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La casa, identidad y conflicto

Publicada el 12/04/2015 a las 06:00
Los recuerdos son un lugar en conflicto, sobre todo cuando uno quiere acercarse a su propia identidad. La nostalgia pacífica suele ser una máscara. Sólo el lugar no vivido puede dibujarse con el lápiz de la perfección. La casa que está en un orden absoluto, sin manchas, sin algún plato sucio, sin algún objeto descolocado, sin alguna sombra revuelta, no es más que la ficción de un maniático.

El azar tiene la costumbre de la repetición. Se concentra en un punto, elige la misma esquina para fijar sus citas y sus emociones. En las últimas semanas he recomendado a mis amigos tres novelas de tonos muy diferentes, pero que coinciden en una geografía común: la realidad melancólica, áspera y quebradiza de una casa familiar condenada a desaparecer por la oferta de una empresa inmobiliaria. La especulación urbanística aviva –para borrar después– las huellas del pasado.

El escritor chileno Pablo Simonetti cuenta en El jardín (Alfaguara, 2015) la historia conmovedora de Luisa Barbaglia, una mujer viuda obligada a desprenderse de la casa que compartió con su marido durante más de 40 años. La angustia que siente al despedirse de su jardín de azaleas, cuidado de forma meticulosa a lo largo de una vida, se funde con la inquietud ante las posibles discusiones entre sus hijos. La actualidad devora el cultivo de la memoria.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince vuelve a emocionarme con La oculta (Alfaguara, 2015) a través de una mirada literaria sobre la violencia reciente de Medellín. Una casa y una finca escondidas en las montañas de Colombia dan pie a que tres hermanos cuenten su pasado mientras una oferta millonaria cae sobre los paisajes familiares. Fatalidad y vértigo, la autoridad irremediable del dinero es el mejor resumen de lo que significa en una vida el paso del tiempo.

Las casas de Pablo Simonetti y Héctor Abad me han llevado a recordar La buena letra (Debate, 1991) de Rafael Chirbes. Hay muchos motivos para volver de vez en cuando a esta novela que me acompaña desde hace casi 25 años en mis habitaciones de lector. Una educación sentimental es el modo en el que la historia se hace cuerpo humano, y Rafael Chirbes nos contó en la primera persona discreta y herida de una mujer, una madre abandonada, todo lo que había ocurrido en los años de la Transición. Las evocaciones de una juventud republicana, de la guerra civil, el hambre, la cárcel, la resistencia, la discordia y el amor habitan en una casa familiar que la generación nueva quiere vender por una buena suma (de dinero).

Insistencias del azar, historias de tres casas como lugares íntimos de conflicto. La mitología conservadora siempre intentó hacer del hogar, del dulce hogar, un refugio ante las contradicciones de la política y los negocios. La paz privada pretendía vivir a salvo de las contradicciones de las tormentas públicas. Buena parte de la mejor literatura contemporánea ha asumido el ejercicio de una microfísica del poder para quebrar la máscara de este consuelo. Como las campanas de una iglesia, el redoble va de la plaza al salón de estar, del salón a las alcobas y de las alcobas a las sienes. Los debates sobre el aborto ejemplifican bien cómo las mismas mordazas que pretenden callar una plaza necesitan meterse en la cama y en la conciencias de la gente.

Los recuerdos son siempre un lugar de conflicto. El jardín de azaleas de Luisa Barbaglia reconoce al hijo homosexual que consolida su propia autoestima ante los desprecios de un hermano mayor, un hombre autosuficiente y desconsiderado. Los paisajes idílicos de La Oculta sufren la violencia de la guerrilla, las matanzas de los paramilitares y los desarreglos de cada intimidad. En un pueblo del levante español, una mujer regala a su nuera un modesto tesoro familiar, el resumen de las noches y los cuerpos, la vieja historia de una pobreza dignidad: unas sábanas con nombres bordados. El regalo acaba en el trastero de un chalet, y la madre, abandonada como las sábanas, abre el cajón de un aparador, mira fotos, recuerda todo lo que luchó de joven, las canciones que cantó, las palabras que se pronunciaban en voz baja para acariciar un sueño, y llora, y siente pena por todos nosotros.

