Desde la tramoya

Frugales vacaciones

Todos recordamos que Aznar perdió la cabeza más o menos al tiempo que cambiaba su pequeño apartamento en Oropesa del Mar por la mansión del propietario de Porcelanosa en la misma localidad, primero, y luego por las playas de Menorca y más tarde por el barco de Flavio billionaire Briatore. El acomplejado Jose, más bien bajito, de aspecto mediocre, insignificante y segundón, se nos fue quitando los complejos progresivamente: había redecorado el Palacio de la Moncloa con telas barrocas de Gastón y Daniela, se puso alzas en los zapatos, fue dejando su bigote en una modesta sombra de aquel mostacho de clase media que lucía en los 90, contrató a un entrenador personal para endurecer abdomen, mejoró la calidad del tinte de su pelazo, pagó a una agencia de comunicación para que le dieran la medalla de oro del Congreso de Estados Unidos, aprendió un buen inglés y terminó casando a su hija en el monasterio imperial de El Escorial. El macho alfa se dejó llevar por el temperamento, lo que probablemente costó a su partido la presidencia del Gobierno, porque el veraneante modesto que se dejaba fotografiar en las playas de Oropesa se convirtió en un arrogante creído que se sentía más cómodo con los ricos y famosos del mundo.

Otros ejemplares de esa raza de políticos especialmente proteicos, como Sarkozy, Putin, Bush hijo, o el modelo de todos ellos, el viejo Silvio, han tenido también sus momentos a cuenta de las vacaciones. En Villa Certosa Berlusconi tenía un auténtico harén, con quioscos de pizza y helado y con una decena de amigas a disposición de papi y sus invitados. Por más que lo intento, no logro que, cuando recuerdo al primer ministro italiano, se me quite de la cabeza el pene de Topolanek, el homólogo checo, que paseaba desnudo y en erección por el borde de la piscina.

A Sarkozy, que también usaba alzas, parecía no importarle mucho el "qué dirán" cuando visitaba las pirámides de Gizah con su flamante novia Carla Bruni, con cara de adolescente embobado de amor. O cuando le criticaron sevaramente por irse al yate de otro multimillonario horas después de ganar las elecciones.

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El torso desnudo de Putin (en Villa Certosa había una "cama Putin" en honor del macho ruso) se hizo famoso también cuando supimos que pasaba sus vacaciones en Siberia pescando lucios gigantescos. Y aunque no lo vimos, pudo hacerse el chulo también manteniendo sus vacaciones en Sochi a pesar del naufragio del Kursk, aquel submarino nuclear. Para arrogancia, en fin, con el correspondiente coste electoral, la de George W. Bush, que se marchó de vacaciones a su muy viril rancho de Texas, cuatro semanas en pleno azote del huracán Katrina.

Eran otros tiempos: esas escenas de fortachones arrogantes y machitos se correspondían con un planeta sobrado de testosterona: crecimiento económico, dominio de Occidente, choque de civilizaciones, guerra... Un planeta excesivo, arrogante y vacilón: el de la primera década del siglo. La crisis nos ha devuelto a la frugalidad. Cuesta ver a los líderes del mundo pavoneándose por ahí.

Es justo reconocerle a Mariano Rajoy, por ejemplo, que no haya caído en esa fuerte tentación de los tiempos de bonanza, y se haya limitado a pasar unos días en su Galicia natal, caminando deportivamente por los senderos empedrados. Menos rumboso, menos glamuroso, pero más a tono con el tiempo austero que nos ha tocado vivir. Otro ejemplo: no podemos imaginar cómo habríamos reaccionado si ante el ecándalo monumental de los millones que escondía Pujol en Andorra, lo hubiéramos pillado en la finca de Silvio o en el barco de Flavio. Algo alivia nuestro asco que, al menos, le veamos como un tierno abuelito bajando la cuesta de un bello pueblo del interior catalán. Y que den Mariano y Jordi las gracias, que casi la mitad de los españoles no tiene vacaciones ni siquiera en el pueblo de los suegros.

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