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La UE, atenazada entre los gobiernos populistas y la Casa Blanca

Publicada el 31/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 30/05/2019 a las 20:45
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El crecimiento que acabamos de ver en las elecciones europeas este pasado 26 de mayo del voto de apoyo a las fuerzas políticas de extrema derecha, representando el populismo más rancio y el nacionalismo disgregador en el seno de la Unión Europea, conformará una distribución más compleja de la representación en el Parlamento Europeo y un nuevo juego de alianzas con incidencia en los nombramientos más importantes a la cabeza de las principales instituciones europeas: la Comisión, el Consejo, el Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad y el presidente del Banco Central.

Hay un riesgo latente de que Estados miembros como Hungría, Polonia y algunos bálticos, es decir, del bloque que ingresó en las ampliaciones de la UE de 2004, puedan actuar a modo de quinta columna en el intento, cada vez menos velado, por parte de Estados Unidos de minar todo esfuerzo dirigido a una mayor integración europea y en particular a la creación de unas estructuras de defensa propias en su seno. Los gobernantes de estos países, a los que habría que añadir también Rumanía (adherida a la UE en 2007), han mostrado siempre una mayor afinidad con el vínculo atlántico en los momentos de tensión con los EE.UU. Y si añadimos a Austria, no miembro de la OTAN, pero con euroescépticos de extrema derecha que han formado parte de su gobierno (ahora mismo están en plena crisis gubernamental), conformamos un panorama inquietante para el futuro de la Unión.

La creciente injerencia en los asuntos europeos, especialmente en el campo de la defensa y su industria, por parte de los EEUU debería hacer abrir los ojos a los miembros del Consejo Europeo para descubrir quién es amigo, quién adversario y quién enemigo de la UE y sus intereses. Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca hemos venido observando una deriva preocupante en su política internacional de la mano de halcones neoconservadores como el secretario de Estado Mike Pompeo y sobre todo del extremista John Bolton, consejero nacional de seguridad. Otra prueba de esta injerencia es la inaceptable carta que la subsecretaria de defensa, Ellen Lord, envió el pasado 1 de mayo a la Comisión con la pretensión de que las empresas norteamericanas de armamento pudiesen participar con total libertad en los proyectos europeos de la PESCO y beneficiarse del Fondo Europeo de Defensa, amenazando además con restricciones a las empresas europeas en el mercado armamentístico norteamericano ante una negativa europea. En esta ocasión el Servicio de Acción Exterior ha sabido responder con firmeza a ese desafío. Protagonistas de esa firmeza, la Alta Representante Federica Mogherini, y el secretario general adjunto de la Agencia Europea de Acción Exterior, el español Pedro Serrano de Haro. Una respuesta que estaba previamente concertada con los países miembros, feliz excepción en este brumoso terreno de la defensa europea que hay que saludar.

Con ocasión de la celebración del 70º aniversario de la OTAN, el pasado 4 de abril, un acto al que fueron invitados a Washington los principales dirigentes europeos, Mike Pompeo aprovechó para convencer a sus aliados de la intención norteamericana de ampliar aún más hacia el Este sus planes para conformar un círculo alrededor de Rusia. Al despliegue de medios aéreos OTAN en los países bálticos se une el destacamento de batallones multinacionales en la zona, incluida Polonia, y la realización de maniobras militares en el marco de una política de contención de Rusia como respuesta a su implicación en la situación en Ucrania y la anexión de Crimea. Añádanse a esto los guiños a Ucrania y Georgia para acercarse a la Alianza Atlántica y ya tenemos a punto una receta para desestabilizar la zona. Desde que en 1991 la OTAN se quedó sin enemigo oficial, las sucesivas ampliaciones hacia el Este parecen no tener límite (cada vez más cerca del avispero de Oriente Próximo y Medio) y están convirtiendo la Alianza, originalmente una organización defensiva, en un organismo militar expansionista al servicio de los intereses geopolíticos de los EEUU.

Al igual que está ocurriendo últimamente con Irán, rodeada por cada vez más puntos de despliegue estadounidenses, el “cordón sanitario” al que está siendo sometida Rusia desde hace tiempo no hará más que reforzar el nacionalismo ruso de la mano del autoritario –pero elegido– Vladimir Putin. Sanciones económicas para debilitarla internamente, posible financiación a Bielorusia y Ucrania, apoyo a las fuerzas rebeldes sirias y el aumento de tensión en el Cáucaso son algunas de las prescripciones de los principales think tank norteamericanos, como la Rand Corporation, que la Administración Trump aplica con simpatía.

Pues bien, en esa aventura militarista los EEUU quieren involucrar a la Unión Europea a través de la OTAN (22 de sus 29 miembros lo son de la UE) para buscar no sólo legitimación internacional a sus propósitos sino para asegurar el funcionamiento de su maquinaria industrial armamentista. Recordemos la advertencia del presidente Eisenhower en su discurso de fin de mandato: ”...debemos estar alerta contra el desarrollo de influencias indebidas, sean buscadas o no, del complejo militar-industrial. Existen y existirán circunstancias que harán posible que surjan poderes en lugares indebidos, con efectos desastrosos”.

No parece muy verosímil que Rusia, una potencia débil demográficamente si nos atenemos a su extensión, que no es una gran potencia económica en este mundo multipolar y que invierte en Defensa diez veces menos que los Estados Unidos, pueda suponer una amenaza real en términos bélicos para la Unión Europea. Este gráfico del instituto sueco SIPRI muestra una comparativa del esfuerzo presupuestario militar.
En 2018, el aumento del gasto en defensa de los EEUU ha sido el mayor del mundo (44.500 M$), muy lejos del de China que es el segundo en importancia (16.700 M$). Por su parte, los miembros europeos de la OTAN, en su conjunto, han incrementado también sus presupuestos en un 4,2% en términos reales el pasado año, con un total de 264.000 M$, el segundo del mundo, por delante de China (168.000 M$) y cuatro veces más que Rusia (63.000 M$). ¿No es ya suficiente? ¿Hasta cuándo y hasta cuánto tiene Europa que seguir a los EEUU en su esfuerzo presupuestario militar?

El concepto estratégico de la OTAN, que se van renovando aproximadamente cada diez años (el último es de 2010) ha ido alejando a la Alianza de su ámbito fundacional hasta convertirlo en un organismo militar global. Es necesaria una impronta más europea y un cambio de rumbo, europeizar nuestra defensa común y una transición paulatina de estructuras, capacidades y presupuestos de la OTAN hacia la UE para alcanzar cuanto antes esa autonomía estratégica europea que tanto predican nuestros dirigentes y no dejarnos arrastrar como hasta ahora por las veleidades hegemónicas norteamericanas.

Además de buscar una política de defensa y de seguridad propias, la Unión Europea debe preocuparse por encontrar soluciones a los problemas más tangibles y prioritarios para los ciudadanos como la crisis económica, el desempleo, la pobreza, la igualdad de derechos, la migración y el cambio climático, por citar sólo algunos. ¿Nos lo permitirá la nueva configuración política de los próximos cinco años en las instituciones europeas?
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