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Luces Rojas

La Ilustración populista

Publicada 14/11/2014 a las 06:00 Actualizada 14/11/2014 a las 16:38    
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La cuestión del populismo se ha convertido en uno de los temas centrales del debate teórico y político. En el debate político sirve sobre todo como invectiva, como acusación de demagogia, mientras que en el debate teórico, después de La razón populista (2005) de Ernesto Laclau, el término ha adquirido rango de concepto con valor analítico. Si se atiende a lo que el concepto de populismo critica y a lo que formula como novedad, hay que reconocer que supone una reacción frente al marxismo, frente a la incapacidad política de un marxismo cuyo discurso se ha vuelto cada vez menos apto para la acción política y la conquista de hegemonía.

Este dictamen sobre el marxismo como macizo ideológico-político no es novedoso, pues ya fue emitido en los años 40 por Jean-Paul Sartre en su artículo Materialismo y revolución o en los 70 por Cornelius Castoriadis, quien afirmó en La institución imaginaria de la sociedad (1975) que los miembros de su grupo, 'Socialismo o barbarie', habían tenido que "elegir entre seguir siendo marxistas o seguir siendo revolucionarios", sin olvidar al Gramsci del artículo con el que saludó la revolución rusa y cuyo título muy elocuente era La revolución contra el Capital.

La razón populista que propugna Laclau viene a incidir en el bloqueo que produce el marxismo como teoría determinista y como reducción identitaria del sujeto histórico a una clase predeterminada que lastra la capacidad de acción política de las clases populares. El determinismo económico subordina la política a un saber, a una verdad sobre la economía o sobre la lucha de clases. Este saber, por lo demás, no es otro que la veredicción que sirve de fundamento al poder en régimen liberal.

Para el soberano liberal, el poder se basa fundamentalmente en un saber sobre la población y sus dinámicas de producción, intercambio y circulación de productos que configuran una esfera supuestamente autorregulada: la economía. El dirigente socialdemócrata o estalinista ocupa muy precisamente el lugar de ese poder basado en el saber que hizo identificar a Jacques Lacan "socialismo” con "discurso de la universidad". Ahora bien, un poder basado en la verdad solo puede implantarse cuando existe ya un poder con otra base. El propio soberano moderno del régimen liberal tuvo que ser primero soberano para ser después liberal. Como los neoliberales han afirmado correctamente, rectificando así algunas tendencias del liberalismo clásico, no existe autorregulación del mercado ni por lo tanto objeto del saber económico sin una constante intervención del poder político a fin de establecer y restablecer las condiciones adecuadas para el funcionamiento del mercado.

Una política basada en el poder-saber no es por lo tanto capaz de dar cuenta de sí misma ni de crear las condiciones en que un saber puede funcionar como poder. La historia del marxismo político nos ilustra a este respecto: las dos grandes corrientes procedentes del leninismo ~de un malentendido sobre el leninismo– que ha conocido el siglo XX, el estalinismo y el trotskismo, han pretendido basarse en una verdad teórica, la del marxismo. Sus resultados fueron totalmente dispares: por un lado, el estalinismo, que tenía el poder, pudo imponer mediante la violencia de Estado su verdad, con el coste de sobra conocido, mientras que los trotskistas que no tenían el poder, se limitaron a proclamar esa verdad dividiéndose en capillas.

La historia de la izquierda en el siglo XX se reparte así entre la impotencia, el terror y también, por supuesto, el oportunismo de las socialdemocracias unidas a los distintos pactos neoliberales, desde el ordoliberal hasta el friedmanita. Esta transformación liberal de la socialdemocracia no debe sorprender por lo demás a quien sepa reconocer en el paradigma del poder-saber la matriz misma del poder liberal.

