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Luces Rojas

La historia encadenada o contra el nacionalismo historiográfico

Publicada 23/09/2015 a las 06:00 Actualizada 23/09/2015 a las 12:47    
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Comenzaré con una obviedad que espero me perdonen: una persona puede tener las ideas políticas que considere y defenderlas contra viento y marea. Puede esforzarse por transmitir sus pareceres a quien desee. Su único límite es que en su actuación no coarte o dañe la libertad de otros y que no impida a quienes piensan distinto expresar sus propios puntos de vista.

Un historiador, como ciudadano, también puede tener opiniones políticas, faltaría más, y está en todo su derecho a defenderlas con independencia del interés que le lleve a hacerlo: importa poco que sea por simpatía política, por sentido de la responsabilidad, por beneficio personal o por mero capricho. Nadie está autorizado a silenciarle. Pero si un historiador utiliza la historia y el conocimiento que tiene de ella para, investido de la potestad que le proporciona su saber, reivindicar determinada acción política en el presente, no está exponiendo simplemente su opinión. Hace algo mucho más grave que exige, a mi entender, una respuesta contundente.

La historia es una disciplina de larga tradición, que ha experimentado numerosos cambios y alteraciones. Desde el voluntarioso esfuerzo de Heródoto por evitar que “los hechos humanos queden en el olvido”, la historia ha sido utilizada para muy diversos fines. Baste decir, parafraseando a Jacques Le Goff, que en muchos casos el estudio del pasado, más que ayudar a la liberación de los seres humanos, ha contribuido a su sometimiento.

La historia, por tanto, no es buena o mala en sí misma, sino que depende del uso que se haga de ella. Tanto es así que desde su irrupción como saber con vocación científica en el siglo XVIII, la disciplina histórica siempre ha estado sometida a revisión y a crítica. Dicha actitud, con sus altibajos y descarríos, ha contribuido a aumentar y a perfeccionar sus métodos y técnicas, tratando primero de desvincularla de otras ramas del saber y después de hacerla lo más científica, objetiva e imparcial posible.

Dejando de lado la candidez de algunos de los postulados que, con relación a la cientificidad u objetividad de la historia, han imperado durante algún tiempo, lo que pone de manifiesto esa constante crítica sobre el quehacer histórico es la vitalidad de la disciplina. La historia sigue ahí, dialogando con las humanidades y las ciencias, demostrando que es un saber activo e inquieto, que no para de pensarse, de cuestionar sus propias conclusiones; que sigue buscando objetos de estudio y que ansía hilar cada vez más fino en los ya abordados.

Hilar fino, esa es la clave. Si de algo son conscientes los historiadores es de lo extremadamente dificultoso que resulta estudiar el pasado, de la cantidad de variables, intereses, contradicciones y espacios en blanco que se encuentran a la hora de abordar una realidad social compleja; una realidad, además, mayoritariamente desaparecida, de la que apenas quedan restos.

Por eso se me hace difícil entender que un grupo de historiadores profesionales, en pleno siglo XXI, avalen o contribuyan a construir un relato intencionadamente simplificado del pasado que es puesto al servicio de unos intereses políticos inmediatos. El historiador que así actúa no hace más que emular la historia que se practicaba en el siglo XIX, aquella que se esforzaba por legitimar las aspiraciones de los Estados-nación. Está empleando, además, la autoridad y el poder de un saber colectivo en beneficio propio; está despreciando la labor de generaciones de historiadores que se han esforzado por desligar la historia de los intereses políticos y económicos del momento.

Johan Huizinga, uno de los más importantes historiadores de la primera mitad del siglo XX, lo expuso con claridad en una conferencia dictada en Santander, allá por 1934: “Los nacionalismos (…) ponen la Historia al servicio de un interés determinado con plena conciencia e impasible intención. (…) Tras ese interés se halla una idea suprema: la de un pueblo y un Estado (…) Y así es que crece en nuestro seno una historiografía cuyo tono suena cien veces más falso que los antiguos cantos de elogio que en siglos anteriores solían glorificar las hazañas de los monarcas triunfantes”.

