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Ernesto Samper, expresidente de Colombia: "En las drogas, hay que desmontar el enfoque prohibicionista"

  • El presidente entre 1994 y 1998 aboga en un libro por descriminalizar el consumo y por la corresponsabilidad entre países productores y consumidores
  • Apoya el proceso de diálogo entre el actual Gobierno y las FARC en Cuba, ante el que se muestra optismista
  • "Por el bien de Colombia, espero que el sucesor de Chávez sea Nicolás Maduro"

Publicada el 10/03/2013 a las 15:36 Actualizada el 11/03/2013 a las 21:16
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El expresidente Ernesto Samper (1994-1998) aboga por legalizar la marihuana y descriminalizar el conusmo de las demás drogas

Samper aboga por legalizar la marihuana.

Durante la campaña que llevó a Ernesto Samper (Bogotá, 1950) a la presidencia de Colombia, murieron asesinados cuatro de los seis candidatos, pero el plato más amargo para el presidente llegó tras ganar las elecciones, y poco antes de asumir el cargo, cuando el candidato derrotado y futuro presidente, Andrés Pastrana, dio a conocer pruebas que mostraban que la campaña de Samper había recibido dinero del cártel de Cali. El conocido como Proceso 8.000 condicionó un mandato en el que aumentó la inversión social pero en el que no se pudieron abordar otros problemas acuciantes de Colombia, como las negociaciones de paz o un cambio de enfoque en la lucha contra las drogas. Ahora, Ernesto Samper publica Drogas. Prohibición o legalización. Una nueva propuesta (Debate), que afirma supone para él “una sacadita de clavo”, y en el que pide un giro del enfoque prohibicionista contra las drogas en favor de una propuesta descriminalizadora que abogue por la prevención y el multilateralismo.

P. Su libro sale poco después de que una serie de líderes regionales, incluido el presidente de Estados Unidos, declararan la necesidad de cambiar el enfoque de la lucha contra las drogas. Si el diagnóstico está avalado por unas estadísticas escalofriantes, ¿por qué no hay un giro? ¿Se explica todo por la inercia? ¿Hay algo más?


R.
La política que nos rige en materia de droga desde hace cien años es la prohibicionista, desde la Convención Internacional del Opio de 1912, y desde ese entonces se han venido aumentado la lista de sustancias prohibidas, pero también las formas de perseguirlas, pero está claro que eso ha fracasado y que necesitamos una alternativa, pero no podemos pasar de un fundamentalismo prohibicionista a otro legalizador; es necesaria una tercera vía, que ubique objetivamente una posición que en esencia es comenzar a desescalar la política prohibicionista.

P. ¿Qué impide que esa propuesta, sobre la que hay consenso político y social, salga adelante?


R.
Hay un bloque prohibicionista, que refleja la política exterior norteamericana. Desde que Nixon lo convirtiera en 1961 un problema de seguridad nacional hemos creado un problema mayor, algo que ha acabado por narcotizar las relaciones de América Latina con los Estados Unidos, y además hay otra parte importante en el bloque prohibicionista que son los países musulmanes, que por razones de carácter religioso y moral, han rechazado todas estas drogas e incluso el tabaco.

P. Se da entonces una alianza insospechada entre Estados Unidos y el islam más ortodoxo en esta materia


R.
Sin que esa relación se extienda a otros ámbitos. También le ocurre con China, sin que eso quiera decir que en estos países no se esté consumiendo, se está haciendo y en qué medida. Por eso la idea es que la salida al problema debe ser otro, porque mientras no se cambie el mecanismo multilateral de la represión, no vamos a avanzar.

P. ¿Por qué dice que pasaríamos de un fundamentalismo prohibicionista a uno legalizador?


R.
Toda la política prohibicionista está montada en base a unos mitos, como el que dice que las drogas no son dañinas porque sean dañinas sino porque están prohibidas, algo que recuerda a la paradoja que dice que Eva cogió la manzana no porque fuera pecado sino porque estaba prohibida. Así que se ha caído en el fundamentalismo de decir que lo que hay que hacer es que la gente consuma lo que quiera y en las cantidades que quiera.

P. Y no cree que ese fundamentalismo legalizador nunca puede ser peor que la situación actual?


R.
Seguramente no, pero sí es utópico. No se trata de teorizar sobre salidas imposibles sino de construir una política, que es la que yo propongo en el libro, para sustituir la criminalización por una descriminalización, que no cuestione el carácter reprobable socialmente, pero que la manera de prevenirla sea a través de la prevención, más con un enfoque sanitario.