Un movimiento político deseoso de transformación social tiene que salir de esa trampa y comprender la necesidad de partir, no ya del saber de un mando político, sino del "sentido común" de la población. El populismo, entre cuyas fuentes reconoce Laclau a pensadores marxistas heterodoxos como Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci o Louis Althusser, acepta la necesidad de partir de la ideología como concepción del mundo realmente existente, sin intentar inyectar desde fuera una verdad, sino produciendo desde dentro de una multitud cuyo mundo, cuyo entorno vital es necesariamente imaginario, las nociones comunes que llevan al buen sentido, a un ejercicio siempre parcial y problemático de la razón.

La política se convierte así en un combate centrado en el ámbito ideológico, el de los significantes y las representaciones, en el cual lo que está en juego es en buena medida el significado de los significantes políticos. El saber queda así desplazado por un hacer que requiere de saberes específicos, pero que no pretende gobernar amparado en ellos. Ciertamente, la propaganda también produce este tipo de efectos, pues parte del sentido común e intenta incidir en él.

Uno de los riesgos del populismo, de esa apelación explícita a la ideología y al sentido común es el de convertirse, no ya en política, operación inmanente al sentido común, pugna por su resignificación, sino en operación de manipulación de masas desde el exterior. El populismo se salva y es una vía eficaz y productiva de recuperación de la política cuando se instala en el antagonismo, pero degenera cuando su actuación es exterior y sustituye el poder-saber liberal o socialista por las técnicas de manipulación.

Un elemento central del populismo como estrategia política es su apelación al pueblo. Esto merece también una matización, pues el pueblo al que se refiere no es un pueblo ya existente, sino un pueblo en constitución. El populismo es una estrategia constituyente y no puede confundirse con las apelaciones al pueblo étnicas o raciales, pues estas presuponen un pueblo ya constituido, sea este real o imaginario. El populismo que teoriza Laclau y que hemos visto operar en los últimos decenios en el continente sudamericano es un populismo democrático en sentido estricto, pues no arranca de una representación ya dada del pueblo, sino del demos como sector no representado del pueblo en su totalidad conforme a la acepción clásica del término.

El demos, el sector de la población que en la Grecia clásica se caracterizaba por no haber tenido su parte en el reparto del poder y de la riqueza, es, como enseña Jacques Rancière, un concepto esencialmente polémico, pues polémico, esencialmente discutible, es el determinar si –y conforme a qué criterios– un sector se ha visto injustamente tratado. Con todo, esa discusión, esa polémica congénita a la idea de que una sociedad se basa en el derecho del demos, es la esencia misma de la democracia o, lo que es rigurosamente lo mismo, de la política.

En una sociedad en la que la disputa sobre las partes y los derechos que corresponden a cada grupo estuviera cerrada –como ocurría según recuerda Maquiavelo en la disciplinada Esparta en contraste con la libre y turbulenta Roma– dejaría de haber política y democracia y solo subsistiría un régimen de conservación de las partes ya asignadas que en la terminología de Jacques Rancière, se denomina elocuentemente "policía". De este modo, como reitera Laclau, el concepto de populismo coincide con los de democracia e incluso de política. Más acá de la disputa populista solo quedan los espacios del poder-saber, de la economía como destino ineluctable y de la neutralización de todo antagonismo.

Suele criticarse al populismo como apelación irracional al sentir de las mayorías que no tiene en cuenta la necesidad económica o las determinaciones sociales que son objeto del saber-poder. Esta crítica es, sin embargo, muy poco sólida, pues presupone que el pueblo del populismo democrático es el pueblo existente, el privado de protagonismo político por el propio sistema de poder-saber que critica al populismo. Sin embargo, el pueblo de que se trata es un pueblo que no existe, un demos politizado, en escisión respecto del pueblo y del mando correlativo ya existente.

No hay ninguna irracionalidad en una recuperación del espacio público y una reactivación del debate sobre lo común, del debate propiamente político, a condición de que no se confunda política populista con simple manipulación propagandística. El populismo democrático apela a una razón del demos, exige que se dé razón de toda medida política en la plaza pública y no solo en los ámbitos cerrados y reservados de los gabinetes de un poder al que se supone un saber propio no compartible ni discutible. El populismo, como figura activa, constituyente, de la democracia, es así un proceso genuinamente ilustrado de producción de nuevos espacios de racionalidad, de nuevas formas de autonomía. El populismo recupera así el espacio público donde se despliega el “uso público” de la razón que, según un Kant que coincide con Maquiavelo y con Spinoza, es la base de todo avance de la Ilustración.

