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Luces Rojas

El 'Green New Deal', un pacto verde para garantizar nuestro futuro

Stuart Medina Miltimore
Publicada el 18/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 17/03/2019 a las 14:17
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Pocos cuestionan que nos enfrentamos a una crisis climática que podría hasta señalar la linde entre dos eras geológicas, quizás el fin del antropoceno. La acumulación de gases de efecto invernadero favorece la sucesión de eventos climáticos extremos como huracanes, ciclones, olas de frío o de calor e inundaciones. Los regímenes pluviométricos cambian, posiblemente aumentando la aridez en algunas zonas, por ejemplo, de nuestro país.

Estos cambios avanzan a un ritmo imperceptible en la escala temporal de las personas, lo cual favorece la negación. Quizá esa gradualidad explique la mezcla de complacencia y ausencia de reacción ante una probable catástrofe climática. La derrota de los que luchan por convencer a la sociedad de la urgencia de actuar es muy probable si no entendemos otro fenómeno coetáneo igualmente perverso.

Gracias al episodio de inflación de los años 70, al que el keynesianismo no supo responder, el neoliberalismo capturó las elites occidentales con promesas de competitividad y crecimiento económico que restablecerían la estabilidad de precios y la rentabilidad de un sector empresarial amenazado por la combatividad de la clase trabajadora. Sin embargo, los resultados en términos de crecimiento económico han sido decepcionantes. Para echar sal sobre la herida esta era neoliberal ha engendrado un panorama social de desigualdad y precarización.

Sin embargo, las elites neoliberales pretenden dar respuesta a la crisis climática con mecanismos de mercado estableciendo incentivos para que el sector privado, pletórico de energías creativas gracias a las políticas “business friendly”, se ocupe de resolver los problemas.

Por otra parte muchas medidas ambientalistas perjudican a personas cuyo medio de vida depende de actividades tradicionalmente asociadas a la emisión de gases de efecto invernadero. El presidente francés, Emmanuel Macron, al combinar bajadas de impuestos a las grandes fortunas con medidas de desregulación e impuestos sobre el gasóleo, ha acabado detonando las algaradas de los chalecos amarillos. El discurso negacionista de Trump caló entre los amenazados por un ambientalismo incapaz de ofrecer un futuro sustitutivo del presente que se pretende aniquilar. Se amenaza el futuro de personas que carecen de salidas profesionales alternativas al desempleo: los mineros del carbón asturiano o de Virginia Occidental, los autónomos que se mueven en furgonetas propulsadas por motores diésel, los empleados de las centrales de producción energética de El Bierzo y otros colectivos y comunidades observan estupefactos y crecientemente airados como sus medios de vida tradicionales están periclitados. Tras la caída de esas actividades sigue la ruina económica de sus comunidades locales.

El imperante régimen neoliberal deja inermes a las sociedades para dar respuesta a la doble crisis climática y social. El Estado, encadenado por limitaciones institucionales y financieras imaginarias, balbucea respuestas a uno de los mayores desafíos de la humanidad. Confiar la solución a las fuerzas del mercado o a la prohibición de determinadas actividades sin ofrecer una alternativa atractiva a los perdedores del cambio de modelo energético expone la ciega soberbia de las élites.

Estas pretensiones solo pueden derivar en melancolía porque difícilmente los agentes del sector privado accederán a los ingentes recursos financieros que requiere una transformación radical de nuestro modelo climático. Pensemos, por ejemplo, en la necesidad de reformar toda la industria automovilística para adaptar los vehículos a una motorización eléctrica; o consideremos la enormidad de la tarea de modernizar y adaptar el parque inmobiliario de todo un país para que las viviendas sean carbono-neutrales sin menoscabo de la comodidad de sus moradores.

El capitalismo en su fase neoliberal contemporánea se pierde en su laberinto de la austeridad y se muestra impotente para resolver la doble crisis social y ambiental. Quizás sea necesaria una iniciativa descabelladamente ambiciosa para construir una alternativa a un sistema averiado.

Qué pretende el 'Green New Deal'

En EEUU, la joven y refrescante congresista Alexandria Ocasio-Cortez propone una alternativa que permitiría recuperar los pactos sociales rotos y abordar de forma decidida el reto del cambio climático sin generar nuevas marginaciones sociales. La propuesta del Green New Deal (GND), o Nuevo Trato Verde, es un programa comparable en su escala al plan Marshall, el de construcción de autopistas de Eisenhower o la carrera espacial de las eras de Kennedy y Jruschov.

