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ANÁLISIS

El guardián de los secretos

  • El nuevo presidente iraní, Hasan Rohani, es un clérigo conciliador de impecables credenciales revolucionarias
  • No se trata de un reformista, sino que su principal cometido será preservar la actual estructura de poder
  • Moderará el estilo de gobierno pero sin alterar la sustancia de las políticas nacionales
  • Su lema: "Programa nuclear sí, negociación con Occidente también"
  • Ha prometido liberar a los presos políticos, garantizar los derechos civiles y deberá además reactivar la economía

JAVIER MARTÍN Publicada 05/08/2013 a las 06:00 Actualizada 04/08/2013 a las 22:39    
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El nuevo presidente iraní, Hassan Rouhani

El nuevo presidente iraní, Hasan Rohani

ABEDIN TAHERKENAREH

“Esta victoria es la victoria de la sabiduría, la moderación

y el conocimiento sobre el fanatismo y la mala conducta” 

Hasan Rohani 


El 16 de octubre de 2011, más de dos años después de que el presidente Mahmud Ahmadineyad fuera reelegido en un proceso electoral irregular, el líder supremo de la revolución iraní, ayatolá Alí Jamenei, sorprendió a propios y extraños con una reflexión que sonó a amenaza. Ante una multitud que le vitoreaba en la histórica ciudad de Kermanshah, la máxima autoridad iraní sugirió la posibilidad de que “en un futuro lejano” la presidencia del país desapareciese y retornara la figura de un primer ministro elegido por el Parlamento. “El sistema de la República no se resentiría”, precisó Jamenei en un mensaje cuyo destinatario era de sobra conocido. En aquellos días de otoño, Irán había recuperado la estabilidad política a golpe de barrote y estaca, pero la economía seguía su imparable deterioro, espoleada por la pésima gestión de un mandatario que había traicionado su confianza.


Cómplices en el primer mandato –ambos observaban con recelo los anhelos aperturistas de la administración reformista encabezada por Mohamed Jatamí–, la relación había comenzado a malograrse definitivamente tras la reelección de Ahmadineyad, fraudulenta en exceso, incluso para los estándares del ladino ayatolá. El líder supremo no sólo se vio obligado a empeñar su palabra para evitar la fractura nacional, sino que también hubo de recurrir a la violencia más cruel para reprimir la oleada de protestas que inundó calles y plazas del país. Pagado de sí mismo –cuenta la leyenda popular que cada noche alguien se acerca a su alcoba para susurrarle una nana de elogios–, Jamenei sintió el odio y padeció, además, el oprobio de ver como “su pueblo” le insultaba y asociaba su nombre al adjetivo dictador, tal y como sucedió 30 años antes con el sátrapa que él mismo ayudó a derrocar.

Envalentonado y petulante, Ahmadineyad no sólo no agradeció el respaldo del líder, sino que además prosiguió con sus maniobras para acaparar un mayor espacio de poder. Primero, colocando a sus peones en el Ejecutivo con el ánimo de desplazar a la vieja guardia y perpetuar a los “principalistas pragmáticos” en el timón del gobierno. El primer gabinete que presentó para su consideración estaba copado por sus afines –en su mayoría civiles sin credenciales revolucionarias y jóvenes miembros de la Guardia Revolucionaria– y carecía –por vez primera– de clérigos, el sector más influyente del Estado. Como era habitual, Jamenei vetó varios nombres e impuso el del ministro de Inteligencia, cargo que tradicionalmente corresponde a un religioso. La designación de Heidar Moslehí, un hombre de fe cercano y fiel al líder, abrió una nueva vía de conflicto entre ambos. En mayo de 2011, Ahmadineyad anunció el cese de Moslehí. Pero apenas dos horas después, Jamenei ordenó que fuera reintegrado en su puesto. El presidente dobló entonces la apuesta con un desafío insólito en la República Islámica. Se ausentó sin motivo de dos Consejos de Ministros, se aisló de la vida pública y durante dos semanas mantuvo a la nación en vilo. Cuando regresó, inició una campaña para denunciar un complot ultraconservador contra sus incondicionales y en particular contra su consuegro, Esfandiar Rahim Mashaí, un oscuro político al que Jamenei vedó para el puesto de vicepresidente y al que se acusaba de ser un vividor irreverente y anticlerical. No contento con ello, Ahmadineyad reclamó, asimismo, más atribuciones para la presidencia, que en su opinión debía ser la segunda institución del Estado, por encima tanto del Consejo de Guardianes como del Parlamento. El líder sabía a ciencia cierta cuál era la estrategia. En 1989, siendo él mismo presidente, había echado un órdago similar. En aquel tiempo, el poder estaba en manos del bruñidor de la revolución, el gran ayatolá Rujolá Jomeini, y la presidencia era un cargo meramente institucional, menos influyente que el de el primer ministro. Con la ayuda de Alí Akbar Hashemí Rafsanyani, quien después le sucedería, Jamenei conspiró para desposeer al entonces jefe del Ejecutivo, Mir Husein Musaví, y eliminar un cargo que ahora, 30 años después, amenazaba con restablecer.