Exactamente así, como monarcas triunfantes, se presentan Artur Mas y los principales políticos independentistas catalanes en un artículo aparecido recientemente en El País (“A los españoles”, 6/09/15). La Cataluña que dibujan semeja una arcadia feliz, el paraíso de la fraternidad, de la libertad y de la concordia. Cataluña aparece en su discurso como si estuviera hecha de una sola pieza, como si solo hubiera un único modelo, inmutable y eterno, de ciudadano catalán. Dicen: “Catalunya ha amado la libertad por encima de todo (…). Catalunya ha resistido tenazmente dictaduras de todo tipo (…).Catalunya se ha alzado siempre contra las injusticias de todo tipo (…). Catalunya es una sociedad fuerte, plural y cohesionada (…). Cataluña es, a su vez, un modelo ejemplar de convivencia”.

Es como si por esas tierras no hubiera habido catalanes saludando con el brazo en alto a las tropas franquistas durante su entrada en Barcelona, como si sectores muy importantes de la sociedad catalana no hubieran apoyado la dictadura de Franco durante 40 años; hablan de Cataluña como si allí no hubiera neonazis, ni alcaldes xenófobos que reciben miles de votos, ni maridos y padres maltratadores, ni políticos corruptos, ni especuladores aprovechados; parece que no exista la pobreza, ni la desigualdad social, ni los desahucios. Decir eso de Cataluña es tan risible como decir lo propio de España. La sociedad catalana, como todas las comunidades plurales y abiertas, tiene y ha tenido de todo: desde partidarios del archiduque Carlos a defensores de la legitimidad borbónica, desde defensores de la libertad y la República hasta acérrimos seguidores fascistas. Es sencillamente absurdo pensar lo contrario, al menos desde la racionalidad y la lógica.

Un tratamiento tan burdo, tan falso de su historia y de su presente, se entiende mejor recordando un simposio celebrado a finales de 2013 y titulado “España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)”. Organizado por el Centro de Historia Contemporánea de Cataluña y avalado por la Presidencia de la Generalitat, la estructura del congreso no dejaba lugar a dudas: aspiraba básicamente a justificar el independentismo catalán empleando argumentos históricos. Ya lo dijo Margaret MacMillan: la historia proporciona gran parte del combustible para el nacionalismo.

Allí, un conjunto de historiadores, pero también economistas, sociólogos, politólogos y lingüistas, se propusieron analizar las relaciones, “casi siempre represivas”, del Estado español con Cataluña. Eso es, al menos, lo que podía leerse en el programa del congreso: “los diversos ponentes analizarán las condiciones de opresión nacional que ha sufrido el pueblo catalán a lo largo de estos siglos, lo que ha impedido su pleno desarrollo político, social, cultural y económico”. Los académicos que participaron en las jornadas legitimaron con sus conocimientos dichas aspiraciones nacionalistas que son, por definición, maniqueas, excluyentes y simplistas. De este modo, frente a la complejidad inabarcable del pasado y las respuestas siempre insatisfactorias que nos proporciona su estudio, los ponentes, bastantes de ellos historiadores profesionales, fueron cómplices de un simposio que enarbolaba la bandera del enfrentamiento, la simplificación histórica y la afirmación taxativa. Utilizaron así su disciplina no como un fin en sí mismo, sino como esclava de una idea política, en este caso la de que todos los males de Cataluña tienen su causa u origen en España. Recuerden el folleto del simposio: España “ha impedido” el “pleno desarrollo político, social y cultural” del “pueblo catalán”.

Marc Bloch, maestro de historiadores, lo expresó con claridad en 1949: “Tengamos cuidado, porque la superstición de la causa única, en historia, es a menudo la forma insidiosa de la búsqueda del culpable”. Y añade: “el monismo de la causa no sería más que un estorbo para la explicación histórica”. De esta forma, que la causa o el origen de los males de Cataluña sea exclusivamente España basta para explicar todo lo demás; evita hacerse preguntas incómodas, preguntas que son propiamente históricas. Estas cuestiones parecen no interesar a los historiadores que participan en las ponencias, poseídos como están por el “ídolo de los orígenes”. Localizado el origen del mal (el Estado español), cualquier otra explicación se hace innecesaria. Como nos recuerda de nuevo Marc Bloch, “los orígenes son un comienzo que explica. Peor aún: que basta para explicar. (…) Ahí está el peligro”.

