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Plaza Pública

Sobreproducción o infraconsumo

Juan-Ramón Capella
Publicada el 08/10/2019 a las 06:00 Actualizada el 07/10/2019 a las 21:07
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Sobreproducción e infraconsumo parecen ser lo mismo pero no lo son. Pueden ser producidos por fenómenos económicos diferentes, por mecanismos diferentes. Se acerca a nosotros una recesión económica. Probablemente endémica. Vale la pena examinar estos conceptos, los procesos reales que hay por debajo de ellos y las políticas económicas aplicables en cada caso.

El crack de 2008 fue debido claramente a una crisis de sobreproducción. La financiarización de la economía permitió una expansión del crédito hasta extremos inverosímiles, la expansión de la producción que se compraba a crédito; finalmente suscitó el gran batacazo debido a que los créditos no se podían pagar. ¿Fue una de las crisis clásicas del capitalismo, una crisis de sobreproducción, la mayor de todas? Probablemente, pero tal vez no fue solo eso.

El capitalismo de toda la vida se caracterizó por incorporar cada vez a más y más personas al trabajo asalariado. Primero en la agricultura y en la industria, sobre todo en esta última; después, en los servicios.

El tecnocapitalismo contemporáneo, en cambio, se caracteriza por todo lo contrario: por sustituir el trabajo de personas por el funcionamiento de máquinas robotizadas. Por expulsar a personas de la producción y del trabajo asalariado. Son y serán las máquinas las que se ocuparán de realizar gran parte de las operaciones productivas, crecientemente, y en el límite —teórico— todas, salvo las innovadoras y las realizables preferentemente de modo “artesanal” (enseñar a tocar el piano, por ejemplo).

La consecuencia está a la vista: masas enormes de desempleados, millones, reducción del trabajo asalariado y su remuneración real, discontinuidad en el empleo, aparición de trabajo prácticamente esclavo, pésimamente pagado, que no permite formar familias, etc. Eso es ya nuestra cotidianidad.

Con esa reducción inmensa de los salarios o directamente su desaparición la sociedad se ha polarizado de un modo nuevo: en su cúspide, supermillonarios y gentes muy ricas —esos que en caso de despido reciben indemnizaciones multimillonarias que ellos mismos se han hecho asignar, etc.—.

Algo más abajo, pero también con riqueza, todos los que pueden permitirse el lujo: los asociados a los anteriores, los golfistas, los eternos viajeros, incluso el diminuto sector de los deportistas de élite. El consumo de lujo crece.

Pero por debajo están las clases medias, cuyos ahorros destruyó la última crisis casi completamente, clases cuya pervivencia sin caer en la proletarización depende en la práctica de que la economía pase por una fase boyante; las clases medias se han venido abajo.

Y más abajo aún quedan otros estratos: el de los trabajadores empleados con salarios reducidos, el de los trabajadores “esclavizados” (repartidores, etc.), un infraproletariado, y los parados, a los que se llama retórico-políticamente desempleados.

¿Qué significa esto? Significa que las clases medias ya no consumen como antes, que no pueden ahorrar. Que su demanda de bienes ha caído. Significa que los trabajadores malpagados subconsumen, que los parados no consumen sino que sobreviven malamente. Significa, en otras palabras, que el nuevo tecnocapitalismo va a tener un problema endémico de demanda. Un problema no ocasional, no periódico sino endémico.

El capitalismo anterior siempre había sufrido una dificultad para convertir la inversión en ganancia, para vender todo lo que producía. Esto se ha exacerbado ahora. El tecnocapitalismo globalizado, hoy, puede producir muchísimos bienes muy baratos, pero produce al mismo tiempo personas sin capacidad para comprarlos. Produce subconsumo —subconsumo respecto de sus capacidades productivas y respecto de la producción real, cuya absorción por el mercado muy probablemente se ralentiza—.

Por eso el tecnocapitalismo no puede evitar la recesión, que acabará convirtiéndose en endémica salvo que intervenga el Estado —los Estados—.

En las crisis de sobreproducción la intervención estatal tiene por objeto crear demanda endeudándose para que la actividad económica se ponga de nuevo en marcha y el empresariado pueda introducir innovación tecnológica para producir mejor y elevar así su tasa de ganancia.

También en una crisis de subconsumo el Estado está llamado a desempeñar una función socio-económica, pero ha de ser distinta de la anterior. Socialmente debe redistribuir el acceso a la producción, para lo cual debe crear primero una recaudación fiscal suficiente.

