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Irán: El precario triunfo de la sensatez

Publicada el 26/11/2013 a las 12:36 Actualizada el 26/11/2013 a las 13:59
El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, estrecha la mano de su homólogo iraní, Javad Zarif.

El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, estrecha la mano de su homólogo iraní, Javad Zarif.

ERIC BRIDIERS / DEPARTAMENTO DE ESTADO ESTADOUNIDENSE
Frágil y temporal, sin duda, el acuerdo alcanzado el pasado fin de semana para limitar y controlar el programa nuclear iraní puede comenzar a ser analizado fijándose en aquellos que lo rechazan antes incluso de que se haya secado la tinta de los firmantes.

En primer lugar, Israel, el Israel belicista de Bibi Netanyahu (hay otros, pero ahora son minoritarios), que ya tiene la bomba atómica y que aspira a seguir teniéndola en exclusiva en Oriente Próximo; un país que ocupa militarmente tierras palestinas y que no muestra demasiada consideración por la legalidad internacional. A su lado, Arabia Saudí, el búnker reaccionario del mundo árabe, un país con nulo respeto por la democracia y los derechos humanos que, entre otras cosas, teme que el fin del aislamiento de Irán mine su actual estatuto de gran suministrador de petróleo al precio más alto posible. Por último, la derecha republicana de Estados Unidos, impregnada de fundamentalismo judeocristiano y que sigue soñando con un Washington que ejerza en solitario el papel de Roma imperial del siglo XXI, una quimera que ella misma arruinó con su desastrosa guerra de Irak.

No debe ser tan malo el acuerdo cuando Israel, Arabia Saudí y el Tea Party se conjuran contra él. Y, en efecto, no lo es: nos libra –provisional y precariamente, sí- de la guerra contra Irán que Netanyahu lleva años predicando, una guerra que es lo menos que el mundo necesita ahora. Si de Netanyahu dependiera, Israel, en solitario o en alianza con Estados Unidos, ya habría bombardeado las instalaciones nucleares iraníes, abriendo así un aterrador nuevo frente bélico en Oriente Medio.

Afortunadamente, Netanyahu ha tenido que lidiar con Obama. Con un presidente republicano a lo George W. Bush en la Casa Blanca, ya tendríamos probablemente una guerra en Irán que añadir a los muchos males del planeta. Criticable en muchas otras cosas, Obama ha actuado en el asunto iraní con sensatez encomiable. En vez de lanzarse a la aventura bélica a la que le instaba Netanyahu, ha optado por intentar la vía de la diplomacia, las sanciones económicas y la acción secreta del espionaje, el sabotaje y la intrusión informática, algo que, dicho sea de paso, también proponían, en contra de su primer ministro, los sectores más racionales del mismísimo Mossad y el mismísimo Tsahal israelíes.

Por una vez, la Unión Europea no debe autoflagelarse. En sintonía con Obama, ha desempeñado un papel muy efectivo en la posible solución pacífica del contencioso nuclear iraní. Rechazó la propuesta belicista de Netanyahu, aprobó severas sanciones económicas a Irán, optó por darles el tiempo necesario para que dieran sus frutos y dejó abierta la puerta a la solución diplomática. Incluso Catherine Ashton ha servido esta vez para algo.

El acuerdo jamás hubiera sido alcanzado sin dos novedades en el campo iraní. Una, el creciente descontento de la población, incluida la burguesía del Bazar, con las estrecheces económicas derivadas de las sanciones internacionales. Otra, vinculada en parte a la anterior, la llegada a la presidencia de la República Islámica del moderado Hasan Rohaní. Obama supo leer con lucidez y rapidez la oportunidad para explorar vías pacíficas que le brindaba la victoria electoral de Rohaní. Desperdiciar, como ocurrió con los años de la presidencia reformista de Jatamí, la ocasión de descrispar el pulso entre Washington y Teherán suponía –sigue suponiendo- un despropósito.

Hay quien ya ha comparado las posibilidades que abre el recién firmado acuerdo sobre el programa nuclear iraní con lo que supuso la reconciliación entre China y Estados Unidos en tiempos de Mao y Nixon. Como sucedió en Asia, Oriente Medio podría ser menos turbulento si Occidente le reconociera a Irán el papel de potencia regional que le corresponde. Partidarios o enemigos del régimen de los ayatolás, si algo une a los iraníes es el orgullo de pertenecer a una vieja nación harta de ser tratada como un paria en Oriente Medio.
De otro lado, el rechazo al regreso de Irán a la denominada “comunidad internacional” es lo que une a Israel y Arabia Saudí.

Irán se desembarazará algún día de la opresión del régimen de los ayatolás, alcanzará esas libertades básicas a las que aspiran millones de sus habitantes. Pero lo hará desde dentro, mediante un alzamiento de su gente. Ya lo intentó en tiempos de Mosadegh pero la CIA se lo impidió.

En contra de lo que afirman los neocon, la democracia y los derechos humanos no se imponen desde fuera, y mucho menos a bombazos. Al contrario, una brutal acción exterior sólo sirve en muchas ocasiones para reforzar tiranías, para regalarles la bandera del patriotismo y el discurso del David frente al Goliat. El mejor modo de ayudar a los demócratas iraníes no es ofrecerles pretextos a los ayatolás más cerriles.

No puede descartarse que los halcones con kipá, sombrero vaquero y turbante (saudí e iraní) terminen arruinando el acuerdo del pasado fin de semana. De momento, supone un respiro. 


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