Así es como los participantes en el simposio “España contra Cataluña” se convierten en jueces, ansiosos como están por señalar al culpable, mezclando las evidencias históricas con sus juicios de valor políticos, pontificando sobre lo que está bien y lo que está mal. Recurren al pasado para justificar mejor el presente; también para condenarlo. Siguiendo a Bloch y desde un punto de vista histórico, la pregunta a formular sería por qué un grupo de académicos, en un momento determinado, decide participar y poner todo su saber al servicio de un congreso ideado para justificar la independencia de Cataluña. Qué factores económicos, políticos y sociales, amén de personales, conducen a esa situación. La respuesta a tal planteamiento solo puede ser compleja, pues son multitud los elementos que influyen en él. Pero este texto no es una pesquisa histórica, sino un artículo de análisis y opinión, un escrito, además, que no tiene interés en cuestionar la independencia de Cataluña como problema político; lo que aquí se denuncia es la manipulación que está sufriendo la historia en Cataluña con la aquiescencia de algunos de los más importantes historiadores del lugar.

Josep Fontana y Jaume Sobrequés, catedráticos eméritos; Josep M. Solé, Joaquim Nadal, Jordi Casassas y Sebastià Serra, catedráticos de historia contemporánea; Lluís Roura, catedrático de historia moderna; Agustí Colomines, profesor de historia contemporánea, y Antoni Furió, catedrático de historia medieval, son algunos de los historiadores a los que me refiero. Estos académicos demuestran con su actitud escaso aprecio por la disciplina que les ha encumbrado: la hacen retroceder más de un siglo. O quizá no, quizá siempre han practicado la misma forma de hacer historia y ahora su posición es más visible.

Sea como fuere, lo que queda claro es que estos historiadores utilizan sus conocimientos para actuar no como sabios, sino como jueces, disfrazando de cientificidad histórica lo que en realidad es una visión política personal. Su posición es absolutamente legítima como ciudadanos, pero no tanto como miembros de una comunidad académica que huye de la servidumbre y la falsedad. Volvamos a Marc Bloch: “El esoterismo huraño en el que persisten en encerrarse, a veces, los mejores de los nuestros, (…) todas esas malas costumbres, (…) comprometen una hermosa causa. Conspiran para entregar sin defensa la masa de los lectores a los falsos brillos de una pretendida historia, de la cual la ausencia de seriedad, el pintoresquismo de pacotilla y los prejuicios políticos, piensan redimirse con una inmodesta seguridad”. Comparto con pesadumbre el dictamen del historiador galo: a veces los mejores de los nuestros comprometen con su actitud una hermosa causa.

A muchos les parecerá extraño, e incluso osado, que un (relativamente joven) historiador reconvenga así a tan ilustres figuras, a investigadores con mucha más experiencia y abundantes libros a sus espaldas. Lo cierto es que debería ser al revés: deberían ser ellos los que me reconvinieran a mí, frenando mi ímpetu y canalizando mis ambiciones, repitiéndome con paciencia las reglas de nuestra disciplina y las líneas rojas que nunca se deberían cruzar. Pero el estudio del pasado, si algo enseña, es que el futuro no está escrito y que los mayores, en ocasiones, pueden ser tan insensatos como el más irresponsable de los jóvenes.

_____________________________________________

Alejandro Lillo es historiador, doctorando en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia. Su tesis, en proceso avanzado de redacción, versa sobre 'Drácula', la novela de Bram Stoker. Colabora desde hace años con Justo Serna en distintos proyectos comunes vinculados con la historia cultural, entre ellos 'Covers (1951-1964): cultura, juventud y rebeldía', exitosa exposición organizada por la Universidad de Valencia.

 
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15 Comentarios
  • manugarrote manugarrote 24/09/15 12:20

    No tengo nivel suficiente para enfrentarme con cualquiera de esos especialistas en historia, ni economistas; si tengo claro a lo largo de mis 74 años, haber vivido en propias carnes la diferencia entre Cataluña y la España mesetaria en la era franquista, donde el campesino trabajaba duramente, su ahorro de forma obligatoria marchaba para esa zona procedente de las Cajas en bonos u obligaciones bursátiles y era obligado a comprar las manufacturas de allí procedentes, protegidas por los aranceles ante las extranjeras de mejor calidad y menor precio, además de mano de obra barata hablando el mismo idioma y con la misma religión. Idioma que les sirvió para vender en Iberoamérica, ahora denostado. Queremos a Cataluña, pero no con mentiras. Yo viví en Manresa cuando tenía 6 años, en la escuela se rezaba en catalán, se bailaba la sarda en la plaza y eso que había un fuerte despliegue militar y se leían libros publicados en catalán. Mi madre, hizo amistades inolvidables y mi recuerdo muy grato

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  • Tubal Tubal 23/09/15 19:33

