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Plaza Pública

Un republicanismo sin principios ni lógica: del miedo a la democracia

Javier de Lucas
Publicada el 05/06/2014 a las 06:00 Actualizada el 04/06/2014 a las 21:18
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1. En estos días, como imagino que le habrá pasado a muchos otros ciudadanos, me ha llamado la atención la (re)aparición de un tipo de políticos que calificaría como defensores –vergonzantes– de la monarquía. Me refiero a aquellos que, declarándose “en línea de principio, inequívocamente republicanos”, acaban defendiendo la monarquía tan inexorable como inflexiblemente.

Aunque no faltan en otras formaciones, los ejemplos más señeros (e importantes por su peso) se encuentran sobre todo en las filas del PSOE y, en realidad, constituyen su línea oficial, aunque no necesariamente la de sus bases ni, según es palmario, la de las Juventudes Socialistas. Vienen a decirnos que lo importante no es la opción entre monarquía o república, sino la democracia y, en segundo lugar, otras prioridades reales: el paro, las pensiones, la solución territorial, etc. Resulta interesante comprobar cómo formulan esa "doctrina", con matices distintos, los expresidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero.

El primero lo hace profusamente, desde su condición autoatribuida de dispensador del label democrático, con sillón bien remunerado en consejos de administración. González, de forma tan chulesca como infundada, bendice a unos y estigmatiza a otros en forma que no puede sino evocar aquella venta de bulas por parte del papado que tanto escandalizó por su hipocresía y cinismo al buen Lutero. No es de ahora. Ya lo acreditó en ocasión no olvidada, con su conversión al pragmatismo (línea china), que le emparenta con Bell, su epígono Fernández de la Mora y todos los modernos y casi siempre reaccionarios “renovadores” de la política, que subrayan la insignificancia de lo ideológico, frente al carácter decisivo del “resultadismo”: "Gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones".

El segundo, desde su enternecedor adanismo y simpleza argumentativa habituales, suele repetir frases que le suenan bien, ya sea un trozo de monólogo de la última película de éxito que ha visto (“fuerza y honor”, en boca de Maximus, el protagonista de Gladiator) o, como es el caso, una cita del filósofo Pettit (“republicanismo cívico”), cuidadosamente elegida por asesores con buena formación e incorporada a su discurso con tanto entusiasmo como probablemente ímprobo esfuerzo conceptual.

Dejemos de lado que la fórmula en cuestión no es nada original pues, en el fondo, reconduce a interpretaciones de una tesis constante en la historia del pensamiento político, de Tucídides y Cicerón a Maquiavelo, de Milton a Rousseau y los padres de la revolución americana de 1776.

El flamante consejero permanente de Estado, que ha decidido abandonar su proclamada discreción –al hilo de operaciones de venta de libros que tienen peores ejemplos, sin duda– se autodefine ahora, en todos los platós de televisión a los que acude, como ”republicano cívico” para sostener, ufano, que por tanto da igual monárquico que republicano. E insiste una y otra vez en la dificultad de emprender reformas constitucionales como sabría en carne propia. Omitiendo que llevó a cabo una y no precisamente menor en horas veinticuatro, la del artículo 135, pactada a espaldas del Parlamento y del pueblo.

2. Pues bien. Estos representantes de lo que he calificado como "republicanismo vergonzante"  padecen, en primer lugar, una contradicción nada desdeñable, genialmente enunciada por un tal Marx como enseguida recordaré. Y, en segundo, recurren al uso de un argumento circular, que comparten con los más acendrados y fundamentalistas sostenedores de la monarquía. Y conste que me refiero, claro, a los que usan la cabeza para tratar de razonar, no para embestir, modelo Ussía, Anson, Burgos y tuttiquanti.

La contradicción –y seria– es la de quien proclama que tiene principios para, a renglón seguido, relativizarlos hasta el ninguneamiento. Y probablemente no advierten algo que resulta muy preocupante para el auditorio al que van dirigidas sus profundas cogitaciones: si eso hacen con este principio, el del republicanismo, ¿qué no serán capaces de hacer con los demás?

