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Desde la casa roja

El padre presente

Publicada el 11/07/2018 a las 06:00 Actualizada el 10/07/2018 a las 19:31
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Un lunes de marzo nos dijeron: tiene que ser mañana. Pasé la tarde con migraña sin poder quitármela con nada. Al día siguiente, por cesárea, nació mi hijo. Dicen que todas las mujeres contamos nuestros partos. Naturalmente que los contamos. Son una gesta física y emocional que, al menos yo, no he podido comparar a ninguna otra vivencia. Yo quise desde ese momento a aquel niño que salió de mí morado y adormecido con unas amarras que no manejaba. Porque no era amor del conocido. Era una conexión nueva y antigua como la vida. El niño lloraba y mi útero se contraía sin nada que tuviera que ver con la razón. Y allí no se movía más carne que la mía.

Comparar lo que yo viví en el nacimiento de mi hijo y los días que siguieron con lo que vivió su padre es imposible. Las miles de siestas sobre mi pecho, la frustración al no conseguir una lactancia eficaz, el oído a la respiración en mitad de la noche, el control del tono de su piel, de su comida, de sus ojos, las horas en que despertaba y dormía. No creo que la angustia, el pánico, la soledad, la cicatriz, los futuros que me quitaron el hambre y el sueño cuando tuvimos que ingresarlo cuatro días en la UCI de neonatos fueran comparables a los de nadie. Porque ahí corría algo animal, salvaje y desesperantemente, para mí que no encajo el descontrol, libre.

Puede que hayan visto El cuento de la criada, la serie, o leído la novela de la canadiense Margaret Atwood en la que está basada. En ella nos cuentan una distopía que tiene lugar en Gilead, una sociedad totalitaria implantada tras un golpe de Estado en EE UU. Los desastres medioambientales y una baja tasa de natalidad llevan al Gobierno a un régimen fundamentalista que considera a las mujeres y sus úteros fértiles propiedad del Estado. Si algo me produce violencia, además del brutal trabajo de Elisabeth Moss, esa mirada azul, son esos momentos en que las madres que gestan a los bebés son separadas de ellos tras el alumbramiento para que los niños pasen a formar parte de la familia de los comandantes. Las hormonas, la leche, el regreso de los órganos, pero la cuna en otra habitación. Porque las criadas saben algo: que cada día, cada olor repetido que respire el bebé, cada noche que otras manos lo recojan de la cuna cuando llore, es la madre que conocerá. La mano que sana, la voz que calma, el tacto de la piel y el alimento. Y eso significa estar.

Una de las raíces más profundas del machismo que padecemos dentro de nuestras familias sigue siendo la asignación de los roles, no designados entre los miembros de la misma libremente, sino impuestos desde fuera, desde el sistema laboral patriarcal y capitalista: la mujer cuida; el hombre, provee de recursos. Y la baja de paternidad, ahora de cinco ridículas semanas, es el claro reflejo de esa herencia. La aprobación de la propuesta de bajas de paternidad y maternidad iguales, intransferibles y 100% remuneradas es una forma en que no solo la mujer no será discriminada laboralmente en su trabajo por considerarse trabajadoras de riesgo si deciden tener hijos, sino también la manera en que el hombre se implique en los cuidados. Creo estar ante el punto de partida de un largo camino para la igualdad en asuntos laborales y de familia. También a veces se nos olvida que hay hombres que quisieron criar y fueron devueltos al engranaje de producción a las dos semanas de haber vivido uno de los momentos más vitales, intensos y hermosos de sus vidas.

He leído estos días opiniones de mujeres que no están de acuerdo con esta propuesta. Sobre todo, se ha puesto sobre la mesa lo absurdo de tener una baja de paternidad puntera en Europa y estar a la cola en la de maternidad. Por supuesto que dejar a un bebé en una guardería con cuatro, con cinco meses, es salvaje y este país debería asegurar un plazo mucho más largo para la crianza y el cuidado de un recién nacido. Porque rompe la lactancia si la hubiera y, además, es violento para la madre y para el niño, pero también para el padre. Cuando estaba embarazada me recomendaron leer a un conocido pediatra best seller en España, una especie de Biblia de la crianza actual y del apego. Lo hice. Nunca encontré la figura del padre en sus libros. A veces, te sugería recomendar al padre que hiciera todo aquello que no podías hacer: ir y volver de la farmacia, llenar la nevera o poner lavadoras. Como de favor. Como excepción a esos días en que tus brazos están ocupados.