Dos certezas y muchas incertidumbres

En este sentido, la elección de Hasan Rohani, un clérigo conciliador de impecables credenciales revolucionarias, como nuevo presidente del país destila dos certezas y un manojo de incertidumbres. La primera, la confirmación de la existencia de ese pulso en la cúpula del poder iraní –que casi nadie se atrevió a certificar entonces y que algunos expertos creen que escribió su último capítulo el pasado enero, fecha en la que el Consejo de Guardianes, órgano controlado por Jameneí, vetó la candidatura presidencial de Mashaí y de todo aspirante vinculado de alguna forma con la camarilla de Ahmadineyad–.

La segunda, que el líder supremo apuesta por la presidencia como vía para reconducir la política nacional, erradicar tensiones y discrepancias, recuperar la estabilidad y acercar las posturas de ultraconservadores y aperturistas en favor de la unidad nacional y en defensa del proyecto teocrático. Nacido en 1948 en la aldea de Shorke (provincia de Semnan) en el seno de una familia acomodada “religiosa y revolucionaria”, Rohani es, ante todo, un hombre del régimen, fiel a la Velayat-e Fiqh (gobierno de los clérigos) y conocedor de casi todos los secretos, ya que su vida ha discurrido íntegramente en la sala de máquinas de la República Islámica.

Hijo de un pastelero, alumno aventajado y brillante, a la edad de 12 años se trasladó a la ciudad santa de Qom para emprender la carrera religiosa. Allí cambió su apellido persa –Feridum– por el actual, que significa comunidad de clérigos islámicos, y entró en contacto con el círculo del gran ayatolá Rujolá Jomeini, del que se hizo entusiasta adepto. Casado y padre de cinco hijos –uno de los cuales murió asesinado en extrañas circunstancias cuando había cumplido los 20 años– el régimen del Sha le envió al exilio en París a finales de los años 70 por predicar en favor de las tesis de Jomeini. Allí se sumó al círculo más estrecho del clérigo, junto al propio Rafsanyani, como predicador entre los jóvenes iraníes que vivían en Europa. Regresó con los alzados y formó parte del primer gobierno en la sombra. Asentada la revolución, fue elegido miembro del Parlamento, adscrito a los comités de seguridad. Después, durante los años de conflicto armado con Irak (1980-1988) fue director del Consejo Supremo de Propaganda para la Guerra, director del Mando Aéreo Nacional y, brevemente, subcomandante jefe de las Fuerzas Armadas. En su currículum vitae también destaca su participación como negociador clave en las conversaciones secretas que EEUU e Irán mantuvieron en 1986 para solucionar el enredo de la Contra nicaragüense y la liberación de rehenes norteamericanos en el Líbano. Muerto el padre de la revolución, y con Jamenei al frente del país y Rafsanyani del Gobierno, pasó a la dirección de Inteligencia y se convirtió en el representante del líder supremo en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional antes de entrar a formar parte, en el año 2000, de la Asamblea de Expertos, que elige a la máxima autoridad del estado y tiene potestad para exigir su renuncia.

Personaje desconocido

“No es un progresista, sino un insider, amable y confiable, cuyo principal cometido es preservar la actual estructura”, explicaba el periodista iraní Karim Sadjadpur al Comité de Asuntos Exteriores del Congreso norteamericano poco después de que Rouhani arrasara en primera ronda y ganara con sorpresa las elecciones presidenciales, con más votos que los denominados candidatos conservadores juntos. “En su campaña no hablaba de democracia o reforma, sino que apostaba por moderar el estilo de gobierno sin alterar la sustancia de las políticas nacionales de la República Islámica”, recordaba. “Su victoria es más el reflejo del profundo desencanto que existe en el país que un apoyo explícito a su persona”.

