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Plaza Pública

Carta abierta al padre Francisco

Francisco Javier López Martín
Publicada el 06/11/2018 a las 06:00 Actualizada el 05/11/2018 a las 18:08
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Querido Francisco:

No escribo tu nombre real, para que nadie se anime a incordiar tu retiro, alejado de la trivial, mustia y frívola vida mundanal en la que nos hemos ido aventurando, como sin darnos cuenta. Me acordé de ti cuando andaba embarcado en la recopilación de artículos para ese singular libro-recuerdo sobre el bicentenario de Carlos Marx que unos cuantos iluminados decidimos echar a andar, sin mucha esperanza de que pudiera terminar viendo la luz, a la vista de lo exiguos que fueron los primeros resultados de nuestra cosecha.

Pensé que, entre las invitaciones a escribir sobre el de Tréveris, faltaba una dirigida a alguien que pudiera pensar sobre Marx y la religión, Marx y dios, o el infinito y Marx. No sé, una reflexión que fuera un poco más allá de la conocida referencia de que la religión es el opio del pueblo. Una cita que, por otra parte, no era originaria de Marx y Engels, sino que ya había sido esbozada por pensadores anteriores como Kant, Feuerbach, o Heine, entre otros. De hecho, Engels estudió, en algún momento, el papel de las ideas religiosas como sustentadoras de no pocas revoluciones.

Me apetecía que alguien hablara en el libro del camino recorrido por los seguidores de Marx, hasta llegar a la teología de la liberación, pasando por Rosa Luxemburgo, Gramsci, el diálogo marxismo-cristianismo, Mariátegui, o el padre Llanos y sus jesuitas del Pozo del Tío Raimundo, los curas obreros, con sus flamantes carnés del Partido Comunista y de las CCOO.

Recordé aquel tiempo, relativamente lejano, en términos de una vida humana, cuando fui tu alumno. Días en los que bajabas a Villaverde en una vieja Vespa, para echar una mano al párroco de la iglesia del Pino, alojada en unos sótanos que, pasados los años, han sido gimnasio y abandono. Todos recordamos siempre a ese puñado de maestros que dejaron su huella en nosotros.

Conservo aún uno de aquellos cuadernos en los que tomaba apuntes de tus enseñanzas de Filosofía y Ética. En una de sus páginas apunté algo sobre el compromiso: Nada de contemporizaciones y oportunismo en este mundo. Seguir aquellos principios te ha obligado a renunciar a cargos, privilegios, a la orden religiosa a la que pertenecías. Me animé a pedirte que escribieras un artículo para el libro.

Declinaste la invitación y me lo explicaste, pidiendo comprensión. Llevabas más de ocho años en lo que denominabas bendita “soledad” en un pueblo de la costa, jubilado e intentando reponerte de las demandas judiciales que políticos y constructores habían interpuesto contra ti. El presunto delito consistía, básicamente, en haber aceptado el reto de ser alcalde de una rica localidad e intentar poner un poquito de orden en los mangoneos inmobiliarios.

Aún no habían estallado los escándalos de las tramas urbanísticas en ayuntamientos, ni la Gürtel, la Púnica, ni decenas de casos similares. El dinero circulaba, la riqueza fluía, los maletines y las bolsas de basura cargadas de fajos pasaban de unas manos a otras, los bolsillos se llenaban y todo el mundo prefería hacer la vista gorda. Quien se oponía amenazaba con matar la gallina de los huevos de oro. El rey debe morir para que todos sigan viviendo. Hermoso el  libro de Mary Renault, construido sobre el mito de Teseo.

Me contabas que te fuiste para liberarte de todo y de tantos que habían agotado una vida que tan sólo quería ser honesta y comprometida. Que te habías desvinculado de todas las colaboraciones profesionales, sociales, vecinales, políticas, partidarias, sindicales, que te unían al pasado. Desde tu terraza contemplas el mar y las estrellas. En la terraza cuidas tus plantas, te entregas a la lectura y, cada vez con más frecuencia, te dedicas a imaginar qué habrá sido de los alumnos y las alumnas a los que diste clase. Qué será de sus vidas.

Me recuerdas, salvadas de nuevo las distancias de un tiempo relativo que siempre termina por conducirnos al infinito, a aquel Jaime Gil de Biedma que, hastiado de "un viejo país ineficiente", al que consideraba, "algo así como España entre dos guerras civiles", aspiraba a vivir "en un pueblo junto al mar, poseer una casa y poca hacienda y memoria ninguna".

Y, pese a tu negativa a escribir el artículo, pese a vivir en ese pueblo junto al mar, te molestas en contarme que El Manifiesto Comunista te "convenció de que la única felicidad, a la que el ser humano puede aspirar, está en esta vida y no en otra transcendente. También que el ser humano ha de dejar de contemplar e interpretar la naturaleza y el mundo como grandiosa creación de Dios (secular mito, leyenda y superstición) y convertirse en artífice, creador, transformador de la naturaleza, del mundo y de su propia vida, construyendo su propio destino y futuro".

Francisco, lo intentaste. Arriesgaste con tu decisión y empeño. Acabaste pagando un precio demasiado alto. Tu destino, o el del alcalde de Seseña, Manuel Fuentes, debieron hacernos reflexionar como ciudadanía y debieron llamar a la puerta de la conciencia de los partidos. Las bases económicas de nuestras haciendas municipales se sustentaban en la gestión del suelo y eso había contaminado todo, corrompiendo a demasiadas personas, instituciones, empresas.