Todos identificamos la cita del genial Julius Henry Groucho Marx: “Estos son mis principios; si no les gusta, tengo otros”. Es decir, si son capaces de retorcer de esa forma el republicanismo que dicen admirar, seguramente otro tanto puede suceder con la igualdad, la defensa de los derechos de la mujer, la abolición de la esclavitud, la lucha contra la tortura o los malos tratos… No es una hipérbole. Está sucediendo: los mismos que se dicen republicanos de principio pero combaten con denuedo por la monarquía, son los que aseguran defender los derechos universales, salvo que sean los de los inmigrantes, o los asilados, o los de los que viven bajo la dictadura china: "Tiananmen nunca existió", como ha titulado un reciente y brillante artículo el periodista JP Cardenal. O, en otras palabras, aquello de Vespasiano a Tito: pecunia non odet. Mandan los negocios, no los principios, business as usual.

Y además, caen en el recurso a un argumento circular o, por decirlo mejor, a un dilema cornudo. Los muy avisados y pragmáticos defensores de esta que considero burda tergiversación, nos repiten como un mantra un argumento que, en realidad, carece de fundamento por su circularidad, y que les sitúa en realidad ante un dilema que desnuda su contradicción.

De un lado, nos dicen que no perdamos el tiempo discutiendo de problemas accidentales, menores, cuando hay tantas cosas importantes que tratar. Pero en ese caso es lícito preguntarse, ¿si es una cuestión menor, por qué tanto empeño en blindarla a toda crítica e impedir a toda costa su discusión? Dicho de otra manera, si la opción por república o monarquía fuera cuestión muy secundaria, resultaría evidente que no habría problema en discutirla. Si no lo es, por el contrario, la conclusión es clara: se trataría de un asunto tan importante que no se entiende que se hurte su decisión al pueblo soberano o, como mínimo, que se aplace una y otra vez ad calendas graecas.

Descendamos al terreno de la discusión jurídico-constitucional. Si el asunto es menor como nos aseguran, en ese caso, siguiendo la doctrina asentada por el Tribunal Constitucional en su muy citada sentencia STC103/2008 del 11 de septiembre de 2008, la opción monarquía / república no supondría ninguna “redefinición del orden constituido”, ni pondría en entredicho el “fundamento mismo del orden constitucional”. Ello tendría como consecuencia que una consulta sobre el particular entraría perfectamente en lo definido en el artículo 92 de la Constitución cuando señala: “Las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos”.

Sin embargo, parecería más bien que, si la forma política del Estado forma parte de ese núcleo del “orden constituido”, quedaría indisponible al simple referéndum de los que contempla el mencionado artículo 92. Esto es, se trataría de un asunto realmente importante y la vía para decidir no es un referéndum consultivo, sino una reforma constitucional, como finalmente ha concedido el silencioso Rajoy y ha proclamado con énfasis la vicepresidenta y abogada del Estado madre de todos los abogados del Estado. Pero sucede que, aunque comparta la segunda interpretación, porque me parece más razonable, hay un argumento que tiene que ver con la condición jurídico-constitucional del acto de abdicación y que, a mi entender, aconseja que no se aplace más la reforma y aun que se utilice un mecanismo rápido para desencadenarla.

3. A mi juicio, hay que comenzar por desembarazarse del sofisma, peor, de la falacia que subyace a la interpretación muy restrictivamente literal que se está haciendo del acto de “abdicar la corona”, como si fuera una competencia exclusiva de su titular, en términos de verdadero privilegio. Hasta el punto de que, al decir de los cortesanos que tanto abundan en esta hora para redactar panegíricos al rey que se marcha y engrosar las filas y el reparto de favores y títulos de consejeros áulicos del nuevo rey y de su reina, esa decisión no necesitaría ninguna justificación. No lo entiendo así.

Me parece que esa es una tesis difícilmente conciliable con las mínimas exigencias del Estado de Derecho y de la democracia. Retornaríamos por esa vía a una concepción abiertamente absolutista del poder, incompatible con una monarquía parlamentaria. Una concepción como la que se expresa en la máxima de Juvenal “sic volo, sic iube, sit pro ratione voluntas (mea)”. Esto es, tal como me de la gana, así será la ley: no hacen falta otras razones que (mi) voluntad.

No. El rey, en nuestra democracia constitucional no es el soberano, como gustan decir los mismos que entienden que la Constitución es una Carta Magna. El soberano, en democracia, es el pueblo. Y la Constitución no es un catálogo de privilegios otorgados por el monarca a sus súbditos, como lo hiciera a regañadientes Juan sin Tierra.

