X

La buena información es más valiosa que nunca | Suscríbete a infoLibre por sólo 1 los primeros 15 días

Buscador de la Hemeroteca
Regístrate
INICIAR SESIÓN
¿Olvidaste tu contraseña?
infolibre Periodismo libre e independiente
Secciones
Orient XXI

Las negociaciones de paz en Afganistán, de escollo en escollo

  • Según el secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, las negociaciones abiertas en Catar entre talibanes y una delegación procedente de Kabul tienen como objetivo “reconciliar al país”
  • Trump quiere retirarse totalmente de allí, Putin está al acecho, y aún persisten varias cuestiones pendientes sobre los roles de las fuerzas presentes
  • En este país sumido en la guerra desde hace 40 años, ¿tiene alguna posibilidad la paz? El antropólogo e investigador George Lefeuvre echa luz sobre un proceso complejo
  • infoLibre publica contenidos de Orient XXI, un digital independiente cuyo objetivo es contribuir a un mejor conocimiento del mundo árabe y musulmán, cuya imagen se presenta a menudo en los medios de deformada y sesgada

Jean Michel Morel | Georges Lefeuvre (Orient XXI)
Publicada el 05/11/2020 a las 06:00 Actualizada el 05/11/2020 a las 14:31
Una familia de desplazados internos de las provincias afectadas por la guerra en su refugio temporal en Herat, Afganistán.

Una familia de desplazados internos de las provincias afectadas por la guerra en su refugio temporal en Herat, Afganistán.

EFE

La ofensiva que llevan adelante los talibanes en la provincia de Helmand seguía causando estragos a mediados de octubre, y las autoridades locales lamentaron que por lo menos 5.000 familias hayan huido de la zona de combate. A partir del 10 de octubre, los Estados Unidos realizan incursiones aéreas para apoyar al ejército afgano, mientras que desde el 12 de septiembre, en Doha, capital de Catar, los talibanes y una delegación procedente de Kabul entablaron negociaciones que según el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, presente en la apertura de la conferencia, deben permitir que “el país avance para reducir la violencia y satisfacer la demanda de los afganos: un país reconciliado con un gobierno que refleje una nación que no está en guerra”.

En campaña electoral, el presidente estadounidense Donald Trump, determinado a terminar con la guerra más larga de la historia de los Estados Unidos, se muestra menos ambicioso, ya que prefiere contentarse con “traer de vuelta nuestros soldados a casa”.

Sin honor ni gloria

Estados Unidos decidió intervenir en Afganistán en octubre de 2011, unos días después de los atentados del 11 de septiembre, sin sospechar que abandonaría el país unos veinte años más tarde sin haber acabado con un enemigo decidido. Se trata de una partida sin honor y sin gloria, a pesar de los sucesivos envíos de tropas, que hicieron que la presencia militar norteamericana, de 2.000 hombres al comienzo de su intervención, pasara a más de 100.000 en el pico de su presencia. Estados Unidos no sospechaba que gastaría en vano mil millones de dólares –es decir, más que el plan Marshall de 1947 para la reconstrucción de Europa–, ni que en ese “cementerio de los imperios”, donde a lo largo de la historia cayeron británicos y soviéticos, perderían la vida 2.400 soldados norteamericanos y otros 20.400 serían heridos en combate.

El intento de resolución del conflicto, que comenzó mucho antes de la presencia norteamericana y vuelve periódicamente en la actualidad antes de ser olvidado una vez más, ahora es objeto de discusiones que se pronostican largas y difíciles, ya que los negociadores parten desde posiciones muy alejadas en cada punta de la mesa. Sin embargo, su objetivo es la firma de una paz muy anhelada por el pueblo afgano. ¿Pero están reunidas las condiciones para que esa paz se haga realidad? Para responder estos interrogantes, hemos entrevistado a Georges Lefeuvre, antropólogo, exasesor de la Unión Europea en Pakistán e investigador asociado en el Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS) .

Jean Michel Morel. — En primer lugar, analicemos lo que algunos han calificado erróneamente como acuerdo de paz entre los Estados Unidos y los talibanes. ¿En qué situación se encuentra exactamente? ¿Cuáles son las bases de ese acuerdo? ¿Y qué tienen para ofrecer a cambio los talibanes?

