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Vivir sin miedo

Publicada el 10/09/2021 a las 06:00 Actualizada el 10/09/2021 a las 13:21

Mientras escribo esto escucho a mis compañeros de redacción recordar dónde estaban ellos cuando el primer avión impactó contra la Torre Norte del World Trade Center de Nueva York. Era martes, 11 de septiembre de 2001. Y, como me suele ocurrir muchas veces en esta redacción, sus comentarios me hacen sentir mayor. La gran mayoría no había ni terminado la carrera, otros ni la habían empezado. Pero recuerdan perfectamente dónde estaban y qué hacían ese día. Es lógico, ¡nadie lo puede olvidar!.

Aquel 11 de septiembre yo ya estaba presentando informativos, por aquel entonces en el Canal 24 Horas de TVE. Tenía descanso y me había bajado a comer al comedor de Torrespaña con varios compañeros. En el comedor había varios monitores con la señal del informativo y cuando vimos el humo saliendo de la Torre nos sorprendió: todos teníamos acceso a la escaleta del Informativo de La 1 y ésa no era la apertura prevista. La señal con Nueva York iba y venía y cuando el segundo avión impactó contra la segunda Torre todos salimos corriendo: la comida se quedó, cómo no, en el plato. Nos subimos corriendo a la redacción, a echar una mano en lo que pudiésemos. La redacción de informativos echaba humo, pero realmente eran Ana Blanco y los corresponsales en Nueva York y Washington los que llevaban el peso del directo. Los demás sólo podíamos mirar e intentar mantener la calma. Mi turno aquel día terminaba a las 16:30, pero no llegué a casa hasta las 20:00. Hice el viaje en el coche con la radio puesta y cuando entré en casa me senté en el sofá y seguí pegada al televisor hasta pasada la medianoche. Estaba sola, no tenía hijos y mi marido, aquel día, estaba volando. Sí: estaba renovando su licencia de piloto privado en Valencia, haciendo aproximaciones en la pista una y otra vez. No pude hablar con él hasta las 7 de la tarde. Y creo que a esa hora era de las pocas personas en el mundo que no tenía ni idea de lo que había pasado. Contárselo por teléfono fue verbalizar el horror. Cientos de personas habían muerto sepultadas en la Torres Gemelas. Los terroristas habían atacado también el Pentágono y un cuarto avión se había estrellado en Pensilvania: al parecer los pasajeros habían evitado que los terroristas lo estrellaran contra otro edificio oficial.

Sabíamos que el mundo, aquel día, había cambiado para siempre, se había derrumbado junto a las Torres Gemelas. Nada iba a volver a ser igual y el miedo, ese que toda una generación no había sentido nunca, ese que los terroristas querían que sintiéramos en nuestro propio país, se instaló para siempre.

Entramos en una espiral que ha durado 20 años. Londres, Madrid, París… Estos días se juzga la masacre de la discoteca Bataclán, el peor atentado que ha sufrido Francia en su historia. Y que llevó, otra vez, el miedo a las calles de París. Dos días después de aquellos atentados, el chispazo de una lámpara de gas en la plaza de la República provocó una avalancha. La gente salió corriendo, gritando: muchos se refugiaron en comercios que cerraron la persiana. La imagen de esa plaza cuando llegamos los periodistas era la del miedo en estado puro: bolsos tirados en el suelo, zapatos perdidos y las velas, ésas con las que se quería homenajear a las víctimas de los atentados, encendidas en medio de un silencio sepulcral. El miedo, otra vez, dominando nuestras vidas.

El único terrorista que sobrevivió a esos atentados se sienta ahora en el banquillo. Y en el primer día del macrojuicio que se está celebrando en París tomó la palabra para decir que no se arrepentía de nada, que él pertenecía al Estado Islámico. Su aspecto y su discurso demostraban que los 6 años que ha pasado en la cárcel sólo han servido para que se radicalice aún más.

Hoy, mañana y pasado hablaremos mucho de aquel 11 de septiembre, de los 20 años que nos separan de aquellas imágenes que nos dejaron pegados al televisor. Recordaremos la angustia y el miedo. El silencio y la oscuridad que sepultaron a la ciudad que nunca duerme y al mundo entero. Intentaremos explicarles a nuestros hijos qué pasó entonces y cómo cambió el mundo. Y, ¿después?... Después intentaremos seguir empujando para que todo aquello no vuelva a repetirse. Intentaremos seguir aprendiendo a vivir sin miedo.

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3 Comentarios
  • paco arbillaga paco arbillaga 11/09/21 07:35


    Diría que una persona no es libre hasta que no es capaz de quitarse los miedos que la sociedad va tratando de meterle: miedos religiosos, vitales, materiales, por el porvenir. Una cosa es preocuparse por algo sin que uno llegue a agobiarse y otra muy distinta vivir bajo la tiranía del miedo.

    Con miedo deberían vivir quienes desde sus puestos de poder político o social tratan despóticamente a sus semejantes, un miedo a que estos se den cuenta un día de que esos inoculadores de miedo viven atormentados por si se les acaba su poder, un poder que se lo damos nosotros. ¡Devolvámosles sus miedos!

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  • Antonio LCL Antonio LCL 10/09/21 12:55

    La respuesta que ha dado occidente a los extremos fanáticos del islam no ha dado resultados positivos, sino radicalismo más pronunciado, a costa de un mayor sufrimiento de los pueblos. Es necesario cambiar estrategias y alejarse de las soluciones militaristas. No han aportado más que muerte de inocentes y empobrecimiento de pueblos inocentes.

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  • Jose Espuche Jose Espuche 10/09/21 09:47

    Cuando se adquiere el miedo en edades tempranas es difícil, no imposible, des hacerse de el. El miedo resta felicidad a la vida. Vivir con miedo es uno de los peores males que existen.

    Aunque el artículo habla de las Torres Gemelas, da lo mismo que el miedo venga de donde venga. Es el miedo. Magnifico artículo el de Helena Resano.

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