Por eso, el manido título de motor de la democracia (“sin el rey no habría democracia” se ha repetido hasta la náusea en estos días) es pura contradicción en los términos. La democracia no la puede traer ni este rey ni ningún otro, como si se tratase de deus ex machina o, como un prestidigitador que hace un truco. Y avergonzaría tener que recordarlo si no hubiéramos asistido, insisto, a la catarata interminable de uso y abuso de tan infame expresión en los medios de comunicación. No es así, en absoluto. Es más, el rey, en una democracia, se encuentra siempre, debe encontrarse, sometido a la Constitución y sobre todo al soberano, los ciudadanos como pueblo.

Es un funcionario, el más alto funcionario si se quiere, al servicio del pueblo y a él debe rendir cuentas de su actuación, y es el pueblo quien debe juzgar de la pertinencia y escrupulosidad en el desempeño de sus funciones (que le procuran ciertamente no pocos privilegios). Es el soberano quien debe juzgar si tal función es necesaria y aun útil. De donde lo repugnante de las excepciones a la ley y a la Constitución que se predican del rey y que muy irresponsablemente, a mi juicio, se han tratado de incrementar y extender.

No. El acto de abdicar no es su prerrogativa en términos de exclusividad. En democracia, no cabe ninguna identidad entre abdicación y sucesión, ningún automatismo, ninguna vertiginosa continuidad entre decisión de abdicación y hecho sucesorio. Eso puede entenderse en situaciones de grave riesgo y en contextos medievales o, en cualquier caso no democráticos.

Evidentemente el rey Juan Carlos está convencido de la oportunidad de abdicar y cree que eso significa automáticamente “nombrar el sucesor”, según una interpretación a mi juicio tan literal como restrictiva del principio democrático que preside el texto constitucional. Así lo ha comunicado al presidente del Gobierno y luego a los ciudadanos españoles. Pero me parece, insisto, que ni él ni quienes han pactado con el rey el procedimiento a seguir, son conscientes de que es el soberano (las Cortes como representación de la soberanía popular) quien tiene la competencia de decidir si, cómo y cuándo procede esa abdicación y si, cómo y cuándo la sucesión en el príncipe de Asturias (o no).

Precisamente por esa razón, el acto de abdicar (y la designación de sucesión) no es automáticamente ley, sino que debe convertirse en ley por decisión de las Cortes. Que, evidentemente, tienen la capacidad de aceptarla, rechazarla o modificar tanto la abdicación como la sucesión (como todas las leyes), por más que el Gobierno Rajoy, PP y PSOE hayan pactado, a espaldas del resto de los grupos parlamentarios y con la manifiesta voluntad de no aceptar nada que no sea la sumisión, que el papel de las Cortes es decir sí señor, hasta el punto de que la mayor parte del texto de la ley consiste en recoger el discurso del rey.

De esta forma, se ha cometido, a mi juicio, una doble ofensa a la soberanía popular. Primero, se la ninguneó al no incluir a los representantes de todos los grupos parlamentarios en la supuesta rueda de consultas que precedió a la carta de abdicación, mientras se consultaba a “personalidades” que sin duda lo son, pero que no representan hoy en absoluto, bajo ningún título, a esa soberanía popular: usurpan así su papel, se llamen Susana Díaz, José María Aznar, Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Podía e incluso era aconsejable que el rey les consultara? Sin duda. Pero no cuando no lo ha hecho con los que sí representan la pluralidad de expresiones de la soberanía popular.

Y más ofensa: el papel de la soberanía popular queda reducido al de aceptar el trágala. “Sí o sí”, y además nos da igual, porque ya hemos decidido (Gobierno, PP y PSOE) que será lo que el rey quiera y como él lo quiera. Es una conclusión que los ciudadanos vienen aceptando resignadamente y evidencia una enfermedad letal de la democracia parlamentaria, que parece evidenciar cada vez más su déficit. La ley de bronce de Michels, según la cual los intereses de los ciudadanos, sus expectativas y necesidades que supuestamente venían atendidos en los programas electorales, no cuentan frente a los de los partidos y sus aparatchiks.