El padre de mi hijo hizo todo aquello y cuidó del niño conmigo, pero a los quince días se marchó a trabajar. Y no era la falta de limpieza en nuestra casa lo que eché de menos, sino compartir con él todo aquello que estaba sucediéndonos. Al niño y a nosotros. Estar juntos para crear un nudo familiar lo más sólido posible del que formásemos parte los tres, a pesar de que haya cordones que nunca se acaben de cortar. Negar que es mejor no estar sola durante esos primeros meses, negar las dudas, los miedos, la inseguridad y el abandono de tu carrera en favor de la crianza es para muchas contribuir a la forja de esa imagen de la mujer perfecta cuidadora, madre abnegada, que tan bien le ha venido a nuestro sistema. Y negar que existen mujeres que pueden vivir la maternidad de formas muy diferentes, también válidas. Y que hay otros tipos de familia que demandan otras necesidades, algo que debería tener también en cuenta esta propuesta.

Hoy me pregunto si cuando mi hijo siente un peligro dice “mamá” porque estuvo dentro de mí o porque era yo la que estuvo siempre alerta aquellos meses para solventar todas sus necesidades. La única que, mañana tras mañana, estaba ahí, dispuesta para el amor.
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12 Comentarios
  • frida56 frida56 12/07/18 03:31

    Ya le dije una vez que me gustaban mucho sus artículos porque tienen un aroma entre lírico y novelesco que hace que me los lea de un tirón. Este me ha gustado especialmente porque me he identificado,pero también porque reivindica a los padres. A los cinco meses,pusimos a nuestro hijo en una guardería (no quedaba otra),a la semana le subió la fiebre a 41 grados,lo ingresaron y nos dijeron que fuéramos a descansar un poco: la mirada que nos cruzamos através del espejo retrovisor y el llanto que nos abrazó a ambos (padre y madre) no tenía distinción de sexos,ni de roles sociales; era el mismo dolor,el mismo miedo. El niño sólo tenía problemas de garganta,nos dijeron después. Qué alivio tan inmenso! Mi padre que,obviamente,por su época,no sabía ni cambiar un pañal,ha sido un magnífico padre,al que me he sentido más unida que la fuerza de todos los cordones umbilicales que en el mundo han sido. La paternidad y la maternidad son una moneda de dos caras y,claro,siempre habrá excepciones,como en todo.

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  • cexar cexar 11/07/18 15:25

    Siempre envidié a la madre de mi hijo por esa experiencia inigualable de estar embarazada y dar a luz. Casi nadie me cree cuando digo que ojalá hubiera podido hacerlo yo. Cuando nació mi hijo me desdoblé en dos, fue una experiencia física. Ojalá las leyes vayan en la línea de que ambos progenitores puedan compartir ese tiempo de cuidados. Un Abrazo,

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  • globerin globerin 11/07/18 15:05

    "Comparar lo que yo viví en el nacimiento de mi hijo y los días que siguieron con lo que vivió su padre es imposible. Las miles de siestas sobre mi pecho, la frustración al no conseguir una lactancia eficaz, el oído a la respiración en mitad de la noche, el control del tono de su piel, de su comida, de sus ojos, las horas en que despertaba y dormía. No creo que la angustia, el pánico, la soledad, la cicatriz, los futuros que me quitaron el hambre y el sueño cuando tuvimos que ingresarlo cuatro días en la UCI de neonatos fueran comparables a los de nadie"
    Salvo la cicatriz (y el malestar físico de la intervención), todo lo demás a mí si me parece que es comparable a lo que vive el padre, te lo dice un padre !!

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  • Lucía Oliveira Lucía Oliveira 11/07/18 13:20

    Muy acertadas tus reflexiones. Por tu manera de escribir, se nota que también eres novelista. Colgaré el artículo en Facebook para que lo disfrute más gente.

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  • Aroa Moreno Durán Aroa Moreno Durán 11/07/18 11:34

    Gracias a todos por vuestros comentarios y lecturas siempre. 

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    • estovamal estovamal 11/07/18 12:44

      Siempre me parecen muy humanos y emotivos tus columnas, pero echaba en falta (en silencio) alguna respuesta, algún indicio de que leías los comentarios.
      No sabes cómo se agradece. Mil gracias a tí.

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  • M.T M.T 11/07/18 10:51

    Sí Aroa, existen diferentes tipos de familia y diferentes modos de ser y estar en la maternidad y /o paternidad: nacer desde el vientre y nacer desde el corazón: padres biológicos, no sé si es adecuada esta expresión o adoptantes.
    En estos diferentes modos únicamente entiendo de lazos de afectos y voluntad de ser, con todo lo que implica ser padre o madre.
    Tú, Aroa, describes tu vivencia, y Platanito alude en otras circunstancias a otro modo de acunar, de ejercer como padre, madre. Lo común: lazos de cariño y hacerlo como mejor se pueda.
    Y sí: una mayor protección y amparo por parte de los gobiernos a las familias, considerando sus necesidades.
    Un saludo cordial.

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  • anamp anamp 11/07/18 10:18

    Queda tanto trabajo en el ámbito de la Igualdad... Y este es un ejemplo de que la desigualdad nos discrimina a todos, independientemente del sexo.

