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Plaza Pública

Podemos necesita desplegar las velas, o por qué suscribo los documentos de Íñigo Errejón

Juan Pedro Yllanes Publicada 10/02/2017 a las 06:00 Actualizada 09/02/2017 a las 23:40    
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En su momento corrieron ríos de píxeles en redes sociales debatiendo las propuestas que las diferentes candidaturas presentaron a la Asamblea Ciudadana de Vistalegre. Hoy, por desgracia, los debates han degenerado más hacia explicaciones psicológicas y personales, lo cual es injusto, porque tapan las legítimas discusiones políticas de fondo. Para bien y para mal, la formación morada sigue siendo centro de atención permanente en portadas y telediarios, sus evoluciones siguen ocupando esa centralidad en la información política nacional y por tanto, pese a la desazón y la incertidumbre, mantiene un gran capital político si sabe aprovecharlo de cara al ciclo que se abrirá a continuación.

Sin embargo, en el ruidoso cruce de dimes y diretes, se hace muy difícil sintetizar y resumir la esencia que distingue a los diferentes proyectos políticos que ya están votando los inscritos en a través de la web. Tanto se ha enredado el debate, que conozco a alguno que ya ha cambiado de voto un par de veces desde que se abrió el proceso, y aún le queda tiempo para seguir cambiando hasta que se cierre la votación. Como aportación para quien no sigue los debates, y también para intentar elevarlos un poquito, intentaré concretar en positivo tres motivos fundamentales que me llevan a apoyar el proyecto encarnado por Íñigo Errejón, nuestra candidatura Recuperar la Ilusión y su documento titulado Desplegar las velas.

Primero. Su lectura del contexto actual, del medio y largo plazo, su proyecto histórico

Muy poca gente ha sabido como Íñigo Errejón leer los ejemplos de transformación progresista que la historia reciente ha dejado en diferentes regiones del globo, desde Latinoamérica hasta la primavera árabe, pasando por Europa. "La historia la hacen los pueblos", decía Salvador Allende, no las izquierdas, fragmentadas o unidas; la historia la hacen los pueblos, no la hacen sumas de siglas de partidos y colectivos que se reclaman la izquierda “auténtica”, lo digo con el mayor respeto por el trabajo de las personas que se reconocen en ese ecosistema. Por eso, la tarea fundamental de quien aspira a cambiar la sociedad es construir pueblo; es decir, canalizar la necesidad humana de pertenencia simbólica de un modo abierto e inclusivo, no excluyente, y vinculado a un nuevo proyecto de país. Detrás de la expresión Construir pueblo, que sirve de título a uno de los libros de Errejón, hay mucho más que un lema, hay una visión dinámica y constructivista de lo político frente al inmovilismo en el que caemos cuando aceptamos el mapa, las palabras y las viejas etiquetas que utiliza el poder.

Ese marco teórico, que realmente aprende, evoluciona y se deja transformar por la historia del siglo XX, es el que en mi opinión mejor permitirá articular una nueva mayoría electoral. Un paradigma innovador que sirve, entre otras cosas, para escapar del aislamiento y del repliegue resistente al que habitualmente nos auto-condenamos los activistas. Sirve para ejercer un liderazgo social amplio, incluyente, amable, efectivo, que canalice el descontento no hacia posturas de denuncia, sino de nuevo gobierno democrático. Observo el auge de identidades políticas autoritarias que estrechan las vías democráticas en Europa y pienso que no podemos conformarnos con resistir, que resistir no es vencer, y no vencer tendrá consecuencias calamitosas.

Íñigo nunca ha perdido de vista una idea que es clave y que implica un profundo respeto por la gente de este país: para que los españoles y españolas quieran a Podemos en el gobierno, antes deberá demostrar seriedad, fiabilidad y solvencia. Podemos debe ofrecer la certeza de que tarde o temprano llegará al gobierno y lo hará mejor. Hemos de transmitir a millones de personas muy diferentes la tragedia que sería que sigan gobernando quienes se han implicado en la corrupción y en recortar para rescatar bancos y autopistas. Porque son incapaces de dar soluciones a los problemas graves que hoy tiene nuestro país, las carencias de modelo productivo, de modelo territorial o de modelo social.

