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Plaza Pública

La imagen internacional de España

Convocatoria Cívica Publicada 17/08/2013 a las 06:00 Actualizada 16/08/2013 a las 20:57    
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Los últimos escándalos y polémicas que han afectado a la política internacional española sólo son síntomas coyunturales, pero evidentes, de una desorientación profunda. La imagen exterior de España está sufriendo, y es algo que se constata en todos los foros, un enorme deterioro por culpa de la corrupción, la deriva económica y los desarreglos institucionales que marcan la situación interna del país. Pero a este deterioro se añade una pérdida de prestigio muy preocupante por lo que se refiere al peso y a la imagen de nuestras relaciones internacionales. 

Las bravatas del ministro de Asuntos Exteriores sobre Gibraltar nos devuelven a la demagogia de un pasado franquista. El grito de “Gibraltar español” suena a rancio y trasnochado en el seno de una Comunidad Europea que debe preocuparse más de la calidad de vida de sus ciudadanos que de cuestiones viciadas de soberanía. No tiene ningún sentido empeñarse en borrar los avances logrados en años anteriores para imponer de nuevo una tensión que sólo provoca el extremismo de las posturas y la imposibilidad del acuerdo.

La inteligencia cotidiana de los pueblos ha extendido una colaboración económica, laboral, turística y cultural muy beneficiosa para la zona. No hay motivos para abandonar un espíritu de diálogo que facilite el avance conjunto y el trabajo en común. Romper esa colaboración en nombre de tensiones huecas supone sacrificar la vida y el futuro de la gente a una demagogia política que, en la vieja tradición del patriotismo cuartelero de la dictadura, sólo sirve para ocultar sentimentalmente los problemas más serios de la situación española.

Pero más grave que la enésima versión veraniega del conflicto sobre Gibraltar resulta la pérdida de prestigio de la política exterior española en América Latina. Después de años de ocupar un puesto destacado en la cooperación y en la defensa de la justicia internacional, nuestra presencia ha desaparecido. El Gobierno no sólo ha renunciado a participar en proyectos nuevos, sino que ha abandonado los ya iniciados sin cumplir muchos de los que estaban en marcha.

Los españoles que viajan por motivos de trabajo tienen la desagradable oportunidad de comprobar que la pérdida de prestigio de España en países como Argentina, Venezuela o Ecuador, entre otros, no se debe al alejamiento de sus dirigentes, sino a una opinión generalizada de la ciudadanía. La causa más profunda de esta situación no hay que buscarla en conflictos puntuales, sino en la política económica extendida por las embajadas. Los empresarios que procuran invertir de manera equilibrada en otros países encuentran poca ayuda e información, pocos estudios serios sobre las posibilidades de una colaboración justa con quienes les acogen. Con sus decisiones, sus bravatas y sus disculpas sucesivas, el Ministerio de Asuntos Exteriores parece sometido a las grandes multinacionales y a los empresarios que pretenden saquear las economías nacionales y esquilmar en pocos años una tierra concebida otra vez como El Dorado. El problema es que esa situación se ha acabado y los países receptores, ahora, no se dejan avasallar por quienes no reconocen que las relaciones ya no son de neocolonización, sino de respeto e igualdad. Serían lógicas incluso medidas de auxilio para compensar los resultados de una nefasta política económica que impulsa ahora a los nacionales a migrar e impone al mismo tiempo la expulsión de los inmigrantes de los propios países a los que se acude.

La incapacidad de mantener en Europa una política de entendimiento con América Latina se ve reflejada en hechos tan pintorescos como inadmisibles en el derecho internacional –sirva de ejemplo la reciente ofensa al presidente de Bolivia, Evo Morales, con tintes colonialistas-, que propician la pérdida de todo el prestigio que le quedaba a España. Y, por motivos históricos, el alejamiento de América Latina supone una inmediata pérdida del peso español en Europa.

La política exterior española sólo parece brillar con satisfacción en países como Arabia Saudí, ejemplo de violación constante de los derechos humanos y de unas condiciones de vida tan serviles como inaceptables.

Así que nuestras relaciones exteriores no están marcadas ni por la defensa de unos valores éticos, ni por un trabajo serio de las administraciones pertinentes en beneficio de los intereses de España, sino por la improvisación y el esperpento. El escándalo provocado por el indulto erróneo de un pederasta español en Marruecos o por el de un joven hispano marroquí que ni siquiera había sido juzgado (circunstancia que imposibilita el indulto) y que fue incluido por el Consulado español de Nador y luego por la Embajada, condensa bien la situación. La búsqueda efectista de resultados en una visita Real y el deseo de destacar el buen entendimiento entre monarcas tienen más peso que el trabajo serio y transparente de la Justicia. El disparate -además del conflicto jurídico y del coste económico que supone el caso del pederasta, finalmente detenido en Murcia- es el caldo de cultivo de las sospechas internas y de la pérdida de respeto internacional.

Todos los dislates están siempre acompañados de una falta asombrosa de explicaciones, y es esta falta de transparencia la que contribuye o potencia la relación entre una desorientada y caótica política exterior española y el estado de descomposición actual de nuestra democracia, a manos de un Gobierno más pendiente de sus problemas internos que de gobernar para los ciudadanos.
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Baltasar Garzón, Federico Mayor Zaragoza, Luis García Montero, Juan Torres, Antonio Gutiérrez, Pilar del Río y Gaspar Llamazares son integrantes de Convocatoria Cívica.
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