Esta mujer encuentra fuerzas en su soledad para no vender la casa. Los especuladores, contra toda lógica, tendrán que esperar a su muerte. ¿Falta de lógica? Quizá se trate de falta de cuidados, o de falta de tiempo para mirar y entender la sangre que late dentro de un corazón, aquello que vive en el interior de una experiencia.

En fin, historias de casas familiares y de inmobiliarias, largas conversaciones con Pablo Simonetti, Héctor Abad Faciolince y Rafael Chirbes. Casas y cosas de un lector.
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6 Comentarios
  • Artero Artero 13/04/15 04:23

    Señor Montero, por mas que se ponga usted, ante las casas. Estas, siendo varias y diferentes se vienen a confluir o a constituirse en una, al menos eso debería intenter el relato, pero y se ve que sin éxito. Piense, si no es hora de desechar aquella casa que se ha tornado imposible de gobernar. La casa en la que en  un tiempo, uno se vio reflejado,mas  la miras hoy, y te preguntas, si sigue siendo la misma, a pesar, o, precisamente porque nada ha cambiado durante tanto tiempo. Si, es cieerto que casas como esa siguen existiendo, con peor o mejor suerte. Pero son otras geografias y en general, con inqulinos mejor avenidos  a entenderse. A veces, es imprescindible, dejar de ocupar un espacio,que se torna grande por la sencilla razón, de que  inexorablemente se va vaciando. Puede ser conveniente, estar como inquilino en un momento dado en otro "espacio",sin tener que renunciar a tu verdadero hogar, para retornar a el, una vez resuelta la situación.   

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  • Irenepaz Irenepaz 12/04/15 17:07

    Me apunto alguno de los libros que menciona, pero no he podido por menos que recordar "Los girasoles ciegos", también hay una casa familiar llena de miedo y de calor emocional. Y cambiando un poco de tema desde aquí me gustaría hacer un homenaje a Giovanni Berlinguer que acaba de fallecer. Un hombre justo, y bueno que hizo tanto él como su hermano mucho por el PCI. Un saludo. 

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  • estovamal estovamal 12/04/15 13:36

    Cuando uno se va haciendo mayor ve crecer en su ánimo la necesidad, a veces la urgencia, de tener un lugar donde esperar serenamente la llegada de la muerte. A solas con la memoria. A mi modo de ver, nada tiene que ver ese sentimiento vital, con los mitos, y mucho menos con los arquitectos. Entiendo y comparto la zozobra de Luisa Barbaglia, como ud, sr Montero.

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  • Giordano Giordano 12/04/15 11:51

    «…las mordazas necesitan meterse en la conciencia de la gente». El pensamiento reaccionario se resiste a considerar el aborto como un derecho; los más moderados de ellos lo califican de “fracaso”. La fuerza de la realidad les obliga a aceptar el hecho pero sus demonios particulares siguen queriendo meter miedo a la libertad transmitiendo la idea de que la mujer que decide deliberadamente abortar se condena a la infelicidad. La casuística de la vida real permitiría encontrar innumerables casos de mujeres fracasadas por haberse visto forzadas a una maternidad no deseada e incontables hijos abocados a una existencia insufrible por la irresponsabilidad de una ceguera diabólica. La mitología conservadora del hogar es un cuento para bobos comparada con la portentosa mitología griega del Olimpo que, en el inicio, alumbró la lucidez de la razón. / http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-02-06/toda-la-verdad-sobre-la-casa-de-la-pradera-que-no-gustaria-a-michael-landon_694279/

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    • joaquinito joaquinito 12/04/15 15:55

      Como casi siempre con tus textos, me llegas Luis García Montero. La insistencia del azar, la intimidad dolida, distinta y común... En fin. Me encuentro en contradicción porque yo quería decirte algo: para mantener la etiqueta de prensa independiente en infolibre creo que deberías dejar de escribir aquí siendo candidato de IU-CM. Pero por otra parte no quiero dejar de encontrar tus textos: si dejases de escribir aquí, por favor deja una última entrada con el enlace a un blog u otro lugar donde siguieras escribiendo, para no dejar de leer textos así. 

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  • Maria garcia Maria garcia 12/04/15 00:24

    Las casas tendrían, que ser como la ropa: por obligación,  nos vemos metidos dentro para vivir en sociedad, cuando se quedan raidas a tirarlas..Los arquitectos,  no parecen dispuestos a este sistema propio de sitios ya olvidados en la historia reciente. El Ego suyo nos lo comemos todos.

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