Plaza Pública

La apuesta de la República por la educación

La proclamación de la II República en la Puerta del Sol de Madrid.

Álvaro Ribagorda | Leoncio López-Ocón Cabrera

El proyecto modernizador de la Segunda República tuvo entre sus principales objetivos una serie de reformas económicas, sociales, territoriales e institucionales, que pretendían democratizar el país y promover un gran avance de la sociedad española. Dentro de ese propósito, la apuesta por la educación fue una de las claves del proyecto republicano. Desde el primer momento se puso en marcha la reforma de la educación en todos sus niveles, con la promoción de pedagogías activas, la introducción de diversas innovaciones en las aulas, la creación de escuelas, la reforma de los planes de estudio o la implantación de la coeducación y la laicización.

La Constitución de 1931 declaró la cultura como una “atribución esencial del Estado” que se debía prestar “mediante instituciones educativas enlazadas por el sistema de la escuela unificada”, declarando la educación obligatoria, gratuita, mixta, laica y basada en los “ideales de solidaridad humana”.

En 1931 había alrededor de 32.000 escuelas –a veces sólo aulas– en una España donde el analfabetismo afectaba al 40% de la población, con un millón de niños sin escolarizar. Se estimó que sería necesario entonces construir 27.000 escuelas en cinco años, y en un contexto de fuerte crisis económica se llegaron a abrir más de 13.000 en el primer bienio bajo el mandato de Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos. También los institutos de bachillerato fueron reforzados y ampliados, y en 1934 se aprobó un nuevo plan de estudios diseñado por el ministro Filiberto Villalobos. Se implementaron cosas esenciales como la educación física, la enseñanza de lenguas modernas o la utilización de instrumentos técnicos para el desarrollo de las materias experimentales. Se desarrolló la inspección de enseñanza como vehículo de modernización, y se crearon además miles de pequeñas bibliotecas.

Se extendieron en las aulas numerosas innovaciones pedagógicas de toda índole, para fomentar el desarrollo de las metodologías activas, con pedagogías bien contrastadas desde hacía décadas en países avanzados, y que llevaban tiempo experimentándose en centros como la Institución Libre de Enseñanza o el Instituto-Escuela. Es bien conocido el caso del maestro Antonio Benaiges, que en la pequeña localidad de Bañuelos de Bureba montó una escuela en lo que antes era una cuadra, y trató de estimular en los niños el amor por las cosas bien hechas imprimiendo pequeños cuadernos con las tareas y reflexiones de estos.

Se ha dicho –y con razón– que las maestras y maestros fueron el escudo de la República, porque en sus manos estaban buena parte de las bases para el desarrollo económico y social del país, y la creación de una ciudadanía inspirada en los valores democráticos. Los maestros fueron una de las claves del cambio. Se mejoró la formación de los mismos creando los estudios de pedagogía dentro de las universidades, se dieron cursillos intensivos y se hicieron prácticas, se dignificó la profesión con sueldos apropiados –acabando con el dicho de “pasar más hambre que un maestro de escuela”– y revistiendo de autoridad su figura.

La pedagoga María Sánchez Arbós decía que la acción más revolucionaria de la República se produjo el día en que se derribaron los tabiques que separaban a niños y niñas en las escuelas, porque si una sociedad aspira a que hombres y mujeres convivan juntos en respeto, armonía e igualdad, deben recibir una misma educación y acostumbrarse a convivir desde la infancia, acabando así con la discriminación y sojuzgamiento al que habían vivido sometidas hasta entonces las mujeres.

Otras acciones fueron menos acertadas, como la prohibición de ejercer la enseñanza a las órdenes religiosas, mal enfocada y peor aceptada, si bien en la práctica apenas llegó a aplicarse salvo en el caso de los colegios jesuitas. Azaña insistió en que el objetivo de esa medida era elevar el nivel de la enseñanza apartando de ella a los religiosos que la ejercían sin la preparación necesaria, limitando el intrusismo docente y estableciendo la voluntariedad de la enseñanza religiosa, pero es cierto que fue una medida impopular, y se podría haber actuado con mayor tacto.

