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Plaza Pública

El plebeyo y los otros

Publicada el 21/07/2019 a las 06:00 Actualizada el 20/07/2019 a las 16:08
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No sé si son necesarias las diputaciones, ni tampoco los consejos comarcales donde los haya. No entro en las razones para explicar la lucha cainita entre ERC y PDeCAT, en Madrid y en tantos otros lugares, a izquierda y derecha, pero al menos en Cataluña intuyo que uno de los puntos fuertes es dilucidar quién se hace con la red clientelar que tan eficazmente tejió la Convergència de Jordi Pujol. No han descubierto la sopa de ajo, aunque les alimenta sobradamente. La sumisión a cambio de favores, reales o imaginados, surgió en la noche de los tiempos. Y ha perdurado hasta hoy, desde Sicilia a la América de Trump, pasando por nuestra amada tierra.

Nos cuenta el historiador Dionisio de Alicarnasso, en el siglo I a. C. (Antichità romane, II, 9-10): “Rómulo dio los plebeyos a los patricios, concediendo a cada plebeyo que pudiera escoger al patricio que prefiriera… Los patricios deberían darles la tranquilidad absoluta en todo lo que precisaran en los asuntos privados y públicos”. ¿Qué similitudes o diferencias hay con la situación actual? Primero: los asalariados, cuanto más precarios, mejor; dependen (conscientemente o no) de los patricios que les administran la miseria. Patricios, a su vez plebeyos de la oligarquía, en un encadenado de dependencias. Segundo: los plebeyos escogen, cada cuatro años (en algunos ámbitos más a menudo), al grupo de patricios que les ha de dar tranquilidad. Hasta aquí nada nuevo. Sigue el historiador: “Los clientes debían de hacer a sus patronos cualquier servicio que estuviera en sus manos, y los patricios evitaban a sus clientes cualquier molestia”. El servicio primordial está claro: darles el poder.

Electoralmente, el clientelismo es muy útil, no cabe duda, y viene avalado por una ley electoral obsoleta que no ha evolucionado al ritmo de los tiempos. Pero cabe distinguir y, dado que a pesar de los clamores de modernidad no hemos avanzado gran cosa desde los tiempos de Cánovas y Sagasta, podemos hacerlo analizando los diversos tipos de clientelismo.
 
  • CLIENTELISMO ACTIVO: En el que el patricio, persona con cierto poder para hacer favores, los hace: aquel empleo, aquel permiso de obra, aquella subvención a entidades fieles... Y el receptor y su círculo cercano se sienten agradecidos e intentan corresponder, ya veremos cómo.
 
  • CLIENTELISMO PASIVO: El que se realiza utilizando solo la “posibilidad” de hacer el favor. Muchos “plebeyos”, viendo cómo a algunos de sus semejantes les va bien gracias a su sumisión, adoptan la misma postura, ya sea por pereza o por el “nunca se sabe”.
 
  • CLIENTELISMO NEGATIVO: A mi entender, el más dañino y cada vez más frecuente. No se trata ya de favorecer y abducir a los propios, sino negar el pan y la sal a los ajenos. A falta de mayor personalidad e ideas, la definición del grupo clientelar surge de marcar y definir al “enemigo”, al “no adicto”, donde se agrupan tanto los verdaderamente contrarios como los que simplemente se plantean dudas sobre la ética del sistema.

Parece claro que el clientelismo persiste porque los plebeyos se apuntan a él. Como dice el aforismo medieval: Insaciabilior domino sus est comitatus (La comitiva es más insaciable que su señor). Y ello, en la era de Twitter, es mortal de necesidad para la convivencia y el desarrollo de proyectos en común. Ya no solo es que el patricio que favorece, o simula favorecer, a sus plebeyos, se muestre en todo su esplendor; es que estos, queriendo demostrarse a sí mismos que su pleitesía es justificable, divulgan, hinchan y magnifican las gestas del primero, y en su afán, practican también con saña el clientelismo negativo, detectando o inventándose enemigos que marcan indeleblemente la frontera entre los buenos y los malos. Este miedo a quedar fuera de los límites ha sido perfectamente descrito por Noelle-Neumann, que nos dice: “A diferencia de la élite, la mayor parte de la gente no espera obtener un cargo o poder con la victoria (en elecciones, por ejemplo). Se trata de algo más modesto: el deseo de evitar el aislamiento” (La espiral del silencio. Paidos-Comunicación. Pág. 23). No es pues ya el patricio, léase alcalde o preboste, sino el propio plebeyo subido al carro, el que señala, y a veces escupe, al “otro”. Situación que deja muy comprometido el futuro, en una sociedad en la que, a derecha e izquierda, se dice estar atentos al mandato popular. La misma autora, en la página 88, apunta: “El individuo atiende con inquietud a esta corte anónima que reparte la popularidad y la impopularidad, el respeto y el escarnio. Los intelectuales, fascinados por el ideal del individuo emancipado e independiente, apenas han caído en la cuenta de la existencia del individuo aislado temeroso de la opinión de sus iguales”. Si en las urbes el truco mueve mucho dinero entre unos pocos, en el mundo rural daña la convivencia de la gran mayoría durante generaciones. El clientelismo positivo o pasivo paraliza y adormece, pero el negativo mata el tejido social.