El populismo, como reactivación y recuperación de la democracia, como proceso constituyente es un desafío de primer orden para unas democracias representativas y tecnocráticas que habían dejado de lado a ese exterior interior a toda democracia que es el demos. La reactivación del demos como sujeto unificado alrededor de un significante “vacío” que subsume múltiples demandas crea una nueva figura de pueblo, pero de un pueblo que es multitud en potencia de Ilustración, multitud que abandona la minoría de edad que la caracteriza en los regímenes de poder-saber.

Estos regímenes, que dicen velar por la felicidad y el bienestar de la población, mantienen a esta en un estado de minoría de edad y son, como Kant afirmaba "el peor de los despotismos". Podemos, el nombre de una nueva formación política española cuyos fundadores reivindican abiertamente el populismo democrático y constituyente, es, entre otras cosas, una respuesta al imperativo kantiano de la Ilustración: sapere aude! (atrévete a saber), aunque este saber no deba identificarse con un saber-poder de casta, sino con una progresiva producción de saber racional por parte de un pueblo en devenir.


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15 Comentarios
  • eaudete eaudete 15/11/14 00:17

    Que esclarecedor artículo. La diferenciación que haces sobre manipulación propagandista y populismo democrático me parece esencial y muy clarificador. En general todo tú artículo me ha parecido excelente. Enhorabuena y muchas gracias .

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  • jamonfresco jamonfresco 14/11/14 20:46

    Gracias por su articulo por su lucidez y por su conocimiento. No se como ni exactanente cuando pero los españoles nos vamos a esforzar por recuperar la dignidad y el orgullo de ser personas decentes y humanas.

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  • Dossy Dossy 14/11/14 18:11

    Artículo profundo que ayuda a poner en marcha las neuronas , tantas veces oxidadas de gran parte del "demos". Los significados de las palabras son vaciados, manipulados o rellenados de falsas acepciones que sólo sirven para generar confusión. !cuánta necesidad tenemos de clarificar conceptos que han sido manipulados de manera consciente desde el poder!. El pueblo siempre está en devenir y en constante construcción y la política también, por eso, la realidad presente se debe asentar en el bién común que aparece como utópico.

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  • El analista de Marilyn El analista de Marilyn 14/11/14 15:35

    Señor Suárez y señor Vert, perdonen ustedes el haber utilizado el plural al exponer mi opinión sobre el término "revolucionario"... entiendo y comparto vuestros puntos de vista. Gracias por corregirme.

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  • Demetrio Vert Demetrio Vert 14/11/14 12:47

    Excelente artículo en plan intelectual, lo que no le quita un ápice de interés. Ahora bien, y respondiendo de una manera llana a los que identifican necesariamente revolución con violencia y, o, con posterior autoritarismo. Siempre se tildan de utópicas, populistas, o antisistema, las demandas vitales del pueblo excluido -el demos del artículo-. Sin embargo, estas utopías populistas se imponen en la sociedad de manera natural cuando este demos constituye una fuerza suficiente para cambiarla. Solo hay que acudir al pensamiento social del pasado para ver como lo tachado de utópico en su tiempo, no hace tanto (protección social, horas de trabajo, voto de las mujeres, derechos individuales, homosexualidad, matrimonio gay, derecho al aborto, etc.) , era considerado imposible de realizar. Muchas de las reivindicaciones revolucionarias por las que pugnaban en la segunda republica las mujeres, ya están aceptadas hoy en la conciencia de la gente y reconocidas legalmente. La utopía es posible

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    • hartodjetas hartodjetas 15/11/14 11:55

      Sólo añadir un matiz: Antes de que la UTOPÍA sea o no posible, lo verdaderamente interesante para ello es que sea previamente DESEABLE (y por cuantos más,... mejor para conquistarla). Saludos.