Pero esa capacidad de liderar el país antes de ser gobierno no se gana sólo estando en las movilizaciones de protesta (a las que nunca debemos faltar, y que debemos estimular), sino sobre todo mereciendo la confianza de quienes dudan de nuestra capacidad para gobernar, de que otro rumbo es posible o de la utilidad de la actividad parlamentaria en su conjunto. Sumar a “los que faltan” es más difícil y necesario que reunir a los convencidos. Aquí no sobra nadie, una unidad popular transversal es una idea cualitativamente distinta e infinitamente más potente que unificar a la izquierda. A esto me refiero con visión de proyecto histórico.

Segundo. Por su coherencia, al no abandonar la señas del proyecto original, resistiendo al cierre identitario

Hace tiempo que algunos venimos advirtiendo del riesgo de “cierre identitario” en Podemos. Me refiero al riesgo, que se viene materializando, de que algunos portavoces usen el discurso que gusta a los grupos más movilizados para ganar elecciones internas (un discurso para activistas, con identidad dura y jerga propia), pero luego pretendan girar a otro discurso diferente, casi opuesto (menos tenso, menos enfadado y más popular) para ganar elecciones generales. Esta estrategia es irresponsable por varios motivos: infantiliza a nuestras propias bases (pues presupone que no tienen capacidad para distinguir entre uno y otro momento) y erosiona también a los portavoces, porque lleva a unos y otros a dar una serie de giros y bandazos, exhibiendo una imagen de desorientación en el rumbo o de oportunismo que siembra la confusión y decepción entre muchos sectores. Sin embargo, si una corriente potente insiste en usar esa táctica de “populismo interno” para hacerse con el timón, obliga al resto a actuar parecido, enrareciendo la democracia interna.

Por eso creo que es de agradecer la decisión valiente de Recuperar la Ilusión al mantenerse fiel al espíritu original del proyecto, evitando que se torciera demasiado el rumbo, aunque nos haya podido suponer ciertos costes “a la interna”.  Supone costes porque muchos militantes veteranos, incluso partidos u organizaciones enteras que se han acercado (e inscrito) a Podemos sienten que comparten su lenguaje de toda la vida con otras candidaturas que les hablan en clave activista. Pero no queremos un nuevo espacio político a nuestra medida para habitarlo, queremos un nuevo país para todos y todas, no perdamos esto de vista.

Íñigo Errejón ha preferido confiar en la capacidad interpretativa de los inscritos e inscritas, y nunca ha dejado de hablar hacia afuera, a todo el país, sin pedir carnets. Ese esfuerzo responsable ha permitido mantener identificable el proyecto original. Si hubieran caído en la tentación de hablar a “los imprescindibles” para competir mejor en Vistalegre con quienes sí lo han hecho, quizá ya nadie reconocería a este partido y su rumbo ya no se parecería en nada al que le permitió irrumpir y patear el tablero. Soy optimista y creo que la militancia sabe ver esto y no va a dejar de premiar ese ejercicio de coherencia y responsabilidad.

Tercero. Por poner en valor la acción institucional y defender que, además de protestar,  debemos ser útiles a nuestro pueblo desde el día en que pisamos las instituciones

Podemos nació contra la corrupción y el austericidio y contra los mitos de la derecha que lo sustentan (aquello de que “no hay alternativa”, el “fin de la historia”, etc.). Pero también contra ciertos mitos de la izquierda que le han impedido hacer frente a la ola de neoliberalismo salvaje de los últimos cincuenta años. Pablo Iglesias explicaba esto mejor que nadie hace dos años. Nacimos contra el mito anti-liderazgo, contra el mito anti-patria, contra el mito de que más agresividad en el discurso sirve para recabar más apoyo, contra el mito de que no asumir ciertas formas es un modo de integrarse en el sistema, contra el mito de que los obreros organizados serán necesariamente sujeto de vanguardia del cambio, contra el mito de lo político como mero reflejo del desarrollo de fuerzas productivas y contradicciones sistémicas, contra el mito de la utilidad de una derrota digna hoy para la acumulación de fuerzas a largo plazo, etc.