Georges Lefeuvre. — El retiro total de las tropas estadounidenses de Afganistán era una promesa de campaña. En diciembre de 2018, cuando Donald Trump anunció de improviso su decisión de retirar 7.000 soldados, los talibanes comprendieron que la relación de fuerzas ahora sería favorable para ellos. Como el presidente norteamericano estaba tan apresurado por irse, no estaba en posición de exigir muchas cosas. En efecto, al comienzo del proceso de Doha, las cuatro condiciones norteamericanas exigibles para un retiro gradual eran las siguientes, en este orden: un alto el fuego, el inicio de negociaciones con el gobierno de Kabul, garantías de seguridad durante las operaciones de retiro de tropas y la promesa de que nunca se fomentaría ningún atentado contra los Estados Unidos desde el territorio afgano.

Pero a partir de enero de 2019, los talibanes, invirtiendo el orden de las cosas, supeditaron las dos primeras condiciones a un acuerdo previo en torno al retiro total y rápido de todas las fuerzas extranjeras. Así que ya no se trataba de negociaciones de paz, sino de negociaciones para asegurar el retiro de todas las tropas de los 39 países de la coalición que participaban en la “Misión Apoyo Decidido”. Durante los 14 meses posteriores a la famosa declaración de diciembre de 2018, los talibanes se aferraron a esa posición y el acuerdo final del 29 de febrero último solo los obliga a no atacar a las tropas en su partida y no urdir actos terroristas en el territorio de los Estados Unidos. Así que en su sitio Voice of Jihad, los talibanes advierten que aunque continúen con su guerra santa hasta la caída del régimen actual y el regreso del Emirato Islámico, no están violando el acuerdo de Doha.

En el punto donde los imperios convergen

J. M. M. — Tras estas negociaciones, que presuntamente durarán mucho tiempo, Afganistán saldrá exangüe de tantos años de guerra. ¿Por qué motivo este pequeño país enclavado entre grandes vecinos tiene tanta importancia?

G. L. — Desde su creación, en 1747, Afganistán es un punto de convergencia en la expansión de los grandes imperios: el imperio safávida de Persia, el imperio shaybánida de Asia central y el de los mogoles en India. Para protegerse de esos vecinos fastidiosos, Ahmad sah Durrani, pastún de la tribu Abdali, creó el Estado (stan) de los afganos. Claro que era un Estado, pero un Estado colchón. Tras los imperios medievales vinieron las potencias coloniales rusa y británica, que también se enfrentaron en el terreno afgano en el siglo XIX y a comienzos del siglo XX. Más tarde, los dos bloques de la Guerra Fría combatieron allí por medio de muyahidines interpuestos, financiados mayormente por Occidente durante la ocupación soviética de 1979 a 1989, y cuyas consecuencias serán la guerra civil, el régimen talib de 1996 a 2001, los atentados del 11 de septiembre, la intervención militar norteamericana y la caída provisoria de los talibanes, que regresaron 19 años después. Hace muy poco tiempo, las grandes potencias también descubrieron que el país posee importantes recursos minerales (hidrocarburos, cobre, tierras raras, metales preciosos, etc.). En diciembre de 2014, durante la conferencia de donantes en Londres, el presidente Ashraf Ghani resumió la situación bien particular de Afganistán de esta manera: “O nos convertimos en el punto de encuentro de la integración en Asia, con rutas que entren y salgan de nuestro país para conectar Asia Central, el sur, el este y el oeste de Asia, o nos convertimos en un callejón sin salida, la pieza olvidada de la historia.”

J. M. M. — Postergada durante seis meses, la apertura de las negociaciones entre afganos tropezó con la demanda de los talibanes de liberar 5.000 prisioneros a cambio de un millar de soldados de las fuerzas afganas. El presidente Ashraf Ghani no deseaba ceder a semejante demanda, pero los estadounidenses lograron que aceptara. ¿Acaso eso no revela la debilidad del gobierno?

G. L. — Durante estos seis meses de bloqueo, la liberación de 5.000 prisioneros ya no es solamente una demanda de los talibanes, sino un párrafo muy detallado (parte 1-C) del acuerdo firmado el 29 de febrero, acompañado con una fecha de ejecución límite fijada para el 10 de marzo, y de una exigencia: si no son liberados en su totalidad, no hay negociación interafgana. Apresurado por terminar con el asunto, el negociador norteamericano, Zalmay Khalilzad, una vez más comprometió la palabra de los principales interesados, ¡sin consultarlos! No contactó ni al presidente Ghani ni a sus socios de la coalición para el retiro de todas las tropas extranjeras. Es comprensible que el presidente haya rezongado, mientras que los talibanes, por su parte, se sintieron bastante fuertes para no mover ni un ápice, retardando asimismo el primer encuentro interafgano. Sucede que no es el gobierno afgano en sí quien negocia en Doha –los talibanes habían rechazado sin rodeos esa posibilidad–, sino una delegación integrada también por algunos miembros de la oposición, establecida a duras penas por el presidente Ghani y el Alto Consejo Nacional de Reconciliación Nacional dirigido por Abdullah Abdullah y modificada varias veces antes de la aprobación de los talibanes. Así que no es una ofensa solo para el presidente, sino también para el Estado.

