X

La buena información es más valiosa que nunca | Suscríbete a infoLibre por sólo 1 los primeros 15 días

Buscador de la Hemeroteca
Regístrate
INICIAR SESIÓN
¿Olvidaste tu contraseña?
infolibre Periodismo libre e independiente
Secciones
Avanti tutti

A favor del dopaje

Publicada el 30/07/2021 a las 06:00

Durante el tiempo que viví en Algeciras, el alijo de tabaco proveniente de Gibraltar en las playas de La Línea era noticia frecuente. De algunos de ellos fui testigo presencial pues, en ocasiones, se producían a plena luz del día. La mecánica era siempre la misma: una lancha procedente del Peñón y repleta de cajas de un tamaño considerable arribaba a la playa de La Atunara, al tiempo que, con sincronizada precisión, alguien se situaba en mitad de la carretera colindante y detenía el tráfico. Una vez detenido y con los conductores, entre ellos yo, como alucinados espectadores, un grupo de personas cruzaban corriendo en dirección a las casas cercanas portando todos al hombro una de las cajas. Lo hacían a tal velocidad que lo único que pensé la primera vez que tuve ocasión de contemplar la maniobra fue que aquel esfuerzo merecía ser deporte olímpico. Las autoridades deportivas españolas tenían que dejar de invertir en el esquí de fondo y dedicarse a promocionar la práctica de los mil metros caja.

Lo más sorprendente de todo era que, si reparabas en aquellos individuos previamente a la llegada de la lancha, nada te hubiera hecho sospechar que se trataba de atletas. Es verdad que muchos de ellos vestían chándal, pero quién podría imaginar a un grupo de velocistas fumándose un cigarro y compartiendo alegremente unas litronas mientras espera el inicio de la prueba. Sin embargo, les bastaba sentir el contacto del cartón sobre sus espaldas para que una fuerza interior les propulsara, algunos con el cigarro aún en la comisura de los labios, transformándolos en gacelas fuera de la ley.

Un guardia civil de la zona me confesaba una vez que jamás había conseguido alcanzar a alguno. Yo bromeaba y le preguntaba si había probado a ponerse él también una caja en el hombro. Su compañero, sin embargo, me contaba que en una ocasión había conseguido atrapar a uno, pero la historia tenía trampa: se trataba de un chico al que un problema en una de sus piernas le hacía cojear ostensiblemente. Además, confesaba, tuvo que dejarlo ir cuando una turba de vecinos se le echó encima recriminándole –con toda razón– la falta de equidad de una carrera que sólo habría podido ser equilibrada si al joven le hubiera perseguido un guardia civil paralímpico.

No creo que el barón De Coubertin pusiera pega alguna a que un recinto deportivo diera cobijo a una prueba de este tipo. Seis tipos, uno por cada calle del tartán, fumando distraídamente un pitillo en la línea de salida hasta que, a modo del pistoletazo de rigor, alguien les coloca una caja en el hombro y echan a correr entre los gritos de ánimo del público. Como ocurre con Kenia y las carreras de fondo, España podría ser la reina de esta disciplina.

Es posible que los puristas del ejercicio opinen que una competición como esta iría contra el espíritu deportivo por considerar dopaje el que los participantes fueran de nicotina hasta las trancas. No les faltaría razón, y en aras de la concordia y el fair play tendríamos que aceptar sus reticencias para, a continuación, mandarlos a la mierda a ellos y a su espíritu deportivo. ¡Queremos espectáculo! Ver, repantingados ante nuestro televisor, cómo se pulverizan récords. Cómo esos portentosos atletas exprimen al máximo sus capacidades físicas a cambio de conseguir la admiración de quienes para bajar de un primer piso utilizamos el ascensor.

Nos da igual cómo lo consigan. En 1904, en la prueba de maratón de los juegos olímpicos de San Luis (USA), el corredor estadounidense Thomas Hicks tuvo un desfallecimiento a poca distancia de la meta y sus asistentes le inyectaron una pequeña dosis de estricnina y brandy para reanimarlo. Hicks quedó segundo por detrás de otro norteamericano, Fred Lorz, pero fue finalmente declarado ganador por la descalificación de Lorz. "¿Qué se habría metido Lorz?", se estarán preguntando ustedes con la malicia habitual de los lectores de infoLibre. Nada, simplemente se descubrió que había recorrido unos quince quilómetros en el coche de su entrenador. Eso es hacer trampas, lo de que te inyecten estricnina y brandy es solo una ayudita, además de la única forma de acercar a Keith Richards a la práctica del maratón.

El dopaje está mal visto, sí, pero sin exagerar. En 2019, tras salir a la luz un sistema general de dopaje patrocinado por el Gobierno ruso, la agencia mundial que lucha contra esta práctica prohibió a Rusia participar en competiciones internacionales por espacio de cuatro años. "Entonces –seguirán preguntándose ustedes maliciosamente–, ¿por qué gente empadronada en Moscú o San Petersburgo siguen ganando medallas en Tokio?". La respuesta es que el COI, en una ejemplar muestra de firmeza y mano dura, les deja participar pero prohíbe el uso de la bandera y el himno y obliga a referirse a ellos como "atletas del COR", es decir del Comité Olímpico Ruso. Incluso les prohíbe expresamente desglosar el acrónimo: solo puedes decir COR, nunca la palabra ruso ni Rusia. Básicamente, es como si la única sanción que pudiese imponerse a los alijadores de La Línea fuera el tener que llamarlos corredores del COA: Comité Olímpico de la Atunara.