Con fama de moderado y reflexivo, su inesperada victoria ha desatado un sentimiento de alivio y esperanza, fruto quizá del desconocimiento del personaje. Una expectativa que como subraya el propio Sadjadpour debe atemperarse. En numerosos análisis se ha explicado su triunfo como una derrota o un golpe al líder supremo y la ambiciones de los ultraconservadores. Como la resurrección del movimiento reformista que quedó cercenado tras las cruentas protestas de 2009. Sin embargo, observado sin la premura de lo imprevisto –y consciente de que analizar en Irán es conjeturar– parece que su elección puede transmutarse en una artera treta urdida por el líder supremo para estabilizar la nave, reconciliar a sus tripulantes y rehabilitar su imagen y la del país sin apartarse de sus principios. Golpeado por las sanciones económicas y financieras impuestas por la comunidad internacional a causa de las sospechas que levanta su programa nuclear civil y receloso por el impacto de las revoluciones en otros estados de la región, Jamenei es consciente de que el régimen no puede permitirse una guerra interna como la que se libró durante los primeros años del segundo mandato de Ahmadineyad.

Navegar entre dos aguas

Y Rohani parece el cancerbero perfecto para evitarla. Al contrario que Jalilí, al que se considera elusivo, problemático e intelectualmente más limitado, el nuevo presidente tiene fama de hombre flexible, versátil y camaleónico, que siempre antepone los intereses del Estado. Sirva un ejemplo: en 1999 arremetió contra el grupo de estudiantes que protestaban en la residencia de la Universidad de Teherán, y pidió la pena de muerte para aquellos implicados en los disturbios que segaron la vida de una persona. En 2009, como director del Centro de Investigación Estratégica del Consejo de Discernimiento, pero sin hacerlo de forma personal, criticó la represión de aquellos que se manifestaban contra el pucherazo electoral. Esta facultad para navegar en las aguas procelosas de la política iraní sin traicionar sus principios le coloca en disposición de alcanzar este objetivo. Uno de sus primeros pasos antes de ser investido ha sido convocar a Mohamed Reza Aref, el único candidato reformista que pudo presentarse a los pasados comicios y que se retiró en plena campaña en favor del propio Rohani. El objetivo, crear un nuevo partido que ya tiene un nombre y una iconografía altamente simbólica: “Esperanza para Irán”, escrito en letras verdes, el color que eligieron los contrincantes de Ahmadineyad en 2009.

Similares cualidades le alumbran en política internacional, escenario en el que se labró una imagen de hombre conciliador durante los años en los que ejerció como negociador jefe del programa nuclear. El ministro británico de Asuntos Exteriores, Jack Straw, lo recuerda como una persona dialogante con altas miras, visión global y disposición a hacer negocios. François Nicoullaud, embajador francés en Irán en aquellos años (2003-2005), subraya, además, que tiene, una inusual capacidad: puede hablar al oído del líder supremo y lograr que éste le escuche. No en vano, asegura, fue Rouhani quien entonces convenció a Jamenei de que congelase el programa nuclear y apostara por la vía de la conciliación, sin renunciar a los derechos. El nuevo presidente no se aparta de la tesis oficial, pero frente a las ambiciones de un amplia parte de la cúpula militar –que desea la bomba–cree que éste no debe ser el objetivo último. Su política en la época del diálogo fue meridiana: programa nuclear sí, negociación con Occidente también. Al tiempo que conversaba y suspendía el enriquecimiento, Irán proseguía con la compra de material específico para avanzar en su programa civil.

Clérigos y jueces

La elección de Rohani sutura, también, un pedazo de la brecha abierta entre el líder supremo y la casta clerical, gran parte de la cual vigila a Jamenei con suspicacia desde que fue elegido hace 20 años. El regreso de un clérigo a la presidencia –tras la desastrosa experiencia de colocar a un civil– complace una de sus principales reivindicaciones de los últimos años. También amaina el desasosiego del Poder Judicial –igualmente enfrentando al presidente– y de una parte de la Guardia Revolucionaria, que observaba cómo oficiales más jóvenes acumulaban mayores cuotas de poder político y económico, espoleados por el afán privatizador de Ahmadineyad.