El GND comprometería al Gobierno de los EEUU a liderar la transformación del modelo energético con iniciativas que crearían empleo de calidad. El objetivo a largo plazo es conseguir cero emisiones netas de gases de efecto invernadero. Esto quiere decir que se pretende minimizarlas en lo posible pues, para aquellas actividades en las que no sea posible llevarlas a cero, se compensarán con iniciativas que secuestren el carbono. Conseguir que los EEUU reduzcan sus emisiones netas a cero es crucial porque el país tiene una cuota del 20% de todas las emisiones mundiales.

Para que reciba el respaldo de la mayoría el plan tiene que ser inclusivo. A diferencia del abordaje ambientalista convencional, se pretende que la transición energética cree empleos para todos, también para las víctimas de actividades que deban ser abandonadas. Por tanto el GND tiene que ir asociado a la generación de millones de puestos de trabajo bien retribuidos y bajo condiciones de contratación dignas. Se pretende que el programa contribuya a reducir las discriminaciones por razón de género o raza.

El GND contempla una inversión masiva para modernizar la degradada infraestructura de los EEUU con nuevas redes de transporte público económico y accesible incluyendo el ferroviario de alta velocidad, terrenos donde la nación norteamericana va rezagada frente a otras naciones.

Se pretende modernizar también todo el parque inmobiliario para asegurar que los edificios sean más eficientes en el consumo de agua y energía, seguros, económicos, cómodos y duraderos. El GND debe promover proyectos que aseguren el acceso universal al agua potable, al aire sin contaminar, a los alimentos saludables y a la naturaleza.

Además, se financiarán construcciones que puedan aguantar el embate de los desastres causados por el cambio climático tales como los temporales o las inundaciones.

Se invertirá en las industrias ya existentes y se impulsará el desarrollo de la fabricación limpia para eliminar la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero mediante la expansión de la generación de energías renovables.

En colaboración con los agricultores y ganaderos se pretende eliminar la contaminación y la emisión de gases del sector siempre que lo permita la tecnología, invirtiendo en prácticas agrícolas y de usos del terreno sostenibles para mejorar la salud de los suelos, apoyando de paso a las explotaciones familiares.

El empleo de tecnologías convencionales pero ya probadas en la restauración de los ecosistemas naturales incrementará el secuestro del carbono en los suelos, por ejemplo mediante la conservación de suelos y la aforestación —la forestación de áreas que anteriormente no tenían cobertura arbórea—. Asimismo se pretende restaurar y proteger los ecosistemas amenazados a través de proyectos que faciliten la biodiversidad y la resiliencia frente al cambio climático. Se limpiarán los lugares abandonados y contaminados con residuos peligrosos para asegurar su desarrollo económico y aprovechamiento sostenible.

En el terreno internacional se facilitará la transferencia de tecnología entre países, sobre todo hacia los menos desarrollados. Pero también se asume el compromiso de implantar normas de comercio internacional, estándares de aprovisionamiento y ajustes en frontera, que garanticen una protección fuerte de los derechos laborales y del medioambiente para frenar la transferencia de los empleos y de la contaminación y favorecer la fabricación local.

Se pretende asimismo que la ejecución no se haga desde una mastodóntica burocracia centralizada. Por ello se aportará financiación a las administraciones locales para que puedan desarrollar sus propios proyectos, aquellos que consideren más urgentes y útiles para sus comunidades. No se pretende tampoco expulsar al sector privado de la actividad económica sino involucrarlo en los proyectos iniciados desde el Estado y las corporaciones locales, generando nuevas oportunidades de negocio y creando una potente demanda agregada que incentivará la inversión.

La resistencia política

Sin duda el programa es ambicioso y reconocemos que hay retos políticos casi insuperables. Pero la recientemente anunciada candidatura de Bernie Sanders a la presidencia de los EEUU también ha suscrito el GND. Aun así es evidente que la resistencia política será feroz.

Una de las principales objeciones, ya opuestas por el conservadurismo, es cómo financiarlo. Para el pensamiento económico neoclásico sería natural preguntarse de dónde vendrá el dinero. Desde la perspectiva de la teoría monetaria moderna (TMM), a la que se adhiere Alexandria Ocasio-Cortez, este problema es relativamente trivial. La respuesta breve y sencilla es: de la misma manera que los EEUU o la URSS financiaron su esfuerzo bélico para derrotar a Hitler. Si para hacer la guerra parece que los recursos nunca fueron escasos, declarémosle la guerra al cambio climático.