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  • Irenepaz Irenepaz 14/11/14 11:29

    El 15M nace de forma espontanea, sale a la calle a decir a millones de ciudadanos que basta ya, su eco se extiende incluso más alla de las fronteras. Del espiritu del 15M salen los representantes de la ciudadania los que dicen lo que todos piensan en forma de asociaciones, mareas, etc  y comienza a germinar eso que llaman populismo, casi siempre se nos olvida hablar del origen de Podemos y nos perdemos en reconocer que el pueblo conquista sus libertades no por omisión si no por acción. Un saludo. 

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  • Copito Copito 14/11/14 09:12

    Qué magnífico artículo! Qué clarificador. 

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  • Angels Angels 14/11/14 06:42

    El peligro puede consistir que la politica que bajó a la calle, se encierre, otra vez, el los altares y las tribunas.

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    • viaje_itaca viaje_itaca 18/11/14 16:04

      La vida es peligro, y además uno se tira al río cuando está perdido. Por algo los partidos tradiciionales de nuestra "democracia" están ahora tan desprestigiados. Antes no estábamos perdidos así que íbamos tolerando sus historias.

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    • fernaran fernaran 14/11/14 16:48

      De acuerdo, pero la garrapata que en este momento tenemos, nos esta chupando la sangre y es inexcusable quitarla.

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      • hartodjetas hartodjetas 15/11/14 11:57

        Pero para desprenderse bien de la garrapata es imprescindible no hacerle concesiones (vía pactos o componendas ¿no?).

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  • El analista de Marilyn El analista de Marilyn 14/11/14 01:05

    "La democracia no es ni esa forma de gobierno que permite a la oligarquía reinar en nombre del pueblo, ni esa forma de sociedad regida por el poder de la mercancía. Democracia es la acción que sin cesar arranca a los gobiernos oligárquicos el monopolio de la vida pública, y a la riqueza, la omnipotencia sobre las vidas."...En esta afirmación de Rancière se define con claridad el pensamiento constituyente democrático. ¿Por qué aceptar sumar lo de "populismo" a lo democrático"?... En su tiempo, demócrata, fue un insulto proferido por quienes se sentían nacidos para gobernar y amenazados por "los muchos". Quienes no queremos seguir dormidos en minoría de edad, quienes queremos acabar con el despotismo actual, no somos revolucionarios ni populistas, somos simplemente demócratas. Con deseos de poner la vida pública al servicio del bien común y la economía al servicio de las personas. Para construir la democracia, con un insulto nos basta: somos demócratas -y pacíficos, además- .Gracias  

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    • Raúl Suárez Raúl Suárez 14/11/14 07:36

      Muy acertada su exposición, la apoyo 100%. Aunque permítame añadir a título personal que si bien todos aquí somos demócratas no puedo evitar, desde una postura individual insisto, no sentirmde del todo revolucionario. A día de hoy en nuestro país la democracia está tocada y bien tocada. La necesidad de recuperaría de manera revolucionaria es urgente. España lleva décadas siendo expoliada por sinvergüenzas sin escrúpulos y a los que pocos se atreven a parar. Esperemos recuperar los ciudadanos la soberanía que los chorizos nos están arrebatando. La ilusión por el cambio de mucha gente desesperada crece día a día. Veremos cuando llegue el momento de votar hacia dónde queremos dirigirnos, nosotros y nuestro país. Saludos.

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  • Jaime Richart Jaime Richart 14/11/14 00:15

    Cuando "todo" iba bien -y iba bien hasta ayer-, análisis académicos como éste sólo podían tener sentido para los estudiosos de izquierda en seminarios, cátedras y tertulias de café. Y ahora que "todo" va mal, sobre todo para millones de personas, tiene una importancia capital. Lo malo es que sólo les prestamos atención los que ya "lo sabemos". Ni siquiera se la prestan esos millones de personas cuyas miras están puestas exclusivamente en el sobrevivir o en el vivir al día: demos que no puede permitirse el lujo de atreverse a saber

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