El diálogo de Moscú con los talibanes

J. M. M. — Rusia está muy atenta a la evolución de la situación. Vladimir Putin mantiene contactos con ambas partes y lanzó un ciclo de negociaciones en paralelo al de Doha. ¿Cuáles son los desafíos para los rusos?

G. L. — Efectivamente, Rusia le lleva mucha ventaja a Estados Unidos en sus relaciones con los talibanes. A partir de 2016, Zamir Kabulov, enviado especial de Vladimir Putin en Afganistán, empezó a reunirse regularmente con los talibanes y declaró a la agencia turca Anadolu: “Los talibanes son un fuerza política ineludible y abandonaron la idea del yihad mundial.” Así, Rusia le teme menos a los talibanes en los límites del territorio afgano que a los militantes internacionalistas de Estado Islámico, capaces de desestabilizar a las repúblicas de Asia Central. Es más, los talibanes que combaten sin piedad a Estado Islámico podrían convertirse en valiosos aliados para proteger el norte afgano limítrofe a la ex Unión Soviética.

La primera conferencia de Moscú, el 29 de diciembre de 2016, reunió en primer lugar a Afganistán, Pakistán, Irán y China. Las cinco repúblicas de Asia Central se sumaron en abril siguiente para una segunda conferencia. En noviembre de 2018, Moscú organizó el primer encuentro bipartito entre talibanes provenientes de Doha y el Alto Consejo para la Paz, que solo tiene una función consultiva ante el gobierno de Kabul. Después, a principios de febrero de 2019, cuando se estancaron las negociaciones de Doha, Vladimir Putin, para no ofender a su par norteamericano, le dejó a la diáspora afgana de Moscú la tarea de organizar una nueva reunión entre los talibanes y una delegación afgana formada por los principales opositores al presidente Ghani. La conferencia siguiente, del 28 de mayo de 2019, tuvo un carácter más oficial, ya que la abrió el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov.

Vladimir Putin se ha anotado unos puntos, pero no está interesado en que se frustre el proceso de Doha, ya que espera la salida total de los estadounidenses de Afganistán antes de jugar sus propias cartas. Así, tras la brutal ruptura de las negociaciones decidida por Donald Trump a mediados de septiembre de 2019, Rusia evitó salir a pavonearse, y cuando se presentó una delegación talibana furiosa en Moscú, apenas obtuvo una recepción discreta de parte de Zamir Kabulov. Además, el Kremlin expresó enseguida su deseo de que se retomaran las negociaciones entre los Estados Unidos y los talibanes y que llegaran a buen puerto. Rusia preparó mejor el “día después”, y sobre todo, preparó mejor a los talibanes a la idea de tener que compartir el poder.

El error de Pakistán

J. M. M. — Precisamente, al concluir el proceso de paz, los talibanes deberían compartir el poder. A pesar de todo, ¿no han hecho ya declaraciones poco tranquilizadoras en las que rechazaron la actual Constitución y citaron “los derechos sociales, económicos, políticos y educativos (…) que serán garantizados a las mujeres en conformidad con los principios del islam” ?

G. L. — Tras haber puesto en órbita a los talibanes en 1994, el error esencial de Pakistán fue haberles dejado tomar el poder absoluto en 1996. Por otra parte, Pakistán no recibió nada a cambio, cuando en realidad esperaba que el Estado afgano controlado por los talibanes reconocería finalmente la línea Durand como frontera internacional.

Esta vez, parece que los talibanes tendrán que compartir el poder, tal como se comprometieron a hacer durante las conferencias de Moscú, pero en Doha estamos lejos de eso, porque actualmente no existe ningún margen de maniobra. Los talibanes, que hasta entonces eran exclusivamente de la etnia pastún, se han abierto y sumaron reclutas entre las comunidades tayikas y uzbekas, e incluso entre los chiíes harazas, a los que habían maltratado en el pasado. En relación con los obstáculos, las negociaciones de Doha no comenzarán sin un acuerdo sobre la escuela islámica de referencia: la escuela suní hanafí debería ser aceptada, ¿pero qué pasará con los chiíes? El debate es importante porque “sharia” quiere decir simplemente “ley”, ¿pero de qué ley se trata?

