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Volver a casa, pero sin hogar

Jesús Izquierdo Martín
Publicada el 03/08/2020 a las 06:00

Hace cuatro años, el escritor Alejandro López Andrada se hacía una pregunta que quizá hoy resulte todavía más pertinente: ¿No seremos más pobres en el plano cultural, y menos humanos, cuando a nuestro alrededor no existan ya, por desgracia, estas personas con el corazón curtido por la lluvia y el silbo feliz del aire en las charnecas? La cuestión incordia, porque mientras el autor se refiere a un tiempo –un pasado rural muerto en el hoy–, lo habitual en estos días de pandemia es más bien apuntar a un espacio hacia el que huir, un territorio en el que encontrar el aislamiento que las ciudades ya no garantizan. Vidas atemorizadas por un virus encorsetado en mascarillas que nos compele a desplazarnos a lugares extraños: lo rural, nuevamente, como referente de pureza incontaminada. El viejo mito de la ciudad. Detrás del mito, sin embargo, un desastre social y cultural que ha sido denunciado en una literatura magistral que abarca un amplio espectro generacional, desde Andrés Berlanga (La gaznápira, 1984) a Alejandro López Andrada (El viento derruido, 2017), pasando por Julio Llamazares (La lluvia amarilla, 1988), Emilio Gancedo (Palabras mayores, 2015), Sergio del Molino (La España Vacía, 2016), Marc Badal (Vidas a la intemperie, 2017), Virginia Mendoza (Quién te cerrará los ojos, 2017) o Rafael Navarro de Castro (La tierra desnuda, 2017).

Estos textos se aproximan desde distintos frentes al Gran Trauma que ha producido el abandono de los espacios rurales en España, alentando una suerte de ensoñación de las experiencias comunitarias del antaño. Se acercan desde el testimonio ajeno o personal a esa desconocida Laponia occidental, exponiendo la abusiva y creciente desertización de sus recursos sociales y demográficos. Y lo hacen no solo para denunciar los déficit institucionales existentes en una democracia donde los intereses rurales han ido enmudeciendo, sino también para hacer presente un pasado de experiencias colectivas y vecinales; formas culturales de estar en el mundo que pueden servir para remover nuestras maneras de confrontar la ciudadanía, cada vez más ensimismada en el consumo irresponsable y en la mirada individualista de un capitalismo obsesionado por la idea de progreso tecnológico que no mira –ni ve– los desajustes sociales y medioambientales que nos asolan.

Hay, además, dos veredas más que transitar en estas narrativas. La primera tiene que ver con la capacidad de la literatura para yuxtaponerse, en sus relatos sobre el pasado, a la propia historiografía. La literatura desafía a la disciplina histórica porque le obliga a pensar en la tradición literaria que la historia siempre tuvo pero que abandonó en favor de un cientificismo encaprichado con los datos y su renuencia a la narración por considerarla un foco de contaminación subjetivista que anima el sesgo y la maleabilidad. Paradójicamente, sin embargo, la narración forma parte del relato histórico. Ni el más ingenuo de los historiadores deja de estar atrapado en formas lingüísticas que proceden de sus tradiciones culturales y socio-históricas. Y es que el historiador no está subido en una atalaya desde la cual divisar el pasado “desde ninguna parte”. Su mirada delata su presente, aunque no pueda vaciarla de pasado.

La segunda vereda nos sitúa ante la existencia misma de esa casa a la que pretendemos retornar o regresar, como si nos estuviera esperando para abrazar y reducir la ansiedad que traemos clavada en cuerpos y almas. Es la nostálgica ilusión del confortable hogar perdido. Y se ancla en una mitología o si se prefiere en la melancolía del urbanita que, de repente, cuestiona su presente porque este ya no merece el enorme sacrificio con el que liquidamos la cultura precedente, la rural incluida. Una cultura que, como toda la cultura popular occidental, fue liquidada por esa modernidad que no cejó en su empeño por combatir todo lo que no fuera progreso técnico, ya en los límites de la vieja Europa, ya en los territorios colonizados donde legitimó su depredación.