Quienes hoy se muestran agraviados, ofendidos y escandalizados, bien pueden acabar mañana imputados. El cinismo y la hipocresía se van adueñando del paisaje árido y yermo a marchas forzadas, abonando la tierra patria para que fructifiquen en ella las malas hierbas del populismo y del neo-fascismo que se nos viene encima.

Te pedí permiso para publicar tu carta en forma de artículo, cambiando nombres y referencias personales. Aceptaste. Hoy aquel artículo figura en el libro Dígaselo con Marx. Su título, Bendito Marx, y la firma, Padre Francisco, Fraile y Maestro jubilado, fueron elegidos por los editores. En todo lo demás, he procurado ponerme en tu lugar, meterme en tu piel, comprender qué clase de mundo te ha conducido hasta la bendita soledad. Tentadora y laboriosa soledad.
___________________________

Francisco Javier López Martín fue secretario general de CCOO de Madrid entre los años 2000 y 2013
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5 Comentarios
  • Hammurabi Hammurabi 06/11/18 17:56

    Fray Luis de León
    (1527-1591)


    Vida retirada


    ¡Qué descansada vida
    la del que huye el mundanal ruïdo
    y sigue la escondida
    senda por donde han ido
    los pocos sabios que en el mundo han sido! 5

    Que no le enturbia el pecho
    de los soberbios grandes el estado,
    ni del dorado techo
    se admira, fabricado
    del sabio moro, en jaspes sustentado. 10

    No cura si la fama
    canta con voz su nombre pregonera,
    ni cura si encarama
    la lengua lisonjera
    lo que condena la verdad sincera. 15

    ¿Qué presta a mi contento
    si soy del vano dedo señalado,
    si en busca de este viento
    ando desalentado
    con ansias vivas y mortal cuidado? 20

    ¡Oh campo, oh monte, oh río!
    ¡Oh secreto seguro deleitoso!
    roto casi el navío,
    a vuestro almo reposo
    huyo de aqueste mar tempestuoso. 25

    Un no rompido sueño,
    un día puro, alegre, libre quiero;
    no quiero ver el ceño
    vanamente severo
    de quien la sangre ensalza o el dinero. 30

    Despiértenme las aves
    con su cantar süave no aprendido,
    no los cuidados graves
    de que es siempre seguido
    quien al ajeno abritrio está atenido. 35

    Vivir quiero conmigo,
    gozar quiero del bien que debo al cielo
    a solas, sin testigo,
    libre de amor, de celo,
    de odio, de esperanzas, de recelo. 40

    Del monte en la ladera
    por mi mano plantado tengo un huerto,
    que con la primavera
    de bella flor cubierto,
    ya muestra en esperanza el fruto cierto. 45

    Y como codiciosa
    de ver y acrecentar su hermosura,
    desde la cumbre airosa
    una fontana pura
    hasta llegar corriendo se apresura. 50

    Y luego sosegada
    el paso entre los árboles torciendo,
    el suelo de pasada
    de verdura vistiendo,
    y con diversas flores va esparciendo. 55

    El aire el huerto orea,
    y ofrece mil olores al sentido,
    los árboles menea
    con un manso ruïdo,
    que del oro y del cetro pone olvido. 60

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    • Hammurabi Hammurabi 06/11/18 17:57

      Ténganse su tesoro
      los que de un flaco leño se confían:
      no es mío ver al lloro
      de los que desconfían
      cuando el cierzo y el ábrego porfían. 65

      La combatida antena
      cruje, y en ciega noche el claro día
      se torna; al cielo suena
      confusa vocería,
      y la mar enriquecen a porfía. 70

      A mí una pobrecilla
      mesa, de amable paz bien abastada
      me baste, y la vajilla
      de fino oro labrada,
      sea de quien la mar no teme airada. 75

      Y mientras miserable-
      mente se están los otros abrasando
      en sed insacïable
      del no durable mando,
      tendido yo a la sombra esté cantando. 80

      A la sombra tendido
      de yedra y lauro eterno coronado,
      puesto el atento oído
      al son dulce, acordado,
      del plectro sabiamente meneado.

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      • Hammurabi Hammurabi 06/11/18 18:03

        Me congratulo, tanto con el artículo, como en los comentarios. S2

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  • platanito platanito 06/11/18 08:35

    Le deseo que tenga buena venta su libro recopilatorio, aclaratorio de la figura de tan insigne pensador. Y me ha gustado el laude que dedica a su profe, ese fraile metido a edil, en un pueblo paralelo al del Pocero, cual segundo Quijote contra molinos de viento del ladrillo. Y pone el dedo en la llaga al señalar el sindios de la financiación de las haciendas locales con las recalificaciones del suelo y las licencias de obra, que tantos males nos trajo.
    ¿Podría recordarnos el gobierno que propició tal dislate? O fueron al alimón los sucesivos de González y de Aznar? Gracias.

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  • ArktosUrsus ArktosUrsus 06/11/18 08:28

    Muchas gracias por este magnífico artículo. Y gracias al padre "Francisco" no sólo por su honradez y valentía sino (y casi sobre todo por eso) por esas clases que usted rememora con tanta nostalgia no exenta de agradecimiento. Con más maestros que nos enseñaran a pensar posiblemente tendríamos un país distinto. Me apodero de la cita de Gil de Biedma que no conocía y que me temo que se ajusta como un guante (lujoso) a mi pensamiento. Vivo en Madrid, siempre de obras. España me parece lo mismo. Inacabada, incómoda, y, como dijo el maestro sabina, invivible pero insustituible.

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