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Mala hierba

El centro político: breve historia de una leyenda

Publicada el 24/03/2021 a las 06:00

No sé si han escuchado ustedes hablar alguna vez de las fantásticas islas evanescentes, ínsulas con las que los marineros se cruzaban sólo en algunas ocasiones, apareciendo sorpresivamente pese a que en las cartas de navegación no estaban marcadas o, aun ya habiendo sido registradas, ocultándose de la vista del navegante sin dejar rastro. Las islas evanescentes incluso tenían la facultad de desplazarse, no apareciendo siempre en el mismo lugar, lo que creaba aún más confusión a los que intentaban cartografiarlas. La mayoría no pasaron de ser nunca meras leyendas, algunas producto de volcanes submarinos que conseguían emerger tras una erupción para luego desmoronarse al cabo de los años, muchas producto de anotaciones rudimentarias de expediciones que tenían suficiente con sobrevivir regresando a destino. En las Canarias tienen la suya, se llama San Borondón.

Tranquilos, no transformaremos, por el momento, esta columna en un espacio para el misterio y lo insólito, pese a que nuestra sociedad parece cada vez más llena de fenómenos paranormales: les dejo a ustedes el chiste. Les traigo a colación el fenómeno de las islas evanescentes porque siempre me ha recordado mucho a eso que se denomina centro político: algo que existe en gran medida dependiendo del punto de vista del observador, algo terriblemente mitificado, algo que pensamos estable pero que desaparece dependiendo del momento y algo que, sin duda alguna, no está siempre situado en la misma posición de nuestras cartas de navegación ideológicas.

En España, si atendemos a los partidos que han intentado ocupar esa posición, podríamos aventurarnos a decir que el centro es simplemente la derecha que ha querido pasar por moderna dejando de dar gritos y guardando en el cajón el rosario, al menos antes, cuando el catolicismo tenía un cierto peso y a misa iba todo el mundo, unos a la parroquia de su barrio y otros a la ermita antes de la montería. El centro, así, ha podido ser una coartada, una forma de hacer pasar a aquella derecha que aún daba miedo porque los que votaban se acordaban del franquismo, por unos tipos juveniles y razonables que sólo venían a gestionar. Aznar, si recuerdan, fue de centro, y lo primero que hizo al llegar al Gobierno en 1996 fue editar los diarios de Azaña, firmar el pacto del Majestic con CiU y decir en los mítines, aquellos en plaza de toros a los que iban Julio y Norma, que de joven había sido un “simpático progre”. La señora Botella le miraba, tan atónita como morena, entre el público.

Más tarde el centro fue saltando entre UPyD y Ciudadanos, ambos partidos nacionalistas españoles, salvo que uno impulsado desde Euskadi y otro desde Cataluña, hasta la política nacional. Salvando las diferencias entre Rosa Díez, aquella señora que era del PSOE y hoy deja a Vox como ejemplo de moderación, y Albert Rivera, que a mí me recordó siempre a esos mandos intermedios que tenían en su habitación de adolescente un poster de Mario Conde en vez de uno de Rosendo, los magentas y los naranjas intentaron siempre jugar a aquello de “huir de las etiquetas”, es decir, de las ideologías, que equivaldría a que un carpintero huye de la madera o un panadero de la harina: no hay nada fuera de la ideología, que no es más que un criterio ordenado sobre el que se entiende la vida y del que se tratan de obtener unas soluciones.

Decirte ni derechas ni de izquierdas no significa ser exactamente de centro. Los fascistas, los de los años 30, también lo decían, declarándose tercerposicionistas. Simple y llanamente porque, en el primer tercio del pasado siglo, el movimiento obrero era tan fuerte que ocupaba el centro del tablero, obligando a las opciones radicales de la derecha a catalogarse de revolucionarias y emplear una retórica obrerista que aunque condenaba a los banqueros lo hacía sólo con los que eran judíos. A sus burguesías nacionales hacían siempre como que nos las veían, más que nada porque solían ser las que aflojaban el parné para que los aguerridos muchachos de clase media, para-militarizados, se dedicaran a ir dando palizas y practicando el pistolerismo contra sindicalistas y, en general, contra cualquiera que tuviera apego a la justicia social. A quien se declara de centro en España, país que de fascismo ha entendido un rato, siempre hay que mirarle un poco de reojo a ver si es de centro o del centro plus ultra.