Desde la TMM sabemos que el Estado crea el dinero cuando ejecuta sus políticas de gasto; también que los impuestos no financian al Estado sino que éstos sirven para obligar a la población a buscar con avidez y aceptar el dinero que emite el Estado. Los impuestos son una obligación de devolver al Estado aquello que éste ha entregado a la población previamente a cambio de los recursos que se han destinado a los fines públicos. Por tanto, el gasto público necesariamente antecede a los impuestos los cuales simplemente destruyen el dinero creado por el Estado. El sistema monetario y fiscal constituye un bien engranado mecanismo de transferencia de recursos hacia los fines públicos. Por tanto la respuesta a la pregunta que inquieta a mucha gente es sencilla de responder: el dinero se creará cuando el Estado ejecute las políticas de gasto asociadas al GND.

Eso no quiere decir que un gobierno pueda gastar sin límites. Existen y éstos son la disponibilidad de recursos que puedan destinarse a esos propósitos. Pero, objetarán muchos, ¿eso no sería inflacionista? Mientras existan cohortes de desempleados o fábricas que no llegan al límite de su capacidad productiva, el GND no tiene por qué crear cuellos de botella. Si la inflación asomara la patita el Estado podría optar por frenar o adaptar sus políticas de gasto o aumentar los impuestos para obligar al sector privado a entregar más recursos al Estado. El Estado tiene sobrada capacidad de gestionar la demanda y la oferta para evitar la generación de cuellos de botella y conflictos por el reparto de las rentas.

Por ilustrar lo antedicho supongamos que las obras de aislamiento de viviendas produjeran un aumento de los precios de material de construcción. En este caso el Estado podría optar por frenar el ritmo de adaptación de los inmuebles. Pero también podría fomentar la investigación y desarrollo de nuevos materiales y tecnologías de aislamiento; financiar la creación de nuevas fábricas de material de construcción; abrir los mercados a la importación de estos productos; o elevar los impuestos a la construcción privada para liberar recursos que se podrían destinar a las obras que promueve el sector público.

Por otra parte un GND inteligentemente diseñado es una potente política de oferta que, al aumentar la eficiencia de los procesos productivos y recuperar entornos degradados, permite liberar recursos anteriormente derrochados, inutilizados o despreciados. El GND podría aumentar la disponibilidad de energía, agua, suelo y materias primas para toda la sociedad rebajando su coste y aprovechándolos de forma más sostenible.
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Stuart Medina es economista y MBA por la Darden School de la Unversidad de Virginia.

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3 Comentarios
  • jorgeplaza jorgeplaza 19/03/19 23:43

    La cuadratura del círculo se sabe hace muchos años que es imposible. No es posible luchar en serio contra el cambio climático y que ganen todos. De hecho, lo que podríamos llamar contradicción principal no es ni siquiera entre distintos grupos dentro de un mismo país, que hay contradicciones, sino entre países. El mismo artículo dice que EE.UU. es responsable del 20% de las emisiones totales. Quiere decir que si los EE.UU. desaparecieran, quedaría en pie el 80% del problema. Y en ese 80% restante están países cuya población crece explosivamente y cuyo consumo de energía por cabeza también: ese es el verdadero problema irresoluble, la competencia entre países con creencias e intereses frontalmente opuestos. Dígales ustedes a indonesios, brasileños o mejicanos (juntos superan con muchos la población de EE.UU.) que dejen de proliferar como conejos y de incrementar su consumo de energía (y de agua; y de suelo; y de...) y verá qué éxito tiene. Y solo he mencionado unos cuantos países: podría haber dicho India, Pakistán, NIgeria...

    Es un caso perdido. Si el género humano sobrevive, bien. Y si no...

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  • eldeantes eldeantes 18/03/19 10:23

    Cuando el "Green New Deal" ataca.......

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  • Alfonso J. Vázquez Alfonso J. Vázquez 17/03/19 22:17

    Una reduccion de la jornada laboral que pondría en el mercado a todos los parados significaría un aumento de la demanda que reduciría el coste de la producción con lo que manteniendo los mismos precios las mempresas compensaría el incremento de coste salarial al disminuir la jornada laboral y por parte del Estado se incrementarían los impuestos recaudados sin necesidad de modificar los tipos al aumentar el IPRF y el IS, pero sobre todo el IVA.Además se produciría un inmenso ahorro en subsidios que,pràccticamente desaparecerían.

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