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Plaza Pública

Poder, política y vacío


Miguel del Fresno Publicada 21/03/2016 a las 06:00 Actualizada 20/03/2016 a las 21:24    
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Aunque política y poder tienden a ser consideradas desde el sentido común colectivo como equivalentes y equipotentes, existe un distanciamiento entre ambos conceptos que no cesa de crecer. La política, a pesar de que hace siglos dejó de ser una rama de la moral, mantiene una remota conexión con aquella idea consistente en decidir qué cosas hacer en cada momento. El poder, en su máxima síntesis, es la capacidad de hacer que ciertos acontecimientos sucedan. El alejamiento entre política y poder, negado por los partidos políticos –puesto que afecta a su propia existencia–, tiene importantes efectos en las sociedades actuales a los que España, como Estado, no es ajena.

El análisis sociológico y político muestra cómo las sociedades en tiempos de crisis profunda (por ejemplo, Grecia, España, Reino Unido, Dinamarca o EEUU, ahora en periodo electoral) acaban siempre por buscar nuevas formas de equilibrio, por muy cargadas de riesgos que aparezcan. La política, aun manteniendo el control del discurso posible, no puede evitar que los ciudadanos perciban su incapacidad para ejecutar lo que se le demanda, debido a una capacidad de hacer decreciente de los gobiernos electos. Lo que aumenta en las sociedades la sensación de caos, donde domina un fatalismo de que poco o nada cambia en la rotación partidista y causa una cada vez mayor indiferenciación ideológica entre los partidos fuera de los periodos electorales.

La pérdida de capacidad explicativa de la división ideológica entre izquierda y derecha no procede del fin de los ideales, ni de una súbita ósmosis ideológica de los partidos sobre qué cosas hacer, ni mucho menos del tacticismo de los nuevos partidos políticos para buscar su posicionamiento marketiniano en la mente colectiva, sino de la creciente incapacidad o vaciamiento de poder de la política. Los Estado-nación han perdido el monopolio del binomio poder-política, o sólo lo mantienen los muy grandes, que condicionan al resto de los países.

La política –como capacidad de decidir– va vaciándose del poder –capacidad de hacer suceder– dentro de sus propias fronteras, limitada, cada vez más, por fuerzas globales en interdependencia no gestionables desde las instituciones locales tradicionales. La crisis financieras, los movimientos de capitales, los paraísos fiscales, el terrorismo global, las oleadas de refugiados y migratorias masivas, el cambio climático y los acuerdos sobre el comercio mundial provocan desigualdad, pobreza, paro y pérdidas económicas locales. Son ejemplos de la incapacidad de la política de gestionar los efectos de un poder global intangibilizado, contra el que tampoco hay forma de gestionar una contramovilización. Así es como las perturbaciones y los problemas resultantes de la interdependencia global que afectan a los ciudadanos localmente apenas son, tan siquiera, gestionables por los gobiernos nacionales.

Esta incapacidad de la política a la hora de cumplir las expectativas locales aumenta el escepticismo hacia el modelo democrático y un progresivo colapso de la confianza, como lo ha llamado Zygmunt Bauman, de los ciudadanos en la política y las instituciones democráticas. Lo que acaba por provocar esas búsquedas de nuevos equilibrios y abre las puertas a discursos rupturistas que se encontrarán con las mismas limitaciones políticas (por ejemplo, Grecia) para cambiar el estado de las cosas. Y sucederá con el próximo gobierno en nuestro país, cuando todavía no se vislumbra, al que la Comisión Europea ya reclama nuevos recortes por valor de 10.000 millones de euros adicionales.

El neoliberalismo enmascarado en el discurso de la libertad –económica y de movimientos de capitales; en realidad, de unas minorías– no sólo supone un hito histórico en el proceso de expropiación de la riqueza colectiva –trasvasada a una creciente reducida minoría– sino también la decisión de que la política por principio debe tener objetivos y capacidades limitadas. Es así como el modelo económico neoliberal no cesa de socavar y vaciar de poder a la política. En él muy pocos países pueden desenvolverse con impacto real en el tablero global.

En España es cierta la emergencia de una confianza social renovada en la capacidad de cambiar las cosas desde la política. Y tras un gran éxito inicial, enfocado en el señalamiento de los problemas y la reconexión política de grandes grupos de ciudadanos, está por ver la capacidad real de sobrepasar el factor subversivo de la protesta, los gestos simbólicos, la voluntad de poder particular y, en definitiva, la voluntad de cambiar el estado de las cosas en lo local y lo nacional en los tableros de la interdependencia.

El lenguaje político construye diferentes formas de modificar la percepción de la realidad, a las que los ciudadanos se adscriben como grupo de referencia. No obstante, la realidad sigue existiendo de forma independiente del control político del discurso. Las urgencias sociales no amainan y lo que nuestra comedia política muestra con crudeza del interés inmediato son las oscilaciones entre la impostura, cierto fanatismo, la supervivencia personal y el oportunismo. Donde lo más visible y escenográfico opaca lo urgente, incluso entre quienes más alto sostienen algunas banderas de la urgencia social. Además, no hay garantías de que el fin de este trayecto no sea un anticlímax superlativo: que no cambie casi nada a pesar de tanto vocabulario ideológico manido, atocia teórica y simpleza analítica. Los políticos usan el lenguaje para intentar modificar las percepciones sociales desde lo que dicen, pero son y se les juzga siempre por lo que hacen. No debería haber tanto espacio para la indiferencia social ante el tacticismo partidista instalado en buscar el beneficio del flujo diario de declaraciones, intentando extraer ventajas nimias, movimientos de supervivencia de líderes –siempre provisionales– e inferidas misiones mesiánicas, por delante del creciente coste de posponer soluciones a las necesidades apremiantes de grandes capas de la sociedad.
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Miguel del Fresno es sociólogo y profesor de la UNED
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