El Parlamento se convierte en el mejor de los casos en chalaneo de cromos y reparto o lotización de instituciones entendidas como cargos y revendas, O, en el peor, mera caja de resonancia de quien tiene la mayoría, esto es, del Ejecutivo que se apoya en ella y que es quien en realidad legisla, usurpando al legislativo y desnaturalizando su razón de ser, puesto que no deja lugar posible para la argumentación, el debate y la ponderación de razones.

Termino: esta decisión real abría la puerta a una posibilidad de más democracia, de democracia real. Una ocasión para que el representante del soberano, el Parlamento, debatiera e incluso, por la trascendencia histórica del asunto, reenviara la cuestión al soberano real, a los ciudadanos como pueblo. Sin el paternalismo habitual que subyace al mito de la estabilidad que se vería en peligro en caso de que el pueblo pudiera realmente decidir, y que aconseja seguir engañándole por su propio bien.

Pero quizá, como asegura Rancière, lo que precisamente desnuda este episodio es el miedo e incluso el odio a la democracia. No lo es. Y cada vez más el verdadero soberano es consciente de la superchería. Más pronto que tarde sacará la consecuencia y despertará de la ensoñación.
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Javier de Lucas es el fundador del Institut de Drets Humans de la Universitat de València y catedrático en Filosofía del Derecho.


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46 Comentarios
  • Julio Julio 08/06/14 14:25

    No me parece tan rara la actuacion del aparato del PSOE, a fin de cuentasya tuvieron en el Consejo de Estado de Primo de Rivera a Largo Caballero, Y de esta manera, el dictador podia decir en Alcalá: ¿Para que queremos democracia si tenemos en el Consejo de Estado a D. Francisco Largo Caballero , que buenamente nos dice lo que le parece bien o maal a loss obreros?

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    • BARET BARET 12/06/14 08:38

      Así fue y los españoles demócratas y republicaron supieron discernir lo positivo de aquella colaboración y votaron mayoritariamente al PSOE en 1931. Le dieron 116 diputados. Largo, Besteiro (que por cierto nunca se fue de vacaciones) Prieto... fueron la jerarquía republicana a fuer de socialistas. Los diverso republicanos les apoyaron. También tras el 23 F. Muchos sabemos qué políticos pueden resolver las císis y evitar males mayores. Siempre el PSOE ha sabido rehacerse. Ahora seguro que también. Así lo piensa Alfonso Guerra ético y estudioso del Socialismo.

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  • Angels Angels 06/06/14 18:06

    Discutamos de esencias, que lo demas ya esta solucionado. Estamos en manos de quien estamos y no precisamente por que no se votó.

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  • benicadell benicadell 06/06/14 16:10

    a quien corresponda no estaria de mas confeccionar un decalogo con razonamientos republica desmontando con argumentos la monarquia .hay que crear conciencia de alguna manera.

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  • benicadell benicadell 06/06/14 16:00

    De esta forma, se ha cometido, a mi juicio, una doble ofensa a la soberanía popular. Primero, se la ninguneó al no incluir a los representantes de todos los grupos parlamentarios en la supuesta rueda de consultas que precedió a la carta de abdicación, mientras se consultaba a “personalidades” que sin duda lo son, pero que no representan hoy en absoluto, bajo ningún título, a esa soberanía popular: usurpan así su papel, se llamen Susana Díaz, José María Aznar, Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Podía e incluso era aconsejable que el rey les consultara? Sin duda. Pero no cuando no lo ha hecho con los que sí representan la pluralidad de expresiones de la soberanía popular. Y más ofensa: el papel de la soberanía popular queda reducido al de aceptar el trágala. “Sí o sí”, y además nos da igual, porque ya hemos decidido (Gobierno, PP y PSOE) que será lo que el rey quiera y como él lo quiera. Es una conclusión que los ciudadanos vienen aceptando resignadamente...

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  • hartodjetas hartodjetas 06/06/14 13:20

    La piel fina genera contiene más sensibilidad que la piel de un mamut, pongamos por ejemplo.

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  • BASTE BASTE 06/06/14 10:31

    Magnífico artículo,claro como la luz del día,una lección magistral.¡Gracias Sr. Lucas!