La izquierda también se dice de centro, imbuida en la creencia, machacada durante años desde los púlpitos de los editoriales y los consejos de los mandarines del backstage electoral, de que es ahí donde se ganan las elecciones. Incluso Podemos, en su época inicial, siguiendo aquella manía del 15M de intentar gustar a todo el mundo creyendo que eran el 99%, se decía también al margen del eje ideológico izquierda y derecha. Todo esto, de hecho, me ha venido a la cabeza al escuchar a Ángel Gabilondo diciendo que él no iba a aumentar los impuestos ni pactar con “este Iglesias”, como si hubiera muchos diseminados por Madrid, al estilo de unos gnomos de jardín, unos con coleta, otros con moño y alguno, incluso, levantando el puño, algo muy poco de centro, claro está.

Nos encontramos, así, con una valiosa enseñanza de nuestro pasado reciente que no nos debería pasar desapercibida. Mientras que hace 25 años era Aznar, la derecha, la que se decía de centro para no asustar el votante, hoy, realmente ya desde hace mucho, es el progresismo el que tiene que decirse de centro, probablemente además de una forma bastante más honrada que el propio presidente del bigote y expresión ceniza: unos sólo lo decían porque era lo que tenían que decir, los otros de tanto decirlo se lo han creído y van casi como pidiendo perdón por ser quienes eran, haciendo políticas que se corresponden poco con los valores que dicen defender. No hace tanto, de hecho, Pedro Sánchez reclamaba la izquierda porque tenía a un Podemos fuerte que le pisaba los talones. El centro no siempre significa lo mismo, tiene los mismos efectos ni se sitúa en la misma posición: de tan a la derecha que nos estamos volcando pronto será considerada radical la propia idea de democracia.

El votante, que no es más que un papel que el ciudadano interpreta en unas elecciones, existe en la medida que existen desigualdades sociales, diferente acceso al trabajo, la vivienda, el estudio o incluso la calidad de vida, que se alarga o empequeñece de manera notable dependiendo de a qué clase social se pertenezca. Las diferencias de clase siguen existiendo, probablemente en nuestros días de una manera más notable, tras la Gran Recesión de 2008, tras estos meses pandémicos, que en la primera década del siglo. Pero no se perciben como tales, sino como resultados de nuestras capacidades individuales, en el mejor caso de la fortuna. Si nadie nos ha recordado este hecho es porque todos, durante demasiado tiempo, han querido ser de centro; los trabajadores, ausentes de sí mismos, se han visto como clase media, que es en esto del análisis social el equivalente al centro en lo político.

Y en este contexto, evidentemente, cuando tú quieres ser otra cosa, educando a tus votantes para que sean otra cosa, las elecciones sí se deciden por el centro, sobre todo porque la mayoría de los que no votan ya ni siquiera ven, no sólo a la izquierda, sino a la política como algo que pueda mejorar sus vidas. Los mayores índices de abstención coinciden justo con las zonas de clase trabajadora más afectadas por una crisis que en algunos lugares, y para algunas vidas, duró una década hasta enlazar con esta. Es entonces cuando, atendiendo a los estudios, la izquierda renuncia a los suyos buscando a los otros. Y así entramos en un bucle que, con el devenir de los años, no ha hecho más que profundizar el problema: ni el cantante se dirige a su público ni a su público le interesa la música.

 

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20 Comentarios
  • senenoa senenoa 25/03/21 13:30

    Lo del "centro político" es equivalente a los 0ºC que, según algunos, es cuando no hace ni frío ni calor.

