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Cataluña y el resto de España en las redes industriales y culturales globales


MIQUEL PORTA SERRA
Publicada el 24/03/2014 a las 06:00
Juguemos dos minutos con esta idea: no denostamos lo suficiente al búnker, esos grupos petrificados, escleróticos, reaccionarios y amargados por su irrelevancia en las redes industriales y culturales globales. Las principales claves para valorar el posible interés e implicaciones de la idea son cinco: primera, saber en qué medida la expresión “redes industriales y culturales globales” sintetiza una gran parte de la realidad que importa o si, por el contrario, excluye demasiados agentes y procesos relevantes. Segunda, pensar en qué medida estamos informados, vivimos por cuenta propia y somos conscientes de la magnitud y los mecanismos de la influencia que hoy en el mundo tienen las redes industriales y culturales globales. Tercera, saber quiénes son y cómo actúan esos búnkeres anacrónicos y arcaicos. Parecen tan lejanos. Son, a la vez, tan cercanos. Por cierto ¿ha pensado usted que me refería sólo a España? Quizá no sea así. Pero hombre ¡si ya nadie habla del búnker! Por tanto –cuarta clave–, hay que ver si realmente es una buena idea recuperar ese concepto o metáfora. Y quinta: podemos pensar si atacar a enemigos más o menos reales es la actitud correcta (ética, psicológica y culturalmente) o más eficiente (social y políticamente).

El posible interés de la expresión “redes industriales y culturales globales” reside en parte en que a muchos nos dice algo: evoca sistemas, organizaciones, servicios, ideas, poderes, mallas, influencias, significados y, en fin, realidades concretas en toda la aldea global. ¿A quién le ha traído a la mente a usted la expresión?

A quienes no dicen gran cosa expresiones como “redes industriales y culturales globales” tienen un problema. Muchos lo llevamos razonablemente bien: que el mundo sea más tupido, híbrido e interdependiente que nunca, más pequeño y colosal, parecido y múltiple, raro e incierto –sobre todo incierto– que nunca. Otros bajan los ojos, afligidos, acomplejados o arrogantes, pusilánimes o patéticamente chulos, cual esos personajes halitósicos de boina y cachava. Toda mejoría del problema de Cataluña y del resto de España pasa en parte por aumentar nuestra percepción y experiencia sobre quién mueve el mundo. Y sobre cómo se vive, trabaja, lucha y disfruta hoy en el mundo.

El problema no es pues el encaje de Cataluña en España, es el encaje y papel de Cataluña y del resto de España en el mundo. El problema es negar la deriva en la que Cataluña y el resto de España estamos hacia una mayor proletarización e irrelevancia en el mundo. Esta cuestión es negada por ciertos sectores de PP y CiU - ERC. También por los sectores más rancios o bunkerizados del resto de partidos y de nuestra sociedad.

Está en un búnker quien vive el trabajo como un castigo insufrible. Y sufre así un miedo cerval a que se valore el resultado del trabajo, a que se incentive y premie a quien mejor trabaja, a que le guste el trabajo bien hecho. Hay búnkeres jalonando todo el espacio geográfico, político y cultural español. Con la escasa ética y la anacrónica organización del trabajo a la que en España se aferran ciertos sectores empresariales, políticos y ciudadanos, nuestro país está en una precaria patera en el océano. Sin otra cultura del trabajo, otras estructuras y políticas que hagan realidad otras condiciones de trabajo queda poco más que servir gin tonics y “relaxing cups of café con leche”.

Las falanges de búnkeres no están solo en España. Sé que no están solo en Madrid (pero amo Madrid, no me hagan caso). Claro que hay un búnker catalán. Y lo peor de él, como de su gemelo homocigótico el búnker castizo (o valenciano o extremeño) no son sus caricaturas de la historia, el impune saqueo de la corrupción o el derroche de ineficacia burocrática. Lo peor –moralmente, culturalmente y políticamente– es su negacionismo de la realidad interior y exterior.

Negar la realidad global y sistémica del mundo y, en ella, la insignificancia de añejos sectores del tejido industrial y cultural catalán es comprensible en un ciudadano cabal que cree que su colmado (tienda de ultramarinos) en el Eixample está asediada por las hacendosas, sonrientes, insomnes hordas asiáticas. O en quien quiere profundamente su tierra permeada de orines de cerdos traídos a criar por empresas sistémicas. Es emocional y cultural y políticamente lógico. En un portavoz de un gobierno el negacionismo es democráticamente inaceptable, culturalmente tétrico y económicamente regresivo. Frase solemne a la que sólo le pongo un pero: a no ser que el susodicho portavoz lleve algo de razón. A no ser que Mas, Homs, Junqueras y compañía, aunque carezcan de razón en su “solución” independentista, aunque intenten distraer de sus hachazos al estado del bienestar, tengan algo de razón. Y la tienen. La cruda razón en reclamar un Estado más democrático, justo, socialmente eficiente e integrado en el mundo. Como tantos otros lo reclaman desde Sevilla o Vitoria.

Por cierto, no pongan en el mismo saco o búnker a todos los compañeros de romería del independentismo retórico: algunos de ellos hacen propuestas de regeneración democrática, internacionalización, competitividad y autogobierno muy respetables. Escuchen como razonan por qué ha sido nefasta para Cataluña y para la totalidad de España la férrea uniformización de tantas políticas, la “calderilla para todos”, el miedo a la diferencia y a dar más a quién más trabaja.