El universo rural español fue principalmente horadado por el desarrollismo modernizador del segundo franquismo, ese régimen que enarboló como bandera justificadora una reforma agraria técnica sustentada en la “revolución verde” pero perpetrada bajo una dictadura en la cual no había espacio para la negociación con los afectados. Mi padre trabajó en ello durante años, pensando siempre que aquella reforma era lo que España necesitaba, con su colonización, con su concentración parcelaria o con una homogeneización agraria que devastó cultivos y culturas autóctonas. Una reforma sobre la que luego se fondeó la agricultura subvencionada de la PAC y que hoy nos nutre a todos como alimenta a nuestras cabezas de ganado. Todos comemos. Eso sí, lo mismo y sin lo mismo: sabor. De ecologismo, que hable el Mar Menor.

Aquello fue una verdadera acometida cultural realizada con todos los medios al alcance del régimen; pero sobre todo fue un embate cultural aplicado con palabras, con los conceptos con los que cobra sentido lo real. Porque la realidad no se autodenomina; más bien se nombra a través de palabras cambiantes que dan significado a nuestros actos. Y existen muchas palabras relacionadas con aquella embestida. Ahora bien, hay un cambio conceptual que siempre llamó mi atención –y la de mi padre-: la sustitución del apelativo campesino por la categoría agricultor. El primero fue un concepto que, como otros, dio sentido a quien habitaba y trabajaba en el campo; lo empleó el franquismo nacional-católico como sinónimo de “hombre prístino”. Campesinos hubo y muchos en la agricultura tradicional hasta que llegó el gran cambio; y entonces aparecieron los agricultores, los empresarios modernizadores. Y en su hegemonía convirtieron a los demás pobladores del agro en carne de éxodo rural y, junto a los ciudadanos, los estigmatizaron como paletos. No busquen campesinos en el campo actual; sencillamente nos los encontraran.

Es cierto, hay urbanitas de hambre neo-bucólica que los rastrean e incluso dicen encontrarlos. Sin embargo, los habitantes del campo no se reconocen en semejante concepto: se des-identificaron con él, algunos para convertirse en empresarios; los más para emigrar a las ciudades donde organizaron sus vidas, al principio, desde las barriadas que finalmente fueron digeridas en las entrañas urbanas. Es la nostalgia y el miedo los que alimentan hoy esa necesidad de recobrar el mundo devastado. Ahora más. La crisis sanitaria y su precaria salida han idealizado el espacio rural como un universo aséptico al que precipitarse. Ahora bien, sin valorar apenas la cultura que allí habitó. Nos alimentamos del mito de un territorio bucólico sin rastros de sufrimiento; el campo español no padeció; tampoco sus mujeres, hombres o niños. Para algunos urbanitas ha sido su destino durante el confinamiento; para otros lo está siendo ahora. Pero nada queda de aquella geografía imaginaria que lo separaba de la ciudad y encerraba culturas distintas. Lo subsumimos en nuestras fronteras urbanas, dejando sin sentido sus palabras, sus signos, sus símbolos. Volver a los pueblos no es regresar al viejo hogar. No nos engañemos: es demasiado tarde para reencontrarnos con aquellos campesinos.

Nos queda, con todo, el reconocimiento, no solo del dolor por la tragedia padecida durante esta pandemia, con sus nuevas víctimas y con algunos victimarios que ya darán cuenta de su cínica actitud. Pero nos resta, además, advertir el sufrimiento soportado en aquellos lugares a los que vamos a refugiar nuestro temor urbano. Aquellos pueblos donde habitan los espectros de campesinos, jornaleros, yunteros, hortelanos y un largo etcétera, en los que no pensamos porque no caben en la memoria encandilada. No son dignos de entrar en la retahíla de nuestros orígenes, como tampoco atendemos a nuestras raíces de emigrantes, a nuestras tradiciones de obreros asamblearios, de luchadores del movimiento vecinal y otro largo etcétera. En la ciudad muy pocos saben; en el campo pocos recuerdan. Y es que la memoria y la historia también son eso: un pasado conocido y recordado que nos señala, aunque sea desde el mito, no solo de dónde venimos, sino también lo que ya no somos. Volvemos a casa angustiados, escapando; y retornamos allí porque de algún modo somos herederos de aquel mundo ya perdido. En todo caso, hemos extraviado el hogar en el que anidaban palabras ahora extrañas. Y es que, parafraseando a Ramón J. Sender, España ha escrito el último movimiento del viejo réquiem por el campesino español.

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Jesús Izquierdo Martín es profesor del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid y codirector del programa de radio Contratiempo. 

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