Uno de esos mitos con los que se auto-limita la izquierda es el que dice que “las instituciones no sirven para nada, donde hay que estar es en la calle”. El poder se ha frotado las manos cuando nos vio aceptar ese falso debate. Nunca debimos entrar en él, pero una vez dentro, si en algún sentido había que remar, era precisamente en el de poner la acción institucional en valor en un país en el que todas las instancias de representación están tan deslegitimadas (no sin motivo). El propio Pablo Iglesias afrontaba en su día esta cuestión muy explícitamente. En un curso de verano de la Universidad Complutense, afirmó: “esa idiotez que gritábamos cuando éramos de extrema izquierda y decíamos que la lucha está en la calle y no en el parlamento es mentira, las cosas se cambian desde las instituciones y los cambios en las estructuras sociales de Madrid y Barcelona lo prueban”.

El proyecto Recuperar la ilusión se ha hecho cargo en todo momento de que la presencia institucional y la presión ciudadana se necesitan mutuamente para poder transformar las estructuras sociales. Asumimos como tarea clave defender los enormes éxitos que se han alcanzado en parlamentos regionales y ayuntamientos del cambio, frente a potentes aparatos mediáticos que pasan el día disparando fango en contra. Subrayamos la importancia de visibilizar los logros simbólicos y también materiales ya realizados, como las leyes que alivian la dramática situación de las clases más empobrecidas (aunque otros partidos se quieran colgar esas medallas), o la introducción de asuntos antes marginados en la agenda política del país (reforma constitucional, cláusulas suelo, renta básica, nuevo modelo de RTVE), y de nuevos términos que antes no salían de los foros especializados y hoy forman parte del vocabulario político común (como pobreza energética, feminización de la política, desgubernamentalizar la tv pública, etc.).

Sería un grave error permitir que nuestra presencia institucional degenere en una nueva decepción para varias generaciones, como la que supusieron los catorce años de gobierno de Felipe González. Podemos debe liberarse de complejos, traumas y obsesiones del pasado para poder confluir con un amplísimo electorado y debe ejercer una oposición ejemplar llevando la iniciativa y hablando al país con sus palabras, combinando la denuncia sin tapujos con la excelencia técnica en la propuesta, la elegancia con la contundencia. Debe esforzarse por merecer la confianza masiva de la ciudadanía desde ya, sin esperar al resultado de un supuesto ciclo largo de resistencia. Debe invitar a “recuperar la ilusión”, volver a ser cuanto antes esa fuerza política que, en lugar de recluirse en búsquedas estériles de autenticidad y pureza, atraía talento, lideraba los debates, establecía los marcos y marcaba la agenda.

Para ello necesita, como estamos proponiendo en Desplegar las Velas, un tribunal interno independiente y transparente (Comisión de Garantías), descentralizar poder, feminizar sus dinámicas hipermasculinizadas, y gestionar democráticamente su diversidad. Hay recursos humanos y ahora también materiales para lograr todo esto, pero antes es necesario superar definitivamente la cultura de la confrontación intestina, de la purga, del plebiscito como arma y del chantaje, y abrazar el pluralismo interno. Comprometámonos todos y todas a remar en ese sentido.
________________

Juan Pedro Yllanes es juez en excendencia y diputado de Podemos por Balears.


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1 Comentarios
  • Malime Malime 10/02/17 18:01

    La pretendida izquierda cuando dice que “las instituciones no sirven para nada, debería leer lo que decía esa persona tan denostada, (…) que en su momento se atrevió a escribir ¡LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL “IZQUIERDISMO “ EN EL …!

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