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Muros sin Fronteras

No olvides nunca la ducha de Alma

Publicada el 19/11/2020 a las 06:00

No me gusta el sistema económico que gobierna mi vida, pero de alguna manera me beneficio de él. Abro la ducha y sale agua caliente. Esto es un milagro en gran parte del tercer mundo. La nevera está más o menos llena de productos frescos. Disfruto de calefacción en invierno y de aire acondicionado en verano. Tengo ropa, zapatos, televisión, ordenador y un teléfono inteligente fabricado en condiciones laborales escasas en derechos. Mi casa está repleta de objetos que me sostienen y dan sentido. Al tener las necesidades básicas cubiertas, puedo permitirme los juegos de la imaginación.

Cada mañana, bajo esa ducha placentera pienso en Alma, y doy gracias por ser tan afortunado. Alma fue mi primera intérprete en Sarajevo, en 1993. La recuerdo menuda, de pelo corto y una energía a prueba de tristezas y asesinos. Me traducía las palabras y los sentimientos de una urbe asediada por el odio. Con ella vi mis primeros muertos en la morgue, junto al cementerio del León. Nunca volví a trabajar con Alma porque emigró a Holanda en busca de esperanza, pero la siento como una presencia que me acompaña y protege frente a la más grave de la las soledades, la existencial, la que asola a los supervivientes de las grandes tragedias.

Una tarde, terminada la jornada, invité a Alma a una cerveza en el Ragusa, un bar resguardado en un callejón cerca de la avenida Marsala Tito. Era de los pocos que permanecían abiertos en Sarajevo. Le confesé que tenía agua caliente en el hotel sin imaginar qué suponía para ella esa información. Mi ignorancia del dolor ajeno era enciclopédica.

En aquellos meses de la primavera de 1993, los periodistas extranjeros vivíamos en el Holiday Inn. Se hallaba junto al frente de guerra, al lado de la noticia. La cara Sur estaba destrozada por las explosiones. Se podía habitar en las estancias que daban al norte y en las primeras de ambos lados. Aunque casi nunca teníamos electricidad y agua, pagábamos como si fuera el Ritz de París. Al menos, nos daban de comer caliente. Subir las escaleras a los pisos altos cargados con la bolsa de viaje, el ordenador y el chaleco antibalas era un suplicio.

Alma fue profesora hasta el estallido de la guerra en 1992. Vivía en un piso en la zona vieja. Llevaba cerca de un año lavándose en un barreño de plástico. Empleaba una lata para rociarse de agua, casi siempre fría. Sarajevo estaba repleto de sombras que buscaban agua y madera para calentarse. Los tiradores serbobosnios de las montañas disparaban contra las colas: la del pan, la de la ayuda humanitaria, la del tabaco. La calle era peligrosa. La ciudad, una ratonera.

Me suplicó poder ducharse esa misma tarde. Parecía emocionada. Vino a mi habitación, se me metió a la carrera en el baño, abrió la ducha y estuvo 45 minutos cantando y gimiendo bajo el agua. Al salir envuelta en un toalla blanca tenía la piel roja, las yemas de los dedos como pasas y una sonrisa de oreja a oreja. Estuve a punto de hacer una broma sobre sus gemidos, pero opté por el silencio. Se tumbó en la cama y me dijo que se sentía feliz.

Viví en una casa particular en junio de 1995. Los periodistas habíamos escapado del Holiday Inn y de los caprichos de la mafia sarajevita. Estuve cinco semanas encerrado. Una ofensiva bosnia y la respuesta serbobosnia nos impedía salir de la ciudad. Cenaba y desayunaba en la Pensión Hondo, donde dormían Julio Fuentes, Christiane Amanpour y otras estrellas del periodismo estadounidense. Me encantaba Amanpour, una buena compañera. Al verme tan nervioso, una de las chicas que trabajaban en el Hondo, me espetó: “Nosotros llevamos así cuatro años. Te acostumbras”. Fue una bofetada elegante. La guerra de Bosnia-Herzegovina y otras en las que he estado me han educado dentro de mi estupidez ego-primermundista.

La mujer de la casa particular en la que vivía me calentaba agua por la noche para que pudiera asearme ayudado de una lata vacía. Así, cinco semanas. Cuando alcancé Split, en la costa croata, fuera de la guerra, me hospedé en un hotel que nos servía de retaguardia y de primer paso en un regreso por la carretera de la costa, un sistema de descompresión mental y emocional. Trieste era mi puerto de entrada y de salida del infierno.

En ese hotel de Split me duché durante 45 minutos. Canté y gemí. Desde ese instante estoy unido de por vida a todas las Almas. Soy muy afortunado porque sé qué hay detrás de una ducha. La mía se llama Alma.