En los setenta, mi madre y todas mis tías, pioneras como el resto de amas de casa de la época del dopaje doméstico, tomaban Optalidón. Eran unas pastillas rosas que, pese a tener entre sus compuestos un barbitúrico, eran dispensadas sin receta médica hasta que fueron retiradas por provocar adicción. El Optalidón constituía una ayuda inestimable para hacer frente con mejor ánimo a las tareas de un hogar huérfano de la mayoría de electrodomésticos que hoy conocemos. Estar contra el dopaje sería deshonrar la memoria de todas esas madres, tías y abuelas a las que la química rosa hizo más llevaderos obligaciones y esfuerzos apenas reconocidos.

Recuerdo a mi madre comentando con mis tías y vecinas cómo gracias a los optalidones la cuesta del arranque de la jornada se aplanaba y cuando, avanzada la tarde, se empinaba otra vez, una nueva dosis volvía a allanarla. El Optalidón era la sororidad de los tiempos en que no sabíamos que esa palabra existía.

 

Publicamos este artículo en abierto gracias a los socios y socias de infoLibre. Sin su apoyo, nuestro proyecto no existiría. Hazte con tu suscripción o regala una haciendo click aquí. La información y el análisis que recibes dependen de ti.
Más contenidos sobre este tema




20 Comentarios
  • arrossinat arrossinat 31/07/21 16:39

    ¡Humor del bueno! ¡Y con fragmentos descacharrantes!
    Una vez más le doy las gracias por alegrarnos un poco en estos tiempos más negros que el corazón de algunas políticas y algunos políticos reaccionarios que siguen impidiendo el progreso del país.

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    4

  • Epi Epi 31/07/21 08:38

    Con Optalidón y "morapio" se pudieron superar, aunque con dificultades, los casi cuarenta años de "paz"...

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    4

  • atilaXXI atilaXXI 30/07/21 16:37

    Una vez mas, buenísimo

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    4

  • Carpesano Carpesano 30/07/21 12:34

    Me solidarizo con sus palabras sobre el optalidón. Mi madre también se dopaba todas las mañanas con un par de optalidones, eso si, acompañados de un traguito de agua del Carmen, que si no recuerdo mal tenia una graduación similar a una buena ginebra.

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    5

  • Ayla* Ayla* 30/07/21 12:15

    Me encanta la fina ironía.

    Pero el artículo de hoy me hace pensar que para aguantar la época en la que "con Franco vivíamos mejor" y la "democracia plena" que vivimos desde el 78, hay que doparse.

    Con drogas legales, por supuesto, que las farmacéuticas, pobrecitas, tienen que comer.

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    7

  • bidebi bidebi 30/07/21 11:16

    Miguel, eres un cachondo al que da gusto leerle.
    Yo no he vivido en Algeciras, pero la imagen de jóvenes en bañador corriendo por la carretera desde una playa cercana con cajas de tabaco al hombro para alcanzar un refugio la hemos visto todos en muchos vídeos. Y la normalidad graciosa del asunto lo da el corto de la circulación para facilitar el desembarco y el apoyo de la población a la maniobra, ya que muchos pueblos vivían de este contrabando, igual que en Galizia. Parece que fueron los inicios de los principales narcos que ante la diferencia de beneficio se pasaron después a la droga.
    Era la ilegalidad de los pobres, pero me parece que deberías haber utilizado todo esto para hacer una analogía entre las cajas de tabaco de los pobres y las Cajas robadas por los ricos y con tu gracia nos hubiéramos reído un rato.

    Según el último informe de la Junta Internacional de la cosa, España ocupa el primer lugar en el mundo en el consumo de ansiolíticos y tranquilizantes :
    https://www.publico.es/sociedad/ansioliticos-espana-espana-pais-mundo-toman-tranquilizantes.html
    El informe se refiere al año 2019 y es de suponer que en el 2020 la cosa aumenta.
    Esta medalla de oro tiene su lado gracioso, ya que creo que España también tiene su medalla de oro con la ciudadanía que se considera muy feliz. Es decir, que serían compatibles las dos medallas al mismo tiempo. Cosas de España.
    Pero es que hablando esta semana en tertulia sobre este informe, yo me acordaba, precisamente, de los tiempos del Optalidón al que hace referencia Miguel. Como bien dice, por los años setenta esta pastillita rosa era de consumo habitual y legal a nivel doméstico y con principal adicción entre mujeres amas de casa. Las drogas siempre han existido en sus diferentes formatos, en su legalidad o en su ilegalidad, para hacer más llevadera esta existencia muchas veces difícil. Ahora nos hemos vuelto más finos y deportistas, nos creemos más sanos pero el consumo de alcohol sigue aumentando, los niños tienen móviles aditivos desde los 12 años y el consumo de cosas innecesarias nos enloquece. Debería de legalizarse el Optalidón para sobrellevar a los Casados y los Abascal que cada vez son más.

    Responder

    Denunciar comentario

    1

    12

  • Jotaechada Jotaechada 30/07/21 10:34

    Me sumo a los lectores que aplauden a Sánchez Romero

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    7

  • jhgb jhgb 30/07/21 10:31

    Mi abuela con el marido preso, seis hijos, los proveedores a la puerta, copa de coña un optalidon y a trabajar. Por la tarde rosario para pedir por el abuelo.

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    7

  • CinicoRadical CinicoRadical 30/07/21 09:56

    dopamina, endorfina, adrenalina,....adicto a mí

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    5

  • MIglesias MIglesias 30/07/21 09:42

    La prueba debería incluir una pareja de la Guardia Civil con capa y tricornio persiguiendo a los cajeros, ganaría en agilidad y vistosidad.

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    7



 
Opinión