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Vacaciones de guardia

Publicada el 15/08/2015 a las 06:00
Una mujer hace pompas de jabón gigantes en la playa.

Una mujer hace pompas de jabón gigantes en la playa.

En mi familia no hay vacaciones sin farmacia. Vayamos donde vayamos, Alaska, Albacete o la playa más abstrusa de nuestra costa, no bajamos nunca del coche/taxi/metro si al mirar alrededor –girando el cuello en un círculo casi perfecto, como los búhos– no encontramos una farmacia a tiro de piedra. Localizada la farmacia, sonreímos, damos propina, recogemos maletas, subimos escaleras, deshacemos equipajes… Lo que nos pidan.

No es broma: en mi familia, en vacaciones, pasamos todos los días por la farmacia.

Normalmente vamos por la tarde, después de hacer excursiones y castillos, de beber cervezas y clavarnos conchas, de abrirnos ampollas y darnos una ducha, de clavarnos astillas y perseguir sueños. Pero a veces también nos toca ir por la mañana, justo después del desayuno.

En mi familia, en vacaciones, cada vez que pasamos por la farmacia, cumplimos un solo encargo, el único que de verdad nos parece tan urgente que no puede esperar a volver a casa.

1. Una pulsera antimosquitos.

2. Crema especial para las picaduras de los mosquitos anteriores a la pulsera.

3. Antihistamínico para los mosquitos que han seguido picando a pesar de la pulsera.

4. Crema para después del sol (que no compramos, al final, en la farmacia porque es más barata y huele mejor la de Nivea: huele a infancia).

5. Colirio.

6. Tiritas.

7. Más tiritas (con dibujos).

8. Betadine.

Por la afición que tenemos este año (ocho visitas en seis días), cualquiera diría que las farmacias son baratas y que nos atiende gente empática. Pero no: nos atienden en un perfecto alemán que no entendemos y nos cobran en unos euros que parecen más suyos que nuestros.

Por eso, por las tardes, mientras todavía salpica el agua y queda un poco de batido, antes de que alguien diga que van a cerrar la farmacia y que hay que darse prisa, yo me escondo con el kindle y leo. Pero no confieso que leo, que eso no lo entenderían en este entorno tan extranjero, de adictos a los vídeojuegos y a los mensajes de texto: si alguien pregunta, digo que tengo antojo, y picoteo chocolate con ginebra en el rincón más discreto del chiringuito.

La ginebra es carísima, como de farmacia, y a mí ni siquiera me gusta. La tomo porque el mundo no resuelve las cosas importantes (cómo prevenir y curar el Alzhéimer; cómo acoger la desesperación que nos llega de África y se nos ahoga aquí, al lado, cada vez más cerca) y tampoco consigue descifrar las minucias. Quiero decir que en internet hay estudios muy precisos (el corrector de word se empeña en escribir preciosos, pero no, sólo pretenden ser precisos y no preciosos) y muy contradictorios: unos dicen que al destilarse, el vodka de trigo pierde el gluten y es apto para celíacos. Otros que no, que una mierda. Así que tenemos cerca una farmacia pero no vodka puro de uva y yo pido ginebra y doblo la ración de chocolate sin gluten.

Todo para leer más.

Y llegar más lejos.


En seis días he leído dos libros de Alice McDermott (At weddings and wakes, A bigamist’s daughter) y uno de Celeste Ng (Everything I never told you, el libro del año para Amazon el pasado 2014). También Vida de familia, de Akhil Sharma. Y hasta he echado un vistazo a los periódicos y encontrado un estudio que asegura que la gente que lee sufre menos (de la Reading Society, claro). Supongo que sufrimos menos porque vamos más a la farmacia.

O eso explico a mi familia para que, unas horas más tarde, mientras buscamos una nueva y carísima tomadura de pelo antimosquitos, me lo expliquen a mí: “Si lees tanto, deberías sufrir menos”.

Por las noches, después de la farmacia y de la cena, después de las risas, las fiestas, los juegos, intento digerir los libros y me parece que Alice McDermott (que no está suficientemente traducida al español) me gusta y me repele, porque lo importante es lo que no cuenta y no tengo claro si he leído bien sus silencios. Pienso, luego, en Celeste Ng, que ha escrito un best seller para gritar al mundo, a un mundo lleno de ruido, y a unos padres que muchas veces nos empeñamos en hacer de nuestros hijos un reflejo. Y, por último, sonrío con Sharma, que se ríe de sí mismo con ternura: risa y ternura dentro del drama. Pienso en a quién me gustaría recomendar estos libros y pienso en David Trías (no tiene mucho mérito: todos los días pienso en David Trías).

Pero antes he ido a la farmacia, he jugado al Uno, he alquilado bicis, he recibido mil besos y he escuchado a mi familia. “No te quedes rezagada”, me advierte la más pequeña del grupo, que acaba de cumplir los siete años y no soporta verme despistada y/o a tres metros de distancia. Y entonces (me) creo que, si una mica semejante utiliza de forma tan correcta ese participio exigente, es que los productos de farmacia sirven para algo.

Pero que me quieran los pequeños no me cura y tampoco me curan las farmacias. Todas las noches de las vacaciones, todas, siempre a las tres de la madrugada, me despiertan mis fantasmas y se unen a los suyos: los de los miles y miles de ahogados que nos gritan en silencio desde el mar.

En esta isla en la que estamos, venden caracolas en las que ya no se oye el agua: sólo se oyen los sueños africanos que los europeos apagamos con indiferencia y desapego. Con crueldad.

Así que a las tres de la madrugada, ya sin chocolate, ni ginebra, ni vodka, ni farmacias, sigo leyendo para evitar seguir durmiendo.


P.D.: el miembro menor de la expedición ha definido Mallorca como la capital de Alemania. Pero igual ha cambiado de opinión porque estuvo hablando a última hora con un niño ruso, mientras yo me quedaba rezagada. Lo que sí que me ha confirmado es que a veces viaja con gente más lista, gente que lleva el botiquín puesto.