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Plaza Pública

Mi vecina no tiene quien le escriba

Publicada el 20/04/2016 a las 06:00 Actualizada el 19/04/2016 a las 20:10
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Vivimos una época en la que el daltonismo moral se ha convertido en una forma de vida. Son muchas las ocasiones en las que preferiríamos cerrar los ojos y construir otra realidad; ante tantas injusticias, reflejos inexactos se sumergen en nuestros deseos de construir un mundo más digno con la inmovilidad moribunda de los recuerdos que la vida va dejando en la memoria.

De repente, descubrimos que, para aquel ministro que defendía que si no estuviéramos en crisis tal vez sería posible solidarizarnos con los refugiados, Panamá es algo más que un lugar al que poder viajar en vacaciones.

De repente, otra mujer asesinada entra por nuestros ojos para eternizar nuestra rabia.

El agua caliente de la ducha de las mañanas debe preparar a nuestra piel para toda clase de injusticias mientras el estudio “La transmisión intergeneracional de la pobreza” de la Fundación Foessa nos asegura que la pobreza "se hereda", y, por lo tanto, empezamos a dudar que sea posible aquello que decía el fallecido economista Tomás Bulat: “cuando se nace pobre, estudiar es el mayor acto de rebeldía contra el sistema”.

Aún existen muchas personas que creen en un futuro mejor, pero cada vez hay menos que sepan cómo construirlo.

Ante el debate de las desigualdades sociales o el paro demasiado a menudo se impone una especie de cuarentena del silencio.

En las negociaciones para conformar mayorías parlamentarias, el amor propio y la estrategia electoral se convierten en las más profundas fuerzas terrenales; nuestros parlamentos siguen inundados de algún que otro responsable político que a las iniciativas de los otros las llama manías y a las propias sensibilidades. A excepción de los grandes acontecimientos deportivos, da la sensación que casi todo lo que es relevante tiene lugar en la sombra. Pero la historia de la humanidad nos ha enseñado que allí donde hay oscuridad se encuentran las vías que nos permiten dejar de ahogarnos en nosotros mismos. Quizás en esto consiste aquello a lo que comúnmente llamamos esperanza.

Si la forma de vida en la que vivíamos hace una década sigue en nuestros recuerdos quizás sea porque la posibilidad de cambiar las cosas a mejor dependa de nuestra capacidad de recuperar un sistema de valores y oportunidades fosilizado en el poso de la propia vida. El modo de proceder de los cambios sociopolíticos que necesitamos descansan sobre la generosidad de los procesos reflexivos hacia las propias convicciones (la famosa y tan demandada “altura de miras”). Reformas laborales que minan nuestros derechos, leyes mordaza que nos recuerdan a épocas pasadas y leyes educativas que necesitan ser reformadas nos exigen dar algún paso, por mucho que sepamos que el poder económico pronto nos recordará que lo primero es el pago de la deuda o el control del déficit público. Lo que no deberíamos olvidar nos lo resumía muy bien un cartel que un manifestante portaba en una protesta reciente por las calles de Valencia: “Yo voy tirando, pero mi vecina lo está pasando muy mal y no tiene nadie que le escriba”.

La vida de muchas personas se deshace en el crepúsculo o se aleja en un avión sin más opción que la de retornar a casa en vacaciones.
El futuro de estas personas es el presente de la política. Sus problemas deberían entrar de manera urgente en la conciencia de los y las dirigentes políticos en forma de fluido.

La política, con su defecto incorregible de mirarse el ombligo, encuentra que la diferencia entre esencias es positiva e incluso (auto)confortable; el día a día de mucha gente, en cambio, la percibe como negativa e inquietante. Hasta aquí, parece que la política incluso sea algo superior, pero, cuando demuestra sus dificultades para llegar a acuerdos, presenta el inconveniente de poner en evidencia la diferencia entre esencias, por eso a veces la política es más una postura, resultante de actitudes excesivamente altivas, y la vida de la gente un reflejo concreto que supone un conjunto de disposiciones de impotencia hacia la realidad y de incomprensión hacia aquellos a los que se ha votado.

Cada vez queda menos tiempo para evitar las urnas. Por mucho que vivamos en un mundo globalizado, la política, hoy, es una matemática menos universalizada que nunca. Las partes (encargadas de traernos ese cambio que tanta falta nos hace) no deberían ser pensadas separadamente, tendrían que ser entendidas como si la totalidad se erigiese como condición de posibilidad de las partes.

Más allá de la interpretación del mundo que quienes ejercemos la política inscribamos en los hechos, están los movimientos vitales que deben hacer algo para mejorar la vida de la gente. Ver lo individual como el todo es una imprudencia, entender el todo como una parte de algo individual es aprender a interpretar. Al fin y al cabo, nada parece más importante que interpretar qué hace falta para que esta vecina tenga la posibilidad de encontrar alguien que le escriba.

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Marc Pallarès es profesor universitario y escritor (actualmente diputado y secretario de la mesa de las Cortes Valencianas)
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