La “solución” de los dirigentes de CiU – ERC no es tal, es falsa: porque es una huida, fantasía, artimaña: porque no atiende a la realidad. En política eso es impresentable. Con lo que hay que soñar no es con una pueril independencia sino con ser alguien –una ciudadanía, un país más justo y libre, más divertido, interesante...– en un mundo irremediable y fantásticamente –a veces trágicamente– interdependiente. Muchos creemos que la opción independentista distrae, engaña, divide y derrocha (cuánta energía perdida). Pero surge de causas reales, que nadie aborda. Los independentistas, tampoco. ¡Tampoco! Sustituyen ese abordaje, que sería doloroso y terapéutico, por culpar a “Madrid” y a “España”. Sin autocrítica. En la práctica esa postura equivale a llamarnos a entrar en un búnker. Ni lo sueñen.

A Cataluña no le puede ir mejor “fuera” de España porque no existe tal lugar. Y además ¿de verdad alguien piensa que en esa fantasiosa “(in)dependencia” Cataluña no tendría que mejorar nada que no pueda libremente mejorar ya ahora? ¿no es de una inmadurez pueblerina pensar que hoy “España” impide todo progreso? ¿sería en la Cataluña “independiente” CiU – ERC la coalición honesta y socialmente responsable que no es ahora? ¿seguirían las instituciones catalanas, empresas y ciudadanos libres de toda responsabilidad en lo que pasa?

No tienen credibilidad quienes no hacen autocrítica y evitan valorar las razones que en la propia sociedad catalano-española explican nuestro secundario papel en las “redes industriales y culturales globales” (o como quieran llamarlas). Por cierto ¿sería dicha falta de análisis autocrítico, pragmático y constructivo una carencia típica y exclusiva de Cataluña? ¿o más bien sería característica de todas y cada una de nuestras Comunidades Autónomas? Como también lo sería de Francia y otros países hondamente endogámicos. Toda mejoría del problema de España pasa en parte por mejorar nuestro análisis sobre quiénes somos en el mundo y por qué. En cambio, el debate sobre Cataluña y España es enormemente endógeno, endogámico y endocrino. Todos –CiU y ERC, PP, PSOE y todos los demás– sólo miran al exterior (a Bruselas, a Berlín) para buscar apoyo a lo que de antemano ya han decidido, no para contrastar con la realidad exterior los propios análisis.

Los mecanismos psicológicos, sociológicos y culturales negacionistas rinden electoralmente a todos los partidos. En lo seductor que para las personas es abrazar o denostar constructos ficticios –llámense “Madrid”, “Merkel”, “clase política”, “independencia”, “globalización”, “capitalismo” o “catalanes”– está parte del problema: es típico de los búnkeres amputar partes del contexto local y global, huir de la realidad que angustia, negar la propia corrupción e ineficiencia...

Encima, detrás del telón ciertos actores de la dramaturgia independentista catalana hacen papeles parecidos a sus colegas en el corral de comedias español: podrían mezclarse Rajoy y Oriol Pujol presuntamente cobrando en negro (¡el mundo está atónito!), la red Gürtel en el Palau, Bárcenas en CiU, Osàcar en el PP, Millet, Correa, Guerrero y sus cómplices de ERE y cocaína... Pero no es baladí que sus sacramentales tengan adeptos: hacinados en su fortín, en Simancas o en Cardona, ellos se creen a salvo de sarracenos y dragones; sienten un íntimo y ancestral consuelo, profundamente humano, natural, legítimo. Mientras, fuera ruge la galerna globalizadora, desregulada, desbocada, fascinante, devastadoramente injusta. Hay que entender ese consuelo cálido como una manta de angora o no saldrán del castillo. Ni en Vic ni en Valladolid. Tenemos que quedar con los del búnker: para mirar las galaxias en la noche y estremecernos juntos. Y en la mañana, con una taza caliente, pensar cómo haríamos para ser algo más felices y coherentes trabajando y viviendo mejor –con más verdad, equidad y libertad, con más salud y respeto por el medio ambiente, con algo más de bienestar, civilidad, afecto y calma– en esta aborrecida, entrañable Tierra.

Otra razón poderosa explica el buen momento de las imaginerías negacionistas: todavía no ha madurado una propuesta ambiciosa y pragmática de regeneración política del estado y la sociedad que atraiga cultural y políticamente a los muchos españoles que vivimos más allá de fronteras, tan tranquilos. Políticamente la reforma debe ir en la dirección federal. Reducirlo todo a cuestiones de financiación es consentir más a los mimados búnkeres. El actual énfasis en las balanzas fiscales es otro ejemplo de lo endogámico que es el marco del debate. ¡Necesitamos otro framing, queridos, queremos un marco de análisis global!

La reforma de cómo se estructura y funciona el Estado español es ética, cultural, económica y políticamente vital. Subrayo que el retraso de esa reforma es una causa de las demandas independentistas. También la exigimos quienes somos dependentistas sistémicos (es autoirónico). La reforma va a ser ardua: debe ser asumida por muchos españoles que no perciben como graves las causas estructurales, políticas y culturales de nuestra irrelevancia en los circuitos económicos y educativos globales.

¿Quiénes persuadirán, construirán alianzas y harán operativa la regeneración del Estado y la sociedad española? Puede que un amplio pacto alumbre esa por tantos anhelada, auténtica reforma. Lo que se acabó es el rancio “café para todos”, esa chicoria de la Transición. En la cafetera española no queda con qué colmar tanta sed de protagonismo provinciano. Sí tenemos, en cambio, honestidad, solidaridad, cohesión, rigor, lucidez, imaginación y coraje para mirar a nuestra propias responsabilidades en el papel que tenemos en el mundo, para mejorar el estado anímico colectivo con el que lo vivimos, y para conseguir que nuestra influencia aumente legítimamente a favor de un desarrollo más humano global, verdadero, justo y sostenible.

Miquel Porta Serra
Investigador del Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas (IMIM), catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona
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