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‘Bullying’ colectivo


Miguel del Fresno
Publicada el 18/07/2016 a las 06:00
Todo el mundo conoce el significado de bullying: acoso físico o psicológico ejercido a una persona, normalmente un menor, aunque no en exclusiva. Al mismo tiempo, estamos acostumbrados a considerar que lo viral o los trending topics o lo que dicen las redes adquieran una autonomía como si se tratase de un sujeto único y lo que sucede online como natural o inevitable.

Son muy frecuentes los casos en Internet que muestran cómo se desencadenan acosos o persecuciones en masa hacia alguna persona por causas que van de lo trivial a lo dramático. Muchos de estos casos acaban ocultos tras eufemismos como memes o virales cuando, en realidad, se trata de casos de bullying colectivo. Este tipo de tumultos en red –que parecería sólo existiesen en el cine, la literatura o en las páginas de sucesos– quedan protegidos por el elemento colectivo, el anonimato, el pseudoanonimato o simplemente la distancia física que impone el ciberespacio. Lo que muestra también este bullying colectivo, disfrazado como viral, es una suerte de minoría de edad agregada donde nadie aparece como responsable de las consecuencias de sus actos gracias al consumo o participación solidaria en ese acoso grupal. La ceguera colectiva ante el significado de estos hechos parece causar, a su vez, una sordera generalizada alrededor de las consecuencias.

El caso más reciente es el de la muerte de un torero, que ha generado un bullying colectivo sólo comparable al que se repite en temas políticos, con el añadido de la muerte de una persona y el ataque a sus familiares. Incluso desde el análisis más distante y objetivo –y asumiendo que no parece existir el derecho a no ser ofendido– es difícil comprender las motivaciones racionales que pueden activar tales niveles de crudeza para el escarnio, el acoso, el desprecio y la persecución hasta un comportamiento casi inhumano.

Es evidente el creciente activismo de los grupos e individuos proanimalistas y lo es, también, que al fenómeno antitaurino se ha sumado una capa política que lo instrumentaliza con objetivos de diferenciación identitaria. Es incuestionable el enfrentamiento bipartisano irreconciliable entre taurinos y antitaurinos. El tema taurino es una guerra cultural más, de las que dividen a las sociedades en dos mitades sin opciones de acuerdo. Las guerras culturales se agudizan en temas donde el consenso no es posible porque no hay posibilidad de aproximaciones racionales dialógicas entre posiciones. Ocurre con numerosos temas a escala global: el aborto, los sistemas sanitarios, el neoliberalismo económico, lo público-privado, el cambio climático, la posesión de armas entre particulares o el mismo origen del mundo, etcétera.

No obstante, la guerra cultural subyacente no relativiza el bullying colectivo al que se ha sometido a los familiares y al torero muerto. Hay una evidencia general de que la reacción está fuera de los límites del modelo intelectual, moral y político dominante en la cultura democrática de Europa. Estamos ante un cisma de lógicas donde los debates no se dan entre argumentos, sino entre imágenes del mundo, entre preferencias ideológicas, experiencias personales y valores, influidos por el grupo de referencia y la psicología individual. La tendencia social que parece emerger apunta a que los conflictos entre generaciones del pasado han perdido relevancia y son sustituidos por una creciente bipolarización ideológica.

El riesgo es evidente: no hay afirmación identitaria en la historia que no pase por la negación del otro, de la conciencia de la diferencia como una anomalía, de la reducción del otro a un estatus de inferioridad de derechos y existencial. La negación del derecho a la mera existencia es la esencia del totalitarismo. Hay demasiados casos en nuestra historia como para poner un solo ejemplo cuando en la memoria reciente tenemos tantos.

Lo atroz del bullying colectivo reside en cómo aquéllos que se amparan en el anonimato o la distancia física pueden justificar con visos de racionalidad y derecho el escarnio, el insulto y los excesos verbales. En definitiva, cómo se puede construir una arquitectura de justificación de uno mismo, de manera individual pero también colectiva, para hacer razonable y soportable lo que no lo es. La obediencia debida siempre ha sido el gran argumento para justificar la banalidad del mal, como lo denominó la politóloga Hannah Arendt. Este bullying colectivo no sólo muestra la banalidad del mal, sino también su expansión como un producto de consumo masivo y la extensión en los medios como un hecho tecnológico, cuando simplemente se trata de casos de inhumanidad.

Hay que quitar la aceptabilidad implícita al bullying colectivo por producirse en un contexto tecnológico, por ser un comportamiento colectivo en red y por experimentar ese efecto deslumbrante de la viralidad de los llamados medios sociales. Hay que reconocerlo como lo que es, sin maquillaje tecnológico y sin levedad: un signo enfermizo desde lo social. El bullying colectivo no es más que otra forma desviada de comportamiento por mucho que ese ya generalizado y sea relativizado con eufemismos. No se trata sólo de si debe haber una respuesta judicial o no, se trata de pensar sobre los límites de lo humanamente aceptable y de lo que somos y podemos llegar a ser de forma individual y colectiva. En este nuevo metabolismo extraño entre hombre y tecnología en tiempos de Internet, que no deja de provocar lo inédito, las consecuencias de futuras reacciones en cadena aún son impredecibles.

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Miguel del Fresno es sociólogo y profesor de la UNED
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