Ella es una de mis memorias esenciales, como el día en el que vi nevar por primera vez. Tenía siete años. La vida se compone de pequeñas cosas que te la pueden hacer importante si sabes leerlas a tiempo. Solo necesitas que alguien te ponga en tu sitio, como aquella chica de la pensión de Sarajevo, y un poco de humildad. Quedan la conciencia y la resistencia: Never Surrender.

 

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17 Comentarios
  • JCFR JCFR 21/11/20 19:23

    Hace 15 minutos he terminado de leer el último libro de Ramón Lobo : "Las ciudades evanescentes".
    Si desean conocer a Ramón Lobo, su mundos (interior y exterior), acerquen se a una librería y compren un ejemplar, me lo agradecerán.
    Gracias Ramón por tu compañía.

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  • Tayi Tayi 21/11/20 15:10

    Si, tu tienes un Alma que te recuerda la carecía, la falta en momentos muy difíciles,
    momentos límites, pero muchos mortales de a pie no han tenido esas vivencias, es más, las ven como algo novelesco, de ficción. En fin, es muy triste que no seamos capaces de ver más allá de nuestro propios ojos.

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  • tiago tiago 20/11/20 21:23

    Gracias a la vida Ramón, es mi frase hecha, ante todas las ventajas de este "primer mundo" que nos ha hecho egoístas, insolidarios, en muchos casos inhumanos. Y no comprendo como personas que creo cultas educadas nos llegan a gobernar y crean problemas en lugar de solucionarlos. De que sirve la autoridad de líderes religiosos o políticos que nos enfrentan y bendicen cañones. Espero tu próxima reflexión.

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  • Hammurabi Hammurabi 20/11/20 15:41

    Gracias por ponernos una vez más en nuestro sitio. Desgraciadamente tiene que pasarnos en nuestras carnes para concienciarnos, y aún con todo, pronto se nos olvida.

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  • nidea nidea 19/11/20 20:14

    Cuanto tantos se agobian por perder sus pequeñas comodidades, como no poder salir a bares a partir de la medianoche , no poder viajar o por tener que llevar mascarilla y algunos otros inconveniente, es necesario escuchar voces como la tuya que nos recuerden lo que ocurre mas allá de nuestro ombligo y lo privilegiados. que somos. Y sin ir mas lejos, la cantidad de personas que duermen en la calle en nuestras ciudades, sin poderse duchar apenas y sin refugio. Gracias.

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  • guilemm guilemm 19/11/20 18:53

    Un placer leerle y artículo muy emotivo. Yo no he estado en una guerra, pero si que tengo recuerdos muy presentes de cuando era pequeño, en mi pueblo no había luz eléctrica hasta los años 60, ni agua corriente en las casas hasta finales de los 70. Recuerdo como mi madre para lavarme me metía en un barreño de agua caliente, (ella se había calentado antes para traerla desde la fuente a casa), todo esto en medio de una habitación pasmada. Así que ahora cuando abro un grifo o pulso un interruptor o veo que cortan el cesped de los jardines o podan los árboles de las calles o nos recogen la basura o llega el bus a la parada, me animo y me digo "tenemos muchos problemas si, pero aún funcionamos...". Puede ser algo muy tonto pero la esperanza es lo último que se pierde, valorar lo pequeño y cotidiano creo que es el comienzo del equilibrio... y la humildad creo que es una virtud.

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  • Azalea Azalea 19/11/20 17:23

    Coincido con los demás , muy emotivo el articulo de hoy...
    A menudo cuando estoy disfrutando de una buena ducha , me considero afortunada , y me entristezco al pensar la cantidad de gente en el mundo que no tiene acceso , que está privada , que carece de la higiene necesaria...
    Saludos cordiales Ramón Lobo!!

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  • Valldigna Valldigna 19/11/20 15:20

    Valldigna.Te escucho en la SER los sábados y te leo aquí.Un placer tu artículo muy emotivo .Grácias!

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    • Epi Epi 20/11/20 08:39

      Perdona, son los domingos en la Ser con Javier del Pino

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  • MASEGOSO MASEGOSO 19/11/20 13:44

    La luz se enciende en el momento más inesperado de la vida.
    Lo realmente importante es que entendamos porque se enciende.
    Gracias Ramón.

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  • CarmenMoreno CarmenMoreno 19/11/20 11:10

    Un artículo emotivo y verdadero. Muchas gracias. La inmensa mayoría se olvida de dónde venimos, y olvida poner los pies en la tierra con mucha facilidad. Triste!. Un saludo y muchas gracias por recordarnos lo llenos de pan que estamos!.

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