Esa recaudación puede provenir, obviamente, de las rentas altas, sin ser tan dura que impida la inversión. Pero ha de provenir también de los robots empleados por las empresas, los que sustituyen al antaño trabajador contribuyente. Lo ha propuesto uno de esos nuevos millonarios de Silicon Valley. Y es lo que hubiera debido hacer el Estado cuando la Caixa instaló el primer cajero automático, un robot que traslada a los clientes una ingente cantidad de trabajo que antes correspondía a los empleados.

Con recaudación fiscal podría haber redistribución hacia los parados, que de este modo podrán consumir. El Estado ha de actuar como redistribuidor del producto nacional. Tal debe ser su función social.
Que al propio tiempo es su función económica: apoyar la demanda, combatir el subconsumo.

Claro que sobre el consumo y la producción en general hay que hablar también desde otro punto de vista: el ecológico. Determinadas producciones y consumos, sobre todo los vinculados al lujo, deben cesar; otras deben cambiar cualitativamente; otras producciones no lujosas también deben cesar, y otras, finalmente, mejorar: las relacionadas con la vida y la salud. Esto añade complicación al futuro del mercado. La problemática ecológica, sin anular mucho la acción del mercado, exigirá orientaciones productivas del Estado, que deberá recuperar, cambiada, la vieja noción de fomento.

El sueño de una sociedad en que los robots realicen gran parte del trabajo carece de sentido si al llegar al mercado las mercancías no encuentran comprador.

Al lector no se le escapa que la propuesta de política redistributiva dibujada en estas páginas, obviamente la más racional y lógica, no es la que se da en la realidad. Carece aún de agentes que la propugnen, la sostengan y la impongan como política pública.

Quizá el capitalismo de Estado y de mercado chino sea el mejor preparado hoy para la redistribución, aunque con falta de libertades políticas y elevados niveles de corrupción.

Pero el capitalismo occidental va en otra dirección. A la crisis del neoliberalismo y la financiarización desencadenada en 2008 respondió con más neoliberalismo. Hoy responde, al tener a la recesión en su perspectiva, con guerras comerciales. Ambas impulsadas por políticas de derechas. Las guerras comerciales, nos lo enseña la historia, pueden acabar mal, convirtiéndose en guerras de las otras. Y al tecnocapital aún le quedaría otro recurso: arrumbar con las libertades y recurrir a regímenes políticos autoritarios dirigidos a disciplinar a su gusto a la multitud.

Hemos entrado en una época nueva, en un mundo distinto. Es preciso desprenderse de las creencias que se han convertido en falsas y ver el mundo sociopolítico con una mirada renovada. Se precisan agentes políticos nuevos, serios y ordenados —de momento ninguno está a la vista—, que se doten de un programa estratégico de redistribución del producto social, de un programa de transformación ecológica del modo de vivir y producir, de un programa de lucha contra la desigualdad socialmente reproducida.
__________________

Juan-Ramón Capella es catedrático emérito de Filosofía del Derecho y autor del libro 'Un fin del mundo. Constitución y democracia en el cambio de época'.
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4 Comentarios
  • irreligionproletaria irreligionproletaria 08/10/19 14:09

    "Hemos entrado en una época nueva, en un mundo distinto. Es preciso desprenderse de las creencias que se han convertido en falsas y ver el mundo sociopolítico con una mirada renovada. Se precisan agentes políticos nuevos, serios y ordenados —de momento ninguno está a la vista—, que se doten de un programa estratégico de redistribución del producto social, de un programa de transformación ecológica del modo de vivir y producir, de un programa de lucha contra la desigualdad socialmente reproducida."

    Discutir las RRLL pretéritas, no sería productivo. Afrontemos el presente.

    Lo importante, humildemente, es el párrafo final del art del profesor Capella. Conseguí su mágnifico texto: "El fin de mundo. Constitución y democracia en el cambio de época"
    En su capítulo: 'Notas en negro sobre democracia"
    La existencia de una ciudadanía informada.
    Todo y nada ¿Quién podría decidir si un ciudadano es válido para votar? pregunta el Profesor, como nos hemos preguntado millones, con él. Quien decidiera eso, se situaría por encima de los demás...

    Imperativo: afrontar el cambio REAL en la estructura social universal, centrándonos, si lo desean, en n/1er.mundo.

    'Trabajador/a': 1er concepto a definir con arreglo a la realidad socio-laboral-económica que nos excluye.

    'Clases': La estructura industrial y de servicios: Sanidad, justicia, educación, se está desarrollando a través de IA, con programas específicos, capacitados para realizar en días/h, la labor de millones de trabajadores, a todos los niveles y en todas las disciplinas.