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  • Jaca1930 Jaca1930 06/06/14 10:21

    Llegará el siglo XXII y los "orgánicos" del PSOE seguirán apelando al famoso consenso de 1.978, que al parecer  ha de ser aplicado en cualquier tiempo y para cualquier situación social. Simultáneamente, no tienen empacho en acusarnos de tener "la piel muy fina" a quienes no comulgamos con ruedas de molino, por pura coherencia con nuestros ideales de izquierda.

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    • Antonio Roca Antonio Roca 06/06/14 12:06

      Yo no le digo a usted, sino que normalmente hay gente muy hipercrítica (con los demás grupos) e indignada, que no resite la mínima crítica a sus postulados. Se enfurecen, se sienten víctimas del poder, contra el que ellos son !enormes luchadores!, etc. Tienen la piel muy fina. Son los sectarios. La izquierda históricamente en España ha tenido muchos de esos sectarios. Vease la FAI o el PCE en la Repúblíca. Contra ese sectarismo tenemos que luchar también la izquierda moderna, tolerante, basada en la razón. En cuanto a los consensos básicos en los que se basan las democracias podemos hacer un esfuerzo para definir un nuevo consenso democrático donde todos, no solo una parte, ni siquiera la mayoría, se sienta identrificada. Si usted lo entiende así, estará de acuerdo que no es cuestiones de superioridades morales sino de aceptar entre todos un marco de convivencia. Hoy por hoy, ese consenso básico no lo refleja trasformar las luchas sociales en el cambio a la República.

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      • Jaca1930 Jaca1930 06/06/14 17:23

        Yo tampoco me dirigía a usted. Y no soy ningún sectario; todo lo contrario: precisamente por ser demócrata, entiendo que debería ser el Pueblo el que manifestara, sin trampas, cual es la forma política de Estado que quiere. Y no dude que yo la respetaría fuere cual fuere su SOBERANA voluntad (la del Pueblo, no la de unos pocos) Y si se ha sentido aludido por la expresión "la piel fina", le aclaro que no fue usted por quién la utilicé, sino por un ex alto cargo del PSOE que la pronunció ayer en un programa de televisión. En cualquier caso, la postura de los actuales dirigentes de ese partido en relación a este asunto, es tan respetable como la suya (que coincide) o como la mía (que discrepo). Pero al menos permítame expresar mi asombro porque sigan autodenominándose (ellos, no sé si usted también) "socialistas"

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        • Antonio Basanta Antonio Basanta 06/06/14 22:31

          Mi asombro es que usted se asombre que los socialistas se llamen socialistas. Recuerde que a los socialistas de Pablo Iglesias (el bueno y el honrado) ya se lo decían los comunistas: "Vosotros no sois socialistas". Los socialistas son socialistas porque lo son. Lo anómalo es que fuerzas que no son socialistas les digan a ellos que no son socialistas, kafkiano créame. Pero el asunto fundamental es la soberanía del pueblo (lo pongo con minúscula para no incurrir en populismo). La soberanía del pueblo se expresa en una primera fase cuando el pueblo (en el referéndum del 78 el 90% de los votantes) deciden crear una base común desde donde se puede sustentar la política. Esa base es la democracia parlamentaria, derecho a la huelga, unidad de España, libertades, autonomías. Y !monarquía parlamentaria!. Para cambiar esa soberanía inicial no se puede modificar por un referéndum parcial con el 51% de los votantes porque la libertad, la democracia y la Constitución son indivisibles.

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          • Jaca1930 Jaca1930 07/06/14 10:14

            No polemizaré con usted porque mi postura ha quedado clara en mis comentarios anteriores, y la suya responde a unos estereotipos que en las urnas van cayendo cada vez más en picado. Pero usted mismo se retrata cuando llama "populismo" a escribir Pueblo con mayúscula. Y no me hable de la unidad de España, porque posiblemente y sin pastelear con nadie (nacionalistas radicales y no radicales) yo haya defendido la unidad de España en más ocasiones que usted.  

