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EL VÍDEO DE LA SEMANA

Pedrada a los que sufren

Publicada el 01/12/2013 a las 06:00

Cerca de doscientas consiguen paralizar un desahucio

Unas doscientas personas han paralizado el desahucio de una pareja de ancianos de Cieza (Murcia). Portaban pancartas donde se podía leer “no somos mercancía”. Josefa y Joaquín, la pareja de ancianos afectada, han entrado a negociar con el banco. La mujer ha denunciado que un constructor les engañó. Les ofrecía un piso para su hijo y pagarles los seis mil euros de deuda que tenían a cambio de que le entregaran su casa. El banco les ha condonado la deuda y les permite quedarse en su casa con un alquiler simbólico.

El cura de Cieza acompaña al banco a los ancianos que consiguen acabar con su angustia y mantener su casa. Ignoramos las condiciones precisas, pero parece que el final de la historia es feliz. O al menos relativamente feliz. El cura explica y sonríe, y aplauden los vecinos que allí se concentraron para decirle a la mujer que no estaba sola. Me resulta conmovedora toda la escena. Más aún si considero que a poco que se descuide ese grupo de vecinos solidarios puede ser tratado policialmente como de agitadores “graves”. Y ese cura, impulsor de desórdenes públicos, multado con una cantidad de dinero que no tiene ni de lejos.

Hace años, décadas quizá, eran los intelectuales los que impulsaban el progreso, pero o ya no quedan o están jubilados escribiendo sus memorias. Durante la transición, confiábamos en los políticos, pero a estas alturas o no saben encontrar propuestas eficaces o están demasiado ocupados tapando sus vergüenzas: el noble arte de la política hace tiempo que dejó de serlo para convertirse en el ejercicio del disimulo. Ya no hay Mandelas y la coherencia no es virtud pública. Tampoco la prensa tiene demasiado fuelle en estos tiempos: el brutal zarpazo de la crisis y la alineación política de la mayoría de los medios, dificulta su compromiso de información y vigilancia.

Ahora quienes impulsan los cambios están en la calle pegados a la realidad de los que sufren y conectados con el mundo a través de las redes. Son como el cura de Cieza o como el padre Ángel, de Mensajeros de la Paz, que esta semana se acordaba en la radio de los políticos “meapilas” y lamentaba la insolidaridad de un gobierno que le pone cuchillas a la desesperación y una administración que se escuda en la burocracia para no ayudar a los que sufren.

Gente pegada al sufrimiento, que convive con él, como la cooperante que se quejó ante la princesa Leticia, o los activistas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, capaz de parar de verdad la desesperación a pie de calle. Gente que renuncia a su vida personal para ejercer una solidaridad que no es de mercadillo; hombres, mujeres y en muchos casos adolescentes, cuya conciencia les impide quedarse quietos mientras esto hace aguas y la mayoría miramos para todas partes sin saber qué hacer. Personas que no actúan para limpiar su conciencia o a impulsos del corazón, sino movidas por una percepción lúcida y clara de la realidad presente y cercana. Conectan con lo que pasa de verdad. Y entre ellos, porque la conexión tecnológica es su herramienta activa.

Pero, claro, no puede haber cambio sin agitación, no pueden moverse las cosas si no se impulsa, no puede escucharse la queja si no se grita. Y el Gobierno se ha puesto manos a la obra para que esto no suceda.

Sabe perfectamente el equipo de Rajoy que las cuchillas de melilla pueden causar daños gravísimos, igual que sabe muy bien que una multa de 30.000 euros a los activistas de la PAH supone su ruina, como tampoco ignora que dejar la decisión de la multa en manos de la Policía en vez de la justicia es tremendamente injusto aunque les vaya a ser más eficaz.

La Ley de Seguridad Ciudadana que ha empezado a caminar tras su aprobación el viernes por el gobierno es otra más de sus pedradas antidemocráticas que resulta particularmente inaceptable. Esta gente incapaz de sujetar su propio partido, que tiene un tesorero y un querido dirigente local en la cárcel, que aplaudió el espíritu crítico de los medios públicos hasta que empezó a criticarles a ellos, que tiró por el retrete su programa electoral, se aplica ahora en la vergonzosa represión de los que ejercen la solidaridad real y están con los que sufren. Y no podemos quedarnos callados viéndolas venir.

Defender derechos no es quejarse cuando nos los han quitado, sino ejercerlos y reivindicarlos cuando están en vigor. La libertad de expresión no sólo se ejerce con la pluma en el periódico, sino también en la calle con la protesta. La democracia se aplica con la acción tanto como se ataca con la represión.

Por eso creo de obligado cumplimiento el compromiso con gente como el cura de Cieza, los activistas antidesahucios, los estudiantes que claman por su futuro o los ecologistas que pintan la calle. Debemos estar con ellos, salir con ellos, gritar con ellos. Y en este momento clamar con ellos contra esa política de callar la calle quitándole lo que no tiene por el arbitrario método de la selección personal. Eso trae, si no lo paramos, la nueva Ley de Seguridad Ciudadana.

Si los intelectuales se jubilaron, si los políticos no saben no contestan, si los sindicatos se andan quitando de encima los maletines chinos, al menos los que tenemos el privilegio de contar y de escribir en medios libres en los que sólo rendimos cuentas a nuestra conciencia, estamos obligados a prestar voz, apoyo y energía a quienes sufren y pueden sufrir más, a los que son conscientes de la realidad de la crisis, a quienes hoy se me antojan los únicos que pueden cambiar las cosas.