P. Es algo que ya se ha hecho en algunos países europeos, si no legal, al menos tácitamente. Sin duda hay un mejoramiento de la salud pública con ese enfoque para los países consumidores, pero no descenso de los niveles de consumo, ¿qué cambia esto en los países productores como Colombia? Al fin y al cabo, sigue habiendo demanda.


R.
La división en distintos bloques entre países productores y consumidores pudo ser una realidad hace veinte años, pero ya no. Lo que hoy nos muestran los estudios es que hay países productores y al mismo tiempo consumidores, como es el casi de Brasil o Colombia, y que esa tendencia se acentúa. Entonces, ya nos estamos moviendo en el terreno de la corresponsabilidad y en el terreno de la responsabilidad compartida. Todos somos responsables de la política contra las drogas. Y eso plantea una segunda respuesta. Lo que está incidiendo fuertemente en una revisión de la política contra las drogas no es solamente el daño que causa contra la salud, sino también el daño medioambiental, en hacinamiento carcelario, en derechos humanos…

P. Lo que pide es que los países consumidores se hagan cargo, desde su nuevo enfoque, de los problemas que genera dicho consumo en los países productores.


R.
Lo que yo quiero es que los países consumidores entiendan es que la cadena de las drogas es integral y es compleja, ya no hay esas fronteras tan diferenciadas entre los productores y los consumidores, de modo que hay que trabajar sobre todos los aspectos y sobre todos los eslabones de esa cadena de forma multilateral.

P. La despenalización de la dosis mínima en Colombia de 1991 no produjo aumento del consumo.


R.
No está demostrado en general que una mayor interdicción produzca una rebaja del consumo, ni que la despenalización de las drogas produzca un aumento, entre otras cosas porque las leyes del narcotráfico son muy flexibles. Los narcos se mueven con mucha capacidad de sustituir cargamentos apresados, por lo que no lleva automáticamente a un aumento de precios.

P. Ahora que hablamos de los narcos; con su enfoque veo muy claro cuál es su propuesta para la demanda de las drogas, pero, ¿cuál es su propuesta para hacer frente a la oferta de drogas? ¿Cómo combatiría el negocio? Que es al fin y al cabo lo que corrompe al Estado.


R.
Nosotros tenemos autoridad para reclamar una política alternativa, porque de alguna manera hemos sido maltratados como país productor de droga. Nuestro enfoque no es solo combatir el consumo, sino trasladar la responsabilidad de la lucha a los países consumidores. Lo que ha cambiado la situación que venimos sufriendo desde hace treinta años es que ahora, por primera vez, no todos los países productores están a un lado y los consumidores a otro. Por ejemplo, hay 600 millones de consumidores de éxtasis, que es producido en los países que hasta hace poco solo se tenían por consumidores. Se ha vuelto más complejo el negocio, pero de alguna manera más interesante para una salida alternativa porque ya no sólo nos interesa a nosotros.

P. ¿Habría habido tantos años de conflicto y violencia sin el dinero de la droga?


R.
Seguramente, no. La droga ha sido el carburante de todas las formas de violencia que hemos conocido estas décadas en Colombia.

P. ¿Hay algún sector económico en Colombia que no esté traspasado por dinero de la droga?


R.
La droga ha influido no sólo en sectores políticos. También en bancos, hospitales... La droga está metida hasta en la sopa en Colombia. Nadie puede tirar la primera piedra.

P. Usted aboga por legalizar la marihuana.


R.
El producto bandera de la lista de sustancias prohibidas es la marihuana, no porque sea dañina, ni porque tenga el mismo nivel de peligrosidad de otras sustancias, sino porque es el consumo social y culturalmente más extendido. Hay 200 millones de consumidores de marihuana. Perseguir una droga como la cocaína, cuyo consumo mundial anual cabe en 90 camiones de 20 toneladas, o la heroína, que cabe en 40 camiones, no tiene tanto impacto mediático como perseguir una droga que consumen 200 millones de personas.

P. Afirmó que este libro es “una sacadita de clavo” para usted


R.
Así es, porque hace 20 años yo propuse la legalización de la marihuana, cuando el problema estaba concentrado exclusivamente en la Sierra Nevada de Santa Marta [norte de Colombia], y entonces me tildaron de loco, de subversivo, de anarquista… pero los argumentos que yo proponía entonces siguen siendo válidos.

