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Azaña en Mountauban

Gutmaro Gómez Bravo
Publicada el 21/03/2021 a las 06:00

El pasado 15 de marzo se celebró una cumbre franco-española en Montauban, la localidad del sur de Francia donde descansan los restos del jefe de gobierno y presidente de la República, Manuel Azaña. Allí, como tantos otros de sus compatriotas, murió con miedo a ser detenido y repatriado a la España franquista, en la Francia vencida, ocupada y colaboracionista del Mariscal Pétain. De ahí que el homenaje de Estado que ambos países rindieron ante su tumba tenga un amplio calado y múltiples significados históricos. El primero debe ir dirigido a un colectivo tan grande y maltratado como el exilio y especialmente oculto como el que permaneció en Francia y el norte de Africa. Huían de la guerra y de una represión como la franquista que los convirtió en parias, en delincuentes comunes, dificultando su integración en una Francia dividida y polarizada social y políticamente, donde también fueron considerados indeseables, como los judíos y todas las minorías de apátridas de entreguerras.

El paso del tiempo y la huella de ese estigma, de ser tratados como criminales, tuvieron efectos devastadores sobre su imagen. La que se tenía de ellos pero también su propia percepción. La herida de la guerra, de la persecución y de la emigración, terminó marcando su vida y su propio carácter. Abrió un abismo insalvable, difícil de reparar por el anclaje y la normalización del franquismo en todos los niveles. Desde lo local, que les apartó de cualquier contacto con sus familias y vecindarios, a los que la sola correspondencia o un telegrama podía comprometer de forma grave, hasta el nivel jurídico, legal o consular, que mantuvo su exilio, su extrañamiento como parte de una necesaria asepsia impuesta a ambos lados de los Pirineos. Abismo que se tornó en acusación de abandono tras la muerte de Franco, de una generación que se extinguió viendo cómo la joven democracia española no los reivindicaba, no los ponía en el centro de la agenda de recuperación de derechos perdidos por los que ellos mismos tuvieron que exiliarse. La administración española, como había hecho en su día la francesa, les seguía sometiendo a un sinfín de trámites burocráticos en los que las marcas, los estigmas, reaparecían y volvían a hacerse visibles.

Víctimas de la guerra del exilio del ostracismo y de la amnesia que recorría Europa, llegaban al mismo destino que aquellos que habían salido de la cárcel en los años 50 y no tenían a nadie con quien hablar, nadie se les acercaba por miedo a ser identificados como uno de ellos. Compartieron con el exilio interior estación final y dirección única. El ciclo de horrores y extrañamientos que sufrieron simplemente los arrolló.

De ahí la importancia de un homenaje que supone, en segundo lugar, un cambio sustancial en el relato oficial de la historia de la resistencia francesa. Un mito fundacional del que, en buena medida, habían quedado largamente excluidos los españoles a pesar de su más que probada y documentada participación. Las palabras del presidente francés apuntaban en ese sentido: "no olvidaremos nunca a los numerosos republicanos españoles que se unieron a la Resistencia francesa y nos permitieron mantenernos libres". Buscaban eliminar esa marca que se instaló sobre los refugiados españoles y la emigración económica después, maltratada y considerada una excesiva carga económica que mantener para el Estado. El mismo estereotipo, los mismos mantras, que resuenan hoy y siempre sobre todos los migrantes.

Por eso fue, en tercer y último lugar, una ocasión para que el mundo viera los restos de una cultura política que, a pesar de las diferencias de la guerra, mantuvo la solidaridad humana por encima de cualquier otra cosa. Una cultura que fue capaz de dar alas al antifascismo mundial en sus momentos más duros, pero también tuvo que perseverar en el tiempo y ayudar, desde distintos rincones y de formas muy diversas, a personas desconocidas, solas, humilladas, perseguidas y olvidadas después de todo. El paso del tiempo fue difuminando los vínculos con su pasado, sus raíces se fueron quedando sin tierra y, aunque la cadena del conocimiento intergeneracional no se ha roto del todo, ha dejado de transmitirse de la manera que venía haciéndose de forma grupal. Montauban, que llegó a ser cárcel y sede de un tribunal militar que persiguió a aquellos extranjeros acusados de actividades subversivas en suelo francés, sigue siendo, como Toulouse y otros tantos lugares, el símbolo de esa cultura, más que de un programa o un ideal político, que llegó a significar mucho más de lo que hoy podemos llegar a imaginar.

