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Europa: ¿vieja dama o crisis adolescente?

Gaspar Llamazares | Teresa Aranguren
Publicada el 23/05/2019 a las 06:00
En un debate europeo reciente, escuchamos una reflexión que atribuía a Europa problemas típicos de la adolescencia por la inmadurez del proyecto. No nos cabe duda que a tenor de la escasa importancia del debate europeo para los partidos españoles de cualquier signo y la práctica ausencia de una opinión pública europea, la afirmación sobre la inmadurez parece atinada.

Sin embargo, no acabamos de ver cómo se compadece este diagnóstico evolutivo de inmadurez con el que atribuía, hace no mucho tiempo, a Europa los achaques de una vieja dama frente al dinamismo de otros espacios regionales, decían que más dinámicos, competitivos y con menos achaques internos. Quizá la adolescencia, la inmadurez y lo hormonal se atribuye a los nuevos populismos y nacionalismos de extrema derecha que, después de la última gran crisis y sus secuelas de malestar social y democrática, se refugian en la identidad y lo sentimental frente a la razón práctica del interés general y la ley (en palabras de Kant). Sería mejor hablar entonces de una adolescencia global que afecta en estos momentos también a los Estados más allá de Europa, incluso a los EEUU y sus réplicas, entre otras menores, en el Brasil de Bolsonaro.

Se escucharon también atinadas valoraciones sobre lo que Europa y su integración han evitado después del horror de las dos primeras guerras mundiales. Unas valoraciones que, por otra parte, es necesario reconocer que quedan lejos de las vivencias y expectativas de las nuevas generaciones activas. Pero también de lo que ha supuesto para democracias jóvenes como la española, o de lo que ha creado como principal referencia de derechos humanos y derechos sociales en el mundo y más cerca, como principal impulsora de la transición ecológica frente a la grave amenaza del cambio climático.

Es verdad que más recientemente la UE forma parte de crisis de legitimidad que afecta a las instituciones que se han mostrado impotentes cuando no han sido impulsoras de la globalización neoliberal y las políticas de austeridad con su rastro de precariedad laboral, recortes sociales y desigualdad social y territorial, provocando la indignación y el desafecto de muchos europeos.

Otra de las reflexiones tenía que ver con la simultaneidad de esta crisis económica con la política e institucional, y la incapacidad del viejo funcionalismo europeo de adaptarse a la magnitud de los retos. La respuesta sería entonces una suerte de proceso Constituyente europeo como alternativa.

Llama la atención, sin embargo, la contradicción que supone el que a una crisis de legitimidad del proyecto europeo en relación al fiasco de la austeridad neoliberal, y sobre todo ante una reacción popular sentimental o de identidad, le demos una respuesta procedimental como es una nueva Constitución. Una suerte de patriotismo constitucional al modo Habermas que ni siquiera ha logrado contener a la deriva nacionalista en los Estados miembros. Todo ello en un contexto de ofensiva comercial y de involución emocional de una parte de la opinión pública y de algunas fuerzas políticas de extrema derecha en relación al futuro de Europa, con importantes apoyos exteriores como la actual Administración Trump, nada favorables a cambios constitucionales y mucho menos a una mayor integración. Dentro de la izquierda también hay quien propone el inmovilismo retórico o, por el contrario, el escapismo nacional como alternativas.

Desde el europeísmo crítico, sin embargo, parece evidente que es necesaria una propuesta posible y que además conecte sentimentalmente con los europeos, que sepa combinar razón y emoción. No vale quedarse solo en sentimientos reactivos como el miedo, es preciso incorporar la esperanza y la confianza al futuro de Europa. Volver a los orígenes de la paz, la libre circulación y el bienestar social, pero renovando proyecto, medios y objetivos.

Pero no nos podemos engañar: partimos de la precariedad, la inseguridad y la desconfianza como consecuencia de las políticas de austeridad y de la utilización del miedo y el odio al diferente o al inmigrante como arma política por parte de la extrema derecha.

El núcleo de la propuesta debe ser pues un nuevo contrato social para Europa, al que debemos sumar un proyecto de renovación tecnológica y ambiental de la economía y la protección de los derechos humanos a refugiados e inmigrantes.
________________________

Gaspar Llamazares es fundador de Actúa. Teresa Aranguren es candidata de Actúa al Parlamento Europeo
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1 Comentarios
  • GRINGO GRINGO 23/05/19 10:46

    Gracias por nada......

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