La Segunda República hizo también una interesante apuesta por la renovación de las universidades. Tradicionalmente asociadas a la formación de las élites para la administración del Estado y algunas profesiones más técnicas, el mundo universitario estaba comenzando a transitar ya hacia lo que después sería la universidad de masas. La autonomía universitaria, democratización de los claustros, la introducción de la actividad investigadora, los laboratorios científicos y los seminarios de investigación, la creación de nuevas titulaciones, la renovación de los planes de estudio, o la creciente presencia de las mujeres no sólo en las aulas, sino también ya entre el profesorado, fueron algunas de las bases del cambio.

Fernando de los Ríos redactó una ley de bases para la reforma universitaria que no llegó a materializarse, pero experiencias piloto como la autonomía de la Universidad de Barcelona, el plan Morente de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, la realización de varios cruceros universitarios –exponente máximo de las excursiones escolares–, o la finalización y puesta en servicio de un gran campus en la Ciudad Universitaria de Madrid avanzaban ya un nuevo modelo de educación superior en España. En el nuevo campus madrileño la experiencia universitaria pretendía ir más allá de las clases, fomentando la vida universitaria en una gran ciudad jardín, con nuevas metodologías docentes, campos de deporte, comedores, e incluso la puesta en marcha de una red de colegios universitarios para la extensión del modelo tutorial británico implementado por la Residencia de Estudiantes.

Aquellos estudiantes comenzaron a formarse en una universidad investigadora, abierta y democrática, y fueron muchos de aquellos universitarios quienes dieron vida a dos de los proyectos más emblemáticos de la cultura republicana: el teatro universitario de La Barraca, dirigido por Lorca y Ugarte, y las actividades de las Misiones Pedagógicas –presididas por Cossío–, que trataron de llevar la educación y la cultura a los pueblos más olvidados de España a través del teatro, el cine, la música, las bibliotecas o el acompañamiento a la labor del maestro rural. Las Misiones Pedagógicas acercaron incluso el Museo de Prado a la España rural, a través de buenas reproducciones de grandes obras, porque se consideraba que la cultura era un derecho esencial, y el acceso a los grandes tesoros artísticos también era un derecho de los españoles que vivían en los lugares más apartados.

La presencia constante en la prensa y la radio de noticias sobre la vida cultural y científica, con secciones pedagógicas destinadas a la divulgación en públicos muy amplios, así como el auge de las universidades populares, evidencian una importante sed de conocimiento entre las clases medias y las capas populares de la sociedad española que la República se esforzó en alimentar.

Todas estas acciones –con sus aciertos, limitaciones y errores– supusieron una decidida apuesta por el conocimiento en todas sus dimensiones y magnitudes, tomando como una de sus principales referencias las reformas implementadas unas décadas antes por la III República Francesa. En un contexto de crisis económica y convulsiones políticas internacionales, esa apuesta fue esencial para el espíritu reformista del 14 de abril, que trató de construir una nación que asentase en la educación y el conocimiento las bases del progreso económico y social, y la construcción de un modelo avanzado de ciudadanía que la Segunda República aspiraba a desarrollar como base para la construcción de una sociedad democrática duradera en España.

Debajo de esas acciones latía el espíritu que reflejaba con gran viveza el maestro de la película La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda, cuando explicaba que, si conseguían que “una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad”. Parece que así lo entendieron también sus enemigos.

En el verano de 1936, el maestro Antonio Benaiges organizó para los niños de su colegio en un pequeño pueblo de la provincia de Burgos un viaje para enseñarles el mar. No pudo ser.

Unos días después del 18 de julio, al maestro que interpretaba Fernando Fernán Gómez le apedrearon entre insultos en medio del pueblo, subido a un camión donde los sublevados se lo llevaron para fusilarle. En Bañuelos de Bureba el maestro que prometió el mar fue torturado, y su rostro ensangrentado paseado para aleccionar a la gente del pueblo antes de asesinarle. Gran parte de las maestras y maestros republicanos corrieron igual suerte en la zona sublevada. Los militares y los falangistas sabían bien lo que hacían. La gente que piensa, y los que enseñan a otros a pensar por su cuenta, son siempre peligrosos.

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Álvaro Ribagorda es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid; Leoncio López-Ocón Cabrera es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; Ambos dirigen el proyecto de investigación “Desafíos educativos y científicos de la Segunda República 1931-1936”

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