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Margaret Atwood: virus y diluvios

Publicada el 29/08/2020 a las 06:00

Margaret Atwood es hoy mundialmente reconocida por su novela El cuento de la criada, sobre todo a raíz de su adaptación para una serie de televisión del mismo título estrenada en el año 2017. Cuando aún no era tan popular, en el año 2009, había publicado El año del diluvio (Bruguera, 2010) una novela sobre la que dejó escrito, premonitoriamente, lo que sigue: “es una obra de ficción, pero las tendencias generales y muchos de los detalles que se mencionan se asemejan de manera alarmante a la realidad”.

Siendo así que la actual pandemia y crisis global derivada del coronavirus encaja como un guante en las distopías de esta autora. Obras cuyo objetivo no es el entretenimiento (al que la búsqueda de audiencias televisivas hace derivar muchas adaptaciones de esta literatura) sino precavernos de mundos imaginados, para evitar que sucedan. No es casual que la propia Atwood sitúe al comienzo de una de sus novelas una cita de J. Swift en la que declara que su principal propósito es informar, no entretener al lector.

En mi reciente ensayo Caminos de incertidumbre recuerdo al lector que tales distopías son un contrapunto de las utopías, alertándonos del mal camino y de su final catastrófico. No es que los autores de esos relatos no tengan ilusiones, sucede que no se hacen ilusiones. Describen los caminos que conducen al infierno, para así poder evitarlos. Entre ellos Campanella, Mercier, Bellamy, Huxley, Orwell, Wells, Ballard, A.C. Clarke o la propia Atwood.

En la novela El año del diluvio podemos leer:

“… servían especies en peligro de extinción. Los beneficios eran inmensos: una sola botella de vino de hueso de tigre valía como un collar de diamantes” o alternativamente “… había estado injertando un virus de acción lenta pero incurable en sus complementos para poder ganar mucho dinero con los tratamientos

“Os recordaré la importancia de lavarse las manos, al menos siete veces al día, y después de cada encuentro con un desconocido. Nunca es demasiado pronto para practicar esta precaución esencial. Evitemos a cualquiera que estornude”

“Había visto gente viva. Un par de personas también la habían visto a ella, pero para entonces todo el mundo sabía que ese virus era ultra contagioso, así que se mantuvieron alejados de ella”

“… es una pandemia, una pandemia que no infecta a otra especie salvo la nuestra, y que dejará incólumes a las demás criaturas. Nuestras ciudades están oscuras, nuestras líneas de comunicación ya no existen”

Sin comentarios. Porque, desafortunadamente, no es hoy inimaginable que a causa de estas y otras incertidumbres durante este siglo XXI la humanidad se estanque y retorne a una Edad Oscura, como la antigua Edad Oscura sucedió al período brillante de la Antigüedad. Al igual que en aquellas pestes medievales surgirán sectas temerarias que sustituyen la ausencia de conocimiento científico completo por el negacionismo (el virus no existe), el irracionalismo (la mascarilla no protege, lo que vale es un producto milagro), lo conspiranoico (la vacuna o el confinamiento son trampas de dominio social) o por lo economicida (anteponer las pérdidas de rentabilidad a los muertos).

Para entrar en una nueva edad oscura, y por lo que vamos viviendo en este año 2020 de diluvio pandémico global, bastaría con que se produjese una combinación letal entre superpoblación, colapso climático y escasez de recursos. Condenándonos a la mundial degradación y miseria ya vaticinadas por Malthus hace ya más de dos siglos, sin necesidad de coronavirus o de superbacterias.

Albino Prada es ensayista e investigador de ECOBAS

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