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  • Artero Artero 24/03/21 23:32

    APARTE DE TENER QUE ESCRIBIR CON UNOS CARÁCTERES TAN PEQUEÑOS, QUE ME OBLIGAN A ESCRIBIR EN MAYÚSCULAS, HAY UN HECHO QUE CONFUNDE, SOBRE TODO, CUANDO HAY BASTANTES COMENTARIOS, EL NO SEBER DISTINGUIR, QUIEN RESPONDE UN COMENTARIAS, A VES CONFUNDIENDO TAANTO, QUE NO DISTINGUES NO SOLO A QUIEN, SI NO SABE SI LO HA CE AL AUTOR DEL ARTÍCULO

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  • Orestes Orestes 24/03/21 23:23

    Excelente artículo.
    Únicamente te has olvidado de la flamante Operación Roca y los grandes éxitos del PRC.
    Gracias por el artículo.

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  • Makarenko Makarenko 24/03/21 21:57

    Genial y clarividente artículo sobre la falacia del centro político. Lo peor es que cuando la izquierda "no le canta" a su público, a veces no es que no le interese la música, sino que se deja embaucar por esa otra música que desde posiciones de derecha le dicen que defienden sus intereses, cuando en realidad lo que quiere es sojuzgarla. Esto ya ha ocurrido anteriormente y vemos visos de ese discurso"obrerista" en la derecha extrema.

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  • Dver Dver 24/03/21 20:35

    Una sociedad más o menos democrática, si quiere mantenerse cohesionada debe de repartir la riqueza y hacer que la sanidad, la enseñanza y la protección social alcance a todos. Para ello, además de sentar las bases legales de la igualdad ciudadana, hay que pagarla. Por eso, los discursos que más e interesan no suelen producirse. Son aquellos que especifican los presupuestos del estado y el destino de esos dineros. No he oído jamás a ningún partido de los auto llamados de centro explicar que presupuesto necesita un estado decente y como y a quien les lo van a recaudar. Más bien al contrario, su obsesión es bajar impuestos, con lo que la productividad agregada por las naquinas y otra tecnologías siempre va a para al capitalista, al rentista, y nunca a la ciudadanía. Llegara un momento en el que una gran máquina, no evanescente, lo fabrique todo y suministre todos los servicios. Un lacayo apretara el botón correspondiente para que fabrique de inmediato los zapatos que alguien solicita o le atienda de una dolencia. La paradoja es que como todo el mundo estará en paro, nadie podrá pedir algo pues no tendrá dinero para pagarlo.

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  • Pez Pez 24/03/21 18:03

    Ya vale de simplificar: la izquierda con los obreros y la derecha con los que tienen pasta. No es tiempo de lucha de clases. Pues siempre habrá otros más pobres, y si no mira al tercer mundo. Es tiempo de lucha de ideas y de ideales. Y, en este ámbito, el dinero no marca el terreno de juego. Los grandes pensadores socialistas y comunistas han sido de clase media, o media alta, como hoy, -y al panel de políticos que tenemos me remito- obviamente, se podían permitir el lujo de estudiar y escribir. Los deseos de progreso humano no tienen clase social; es erróneo insistir en ello. El dinero no lo es todo y por eso triunfó el primer Podemos, con su transversalidad, con su no a todo lo que en este país era y sigue siendo, una falta total de decencia. Ya está bien de acusar a la clase baja de que no vota a quien puede ayudarla, anda ya, como si sus únicos deseos fuesen un aumento en la nómina.

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    • Dver Dver 24/03/21 20:14

      Solo unas palabras. La Thatcher, allá por los años 80 del pasado siglo, en un Congreso de su partido en Blackpool: 'Las clases sociales siempre han existido, existen y existirán. Lo que tenemos que hacer es desterrar esta idea de la mente de los trabajadores" Otra, de Warren Buffet, el oráculo de Minessota, el hombre más rico del mundo antes de los Gates y Zuchenbergs, a un periodista: " ¡Claro que hay lucha de clases, pero no dude de que la vamos ganando nosotros!.

      Tu mismo.

