Plaza Pública

Carta abierta a Emmanuel Macron

Francisco Javier López Martín

Emmanuel,

Disculpa que no te llame Presidente, Señor Presidente, o Presidente Macron. Es una de las reglas que me he impuesto al escribir estas cartas abiertas. No he usado el usted con nadie incluidos el papa y el rey.

El motivo de esta carta es hablarte de mi abuelo, desaparecido tras la Guerra Civil española y cuyo último paradero conocido se encuentra en tierras francesas. Me cuenta mi hermana Sara, que vive en tu país, que los exiliados españoles siguen siendo un asunto espinoso y delicado.

Debió de ser conmovedora, impresionante y convulsa, aquella avalancha de cientos de miles de refugiados llegados en tan poco tiempo, a caballo entre el primer triunfo militar y violento del fascismo, en un país como España y el comienzo de una Guerra Mundial en la que los impetuosos dictadores tomaron una ventaja que costó más de media década combatir y vencer.

Mi abuelo estaba entre ellos. Se llamaba Calixto López Cuena. Había nacido en un pueblecito de la sierra madrileña llamado Collado Mediano, un 14 de octubre del año 1894. Tenía mujer, tres hijos y casi 42 años cuando se produjo el golpe militar y estalló la Guerra Civil. El avance del ejército sublevado fue rápido, pronto llegaron a Segovia y treparon a las cumbres de Guadarrama, donde fueron contenidos por tropas leales a la República y por muchos milicianos voluntarios llegados desde Madrid.

El cuartel de las milicias comunistas, al mando de Enrique Líster, se instaló en el pueblo, en un hotel de veraneantes, hoy restaurante, desde el que se divisaban las cumbres de la Sierra. Aquel parece que fue el embrión del Quinto Regimiento que luego se constituyó en el patio del Colegio de los Salesianos de Estrecho.

Me gusta pasar por allí, suponer que fue en ese lugar donde Calixto se presentó voluntario, como tantos otros, para frenar el avance del fascismo. Imagino que allí escuchó alguno de los discursos de Dolores Ibarruri, La Pasionaria, cuando subía desde Madrid a animar a las tropas.

No puedo dejar de pensar que mi abuelo acudió a aquella cita con su destino para defender a su mujer, a sus hijos, a los hijos de sus hijos, a ti, a mí. La derrota de España decidió la derrota de la Europa democrática. Me siento orgulloso de él. Como tenía ya 42 años y era el mayor de los que acudieron a alistarse, se ganó el apelativo de El abuelo.

Pasaron los terribles años de la guerra y mi abuelo pasó la frontera hacia Francia, tras haber ido perdiendo batallas, hasta terminar defendiendo Cataluña. Aquellos que consiguieron regresar, tiempo después, contaban que en Francia fue internado en uno de aquellos improvisados campos de refugiados. Pero mi tío Andrés, el último de sus hijos vivo, no recuerda si dijeron en que campo se encontraban.

Allí contrajo una enfermedad, una infección grave, unas fiebres dijeron y fue trasladado a un hospital. Estalló la Guerra Mundial y ya no se supo nunca nada más de él. Mi tío dice que el hospital fue bombardeado y maldice a Hitler, al que considera el causante final de que mi abuelo no regresara. Él acudió a la estación cuando volvieron los supervivientes. Era muy pequeño. Vio cómo bajaban de los vagones. Allí no venía su padre.

En España, estas cosas han sido vividas siempre en silencio. Cada familia recogió su dolor y sus penas, las guardó durante cuarenta años y, cuando volvió la democracia, se convirtieron en verdades incómodas durante otros tantos años. Como si hablar de ellos fuera una vergüenza, como si recordar a los desaparecidos, o buscar sus restos para darles digna sepultura, fuera una provocación. Cada país tiene sus vergüenzas, ésta es la nuestra. Nuestra memoria incómoda, nuestra deshonra nacional.

He intentado encontrar alguna pista para dar con mi abuelo, con menos empeño que otros muchos en mi país. Siguiendo la orientación de algunos investigadores e historiadores, me he dirigido a algunos archivos internacionales. Un investigador francés ha incluido la información sobre mi abuelo en un boletín en el que aparecen docenas de personas buscadas aún por sus hijos o nietos.

El trabajo que realizan es imprescindible pero, aunque son muchos los años transcurridos, su tarea es dura e inabarcable. Son muchos los archivos dispersos, aquí y allá y los plazos se alargan durante meses y años en la mayoría de los casos.

Por el momento, gracias a mis hijas, que han espoleado mi necesidad, he conseguido encontrar una modesta ficha sobre mi abuelo en los archivos de Salamanca, ese archivo donde fueron a parar más de 300.000 fichas sobre republicanos, sindicalistas, masones y militantes políticos, que las tropas franquistas iban requisando pueblo a pueblo y luego eran utilizadas por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo.

La ficha de mi abuelo Calixto dice escuetamente, "Calixto López Cuena, vecino de Collado Mediano (Madrid), cantero, afiliado a la UGT y al PCE, enrolado en las Milicias del Quinto Regimiento". Los documentalistas terminan informando, "Se trata de la referencia localizada, no aparece otra". Es todo cuanto tengo.

Ya sé que son muchos los problemas que acucian cada día a un político, más aún si es presidente de un país preocupado por evitar que Europa se deshilache y desvanezca. Pero, a pesar de ello, me atrevo a pedirte que me ayudes a encontrar alguna pista que me permita saber dónde se encuentra la tumba de mi abuelo o, al menos, conocer qué fue de él, cuáles fueron las circunstancias de su muerte.

No quiero un trato privilegiado. Como tantas otras personas, sólo quiero  encontrar el camino que me conduzca a los lugares donde Calixto pasó los últimos instantes de su vida, soñando que los suyos volverían un día a buscarle, liberarle del olvido y charlar con él, como lo hacen los muertos y los vivos.

Gracias y un abrazo.

Francisco Javier López Martín

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