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El olvido de las Fuerzas Armadas en el acuerdo de Gobierno PSOE-UP

Publicada el 24/03/2020 a las 06:00 Actualizada el 25/03/2020 a las 12:37

Empezaré por el principio: me desagrada enormemente la forma en que los gobiernos (especialmente los socialistas) de los cuarenta años de democracia han tratado a las Fuerzas Armadas (FAS). Si sigo las enseñanzas de Paul Preston, no cabe duda de que entre el ejército y las “fuerzas vivas” (caciques, grandes propietarios, élite política, corona e iglesia, es decir, la cúpula del poder de nuestra sociedad) hay una unión de, al menos, cien años. El hispanista, con bastante mala uva, señala que habiendo perdido todas las guerras externas durante trescientos años, el ejército ha hecho todo lo posible por no perder las internas, las guerras (in)civiles contra su propia población y los pocos de ellos que se han puesto de parte de la misma. Las Fuerzas Armadas fueron utilizadas por el poder para la represión de los movimientos sociales de finales del siglo XIX y principios del XX. Es verdad que esos movimientos sociales, de tinte anarquista y de “propaganda por los hechos”, revestían en muchas ocasiones un carácter terrorista muy difícil de atajar por una policía mal preparada y peor pertrechada. No quiero perderme en digresiones pero es importante señalarlo para entender por qué casi la mitad del siglo XX, sumando la dictadura de Primo de Rivera, la “dictablanda” de Berenguer y la ominosa dictadura franquista, sobre España ha ejercido el poder cierta semblanza del ejército en su cara menos amable: la disciplina mal entendida y el castigo sobredimensionado. Tal vez por eso nuestra conciencia ciudadana es tan frágil y tendemos, como hijos de nuestros padres, a aplicar la fuerza cuando no es posible convencer con la razón propia, que casi nunca es razón absoluta.

Digo todo lo anterior porque busco una explicación razonable a los rescoldos franquistas (valdría también decir autoritarios) que de vez en cuando se iluminan en muchos cuarteles y entre sus mandos, al soplar cualquier aire, llámese una (impostada) declaración de independencia, una inhumación y salida de un panteón tétrico del dictador Franco, o cualquier otro acontecimiento de mayor o menor entidad, pero de índole política y/o social que en nada afecta a lo militar. Pero esa visión uniforme y uniformada de España (que no de unidad española, pese a lo que aseguran sus defensores,) de una parte nada desdeñable del ejército, debería haber muerto con el dictador, y la Transición debería haber ejercido de enterradora. Lejos de ello, fue la ópera bufa del 23 F (el calificativo no es mío sino de The New York Times) la que calmó algunas aguas con el infalible sistema del palo y la zanahoria. Pero, como no podía ser de otra manera, aquello no cambió la idiosincrasia de unas FAS que veían cómo se escapaba su poder, aunque, a diferencia de otros países, sus largos cuarenta años de dictadura no les pasaron factura alguna.

Esos comportamientos oscurecen una labor excelente de las FAS en tierras en conflicto donde mueren compatriotas fuera de nuestra tierra intentando mantener la paz o en labores de protección civil dentro de nuestras fronteras. La UME está en estos momentos desplegada en las calles de España desinfectando zonas comunes con unos recursos que serían de risa si no fuera porque se enfrentan con ellos a una pandemia feroz que ha causado un puñado de miles de muertos en el mundo. Y por supuesto otro puñado de militares demócratas que desde los pertenecientes a la UMD a los que integran ahora colectivos que luchan por reescribir el papel de las FAS en la sociedad que vivimos. ¿Es razonable ese deseo de cambio? Todo depende.

La visión más moderna “en los países de nuestro entorno” (como les gusta decir a nuestros prebostes cuando ese entono les da la razón, y acogiéndose al “España es diferente” tan querido para ellos cuando no lo hace) son Fuerzas Armadas totalmente integradas en la sociedad. No como lo están ahora (como ha afirmado el presidente Pedro Sánchez en una de sus varias alocuciones con motivo o a resultas de la crisis pandémica) simplemente prestando servicios, sino integradas de verdad en la sociedad. Auténticos ciudadanos de uniforme que, salvo en casos como estos en los que su actuación debe estar reglada por conceptos de índole militar, tendrán exactamente los mismos derechos y deberes que un ciudadano civil. En estos momentos de crisis, en los que a los ciudadanos se nos priva de determinados derechos, es más que razonable que a los ciudadanos de uniforme se les suspendan aquellos derechos que entorpecerían su labor coordinada.