    ¿Está preparada la sociedad/gobiernos/clases para aceptar/deglutir/aplicar, esta transformación que no hemos querido VER?

    Renta Básica Universal: Imprescindible, si pretendemos convivir en paz. Parte de los beneficios producidos a empresas que desarrollen IA y propietarios de programas especfíficos, a consecuencia de la reducción en gastos de personal, deberá repercutir al erario, via impuestos -o, como gusten denominarlo- en los porcentajes legislados, para sustanciar una R.B.U. que sustancie las necesidades de los ciudadanos.

    La conclusión es simple: Beneficios vs seguridad.

    Seguridad ¿cierto? O, la rebelión social, será el futuro inmediato.

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  • Fernandos Fernandos 08/10/19 11:01

    Esclarecedor, totalmente de acuerdo, solo hace falta una nueva revolución y que los verdaderos sacrificados se revelen, de otra forma me perece una quimera revertir esto.

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  • Alfonso J. Vázquez Alfonso J. Vázquez 08/10/19 08:28

    Mi discrepancia con el análisis. La revoluciòn industrial aumentó los asalariados porque el desarrollo científico y tecnológico aumentó la productividad de los trabjadores, y sus sueldos, respecto a su actividad como pequeños agricultores o agricultores asalariados. El capitalismo aproveco un exceso de oferta, el trabajo de sol a sol se siguió haciendose en las fábricas, para bajar los salarios. La reduccion de la jornada laboral acomodò algo la oferta laboral a la productividad; al haber más gente empleada aumentò la demanda y al reducirse la ofert aumentaron algo los salarios. Eso disminuyó los costes al aumentar la produccion. Keynes dijo: "si esto sigue así a final de siglo trabajaemos dos dias a la semana",. Pudo pasar pero se despilfarrar la produccion de riqueza en dos guerras destrozando la existente dos veces y volviendo a crearla. Toda esa inversion de riqueza en un despilfarro inútil hubiera hecho realidad el pronòstico de Keynes ¡pero en 1950! El crack nació de la especulación.Se creó una burbuja,como ahora, prestando dinero a qu8en no lo podía devolver. Al tener que devolverlo reventó e chiringuito como ahora. Entonces quebraron los bancos irresponsables; ahora se revento a los trabajadores para salvar a los bancos irresponsable. La solución fuera comprarlos a precio de mercado. Nos hubieran costado lo mismo pero ahora serían nuestros. El tecnocapitalismo contempoáneo no excluye a los trabajadoes. Lo hace la ley que mantiene la jornada laboral de 1919 sin acomodarla al alaumento de la productividad fruto del desarrollo científico y tecnológico. De acomodarse, al reducirla aumentaría el número de trabajadores empledos y con ella la demana, y aún más al aumentar algo sus salarios. Al aumentar la produccion se reducirían los costes y aumentarían los beneficios; también los ingresos por IRPF e IVA. Todos veriamos mejorada nuestra situacion repartiendo el aumento de riqueza, fruto de la incorporacion de robots a la produccion, como cuando se substituyó el pico y la pla por las excavadoras, acabando con esa obscena acumulacion de esos beneficios robados al trabajador en uns pocs manos. Los sindicatos ¡si existieran! tienen el ejemplo a seguir.

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    • Dver Dver 09/10/19 19:40

      Con todo respeto, y sin entrar en matices, creo que dices lo mismo que el profesor Capella. No hay más salida que redistribuirla producción y el trabajo ya que con muchas menos horas de trabajo se produce mucho más. No hay crisis de producción, sino de consumo. El problema de las empresas no es producir, sino vender, y para ello tiene que haber compradores con dinero. Imaginemos una enorme máquina que produzca todos los bienes y servicios. Si el dueño de ese portento no tuviese a quien veder lo producido, la máquina, no serviría de nada. Fiar el empleo, y por tanto el salario, al crecimiento continuo es un absurdo, pues la curva que lo refleja es exponencial y tiende al infinito. No hay más manera de mantenerla sociedad cohesionada que repartir la renta y el trabajo. Es verdad que el primer repartidor de renta son los salarios, pero el estado tiene muchas más maneras de repartir la producción: renta básica, sanidad, educación, servicos sociales, vivienda, etc. Hablamos de repartir la producción, es decir de tomar la parte de ella necesaria y entregársela a la sociedad que es quién la produce. Y eeso se hace vía impuestos sobre el valor añadido.

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