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Principio del fin del populismo en pandemia

Publicada el 11/11/2020 a las 06:00

La derrota de Trump y su resistencia al reconocimiento de los resultados bien pudiera significar el principio del fin del populismo como modelo de gobierno de la sociedad digital, en coincidencia con el azote de la segunda ola de la pandemia en el hemisferio occidental.

Se hace difícil prever cómo será la vida después del populismo, tanto como después de la pandemia del covid-19. Es verdad que son hechos muy diferentes y en planos muy distintos como son la política y la salud pública, aunque sí tengan concomitancias y den pie para hacer comparaciones sugerentes tanto en su aparición como, en menor medida quizá, en sus efectos y posiblemente también en las diferentes perspectivas sobre sus respectivas influencias en el futuro. Porque el populismo permanecerá, aunque después de Trump ya no será en su tiempo de expansión sino de declive o decadencia, como una suerte de clima populista amenazante enrareciendo el ambiente, y así lo hará la pandemia, aunque también en forma declinante, ya que es de esperar que con la progresiva inmunidad de grupo se transformará, como ya ocurriera con otras como la pandemia de la gripe, en una epidemia estacional.

Ambos eran previsibles por los precedentes, pero como el cisne gris sistemáticamente ignoradas, sus consecuencias han sido relevantes e incluso dramáticas, actuando como aceleradores o como freno a procesos ya en marcha, y los rescoldos que vivimos hoy, entre la incertidumbre y la ira, no garantizan que no vuelvan a repetirse con igual o mayor intensidad si antes no nos preparamos.

La respuesta de cómo se combinarán estos rescoldos de la pandemia populista y la del covid-19 es hoy por hoy algo difícil de prever, y sobre lo que solo cabe elucubrar. El populismo venía a apuntalar un modelo neoliberal en crisis de confianza y legitimidad, y está claro que lejos de conseguirlo ha añadido más crisis política a la crisis económica. La pandemia infecciosa cursará como otras que primero languidecen y luego se quedan como enfermedades trasmisibles endémicas o estacionales, pero seguramente dejará un rastro de distanciamiento social, de incertidumbre, de inseguridad y de miedo a nuevas pandemias, como probablemente también de nostalgia de la vieja sociabilidad y solidaridad.

Cómo éramos antes. Los pródromos

Antes del populismo la política ya no era bipolar y aburrida, no es cierto. Ni los partidos, los sindicatos y mucho menos las instituciones estábamos cómodamente instalados en nuestra área de confort ni eran tampoco una balsa de aceite.

Al contrario, hacía tiempo ya que con la llegada de la reacción neoliberal, y con ella de la primacía de la economía global, había dejado en un segundo plano al Estado y como consecuencia a la propia política, erosionando a su vez los derechos sociales y laborales duramente conquistados así como el contrato social pactado desde la posguerra. Por eso fue que vino la crisis de la política y de las instituciones de la democracia.

Pero fue el fracaso del neoliberalismo, en particular con la recesión y la crisis financiera internacional, el que abrió las puertas a una precariedad y desigualdad sin precedentes, en particular en los países centrales, y al malestar social y la desconfianza en la política, en la democracia representativa y en la izquierda, como terreno propicio para el populismo. Porque ambos, el neoliberalismo económico y el populismo político, coinciden en considerar la crisis como una oportunidad para el autoritarismo y el individualismo frente a la democracia representativa, la deliberación, la intervención del Estado y el estado de bienestar. Ninguno de los dos desprecia una buena crisis, como oportunidad o como negocio.

Ha sido este mismo modelo de globalización, el que hoy nos aboca a una catástrofe climática sin precedentes y el que ha aumentado hasta el límite la explotación del territorio y la producción de alimentos. Y dentro de ello la comercialización de alimentos exóticos, que junto a la hipermovilidad, ha favorecido la transformación de las antiguas zoonosis en nuevas pandemias.

Sin embargo, a pesar de los precedentes del SARS, el MERS, el ébola.. y de una más que previsible nueva pandemia gripal, ni los Estados más desarrollados ni la OMS han logrado dotarse hasta hoy de las estrategias y los recursos necesarios a la altura de una amenaza letal de carácter global y tan peligrosa o más que la pobreza, la carrera de armamentos y el riesgo de holocausto nuclear.

Al contrario, los determinantes sociales inherentes al neoliberalismo, como son la precariedad laboral, el hiperconsumo, la movilidad frenética y la desigualdad obscena fueron también los que actuaron como catalizadores de la transmisión entre la nueva epidemia y su transformación en una pandemia letal. El covid-19.

Cómo reaccionamos al principio y en qué nos equivocamos

En el origen del populismo primero fue la indignación popular frente a la casta, la política y las instituciones representativas como consecuencia del desempleo masivo y la corrupción. Luego fueron las primaveras del 'no nos representan' y del pueblo contra el uno por ciento de los privilegiados. Y finalmente su expresión en el cambio de la representación política mediante los nuevos partidos e incluso entre los partidos tradicionales, y con todo eso el fin de la idea de progreso y del modelo de alternancia y de gobernanza. Pero fue la complacencia y el exceso de confianza por parte de los establecidos lo que retrasó la respuesta a la crisis social y política, permitiendo su capitalización por parte de los distintos populismos, pero en particular por el populismo de la extrema derecha, el hijo más querido, cercano y coherente con el neoliberalismo, que precisamente por eso se convirtió en una potente fuerza institucional y con capacidad de condicionar y formar gobiernos en el mismo núcleo del sistema norteamericano y europeo, hasta muy recientemente.