______________

Gutmaro Gómez Bravo es profesor titular de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y director del Grupo de Investigación Complutense de la Guerra Civil y del Franquismo.

 

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11 Comentarios
  • Urdiales Urdiales 23/03/21 13:07

    Penosa la huida del gobierno de la República y más cuando creyendo estar a salvo, la invasión de Francia por un país aliado de Franco los dejó materialmente vendidos al odio falangista que los quería devolver a España para fusilarlos con un papel destacado de un tal Urraca, si Azaña se salvó de ser repatriado fué gracias a Lázaro Cárdenas presidente de Méjico que lo acogió bajo su pabellón y lo impidió. Yo echo de menos una bandera Mexicana en la tumba de Azaña, aparte de la suya propia de Izquierda Republicana

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  • Juango Juango 21/03/21 21:24

    Parte de las generaciones, que no vivimos la guerra pero si parte de sus consecuencias, hoy nos alegramos de estos reconocimientos a las personas que dieron su vida por la libertad de este país.
    Olvidados de casi todos, este país debe reflexionar sobre su historia para no repetirla.
    Sinceramente, tengo dudas de a donde vamos, viendo la permisibilidad que hay con los nostálgicos de aquellas barbaridades. Aún estamos a tiempo, con la ley en la mano de que así sea.
    Sres. gobernantes hagan su trabajo antes de sea demasiado tarde.

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  • Toreador Toreador 21/03/21 19:05

    Creo que con los exiliados de la guerra tenemos una deuda impagable ya que su lucha siguió allá donde llegaron. Los distintos gobiernos socialistas desde la instauración de la democracia han demostrado su cobardía, al no ofrecer un merecido homenaje a estos compatriotas que hubieron de huir perseguidos por los asesinos golpistas con sed de venganza y aniquilacion. Pero es nuestro deber como españoles no olvidarlos nunca. Salud y Republica.

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  • Edmundo Edmundo 21/03/21 13:40

    Muy buen artículo.

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  • estovamal estovamal 21/03/21 13:11

    Aun estando completamente de acuerdo, "es triste la ausencia de la tricolor", casi que me parece mejor, por aquello de que más vale ir despacio, pues llegaremos más lejos, como dijo alguien.
    Creo que lo verdaderamente importante, impensable hasta hace poco tiempo, es el hecho del homenaje de los dos presidentes, y sus breves pero elocuentes discursos.

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    • MASEGOSO MASEGOSO 21/03/21 21:14

      Nunca pierdas la esperanza.
      Los troles no estarían siempre ahí ni contarán  con un  sujeto como Aznar.
      Fe y paciencia es lo que reconforta y estimula la esperanza.
      Un saludo.

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    • estovamal estovamal 21/03/21 13:21

      Como se deduce facilmente, este comentario es respuesta al inicial de MASEGOSO.
      Disculpas.

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  • Radic Radic 21/03/21 09:19

    Debe escribirse MONTAUBAN.
    Está bien que sepamos inglés, pero no lo extendamos demasiado.

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  • alcornoque alcornoque 21/03/21 01:34

    Un homenaje de Estado que apenas ha tenido eco en los medios de comunicación españoles. El Jefe del Estado francés rindió homenaje a un ex-Jefe de Estado español enterrado en Francia, y el actual Jefe del Estado español estuvo ausente.

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  • MASEGOSO MASEGOSO 20/03/21 21:37

    Lo triste de esa cumbre franco-española fue la colocación de una bandera española roja y gualda sobre la tumba de un hombre que dio, sin lugar a duda alguna, su vida por aquella otra, tricolor y reconocida por todo el mundo como  enseña de libertad.
    Pedro Sánchez se columpió con la banderita.

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    • yosolo1 yosolo1 21/03/21 23:28

      Si alguno de los que aquí reivindica la bandera oficial de España durante la II República, en la tumba de Azaña en un acto oficial del Gobierno democrático y legal actual, es que no tiene ni idea de lo que pensaba Azaña de los símbolos, y lo que escribió sobre ellos. No le habría importado nada, siempre y cuando la bandera representase a un país democrático como es España actualmente (con sus fallos, claro que sí, pero como los tienen los otros 24 estados que les superan en las listas de estados democráticos del mundo), lo que le importaba era el fondo y no la forma.

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