me pasma su revelación, pero no porque se acabe de dar cuenta de ese hecho, sino porque emplea el vocablo como si fuera un insulto, como si se tratara del peor de los pecados: “Ha llegado el momento de decir, con voz sosegada pero clara, que el Partido Popular es liberal”. Gravísima acusación. Con ella expresa con claridad que su ideología no sólo es predemocrática, sino reaccionaria, propia de los obispos del siglo XIX: ellos también pensaban, como usted, que el liberalismo era la herejía, que era la causa de todos los males. También pensaban que el liberalismo podía ser considerado como un mal menor, algo que había que soportar hasta que, como afirma Raymond Carr, la unidad católica se impusiese bajo la forma de un Estado confesional. Usted también espera la llegada de ese momento. ¿Piensa que exagero, Reverendísimo Señor?

Usted considera que “la posibilidad de regenerar los partidos políticos mayoritarios” no conduce a ningún sitio: “Hasta ahora esos intentos han sido improductivos”. Ante esta situación hace “una llamada a promover iniciativas políticas que hagan suya, integralmente, la Doctrina Social de la Iglesia”. Usted desea que aparezcan “nuevos partidos o plataformas que defiendan sin fisuras” asuntos como la justicia social y la atención a los pobres, pero también “el derecho a la vida, el matrimonio indisoluble entre un solo hombre y una sola mujer, la libertad religiosa y de educación”. Usted quiere imponernos un Estado confesional, monseñor; como quiere imponernos una ley del aborto retrógrada que convierta a la mujer en una asesina. No defiende el diálogo, la moderación o la templanza, sino la imposición; el consenso, como explica en su artículo refiriéndose a las declaraciones de Mariano Rajoy, le trae absolutamente sin cuidado. Quiere imponernos su doctrina a la fuerza, y eso no tiene perdón de dios.

A quien no piensa como usted lo ningunea, lo considera un ser inferior, que debe ser reprendido y enseñado convenientemente: “La Iglesia Católica, Madre y Maestra, en orden de proteger al inocente no-nacido e iluminar las conciencias oscurecidas…”. Así es: quienes no comulgan con sus ideas tienen las conciencias ennegrecidas o inmaduras (“la maduración de las conciencias no es empresa fácil”), y están del lado del mal, de “una diabólica síntesis de individualismo liberal y marxismo”. ¿Ve? El diablo vuelve a aliarse con el liberalismo. Tenemos, pues, la eterna lucha del bien contra el mal. Y claro, la Iglesia, “siempre desde la verdad” y con usted a la cabeza, tiene como horizonte, “por la gracia de Dios”, “la victoria del bien”. Cómo me recuerdan sus palabras a estas otras: “«Nosotros queremos una España católica». España católica de hecho, hasta su entraña viva: en la conciencia, en las instituciones y leyes, en la familia y en la escuela, en la ciencia y el trabajo, con la imagen de nuestro buen Dios, Jesucristo, en el templo, en el hogar y en la tumba”. Las pronunció Isidro Gomá en 1937, cardenal primado de España durante la Guerra Civil. Estoy seguro de que lo conoce. Él también hablaba desde la verdad.

Para encontrar la paz y la verdad debemos entonces obedecer sus dictados, asentir sin más a lo que sus Excelentísimos y Reverendísimos Señores nos digan. Nuestras inmaduras conciencias, poseídas por el demonio, no están preparadas para conocer la verdad que usted personifica. Para usted y los suyos los enemigos del hombre son conocidos desde antiguo. Cuando la mujer, debido a su amistad con Satanás, le dio a probar al hombre los frutos del árbol prohibido todo se vino abajo: desde entonces el conocimiento, el sexo y el demonio están tentando constantemente la pureza del varón. Y la culpa de todos los males que asolan a la humanidad las tienen ellas, las descendientes de Eva.

Reflexione sobre este asunto y piense que el mal no sólo lo encarnan ellas. Piense en estas conocidas palabras de Cristo: “El que acepta en mi nombre a un niño como éste, a mí me acepta (…) Pero aquel que sea causa de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le arrojaran al fondo del mar con una piedra de molino atada al cuello” (Mateo, 18, 6-8; Marcos 9, 42-48 y Lucas 17, 1-2). Palabra de Dios.

________________________________________________

Alejandro Lillo es historiador, doctorando en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia. Su tesis, en proceso avanzado de redacción, versa sobre Drácula, la novela de Bram Stoker. Colabora desde hace años con Justo Serna en distintos proyectos comunes vinculados con la historia cultural, entre ellos Covers (1951-1964): cultura, juventud y rebeldía, exitosa exposición organizada por la Universidad de Valencia.

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14 Comentarios
  • Ja Tellez Ja Tellez 22/10/14 01:30

    P.- Qué pecado comete el que votare por un candidato liberal R.- Generalmente pecado mortal P.- Puede un católico leer prensa liberal R.- Sí, pero sólo las noticias financieras y de Bolsa Catecismo del P. Ripalda de 1927 No parece que haya cambiado nada

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  • badexpectations badexpectations 18/10/14 19:34

    magnìfico el comentario de trivak,tienen miedo de que escaseen los niños y adolescentes y no poder practicar su hobby preferido,la pederastia.