A la lista de aptitudes, Rouhani suma la reflexión y su capacidad de gestión. Al contrario de Ahmadineyad, que optó por la confrontación con Occidente a través de sus exabruptos contra Israel, Estados Unidos y el holocausto, el nuevo mandatario se siente más cómodo en el discurso de “diálogo de civilizaciones”, aunque no por ello abandonará la retórica antisionista, como se ha visto, ya que es éste uno de los pilares de la propaganda política de la República Islámica. Cierto es que la atmósfera internacional también influye. La retórica beligerante tiene mejor recorrido en Irán cuando el oponente también la utiliza, como hizo George W. Bush en su segundo mandato al incluir al régimen iraní en su afamado “eje del mal”. La sensación es que Rohani moderará el tono, más en la línea de la Administración Obama, aunque ello no significará que la República Islámica renuncie a sus sus bastiones políticos –la lucha contra la arrogancia mundial y la defensa de los oprimidos– y a sus dos eslóganes de cabecera: "Muerte a América, Muerte a Israel". Tampoco a su estrategia regional, aunque tratará de edulcorarla como ocurrió en la época de Jatamí: una de sus primeras declaraciones ha sido para apoyar el gobierno de Bachar al Asad en Siria.

El desastre económico

El futuro presidente tiene, asimismo, fama de buen gestor. Con una inflación oficial del 30% –extraoficialmente se calcula que es casi el doble–, el paro en torno al 12% –en su mayoría jóvenes menores de 30 años– y el rial en caída libre –se ha depreciado más de un 20%– en los últimos meses debido, sobre todo, a la falta de liquidez y de crédito a causa de las sanciones internacionales, que han limitado las exportaciones, incluso de crudo, y encarecido las importaciones–, Irán bordea el desastre. De momento, los canales irregulares –exportaciones clandestinas, economía sumergida, estraperlo– y la amplia red de ayuda social mantienen los mercados llenos y aventan la posibilidad de una revuelta popular, que tanto preocupa al líder, aunque se desconoce por cuánto tiempo.

A ello se añade la desastrosa gestión económica de Ahmadineyad, cuyas propuestas fueron sistemáticamente torpedeadas por el Parlamento, que controlaban los ultraconservadores. El plan para erradicar los subsidios a la gasolina, los alimentos y otros productos de primera necesidad parecía acertado, pero su aplicación ha sido un completo fracaso. En parte por el boicot, pero en parte también por el equipo del que se rodeó el todavía presidente. Ahmadineyad valoraba la amistad y la fidelidad por encima de la excelencia profesional, y colmó la administración de gestores mediocres, de acólitos más preocupados por hacer pasillos que por resolver problemas desde sus butacas. Con Rohani se espera que los expertos y los tecnócratas recuperen su puesto.

La tarea se antoja ardua. En su discurso de la victoria, Rohani prometió la liberación de los presos políticos –se calcula que hay cerca de 800 en Irán–, garantías para los derechos civiles y “la recuperación de la dignidad nacional”. Más apertura, más diálogo y un Irán más parecido a los primeros años de presidencia de Jatamí, en los que se gestó la esperanza de reforma. La primera prueba de fuego le espera a la vuelta de la esquina: la posible liberación de los dos candidatos derrotados, líderes del movimiento verde, que denunciaron el fraude electoral en 2009: el ex primer ministro Mir Husein Musaví y el ex presidente del Parlamento Mehdi Karrubí, en arresto domiciliario desde entonces y de los que nada se sabe. Parece un objetivo factible frente a la tarea titánica que tiene encomendada. Salvar la economía y cambiar el rostro exterior del régimen. Al igual que Jatamí en 1997 juega, a priori, en terreno hostil: el resto de las instituciones del estado – la Guardia Revolucionaria, el Consejo de Guardianes, los grupos Basij, el Parlamento, la Asamblea de Expertos, la Judicatura y el ministerio de Inteligencia– están dominados por elementos conservadores afines al líder. La diferencia reside, sin embargo, en que él le habla a los ojos desde que ambos eran dos jóvenes clérigos revolucionarios que, junto a Jomeini, aspiraban a derrocar al último Sha de Persia. 

Javier Martín es periodista especializado en Oriente Próximo 
Su blog: Té en el bazar





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