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Plaza Pública

Los cuidados en el centro

Publicada el 26/03/2020 a las 06:00 Actualizada el 26/03/2020 a las 11:51
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“En la guerra al virus jamás nos doblegaremos: resistiremos, venceremos”. Esta es sólo una de las muchas frases con las que el presidente del Gobierno se ha referido a la multitud de medidas tomadas para frenar el contagio masivo del virus. Como profesional de la comunicación política, entiendo perfectamente la lógica que hay detrás: cuando se construye un discurso político una de las palabras que más sale de la boca de los distintos asesores es “épica”. Hay que darle épica a todo. Con la suficiente épica, puedes convertir un hecho relativamente normal en una democracia, como votar, en una impugnación a todo un sistema, en un gesto revolucionario.

Así, entiendo y comparto la necesidad de épica estas semanas. Estar confinados en casa durante un mes es un gesto épico, es un gran sacrificio a nivel personal, que tendrá sus consecuencias sobre la salud física y mental de muchos de nosotros. Con ese discurso, el presidente y su equipo nos acompañan en esa épica cotidiana y nos convierten –porque lo somos– en protagonistas de este momento histórico.

Lo que no comparto es cómo se construye esa épica. En un imaginario profundamente heteropatriarcal, la única épica a la que estamos acostumbrados es la del sacrificio militar. La épica del Capitan Miller defendiendo el último puente después de haber perdido a todo su pelotón buscando al soldado Ryan; la épica de Robert de Niro metiendo más balas en el revólver jugando a la ruleta rusa para tener suficiente munición con la que matar a sus captores. Somos novios del virus, parafraseando el himno de la Legión.

Pero esto no es una guerra. En una guerra no se aplaude cada día a las ocho de la tarde. Nos estamos cuidando, nos estamos queriendo. Estamos renunciando a derechos fundamentales como la libertad de movimiento para cuidar de nuestras familias y de nuestros vecinos. Estamos reforzando, cada tarde en las ventanas y en los balcones, unos lazos comunitarios que son vitales para mantener el estado de ánimo y la salud mental de todos y cada uno de nosotros y no de una forma egoísta: el vecino que pone música lo hace por él, pero también para que canten o bailen los de enfrente.

Creo que es hora de que el Presidente cambie de discurso y empiece a poner en el centro lo que ya está en el centro de esta experiencia para la ciudadanía: los cuidados. Especialmente si tenemos en cuenta que, por definición, el imaginario bélico desaparece cuando acaba la guerra. Evidentemente, el confinamiento acabará, ¿pero acabará con él el debate público sobre la necesidad de una sistema de salud público fuerte? ¿Volverá la austeridad a Europa? ¿Se volverá a aparcar la discusión sobre la necesidad de una renta básica universal para proteger a las familias de este y otros golpes? ¿El estado de las residencias de mayores? ¿El papel invisible de miles de mujeres que sostienen con su trabajo no reconocido miles de familias, a familiares enfermos, mayores y pequeños?

Modificar el lenguaje con el que estamos refiriéndonos a esta crisis no es sólo una cuestión de imaginario –que no es menor–, sino que puede tener consecuencias para la gestión económica y social del país que saldrá del confinamiento, que será otro muy distinto. Y la guerra acabará, pero la necesidad de los cuidados va a seguir ahí toda nuestra vida. Hablemos de eso.

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Jesús Gil Molina es asesor en comunicación política

 

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