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  • badexpectations badexpectations 18/10/14 19:32

    como dice otro colega blogero no habrìa que dedicarle tanta importancia a las chorradas y babosidades que dice tan ilustre cabestro,es un caso de psiquiatrìa y nada mas.Lo que si està bien es demandarle por injurias para que por lo menos se meta los insultos por allì.

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  • Paco Costa Paco Costa 30/09/14 23:46

    Como Cristiano, me entristecen mucho las desgraciadas manifestaciones que provienen de la Iglesia. Decía Jesucristo y hoy repite el Papa, "un Cristiano no debe condenar sino caminar con ell@s (con mujeres que abortan, matrimonios separados, etc). Pero no atribuir a toda la Iglesia lo que algunos digan o hagan. Como en la política, la policía, la enseñanza, etc, hay gente valiosa y gente despreciable. Realzando solo lo despreciable, flaco favor hacemos a los valientes que intentan mejorar las cosas.  Conozco sacerdotes y gente de iglesia que si encuentran a una mujer embarazada, y con la duda de abortar, 1º la acogen, la escuchan, la aconsejan, y si finalmente decide abortar, no la dejan sola, llegando incluso a acompañarla. Eso es ser IGLESIA. Por último, decir que el aborto es "acabar con una vida", no es cuestión de Fé, sino de ciencia. Con 5-6 semanas, ya late el corazón. Al menos desde ese momento es innegable la VIDA. 

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    • Alejandro Lillo Alejandro Lillo 01/10/14 10:37

      Gracias por su lectura, Paco Costa. Sí, yo también he conocido a gente de la Iglesia muy comprometida y valiosa.  Coincido con usted en que el aborto es una cuestión de ciencia. Eso mismo habría que hacerles entender a los obispos. La Organización Mundial de la Salud tiene una política clara sobre el aborto.  En el fondo es muy sencillo.

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  • Jaime Richart Jaime Richart 30/09/14 23:45

    Este personaje, por muy obispo que sea o precisamente por serlo, es un hombrecillo probablemente reprimido a juzgar por sus expresiones y su intolerancia a las que se aventura en el siglo XXI, y contra el modo de entender el aborto en la mayoría de países europeos más avanzados en todo. No sé si el autor de esta "respetuosa" invectiva contra él en formato epistolar valía la pena. Pues se sabe muy que todas esas insensateces no merecen más que desprecio. Estos obispos tremendistas ( que sí son telepredicadores sin cámaras), lo que quieren es llamar la atención y, como decía Unamuno, que hablen de ellos aunque sea "bien". La pérdida escandalosa de vocaciones y el retroceso del catolicismo en todas partes les hace perder la paciencia y las formas en un asunto como éste que se presta perfectamente para ello...

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    • Alejandro Lillo Alejandro Lillo 01/10/14 10:41

      Gracias, Jaime. Claro que no pretendía convencer al obispo. Es posible que lleve razón, que no merezca la pena responderles; pero el silencio, a veces, también tiene algo de aceptación. La carta de Monseñor me parecía tan excesiva... Sobre lo de el retroceso del catolicismo le diría que sí, pero que la cosa tampoco está tan clara. Tengo otro artículo aquí, en infoLibre (de pago, creo) en el que reflexiono sobre ese asunto. Se titula "La segunda venida de Cristo". Saludos

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  • León León 30/09/14 21:24

    Este obispo lo que tiene que hacer es ponerse a trabajar, que no la ha hincado en toda su P. vida y así podría merecer el derecho de ser escuchado. Yo pido que se pueda apostatar sin tantos trámites, osea, directamente en cualquier centro católico o por Internet. Verían entonces como no tienen ya a casi ningún creyente.

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  • Bacante Bacante 30/09/14 20:50

    Hasta el colodrillo estoy de este Monseigneur. Que le encierren cuanto antes porque está majara.

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  • menchugijon menchugijon 30/09/14 19:44

    Excelente carta,si realmente hay infierno le está esperando a él y sus colegas.

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    • Alejandro Lillo Alejandro Lillo 01/10/14 10:43

      Gracias, menchugijon. Allí estaremos todos, haciéndole el paseillo.

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  • trivak trivak 30/09/14 18:41

    Tenemos que entender que al señor obispo le venga mal esto de legalizar el aborto. En este mundo de pecado como él mismo reconoce, toda la curia pedófila, que es mucha y protegida por el señor obispo en la medida de sus capacidades,  temen una escasez de los  "recursos naturales" para satisfacer sus libidinosas apetencias

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  • arrossinat arrossinat 30/09/14 18:11

    Gracias por su acertada carta, a la que, lamentablemente, el destinatario considerará solo como una prueba de que usted pertenece a la amplísima mayoría de españoles de “conciencia oscurecida” e “inmadura”. Y es evidente que al “eminentísimo señor” no le servirá más que para reafirmarse en sus retorcidos desvaríos retrógrados, oscurantistas y obsesivos. Lo que está más claro que el agua es que lo que España necesita urgentemente para salvarse de su negra historia es una DEROGACIÓN DEL CONCORDATO “ESE”, Y UNA TOTAL Y RADICAL SEPARACIÓN IGLESIAS‒ESTADO.

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    • Alejandro Lillo Alejandro Lillo 01/10/14 10:45

      Coincido con usted, arrossinat. La separación Iglesia-Estado en este país se hizo como se hizo; es decir, malamente. Creo que en muchos sentidos eso sigue siendo un lastre a la hora de asentar nuestra cultura democrática.

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