X

La buena información es más valiosa que nunca | Suscríbete a infoLibre por sólo 1 los primeros 15 días

Buscador de la Hemeroteca
Regístrate
INICIAR SESIÓN
¿Olvidaste tu contraseña?
infolibre Periodismo libre e independiente
Secciones
Plaza Pública

Saeb Erekat y el proceso de paz en el Oriente Medio

Antonio Bar Cendón
Publicada el 10/11/2020 a las 22:14 Actualizada el 10/11/2020 a las 22:26

Saeb Erekat ha muerto, y con él, el proceso de paz iniciado en octubre de 1991, en Madrid, entre palestinos e israelíes. Saeb fue el símbolo mismo de ese proceso. En realidad, fue la representación icónica del pueblo palestino en el mismo, desde su aparición en la Conferencia de Madrid llevando una kuffiyeh –el tradicional pañuelo blanco y negro de los palestinos– sobre sus hombros. Dr. Saeb, como le llamaban sus conciudadanos, ha sido, durante todos estos años y desde entonces, la persona clave, el elemento insustituible de este proceso negociador.

Es verdad, sin embargo, que no siempre fue así. En Madrid, la delegación palestina formaba parte de una delegación conjunta con los jordanos –la OLP no había sido aún oficialmente reconocida como interlocutor válido por Israel– y, además, Erekat ocupaba la segunda posición, detrás del representante palestino, Dr. Haidar Abdul Shafi. Tras la Conferencia de Madrid y el reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP, las negociaciones se iniciaron en Washington en diciembre de aquel año. Sin embargo, terminaron encallando en 1992. Fue entonces cuando el primer ministro israelí, Yitzhak Rabin, y el presidente de la OLP, Yasser Arafat, decidieron autorizar un cauce secreto de negociación, promovido por el noruego, Terje Larsen. Las negociaciones tuvieron lugar en Oslo y culminaron en la denominada Declaración de Principios, que firmaron en los jardines de la Casa Blanca Rabin y Arafat, en septiembre de 1993, con el patrocinio del presidente Clinton (de aquí que el proceso de paz que entonces se iniciaba, fuese denominado proceso de Oslo). Pero Erakat no estuvo allí, fue marginado de esta vía de negociación. Sin embargo, la Declaración de Principios fijó las coordenadas del proceso negociador que se siguió a partir de aquel momento: “paz por territorios”. Es decir, entrega gradual de los territorios ocupados por Israel en las guerras de 1967 y 1973 a una autoridad autónoma palestina, en función del comportamiento palestino en el cumplimiento de su compromiso de mantener la paz y no atacar a Israel, y el establecimiento de unas negociaciones que deberían conducir al establecimiento final del Estado palestino (lo que entonces se denominó, en términos crípticos, el “status definitivo”).

Erekat no estaba muy conforme con el modo en como se había conducido esa negociación secreta y siempre rechazó el carácter gradual del proceso, entendiendo que el principio “paz por territorios” sólo tenía sentido y sería plenamente efectivo si se producía de golpe, en solo movimiento, y no de manera fraccionada y gradual. Sin embargo, fue plenamente leal con Arafat y participó activamente en todas las negociaciones llevadas a cabo entre la OLP e Israel, hasta el final de sus días. Inicialmente, su papel fue relativamente secundario, en la medida en que el gran jefe y coordinador de las negociaciones por el lado palestino fue Ahmed Qurei (Abu Ala), y que el encargado de las negociaciones económicas y con mayor visibilidad pública era Nabil Sha'ath. Sin embargo, fue precisamente ese papel inicialmente “secundario” de Erekat y el hecho de que se encargase de los aspectos políticos e institucionales del proceso, lo que le permitió ser verdaderamente decisivo en todo el proceso.

A pesar de las dificultades y de la desconfianza inicial –y, desde luego, a pesar de lo erróneo de la dinámica del proceso–, parecía que las piezas comenzaban a encajar. Así, las dos partes lograron articular, de común acuerdo, el diseño de un plan que, de haber sido cumplido en su integridad, podía haber terminado en el establecimiento de un Estado palestino. Pues, efectivamente, la primera parte del plan –la Declaración de Principios, Oslo I– se cumplió y la conclusión del segundo gran acuerdo –el Acuerdo Interino, o Oslo II– fue firmado también en los jardines de la Casa Blanca, en septiembre de 1995. En conjunto, el resultado de estos acuerdos significaba poner en manos palestinas la totalidad de la franja de Gaza (excepto los asentamientos israelíes entonces existentes) y los núcleos de población palestina más importantes de Cisjordania.

Y es aquí, en la formulación de este segundo acuerdo donde yo conocí personalmente a Saeb Erekat. Entonces, como el asesor jurídico enviado por la Unión Europea para colaborar en el proceso de establecimiento y elección de la autoridad palestina, tuve el honor y la satisfacción de poder trabajar con él estrechamente, desde febrero de 1994 y hasta poco después de la elección del presidente y del consejo legislativo palestinos en enero de 1996. Eso supuso acompañarle en la redacción de los aspectos institucionales del Acuerdo Interino y en las correspondientes y tediosas negociaciones de cada uno de sus términos con la delegación israelí. Nuestra amistad se consolidó y se mantuvo en el tiempo, a pesar de la distancia y de que la vida me llevó luego por otros derroteros bien diferentes.

Erekat, sin embargo, continuó allí y siguió participando en las siguientes y atormentadas fases de este proceso de paz. Yitzhak Rabin fue asesinado en noviembre de 1995 y Arafat murió también en noviembre, casi diez años más tarde, en 2004. En el medio, y también después, podría decirse que todos los males posibles se conjuraron para impedir que el proceso de paz siguiese adelante. Por un lado, el mal diseño del proceso hizo que no pudiese realizarse de manera adecuada el principio de “paz por territorios”: la violencia del terrorismo palestino, unida a la desconfianza israelí y a la progresiva ocupación de Cisjordania con ausentamientos israelíes, hizo que no hubiese paz y que los territorios nunca legasen a ser desocupados. La negociación no pudo centrarse desde el inicio en la creación del Estado palestino –fronteras, Jerusalén, refugiados, asentamientos, seguridad, cooperación económica, agua– y se perdió el tiempo en negociaciones inútiles sobre la etapa provisional –porcentajes de territorio a entregar, prisioneros, exigencias de reformas–. Y así fueron pasando inútilmente todos intentos de acuerdo. Cada presidente norteamericano trajo su propio plan bajo el brazo: Clinton, el proceso de Oslo y la conferencia de Camp David; Bush y su “visión” y la Conferencia de Annapolis; Barack Obama la “Vía Hilary Clinton” y la “Via Kerry”; y Donald Trump su grandilocuente “Deal of the Century”, o “Peace to Prosperity”.

Pero Erekat permaneció lealmente allí. Y poco después asumió él mismo la jefatura del equipo negociador palestino, tratando de desarrollar los parámetros principales de un proceso mal diseñado y peor realizado. Pero no podía hacer otra, sólo cabía la violencia –la vía Hamas– o la negociación. Y el optó siempre por la paz y la negociación. Después de todo, sobre eso mismo había hecho su tesis doctoral.

_________

Antonio Bar Cendón es catedrático de Derecho Constitucional y catedrático Jean Monet “ad personam” en la Universidad de Valencia.

Más contenidos sobre este tema




Lo más...
 
Opinión