P. Usted sufrió un atentado antes de ser presidente, mataron a varios compañeros de partido, a personajes importantes como directores de periódico, jueces, congresistas, que eran cercanos a usted. Luego, además, sufrió acusaciones de haber financiado su campaña con dinero del cártel de Cali, e incluso Estados Unidos le retiró la visa para viajar a aquel país. ¿Cómo se vive una extrema tensión como esa? ¿Podía concentrarse para algo? ¿Era capaz de leer novelas? ¿De ver películas?


R.
Novelas no mucho. Vi mucho cine, pero no me quedaba tiempo, porque el tiempo de lectura se me iba en documentos técnicos. Es muy poco el tiempo de lectura recreativa que le queda a un presidente en general, no sólo a mí. Pero, ¿sabe una película que vi dos o tres veces porque me descansaba? “El cartero, de Pablo Neruda”. Esa era mi preferida. Además, uno tiene que separar las labores de Estado de las personales. Y en cuanto al miedo… uno se cría en ese ambiente. Durante la campaña que yo hice para llegar a presidente asesinaron a cuatro de los seis candidatos. No es que a uno no le da miedo, es que aprendemos a vivir con el miedo, y a manejarlo.

P. Se ha mostrado favorable al proceso de paz entre las FARC y el Gobierno? ¿Cómo ve el proceso? ¿Por qué cree que esta vez puede funcionar?


R.
Porque hay una alineación de astros. Primero, la participación de Cuba y Venezuela, a pesar de que la muerte de Chávez abre un interrogante. Segundo, porque hay un nuevo balance de fuerzas sobre el terreno. Las Autodefensas o distintos sectores paramilitares ya no son tan beligerantes, y de alguna manera la política de Seguridad Democrática del presidente Uribe debilitó a las FARC significativamente, y se reequilibraron las fuerzas a favor del Estado. Ahora no se puede dar algo parecido al Caguán [San Vicente del Caguán, ciudad donde se realizaron las fallidas conversaciones entre las FARC y el Gobierno de Andrés Pastrana, que vinieron precedidas de la concesión de una “zona de despeje” para la guerrilla]. Y en tercer lugar porque la actitud del presidente Santos, especialmente en materia de tierras y en materia de víctimas, abre una gran puerta, no para la paz a corto plazo que se va a conseguir en La Habana, sino para reconciliarnos y darnos nuevas oportunidades.

P. Parece optimista


R.
Sí. Siempre he sido optimista. Aquí había dos salidas: o profundizar la guerra o negociar a través de un diálogo. Siempre he pensado que el diálogo produce menos costos.

P. Desde fuera se ve una transformación de Álvaro Uribe desde un presidente que levantó el ánimo doblegado de un país tras el fallido proceso del Caguán, a líder de las posiciones más radicales de la derecha. ¿Cómo explica su evolución hasta llegar a ser el principal opositor de su sucesor, el presidente Santos?


[Silencio]… unas explicaciones de carácter personal. Nada explica su actitud. Los jefes de Estado no están hechos para ponerles palos en las ruedas, o tuits, a sus sucesores, sino para colaborar con su experiencia.

P. ¿Cómo cree que afectará la muerte de Chávez a la región?


R.
A Colombia podría llegar a afectarle, porque podría afectar a la paz que se negocia si el sucesor no es Nicolás Maduro.

P. ¿Usted cree que será Maduro?

R.
Espero que sea Maduro por el bien de la paz en Colombia.

P. ¿Y a la región?

R. Chávez consiguió sacar adelante un modelo alternativo de desarrollo, basado en una mayor intervención del Estado, en un mayor compromiso social, en un control de las leyes de mercado, en acuerdos de integración más que en acuerdos de libre comercio… Y a mí personalmente me gustan más los tratados de integración entre hermanos que los tratados de libre comercio entre mercados.

P. ¿Por qué no hay una socialdemocracia fuerte en América Latina? Menos aún en Colombia.


R.
Creo que en algunos casos es más un problema semántico. En Colombia, el liberalismo ha representado hasta hace unos años posiciones alternativas socialdemócratas. Pero esa posición es la que deben reconstruir los partidos, en alianza con los sectores sociales. El modelo de Correa, por ejemplo, es típicamente socialdemócrata.

P. ¿Le gustaría el modelo para Colombia?


R.
Sí, creo que tiene cosas muy importantes.

P. No es una postura muy popular aquí dentro de la élite político-social
.

R.
No, no, para nada. La élite está totalmente sincronizada con el modelo neoliberal.

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