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            • Aurora del Rosario Aurora del Rosario 07/06/14 12:12

              Gracias Javier. Es un placer leer a quienes tienen el valor de decir que NO. No queremos de una monarquía que sale carísima, que sin duda es con la banca otra de las fuentes de la dolorosa ruina para este país, (o mejor dicho para su pueblo), y que es sospechosa de servir única y exclusivamente a sus intereses. Veamos sino la fortuna que ha amasado el rey y sus familiares y los frutos de sus andanzas diplomáticas como representantes de España y de los españoles (que por cierto vienen de Francia y de Grecia)…Se han enriquecido ellos y algunos de sus amigos empresarios. Pero “los plebeyos” son ahora mucho más pobres e indefensos y como en un anticuado cuento infantil de “reyes malos”, hasta mucho más hambrientos.  A pesar de algunos datos sorprendentes, según el barómetro de la sexta, - el número de españoles que aceptarían la monarquía ha pasado en un santiamén del 30% a más del 50%-; se me ocurre que la gran mayoría de nosotros no quiere de estos jefes de estado.  Si los nombres resu

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              • Aurora del Rosario Aurora del Rosario 07/06/14 13:01

                continuación: Si los nombres resultan muy bonitos; Felipe Sexto, la Princesa de Gerona.., van estando do desfasados. En efecto, las estrofillas pomposas, o una imagen prototípica lograda a golpe de dinero y cirujía, si aún pueden tener algún efecto residual, nuncan se ganarían el premio a la mejor campaña de marketing. Puede adormecer un minuto nuestra capacidad crítica, pero después sólo funciona con los más tarugos, Es irreversiblemente arcaico.  Eso sí, decirle al futuro jefe que no te gusta nada no es fácil, y subirse al carro del ganador es en cambio muy prometedor. En esta macabra farsa del reparto, puede ser la diferencia que separa a los “valientes y castigados perdedores” de  los “asertivos aspirantes a cortesanos”.  La hipnosis colectiva podría consistir en creer que lo que nos cuentan en los medios es el sentir de la mayoría y en seguir en ese juego de retroalimentación falseada. . No me creo nada, no es un cambio fácil pero este pueblo es hoy sin duda más republicano. 

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  • nessie nessie 05/06/14 21:10

    Es justamente así. Volvemos a los tiempos de antes de la Revolución Francesa. El Tercer Estado somos mierda para los que se llevan el poder, por más que lo disfracen, pero en cuanto sale alguna fuerza política que no comulga con el chiringuito, son bolivarianos, populistas y otro monton de descalificaciones, en vez de decir simplemente que son representantes de la voluntad de una parte nada desdeñable de un pueblo que se supone soberano.

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  • Irenepaz Irenepaz 05/06/14 19:41

    Un articulo muy esclarecedor que pone los puntos en las ies , otra cosa es justificar los actos que hacemos cuando sabemos que no tienen justificación y que van en contra de nuestras moral o nuestra idea, como usted bien dice siempre se olvida de quien es la soberania tanto es asi que se nos olvida hasta el mismo púeblo, buen articulo yo pienso lo mismo. un saludo.

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  • Dossy Dossy 05/06/14 18:51

    El artículo del catedrático JAVIER de LUCAS, me parece interesante y esclarecedor. Se puede compartir sus argumentos o no, pero lo que no debe obviarse, es la necesidad de debate sereno sobre un tema tan fundamental para la ciudadanía. Observo en nuestros gobernantes, mucho nerviosismo y mucha demagogia. Lo sensato y democrático, sería, posibilitar sin miedo alguno, espacios plurales de debate y confrontación de ideas. El resultado, fuese el que fuese, incrementaría la verdadera democracia.

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    • schopenhauer vive schopenhauer vive 05/06/14 19:22

      El debate podía haberse producido hace ya muchos años, por citar un ejemplo el debate de la Ley Orgánica de la sucesión. Esta cuestión, aparcada para alcanzar el consenso del 78,  ha sido ninguneada por voluntad de los gobiernos del PSOE y del PP. Roto el consenso del 78 el debate es inevitable aunque ahora se opongan dos de los cinco partidos firmantes. Para el PSOE, unido en el imaginario popular con el PP, es muy grave apartarse voluntariamente de una aspiración, digamos que importante porque el PPSOE no ha permitido nunca conocer, cuantos mantienen ese ideal. Actuar a rebufo de una decisión política del monarca junto al PP, conductor del franquismo durante 35 años, parece en principio letal para el PSOE, con una dirección que toma decisiones en apariencia contrarias a sus principios y a sus militantes.,

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