    "Los mayores, en ocasiones, pueden ser tan insensatos como el más irresponsable de los jóvenes", dice el Sr. Lillo, joven historiador...Yo y muchos otros, que no somos ni jóvenes ni historiadores, sino vejetes inquietos que hemos procurado analizar datos del pasado para tratar de comprender mejor el presente, creemos que la Historia no ha sido nunca una "ciencia", sino un arte; es decir, una técnica aplicada al análisis de hechos de trascendencia social por personas que han solido interpretarlos y trasmitirlos a partir de sus propias concepciones del mundo (y frecuentemente de sus intereses). De igual modo que los pintores no son científicos, sino artistas que utilizan colores y formas para expresarse. ¿Cree alguien que Menéndez Pelayo, por ejemplo, nos contaba la historia de los heterodoxos españoles "científicamente"?. Los mitos han sido el telón de fondo permanente de la historiografía. 

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    • LUIS RAMON LUIS RAMON 23/09/15 20:28

      Muy acertada su comparación de la historia con la pintura. Si le damos a cinco pintores una casa para que la pinten, seguro que cada uno la pinta de una manera. Pero la casa siempre será la misma. Cada acontecimiento histórico se compone de los millones de historias individuales que vivieron ese acontecimiento. La labor del buen historiador está en tener en cuenta todas esas intrahistorias para dar una visión global y objetiva de lo que ocurrió.

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  • Antoni Furió Antoni Furió 23/09/15 13:38

    El señor Alejandro Lillo no se ha leído mi artículo en el congreso que critica. Espero, aunque lo dudo, que sea más riguroso en la escritura de su tesis doctoral. De momento, como el personaje al que ha decidido dedicarla, da miedo.

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    • sipina sipina 23/09/15 17:49

      Tendrá Ud. razón Sr. Furió cuando sea tan amable de mostrarnos al resto de lectores el enlace al artículo al que alude, para que así podamos extraer conclusiones. En tanto, mal asunto defenderse con la descalificación irónica.

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      • Francoforte Francoforte 24/09/15 11:32

        Con un poquito de Google se encuentra la intervención del Sr. Furió que versa, no sobre Cataluña sino sobre el Reino de Valencia o el País Valenciá. Ponència d'Antoni Furió: «Espanya contra el País Valencià» https://www.youtube.com/watch?v=So3r-M_YHVw . El articulista o doctorando arremete contra ya doctores en un afán claro de notoriedad. El artículo se debate entre el cultismo de citas generalistas propias de su tesis con la idea fija de que Rspaña es Una , Grande y Libre, por ese orden. Y que, como aprendí de pequeño y veía todos los días en las monedas, por la Gracia de Dios. Una blasfemia para sostener un "hecho histórico inmutable". Lo mismo puede decirse de la monarquia que ha forjado ese "hecho histórico inmutable y eterno" llamado España. España es inmutable pero Cataluña u otra zona histórica europea, sea Cataluña o Escocia, no gozan de esa propiedad física. Así como el autor nos informa que en Cataluña siempre ha habido "españolistas" y hasta fascistas........

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        • sipina sipina 24/09/15 19:35

          Ya había encontrado la intervención oral del Sr. Furió, pero creí oportuno que fuera él mismo quien, en lugar de descalificar, ofreciera su argumentación. Y lo que deduje de esa intervención es que Castilla 'arrasó' el País Valenciano, y también Cataluña. Supongo que históricamente es así, correcto. De los comentarios hechos sobre este artículo, no creo que haya habido alguno defendiendo la España imperial de aquella época. De lo que aquí de trata es la elección del momento en que se produce el Simposio, y por quien está patrocinado que como sabe fue la Generalitat. A mi me sigue pareciendo válida la argumentación del Sr. Lillo y me sigue pareciendo que Ud., como el Sr. Furió, invoca la sabiduría 'ex cátedra' como argumento de peso, lo que me parece fuera de lugar, y descalifica también a un doctorando con lugares comunes, sin argumentos. 

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  • Agata Agata 23/09/15 11:55

    Enhorabuena por explicar tan bien la instrumentalización de la Historia por parte de personas competentes pero oportunistas. La Historia no es objetiva, pero los datos que maneja el historiador sí que tienen que serlo. A ver qué cuentan el lunes...

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  • VDV VDV 23/09/15 10:31

    Le felicito por el articulo, a mi entender, es perfecto.

