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¡Insostenible!

Más democracia y más medio ambiente: el debate

Alberto Rosado del Nogal
Publicada el 05/11/2017 a las 06:00 Actualizada el 04/11/2017 a las 17:29
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El debate político entre democracia y medio ambiente seguramente sea uno de los más apasionantes de finales del siglo XX, momento en el que explota —de manera más significativa— aquello a lo que Andrew Dobson en 1980 llama en el título de su libro Pensamiento político verde. El debate es claro, y la pregunta lo debe ser más: ¿debemos delegar las decisiones ambientales a tecnócratas o dejarlas a merced de los parlamentos de turno? Aprovecho la oportunidad para citar el libro de Arias Maldonado titulado Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia que plantea de manera precisa multitud de interrogantes sobre esta disputa dentro del campo de la teoría política.

Si el ecologismo es aquella corriente e ideología política que explica su existencia en su lucha por conseguir la sostenibilidad ambiental —entre otros—, pudiera friccionar directamente con un sistema democrático por la siguiente razón: si el fin de la democracia es ejercer la voluntad de las mayorías sociales, ¿qué cabida tiene el ecologismo si su fin, más allá de esa voluntad, no es otro que la protección del medio ambiente? No se debe, tampoco, poner más zancadillas al movimiento, en tanto en cuanto cada partido político o ideología lleva unos pretextos que no han sido previamente validados por la sociedad y es luego, tras unas elecciones democráticas, cuando o bien se materializan, o bien se aparcan. Así pues, el ecologismo tiene la legitimidad para plantear sus fines aun no habiendo sido validados en las urnas. El problema llega cuando las urnas no se llenan de papeletas verdes pero los problemas ambientales continúan amenazando —con el respaldo del rigor científico—al planeta.

La tesis del ecologismo fundacional (William Ophulus, Robert Heilbroner, Paul Ehrlich, Garrett Hardin, etc.) fue clara: la incapacidad de la democracia para sustentar ecológicamente el planeta es evidente, ergo, las razones de supervivencia de nuestra propia especie están por encima de nuestro sistema político sobre cómo nos organizamos: la democracia. En otras palabras: si la democracia no escucha las advertencias ecologistas, deberá ser el ecologismo el que se imponga en los poderes ejecutivos aun no habiendo ganado en las urnas. La reacción ante estos postulados no tardó en llegar de la mano de John Barry, Douglas Torgerson, Avner De-Shalit, Brian Doherty, Robert Goodin, De Geus oRobynEckersley, incorporando a la democracia el apellido verde para legitimar sus fines mediante ese medio. Como decía al comienzo, no es un debate fácilmente salvable y cualquier conclusión tendrá grietas, al menos, en su marco teórico.

No obstante me atrevo a afirmar lo siguiente: pensar en la democracia como un mero procedimiento político configurador de formas pero huérfano de contenido es un error. La democracia, efectivamente, es aquel mecanismo que lleva la voluntad de las mayorías a los órganos ejecutivos pero sin olvidar que, previamente a ella, existe una cultura repartidora de categorías morales que pre-estructura las demandas políticas de esa misma mayoría. Aceptar la democracia como mero procedimiento sería obviar la inclusión de determinados valores a ella, o en otras palabras, significaría asumir que grandes consensos morales a nivel mundial como la igualdad, la libertad de expresión, la libertad de culto o la paz sobre la guerra coexisten de manera independiente a ella. ¿Está la libertad de culto desligada a la democracia? Basta con echar un vistazo a las principales constituciones democráticas del mundo y a formas de gobierno autoritarios para encontrar un patrón muy nítido: allí donde reina la democracia, reinan determinados valores que se han dado por llamar, precisamente, democráticos.

Así pues, no es difícil deducir que uno de esos valores democráticos es, precisamente, la defensa y protección de nuestra casa común. Esto no significa, por ende, que todas las democracias incorporarán estos valores a sus gobiernos (véase el actual mandato de Donald Trump), pero de la misma manera que solidaridad, integración o paz son valores democráticos aunque no se cumplan, las raíces del pensamiento político verde son, de igual manera, hermanas de la democracia pese a que no siempre estén presentes. Será tarea de esa propia democracia (en su máxima expresión a través de medios, cultura, partidos, sociedad civil, etc.) llevar la sostenibilidad a los primeros escalones de protagonismo. Con un aliado: la realidad descrita y advertida por el excelente trabajo de la comunidad científica que facilita esa incorporación de la sostenibilidad a la primera línea de la agenda política. Sin olvidar, no obstante, que esa aplicación política en base a las evidencias científicas nunca debe ser impuesta, sino aceptada y apoyada por la mayoría social tras el debate sociopolítico correspondiente.

Huir de planteamientos totalitarios será, precisamente, la solución a los problemas ambientales. Convencer, y nunca vencer. Porque vencer por la fuerza sería otra forma de derrotarnos como sociedad(es). Convencer, cuando hay voluntad política y certezas que ofrecer, siempre se convierte en el mejor camino del progreso.
______________
 
Alberto Rosado del Nogal es doctorando en Ciencias Políticas en la UCM.
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