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¡Insostenible!

Clima: del discurso a la práctica

Alejandro Moruno
Publicada el 27/09/2019 a las 06:00 Actualizada el 27/09/2019 a las 10:43
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El tema climático empieza a ser hegemónico y casi todos los partidos políticos, por fin, se suben al carro, pero con demasiada distancia entre el discurso y la práctica.

La evidencia es ya empírica, ya lo notamos; récords consecutivos de temperatura en los 4 últimos años, fenómenos meteorológicos inéditos, aviones que no pueden despegar por el calor, centrales nucleares en alerta por un huracán, menor rendimiento en cultivos alimentarios, hielo desapareciendo antes de tiempo, etc. Los más jóvenes notan el vértigo y desbordan las calles por todo el mundo, y los científicos hablan de una contrarreloj en la que vamos en dirección contraria a la meta.

Todo esto hace que los medios hablen de ello casi a diario, algo impensable hace cinco años. Pero nadie nos ha enseñado en los últimos años los graves riesgos socioeconómicos que conllevan el cambio climático y la contaminación. Es urgente revertir esta situación con educación ambiental y campañas informativas a todos los niveles.

En los sectores productivos más sensibles ya llegamos tarde. Los trabajadores de la central térmica de As Pontes, o los de las cuencas mineras, deberían tener ya una alternativa de capacitación y empleo de calidad, por ejemplo, fabricando los paneles solares para el país con más radiación solar de Europa. También en la automoción, la construcción, el sector agroalimentario o energético.

Si aceleramos ahora se pueden evitar los peores escenarios, empezando por la transición energética, de la que, a su vez, depende parte de la descarbonización de otros sectores.

Para finales de este año, se espera que lleguemos al 18% de generación eléctrica proveniente de la eólica y solar en todo el mundo, y, aunque se ha cuadruplicado en la última década, no todo son renovables.

Las renovables sólo generan electricidad, por lo que los sectores productivos y de movilidad no electrificables tendrían que minimizarse, a la vez que ganamos eficiencia energética. Y no vale con deslocalizar las emisiones llevando los sectores productivos más “sucios” a otros países. Otros  ejemplos de trampas climáticas serían las empresas que dicen ser netas en carbono por plantar árboles –lo más efectivo es lo que se deja de emitir hoy–, o los derechos de emisiones transferibles.

Se trata de crecer en economía baja en carbono y consumo energético, crecer en cuidados, para las personas y los ecosistemas, crecer en salud y bienestar, creando empleo de calidad. También en bienes de consumo diseñados para  aprovechar materiales, más sostenibles y reutilizables o de largo uso (ecodiseño). En paralelo, diseñar otros referentes distintos al PIB, que cuantifiquen bienestar y salud, y que no impliquen un tipo de crecimiento infinito, ya imposible.

Desde el plano de la demanda, de unos hábitos de consumo y de vida que posibiliten este nuevo modelo productivo y energético, no siempre está todo a nuestro alcance; de momento, todos dependemos de una sociedad basada en los combustibles fósiles. Algo también muy arraigado en nuestra cultura, cuyo abordaje es más complicado que el de la dimensión técnica.

Miremos el caso agroalimentario, un sector vulnerable y a la vez causante del cambio climático y del que dependemos todos. Actualmente, se usan entre 7,3 y 10 calorías de combustibles fósiles para producir 1 caloría de comida bajo el modelo convencional; fertilizantes y plaguicidas, maquinaria, transporte, procesado, refrigeración y cocina –1/3 de esta energía se gasta en hogares–. Sumémosle que un tercio de la comida se tira.

El cambio en el patrón dietético más habitual en el mundo rico es imprescindible, pero no se trata de todo o nada; reducir el consumo de la carne roja y de la procesada; menos carne y de mejor calidad, no necesariamente hacerse vegano o vegetariano. Es preferible que millones coman menos carne y alimentos ultraprocesados, a que una minoría la deje por completo. No obstante, cuanta más gente se haga vegana o vegetariana, sin “compensar” su menor huella de carbono en otros hábitos, bienvenido sea, mejor para todos porque son las dietas de menor impacto.

Se ha estimado que habría que reducir el consumo de carne a uno o dos días a la semana, sin superar los 500 gr. entre carne blanca y roja –máximo 98 gr. de roja a la semana, según EAT, 300 gr., según OMS–. Algo culturalmente difícil para todos, pero no imposible. Por cierto, como aclara Aitor Sánchez, la carne de cerdo es roja.

Otro patrón dietético facilita además el cambio de modelo productivo; la ganadería extensiva, que compensa mucho mejor su impacto, tendría muy difícil atender la demanda actual de carne, por ejemplo. Y necesitamos más pastores, más extensiva para prevenir incendios, para mejorar acuíferos, fertilidad y fijar población al medio rural. Es imposible abordar eficazmente el cambio climático sin la dimensión alimentaria, que va más allá de medir el metano de los rumiantes –deforestación para los cultivos de sus piensos que viajan por todo el mundo–.

Para abordar la transición en nuestro sistema agroalimentario eficazmente, hay que atender tres pilares:

- Cultural, con políticas que faciliten los cambios de hábitos; opción de menús vegetarianos, campañas de concienciación, nutricionistas en sanidad pública, etc.

- Productivo, fomentando un modelo agroecológico, más diverso, que aproveche recursos, revierta la degradación de los suelos, cuide la biodiversidad y sea menos dependiente de combustibles fósiles.

- Económico, medidas fiscales diferenciando según el impacto; ayuda a tener otra percepción social y se ha demostrado, como en el caso del azúcar, que desincentivan el consumo en las poblaciones que más lo necesitan por salud. Fomentar un mejor acceso a los alimentos realmente ecológicos minimizando intermediarios –Sistemas Participativos de Garantías y nodos locales con aval de la Administración–. Evitar la venta a pérdida.

Por último, recordemos que no se cambian las cosas sin cambiar de hábitos, ni sólo cambiando de hábitos se cambian las cosas.

Sólo queda tiempo para adaptar el marco de lo considerado posible al de lo necesario, y no al revés. Esto, históricamente, trasciende al gobernante involucrando a la sociedad civil para sacudir el orden establecido, desplazando, en este caso, a la cultura y economía fosilista de la toma de decisiones, de forma justa para todos, sin que los trabajadores paguen la cuenta. ¿Llegaremos? El tiempo lo dirá, mientras, abramos grietas en esta nueva y bienvenida hegemonía para que no se quede todo en el clásico Business as usual y un lavado verde para estirar el modelo actual.


Alejandro Moruno es nutricionista especializado en sostenibilidad.
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