¿Qué han hecho los Gobiernos sobre esto? Nada. Y no me refiero a las leyes que han promulgado normas de modernización sencillamente imprescindibles. Me refiero a la creación de una auténtica conciencia entre las FAS en particular y en toda la sociedad en general que permitiera, como en Suecia, que los generales fueran al trabajo en metro, o que los hechos delictivos en los cuarteles sean investigados por la policía civil y no por la militar, como ocurre en Estados Unidos (espejo en que se miran quienes más pujan por una segregación constante de los militares) y que los castigos se ajusten a la labor punitiva de las leyes civiles sin que cualquier pequeña falta, que en la sociedad civil apenas supondría una multa, suponga una pena de privación de libertad en lo militar y en tiempos ordinarios, por más benévola y corta que esta sea. Lógicamente hablando en tiempos de paz y sin crisis. Pero aún en tiempos de crisis la ponderación debería ser la guía de la punición para evitar castigos abusivos, como en cualquier esquema penal de cualquier país democrático del mundo.

Quienes vimos con esperanza (no exenta de recelo) los tanteos entre el PSOE y UP para conformar una mayoría de gobierno (después de un batacazo que penalizó su desencuentro y soberbia) pensamos que por fin un gobierno afrontaría este necesario camino hacia la integración soñada, hacia –permítaseme el juego de palabras– la “desmilitarización” de las FAS para convertirlas en fuerzas sociales con atribuciones especiales. Nuestra decepción fue enorme. Aunque en las primeras tres líneas del documento se afirma que el acuerdo entre el PSOE y UP tiene como fin “…conformar un Gobierno progresista de coalición que sitúe a España como referente de la protección de los derechos sociales en Europa”, grita, a lo largo del mismo, una y otra vez el silencio sobre las FAS. Palabras como FAS, Fuerzas Armadas o Ejército no aparecen ni una sola vez en el texto. ¿Los militares no pueden aspirar a derechos sociales equiparables a los europeos? ¿Tan menor es la relevancia de lo militar en la sociedad? Y si es así, ¿por qué mantener una especie de gueto con normas más rígidas, convivencias cerradas, uniformes obligatorios, etc.? O es que ¿aún se siente el aliento del miedo a lo castrense en la nuca de los políticos?

Hace años que la estatua de Franco debería haber desaparecido de las academias militares. Y los retratos de los golpistas. Quienes empuñan las armas contra la bandera que juraron defender y el pueblo de donde salen, no merecen el nombre de militares: carecen de honor y de sentimiento de pertenencia al pueblo del que proceden, y no sólo de la parte que les concede prebendas. Aunque hasta donde sé la etimología de miles /militis no está contrastada, prefiero la interpretación que hace proceder la palabra de milia y así ser “el que va con mil” a la del etrusco mille que era el matón o guardaespaldas del tirano.

Somos muchos los que interpelamos al gobierno pidiéndole (casi siempre exigiéndole) intervenciones y normas progresistas en tal o cual materia. Pero casi todas ellas, en mejor o peor forma, han recibido atención por parte de gobiernos sedicentes progresistas (ni se me ocurre esperar nada de gobiernos conservadores máxime con la desgajada de su alma y alargada sombra de VOX a sus espaldas). En estos cuarenta años de democracia, no hemos avanzado ni un milímetro hacia la consideración de “ciudadano de uniforme” o mejor “ciudadano que puede vestir el uniforme” que rige en la mayor parte del mundo occidental y desde luego en los países cuyo modelo social nos inspira.

Otorguemos a nuestros militares los derechos cívicos (y por supuesto las obligaciones, ni un solo derecho sin el contrapeso de su obligación) de los que disfruta cualquier ciudadano. Hagámosles parte de verdad del corpus social. Acojámosles como se merecen y como sin duda se sienten porque sólo quien se siente parte de una sociedad arriesga su vida por sus conciudadanos ante el fuego, ante la inundación, ante la catástrofe, ante la pandemia. Sólo quien así se siente establece las fronteras de nuestra defensa en países a miles de kilómetros, con lenguas impronunciables y enemigos tras cada recodo. Hagámoslo por justicia y si eso no nos sirve, por solidaridad devolviéndoles la que ellos nos prestan. Tengamos unas FAS modernas para la necesaria modernización de España. Como dijo hace más de cien años Joaquín Costa: “Escuela, despensa y siete llaves para el sepulcro del Cid”. Modifiquemos los planes de estudio en las academias militares tecnificándolos y sancionando a quienes aprueben los golpes de estado. Establezcamos retribuciones dignas sin abandonarles a los 45 años y olvidemos las ansias militaristas de quienes vean en un golpe de estado militar la forma de actuar cuando un gobierno no les guste o trate de acabar con los privilegios de los privilegiados.

Y de paso empecemos a pensar en cómo acabar con el artículo 8 de la Constitución en la necesaria reforma constitucional que la misma Constitución pide a gritos.

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