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  • bidebi bidebi 24/03/21 15:23

    (Casi la única verdad de las cosas)


    24 MAR. 2021
    La acumulación de riqueza amenaza la democracia

    Un año después de que comenzaran las restricciones a causa de la pandemia algunas cosas apenas han cambiado. El parón de la economía ha sido brutal, sin embargo, la acumulación de riqueza sigue disparada, incluso se ha acelerado. Mientras la mayoría de la población trata de sobrevivir, los milmillonarios de EEUU se han hecho de media un 45% más ricos en un solo año. Y en algunos casos, la fortuna de estos ricos –y de ricos del resto del mundo– se ha multiplicado varias veces.
    Ese aumento de patrimonio se debe a que en muchos casos las compañías que se han revalorizado son en realidad monopolios que dominan no solo el mercado sino también, y cada vez más, aspectos fundamentales de la infraestructura de nuestra sociedad: el comercio, la logística, la información y las comunicaciones. Monopolios que además se han aprovechado del enorme flujo de dinero emitido por los bancos centrales. Solo una ínfima parte de estas emisiones ha beneficiado directamente a los trabajadores en ERTE o a los autónomos. La parte más voluminosa ha terminado en la bolsa, empujando las cotizaciones de esos monopolios al alza y haciendo a los milmillonarios todavía más ricos y poderosos. Por esa razón, esta creciente desigualdad en el reparto de la riqueza, además de obscena e inaceptable, está socavando las bases de la democracia. No se puede hablar de democracia cuando a la mayoría de la gente no le llega para pagar el alquiler o la calefacción y, sin embargo, unas pocas personas pueden comprar países enteros y acumulan poder suficiente como para tomar decisiones fundamentales en ámbitos vitales.
    En este contexto es absolutamente imprescindible una fiscalidad que redistribuya la riqueza. Las grandes compañías monopolísticas, además de por sus beneficios, deben pagar por su dominio del mercado y los milmillonarios, por el excesivo poder que acumulan. En caso contrario, la naciente plutocracia devorará la democracia.
    NAIZ.EUS

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    • Edmundo Edmundo 24/03/21 21:38

      Gracias, muy bien explicado.

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    • CinicoRadical CinicoRadical 24/03/21 18:44

      " La acumulación de riqueza amenaza la democracia."..El asentamiento, del humano, cuando dejo de ser cazador- recolector ,y dominó o fue dominado por el trigo ,la cebada...empezaron los problemas de acumular lo sobrante, la riqueza y más cuando hay quién no tiene .

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  • arrossinat arrossinat 24/03/21 15:21

    Aun a pesar de la desoladora realidad sobre la que trata, le confieso, Sr. Bernabé, que he disfrutado grandemente leyendo su ingenioso, agudo e inteligente artículo. Gracias. Le felicito sinceramente.

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  • .Sasha .Sasha 24/03/21 15:03

    En mi opinión, el centro político consiste en esa masa de ciudadanos poco interesados en política, pero medianamente activos en el sentido de que tienen intención de votar, pero siempre conservadores. Esto no quita que den respaldo a algo que (crean que) se salga de ahí. Por ejemplo, aunque son de derechillas, pueden votar al PSOE (o peor aún, al PSM). Incluso, ir más lejos y votar a Podemos o, como la cabra, a Vox.

    Siempre se fijan en liderazgos: si hay un líder o lideresa carismático/a, o bien tratado por los medios como los ejemplos ya conocidos, tenderán a votar a dicho líder/esa. Les importa un pijo el argumentario: van a lo que marca tendencia. Se dejan llevar. No puedes ir a ellos; ellos irán a lo que mola. No puedes buscarlos.

    Por eso, fijarse en esa gente es el error más típico. ¿Quién los ha buscado recientemente? UPyD, Cs y... el PSM ahora. No me extraña; un candidato mustio se tiene que fijar en lo que los fracasaos aquéllos dejan. Aviaos van éstos... y sus votantes.

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  • GRINGO GRINGO 24/03/21 13:47

    El "Centro" en política NO EXISTE, NUNCA HA EXISTIDO.

    A mí siempre me ha recordado a la pregunta trampa que todos hemos sufrido cuando éramos pequeños, "a quién quieres más, a papá o a mamá", lo que te obligaba a contestar "a los dos por igual", lo que casi nunca era cierto, porque al final todos tenemos una preferencia.

    La derecha, más o menos fascista, proveniente del franquismo, habituales a la Plaza de Oriente, no queriendo renunciar a sus "principios" encontraron acomodo en ese Centro que vale para un roto como para un descosido.

    Es como La Legión Extranjera, que se admite cualquier origen, incluso con antecedentes penales....

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