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  • Copito Copito 23/09/15 10:18

    Qué interesante y lúcida exposición !. Se podría incluso extrapolar a muchos comportamientos individuales.   "La superstición de la causa única es a menudo la forma insidiosa de la búsqueda del culpable" " pontificado sobre lo que está bien y lo que está mal" y de paso esquivando hacernos preguntas incómodas. Podríamos preguntarnos cuantos comportamientos a nivel individual no se rigen de la misma forma que a nivel colectivo.

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  • BASTE BASTE 23/09/15 09:27

    Empezamos mal cuando hablamos de la Historia pues no deja de ser una meta utópica,sería mejor hablar de las historias.En las diferentes crónicas juega hasta el tipo de letra conque se escriben,luego no digamos lo que influye la situación del escribiente,su cultura y su sumisión.Todo ello nos da diferentes panoramas según las gafas históricas empleadas y,normalmente,uno emplea las antiparras más cómodas y que más se adaptan a su visión,ello hace que,muchas veces,veamos los defectos de los demás y estemos ciegos a los propios,por ejemplo el llamado nacionalismo y su uso.Cada uno usa las partes del pasado que más se adaptan a su forma de pensar,partes que son de la forma de pensar del que las vivió y,con ellas,se forja su propia realidad que no es más irreal que la de su oponente que usa el mismo sistema pero con otras historias.Dejémonos de historias y trabajemos en el presente,pongámonos de acuerdo y vivamos en paz,sin nadie encima de nadie.

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    • M.A. Apodaca M.A. Apodaca 23/09/15 10:24

      Complicado. Ahora me pongo el gorro de historiador, ahora el de ciudadano, luego... Pero lo complicado no nos echa para atrás. Lo intentamos, nos esforzamos, conseguimos logros (siempre limitados, parciales). La utopía de la objetividad en la ciencia; la utopía de que nadie esté por encima de nadie. Nos esforzamos en los diferentes frentes, tantos. En cada uno pretendemos avanzar. Cada uno tiene sus condicionantes. No todos somos científicos, yo no desde luego, pero nos vendría bien acercarnos y servirnos del método científico: Análisis profundo, crítica de nuestros postulados, contraste, intento de objetividad, etc. Las grandes metas no se alcanzan pero hay diferencia entre unos resultados y otros. La ciencia tiene un sentido y una utilidad y además es posible.

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      • BASTE BASTE 23/09/15 13:27

        Solo sé que no sé prácticamente nada,de lo único que soy,medianamente consciente,es del presente que me toca vivir,que según que teorías solo es uno más.A pesar del método científico,las cosas cambian de la tierra plana a la redonda,del origen bíblico al de los 15000 millones de años,del universo cerrado al expansivo o al inflacionario.Vamos,que según algunos,no podemos ni situarnos,la incertidumbre es total.Y la Historia es sumamente cambiante,oculta e inexacta y ello hace que cada uno la utilice según su conveniencia y todos tienen legitimidad para hacerlo,no unos más que otros.Pero lo claro es que dialogando y refrendando se pueden solucionar muchas cosas,solo hay que tener la voluntad de hacerlo.Lo que se consigue por imposición,no dura mucho y siempre está produciendo conflictos.

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      • sipina sipina 23/09/15 11:55

        Quizás sea pertinente aclarar lo que sigue. Si por método científico se entiende el de las ciencias empíricas (biología, física, geología y química) conviene decir que la observación de un resultado un millón de veces no impide considerar que al repetir el experimento en la millón y una ocasión, el resultado obtenido sea diferente. Esto no quiere decir que una ley empírica sea sospechosamente verdadera, ahí están los logros científicos; simplemente, no debe confundirse una ley de este tipo con una ecuación determinística en donde el resultado si, siempre es el mismo. Si bien la matemática ofrece multitud de aplicaciones, entre otras el computador con el que probablemente todos escribimos y del que no parece oportuno dudar de su existencia, no conviene confundir dominios de acción, y sobre todo los principios en los que se fundamentan unos y otros conocimientos humanos. 

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  • sipina sipina 23/09/15 08:24

    Ni más sincera enhorabuena Dr. Lillo (pues estoy convencido de que su tesis será 'cum laude' a la vista de este artículo). Demuestra gran valentía en la denuncia, incluida la académica, que buena falta nos hace en este país. No lo dude, su último párrafo contiene un comentario con probabilidad prácticamente uno. Nos hacen falta historiadores como Ud. en nuestras universidades. 

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