Sea como sea, los talibanes reivindican claramente el retorno de su Emirato Islámico de Afganistán. Por supuesto, el rigorismo talib ha hecho algunas concesiones, como el derecho de escuchar música o de realizar retratos fotográficos, pero el resto sigue siendo desconocido, y los derechos “garantizados” a las mujeres corren el riesgo de ser muy reducidos. Evidentemente, dependerán de la interpretación que se haga de la sharia.

¿Por qué son todos pashtunes?

J. M. M. — Usted le reprochó a los Estados Unidos su desconocimiento de la historia y de la antropología política de Afganistán. Por otra parte, llamó a Islamabad y a Kabul a reconsiderar el trazado de la línea Durand efectuado por los británicos en 1893. Esa frontera arbitraria de 2.300 kilómetros entre Pakistán y Afganistán separó a tribus pastunes y por esa razón se convirtió en motivo de inestabilidad entre ambos Estados. ¿Eso quiere decir que un Afganistán reconciliado deberá encontrar una forma de acuerdo con su vecino pakistaní?

G. L. — En términos de antropología política, ningún actor político ha planteado claramente una pregunta simple: “¿Por qué todos los talibanes son de etnia pastún, desde su ingreso a la escena en 1994 hasta las recientes y todavía tímidas aperturas? ¿Por qué su movimiento nació en torno a la Línea Durand, entre las tribus ghilji pastunes transfronterizas? Los talibanes son por lo tanto un emblema de la “fractura pastún” heredada del imperio británico de las Indias, y si en 2020 seguimos hablando de la línea Durand, es porque el Estado afgano nunca la reconoció como frontera internacional. Esa negación ha sido motivo de enormes tensiones territoriales y de disputas armadas desde la creación de Pakistán, en 1947. Esa “fractura pastún” sigue siendo un caldo de cultivo irredentista y terrorista.

No se trata sin embargo de “reconsiderar el trazado de la Línea Durand” sino de “volver a analizar” el contenido de sus cuatro tratados sucesivos (1893, 1905, 1919, 1921). Después de todo, si la existencia de la Línea Durand se basa en esos tratados, no es un disparate adaptar el último de ellos a la realidad actual, cien años después: mientras Afganistán no reconozca esa frontera, Pakistán seguirá temiendo los caprichos afganos de crear un “gran Pastunistán” que podría amputar su territorio. Así que Pakistán está resuelto a mantener el control en esa zona de turbulencias; Afganistán, por su parte, es incapaz de sofocar las insurrecciones y focos de terrorismo que allí se originan. Así que en lugar de seguir haciendo hincapié en esa fractura, Afganistán y Pakistán deberían admitir en primer lugar que uno y otro son víctimas de la misma herencia envenenada de la época colonial británica.

La mejor manera de minar el terreno de los talibanes sería buscar condiciones para que las tribus acepten reconocer esa Línea Durand como una “frontera suave” (1) entre ambos Estados. Así que luego de su derrota en 2001, no era con los talibanes en sí que había que entablar negociaciones, sino con los jefes tribales, que favorecieron su resurgimiento a falta de mejores opciones. Aún no es demasiado tarde para iniciar ese diálogo, el único capaz de reducir la potencia de los talibanes en las puertas del poder. De todos modos, esta cuestión volverá a surgir. Afrasiab Khattak, figura política pastuna influyente, de obediencia marxista y por lo tanto poco inclinado a simpatizar con los talibanes, escribió en Tolo News el 11 de octubre que Pakistán “hablará de los talibanes como ‘representantes de los pastunes’ y como solución de la cuestión pastún a ambos lados de la frontera”.

Traducido del francés por Ignacio Mackinze.

Notas

(1Una frontera entre países donde las personas y las mercaderías son autorizadas a pasar con pocos controles.

Jean Michel Morel es escritor, exmediador cultural.

Georges Lefeuvre es exdiplomático, antropólogo, especialista de Pakistán y de Afganistán, investigador en el Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS).

Aquí puedes leer el texto original en francés.

Más contenidos sobre este tema
Etiquetas




Lo más...
 
Opinión