Algo similar ocurrió con el inicio de la pandemia. Una globalización sin gobernanza en salud pública que unida a la incredulidad sobre la magnitud de la amenaza y el exceso de confianza técnica y sanitaria, retrasaron la respuesta para que fueran luego las tradicionales carencias de la salud pública, de la prevención y la salud comunitaria las que impidieran en sus inicios la necesaria contención de los contagios.

Más tarde, ya con la transmisión comunitaria y la presión sobre los servicios sanitarios, llegaron los problemas, ya clásicos en las pandemias, de la interrupción de la cadena suministros básicos, el colapso, la selección de pacientes ancianos y el incremento de la mortalidad.

La transmisión generalizada de la pandemia puso también en evidencia la conocida como sindemia: es decir la sinergia de ésta con la pandemia contemporánea de las enfermedades crónicas y degenerativas y sus determinantes sociales. Una sindemia de clase que ha ido por barrios obreros, inmigrantes y grupos de riesgo. Su expresión más dramática la hemos conocido también en las residencias de ancianos.

El camino hacia el final de la pandemia y el populismo

Al final nos hemos dado cuenta de que las medidas para aislar al populismo tenían sobre todo que ver con sus causas. Es decir con la recuperación de las políticas sociales y los derechos, así como con la regeneración de la democracia, con la garantía de la cohesión social y de las medidas de confianza en la democracia. De igual modo, que las de contención de la pandemia suponían volver la mirada a la salud pública y la atención primaria y la asistencia sociosanitaria, hasta ahora relegadas a un segundo plano.

La crisis del populismo deja al final como resultado la representación de la nueva política, pero también la contaminación populista de la democracia. Un clima populista en la política, las redes y los medios de comunicación. Esta sería la segunda ola del clima populista.

Por otra parte, el tiempo de pandemia del covid-19 nos deja la incertidumbre sobre la duración e intensidad de las nuevas oleadas y de futuras pandemias y sobre la eficacia de las medidas a adoptar, pero sobre todo el distanciamiento social y la sensación de incertidumbre y ansiedad acerca del futuro.

Finalmente, ambas crisis, la de la pandemia y la del populismo abren perspectivas y a la vez aceleran dinámicas que ya habían comenzado antes de su aparición. El populismo declinará en los partidos y los gobiernos y seguramente pasará a formar parte del ambiente político y comunicacional de la sociedad de consumo digital. El hiperconsumo y el turismo masivo que se han demostrado insostenibles sufrirán un parón y la digitalización, la inteligencia artificial y la robotización posiblemente se acelerarán. En el otro lado, la salud pública y sus organismos internacionales de gobernanza como la OMS, la relocalización industrial para garantizar suministros básicos y el papel del Estado como garante de la seguridad así como de la sanidad y los servicios públicos saldrán con seguridad reforzados.

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Gaspar Llamazares es fundador de Actúa.

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4 Comentarios
  • Ira Ira 12/11/20 06:12

    Gracias por el artículo. Interesante.

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  • Antonio Basanta Antonio Basanta 11/11/20 16:54

    Muy buen articulo de Gaspar Llamazares. Y profundo.

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  • manuelromeromesa manuelromeromesa 10/11/20 22:53

    Meda la impresión de que Gaspar se ha pasado al lado oscuro.
    No entiendo en qué se parece el "no nos representan" con el populismo cuando todos los partidos políticos conocidos durante las campañas electorales no emiten más que populismo mentiras y cintas de vídeo.

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    • Antonio Basanta Antonio Basanta 11/11/20 17:04

      El "no nos representan" es una de las partes más oscuras del populismo. En España lo iniciaron sectores pretendidamente de izquierdas y pasados los años ha quedado como lo que realmente es. "El no nos representan" es la expresión más real del popùlismo ultranacionalista de la extrema derecha, de VOX. ¿Que representa el no nos representan? Representa la pretensión de los sectores antidemocráticos, de los que van contra la democracia, de suplir las elecciones democráticas para elegir a los representantes, de respetar la separación de poderes y las libertades individuales, y sustituirles por ellos, los que de verdad representan pero sin someterse a las reglas de la democracia. Es una pretensión totalitaria. Y así se ha visto después. El Populismo de Podemos ya no dice ni puede decir que "no nos representan" sino que tiene que asumir que ellos solo representan a un 13% de los españoles aproximadamente. y el de Voz igual. El nacionalpopulismo de Trump tiene que asumir que ellos solo representan a un 45% de los estadounidenses y que un 50% están representados por otros, más numerosos y, para mi, mejores que ellos. Los populistas tiene que asumir que en democracia son una pequeña parte de los ciudadanos y no precisamente los mejores, sino los más egoístas, los más hipócritas, los más retorcidos y los que tienen mayor miseria moral, aunque siempre estén atacando moralmente a los demás, tirando la ética como si fuere un ladrillazo sobre los demás

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