Quisiera equivocarme al afirmar que el círculo se está cerrando con gran eficacia: la oligarquía, la de verdad, la que no se ve, suministra a los “patricios” el poder clientelar, la capacidad de otorgar (¡y negar, ojo!) licencias, empleos, subvenciones, honores y lisonjas; estos, a su vez, crean un primer círculo de “clientes” ferozmente adicto, que empieza a repartir cartas de naturaleza, de bondad o maldad, incluso más allá de las directrices iniciales. Salvo raras excepciones, la gente (el “pueblo soberano”) intenta mantenerse en el área de confort. Y desde ella mandan los mensajes que el patricio, cínicamente, asume como surgidos de la voluntad popular. Y como resultado de todo ello, el verdadero inductor se beneficia de las leyes y atmósfera social que facilitarán su ascenso a los cielos, allí donde se es impune a los vaivenes electorales, contemplando a lo lejos el run-run de la corte clientelar. Una última cita, de Juvenal (3, 182): “Hic vivimus ambitiosa paupertate omnes”, o sea: “Aquí vivimos todos una pobreza presuntuosa”. Lo que en román paladino sería: jodidos pero contentos… de haber escogido el rebaño adecuado.
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Antoni Cisteró
es sociólogo y escritor. Autor de libros como Campo de esperanza o Hijo de la memoria. También es miembro de la Sociedad de Amigos de infoLibre
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6 Comentarios
  • Mitra Mitra 21/07/19 22:59

    La última votación de la última república realizada el último año antes de la matanza provocada por los oligarcas, los milicos africanistas y demás, los clericales del diablo patrio, y los banqueros asesinos, fue un punto y final con respecto a las expectativas de clase de la patria hispana que hasta ese momento habían movido a la sociedad . No sé si el lmencionado escritor se da cuenta que la evolución natural patria fue demolida, exterminada, erradicada, aniquilada y reducida por un terremoto de la máxima escala en la máxima intensidad que no duró unos segundos, como suelen ser lo propio, sino décadas, décadas y más décadas hasta el día de hoy: 21 julio del 2019. Hoy como escribía María Zambrano: esto es solo orfandad es miseria, porque si se hubiera de definir la democracia, podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona."- Persona y dignidad humana son inseparables de la demos. Hoy aquí carecemos de ambas.

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  • senenoa senenoa 21/07/19 17:35

    Todo lo que usted describe, señor Cisteró, se resuelve con educación pública (la otra no, solo sirve para hacer más fuertes a los oligarcas y a los patricios) y con democracia. Democracia real, que de la otra ya tenemos suficiente.
    El problema es tenerlo claro y votar adecuadamente cada cuatro años.

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  • Silk Road Silk Road 21/07/19 09:50

    Lo del clientelismo negativo me parece que es estirar demasiado la semántica. Lo que hay ahí es el nacionalismo o tribalismo de toda la vida. Ya que yo soy un mierda (en inglés "loser"), al menos que mi equipo gane al otro, que el partido al que voto gane las elecciones, que mi país sea mejor que los demás... ¿Qué digo? ¿Que sea mejor? ¡No! ¡Que los avergüence, que los aplaste, que los aniquile, que no deje piedra sobre piedra...! Que yo pueda sentirme vicariamente orgulloso y victorioso.

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  • Oihartza Oihartza 21/07/19 09:09

    Es un artículo cuyo análisis comparto como descripción muy bien definida de los diversos estamentos sociales de una sociedad enferma que no es capaz de diagnosticar su enfernedad.

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  • paco arbillaga paco arbillaga 21/07/19 07:59


    Antoni: ¡Lo has bordado! «… la oligarquía, la de verdad, la que no se ve…», o sea las grandes fortunas, los dueños del dinero, de los mercados de materias primas, los dueños de las tierras, de las cadenas de distribución alimentaria y de enseres, quienes poseen el control de la electricidad, energía, agua, servicios, esos son quienes a través de los partidos u organizaciones políticas correspondientes nos sueltan algunas migajas, el soma suficiente de «Un mundo feliz» para que estemos contentos.

    Una buena manera de hacer desaparecer tanto a la oligarquía, patricios y rebaños, sería que la sociedad adoptara el comunismo libertario o algo parecido: «De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad!»

    No hay ningún rebaño adecuado; los rebaños solo les sirven a los líderes, que son los siervos de la «oligarquía, la de verdad, la que no se ve». Osasuna y República Libertaria.

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  • estovamal estovamal 20/07/19 23:54

    Creo que el sistema social que usted describe, sin necesidad de remontarnos hasta Dionisio de Halicarnaso, es un sistema metido en las entrañas de este país, todo él no solo Castilla, de nuestras desdichas, y desde hace siglos, que también en román paladino, se llama tradicionalmente caciquismo. A poco que escarbemos, todos conocemos casos cercanos y sangrantes  que nos afectan. Y ese al que usted se refiere es un buen ejemplo de ello. Ojalá que llamándolo así nos acerquemos a su erradicación.
    Un saludo, y gracias por su texto.

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