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  • ArktosUrsus ArktosUrsus 11/07/18 09:29

    Mientras la sociedad no entienda que el nacimiento de niños es imprescindible para mantenerse, y se considere la crianza del bebé no como una carga sino como una parte imprescindible del tejido social, dotándola de los mismos medios que a Defensa, o a Justicia (y por cierto, hacer lo propio con las tareas domésticas, auténtica bolsa de trabajo ni remunerado ni reconocido) no habrá solución. Se sigue pensando y hablando de la crianza del bebé en términos de pérdida (pérdida de horas de trabajo, de productividad, de oportunidades de carrera, etc.) y no en términos de ganancia y rentabilidad. El cuento de la criada es un aldabonazo que nadie entiende. Como distopía se mira más desde el punto de vista de los horrores que puede general un integrismo religioso que desde el horror de una sociedad que necesita esclavos para mantenerse. Si se viera así, nos daríamos cuenta de que estamos muy cerca de esa situación en el mundo actual. Se oye mucho aquello de "afortunadamente las mujeres emigrantes tienen más hijos". Pero al tiempo se les acusa de colapsar las urgencias, de colapsar la educación, de colapsar ... Hace falta una transformación de pensamiento de tal calibre que como no pongamos unas bases filosóficas diferentes a esos permisos de maternidad y paternidad y sigamos empeñados en entender que el nacimiento de un nuevo ciudadano es sólo un asunto de su madre (o lo ampliemos a su otro progenitor o incluso al resto familia) vamos derechitos a Gilead. Porque, ¿hay alguien que dude que los poderosos siempre querrán tener un ejército de sirvientes para sus caprichos? Harán lo imposible porque nazcan bebés. Pero seguirán pensando que tener un hijo es una opción personal y que la sociedad no tiene por qué apoyarlo, como si pudiéramos separar el momento en que nacemos de aquél en que nos convertimos en ciudadanos. Hay que apoyar los nacimientos como cualquier otro hecho económico reseñable, y dotarle del sentido social que tiene. El cuidado de un vástago no es competencia de la rama donde nace sino de toda la planta. O entendemos eso, o cualquier otra solución nos lleva al abismo.

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  • platanito platanito 11/07/18 07:38

    Veo en Google que estamos muy lejos de los suecos, a pesar de los últimos logros obtenidos. 16 meses compartidos entre los dos progenitores. Hay que seguir batallando.
    ¡Cómo cambian los tiempos y las sensibilidades! Siempre me reía cuando mi mujer se juntaba con alguna amiga. Siempre surgía el tema de los partos y me parecía puro exibicionismo mujeril. La maravilla que vivís en ese trance ahora la entiendo mejor, después de tu poética descripción en primera persona. Quizás también se deba a que he seguido de cerca el milagro de crianza de los 3 primeros años de nuestro último nieto, llevado con un inmenso cariño por nuestros primerizos hijos (hijo de sangre e hija de adopción).
    De niño oí contar que en las faenas de labranza donde participaban ambos padres, nos suspendían, plan hamaca, de una rama en la linde y a cada vuelta de yunta, una sacudida amorosa nos mecía.
    La tetica era de obligado cumplimiento, no existía el biberón ( y no podíamos decir como en el chiste de tetita y biberón que para el desayuno solo biberón porque el pezón sabía a tabaco).
    A los desfavorecidos huerfanitos, las abuelas desdentadas les alimentaban desde su boca, como hacen los pajaritos con sus crías, y en ese doble viaje abuela e infante compartían alimento presalivado. ¡Mota que no mata engorda! Así era tan grande la tasa de mortalidad infantil. Luego llegó la penicilina y la asepsia. Tiempos del pleistoceno.
    Yo estuve poco presente. El trabajo remunerado me absorbía. Honor a mi esposa que los supo sacar adelante sin demasiada brida reglamentista. Y el linaje continúa. Deseo para nuestros futuros descendientes un mundo favorable, pero no veo claro cuál será.

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    • estovamal estovamal 11/07/18 10:56

      Doy fe de los suecos. Mi hijo mayor vive en Suecia desde hace 9 años, casado con una sueca y ya me candado un nieto sueco y parece que está en camino un segundo. Lo llamativo no es lo de los dieciséis meses, es que desde la primera noticia, el estado se vuelca con los padres y sobre todo con el futuro bebe, al que consideran una especie de bien nacional.
      Y naturalmente sin invadir ni impedir las preferencias de los padres en el parto.
      En fin, mi hijo me contaba emocionado la experiencia la primera vez como algo que a mi me parecía de ciencia ficción. Y eso que debe tenerse en cuenta que Suecia arrastra un fuerte machismo en su sociedad, que luchan por superar.
      Nosotros tenemos que luchar por alcanzar estos progresos para las mujeres, que reclama Aroa en su emocionante relato, también porque  serán progresos para los hombres, como me contaba mi hijo.

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  • jabd jabd 10/07/18 23:05

    Gracias Aroa, otro maravilloso artículo bien escrito y cargado de argumentos. 

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