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España se merecía a Napoleón, pero se tuvo que conformar con Espartero

Nicolás Bas Martín
Publicada el 15/05/2021 a las 06:00

Con esas palabras lamentaba el novelista Víctor Hugo en su Voyage aux Pyrénées el destino del pueblo español. Dos siglos después, y en medio de las conmemoraciones del Bicentenario de Napoleón y del Abate Marchena, insigne afrancesado español, y uno de los intelectuales más comprometidos políticamente con la causa de la Revolución Francesa, no está de más recordar lo que nos perdimos.

Le faltó a España la herencia intelectual de la Revolución Francesa, de la que la Francia napoleónica era fiel continuadora, y que hizo de la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert el motor de transformación cultural y social de la Europa del siglo XVIII. Por entonces, y como señalara Marc Fumaroli, Europa hablaba francés, y París se convirtió en la moderna Atenas. Todo el mundo quería conocer de primera mano lo que allí acontecía, codearse con los principales filósofos, asistir a sus salones, a sus tertulias, a sus gabinetes científicos. Pero no todos comulgaron con aquel París culturalmente efervescente. El edén de unos se convirtió en él infierno de otros, caso de España, que vio en la ciudad de las Luces un peligro ideológico en potencia.

De ello fue testigo José Marchena y Ruiz de Cueto, afrancesado y ateo convencido, quien, víctima de la Inquisición y del despotismo religioso y civil de su país, huyó a Francia buscando la libertad. La publicación ahora de su Obra francesa (Pamplona, ed. Laetoli, 2021) nos permite entender un poco más la historia de España, incapaz de hacer de la cultura el elemento transformador del país. El caso de Marchena no fue una excepción; los Olavide, Meléndez Valdés, Goya, o la condesa de Gálvez, sufrieron en sus propias carnes el delito de ser afrancesados, y, por ende, modernos, lo que les convirtió en una amenaza más que en una oportunidad.

Y es que sin Filosofía, la mejor arma para acabar con la superstición y la ignorancia, era imposible cambiar el rumbo de nuestra historia. Marchena predicó con el ejemplo, dejándonos escritos filosófico-políticos publicados en los principales periódicos franceses, como Le Spectateur français. Se codeó con lo más granado de la política francesa Condorcet, Brissot y Mirabeau, el mejor orador de la Asamblea Nacional. Leyó y tradujo a los mejores filósofos Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Helvetius y adoptó el pensamiento religioso de Spinoza. Y de todo ello salieron escritos que tuvieron un enorme eco en la opinión pública del momento, siendo una de las voces más autorizadas del republicanismo demócrata. Mientras tanto, su país, España, se permitía el lujo de prescindir de él, pensando que con ello avanzaba en la senda de la modernidad, con la connivencia de la Santa Inquisición, y lo que es peor, con la complicidad de instituciones que debían velar por la libertad de pensamiento, como la Real Academia Española o la Real Academia de la Historia.

Así, mientras la Ilustración hacía de Francia el país de las Luces, España se convertía en un país a medias luces, como lo calificó el hispanista francés François López. Aquí se instrumentalizó la cultura para ponerla al servicio de la fe, pero no se quiso hacer de ella una razón de Estado. Miopía de muchas dioptrías que todavía estamos pagando. De ahí que genere sana envidia escuchar al ministro francés de Finanzas, Bruno Le Maire, hacer de la lectura un instrumento al servicio de la libertad, vital para la adquisición de un espíritu crítico cada vez más necesario en un entorno progresivamente más digitalizado. O que haya logrado formar una extraordinaria biblioteca de libros napoleónicos un ex ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Dominique de Villepin, cuyo discurso en Naciones Unidas en contra de la guerra de Irak marcó un hito en las intervenciones en el seno de la Organización.

Pero todo eso no nace por generación espontánea; es la fiel herencia de un pasado, el de la Revolución Francesa y la Francia napoleónica, que hizo de la cultura el leitmotiv de la nación. Mientras tanto, en la España de fines del XVIII y comienzos del XIX, el vecino del norte seguía viéndose como una amenaza cultural. Es muy posible que pensaran eso también muchos de nuestros mejores ilustrados, que jamás pusieron un pie en París. Algo que sí hicieron personajes como Hume, Adam Smith, Sterne, Beccaria, Jefferson, Franklin, o Humboldt, entre otros, lo que redundó en beneficio de sus propios países. Nuestra ceguera, sin embargo, fue más allá y una de nuestras glorias nacionales, don Marcelino Menéndez y Pelayo, se encargó en su Historia de los heterodoxos españoles de incluir a todos los afrancesados en tan honrosa lista, entre ellos, ¡cómo no!, a Marchena, que merecía, en palabras del sabio santanderino, la damnatio memoriae, es decir, el olvido.

Napoleón no fue, desde luego, un gobernante modélico, pero supo difundir el legado intelectual de la Revolución Francesa. Sus campañas militares en Egipto, en las que siempre iba acompañado de una biblioteca portátil de centenares de títulos, no le impidieron llevarse consigo a casi doscientos científicos que descubrieron culturalmente el país, y nos dejaron algunos de los mejores libros de viajes sobre ese territorio. Valgan los Voyages en Basse et Haute Egypte de Vivant Denon o la fabulosa Description de l’Egypte, obra cumbre de la egiptología moderna y del orientalismo francés. Tal pasión por la cultura se puso de manifiesto durante sus últimos años de exilio en Santa Elena, donde alimentó su alma gracias a los muchos libros que desde Londres le envió una entusiasta hispanista inglesa, Lady Holland, quien, junto a su marido, hizo de Holland House su residencia, el centro de acogida de los liberales españoles.

Mientras tanto en España el felón Fernando VII, que jamás debió de leer un libro, expulsaba del país a todos aquellos que pensaban “a la francesa”. Esta circunstancia lamentablemente nos alejó una vez más de Europa, y nos encerró en nosotros mismos, alimentando así los tópicos y estereotipos de los viajeros que nos visitaban. Eran los inicios de un largo siglo XIX atestado de guerras, pronunciamientos y batallas políticas, en el que la cultura oficial seguía marcada por la ortodoxia y cualquier disidencia llevaba implícito el olvido o el exilio.

Cuando ha transcurrido ya casi un cuarto del siglo XXI, y la pandemia del coronavirus que nos azota de manera inmisericorde afecta especialmente al sector cultural, es un buen momento para echar la vista atrás y revisitar los valores intelectuales de la Revolución Francesa, de la Francia napoleónica, y de personajes como Marchena. No podemos demorar más el hacer de la cultura el eje de nuestro progreso como país. Y qué mejor manera que volver de nuevo a Víctor Hugo para retomar su discurso de 1848 ante la Asamblea constituyente, cuando criticó duramente los recortes a la financiación cultural, y afirmó que es precisamente en épocas de crisis cuando es más necesario duplicar los fondos destinados a la cultura con el fin de evitar que la sociedad caiga en el abismo de la ignorancia. Tomemos buena nota de ello y hagamos de esta crisis que nos asola una oportunidad.

___________________

Nicolás Bas Martín es profesor titular del Departamento de Historia de la Ciencia y Documentación de la Universidad de Valencia

 

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20 Comentarios
  • Coronel Dax Coronel Dax 16/05/21 22:42

    A mí se me hace difícil ver los ideales de la Revolución francesa en Napoleón, que se hizo coronar emperador y que nos puso a su hermano como rey, en un supremo acto de nepotismo, e intentó separar a Cataluña. Curiosas formas de defender los principios republicanos. Lo cual no es óbice para que opinemos que lo que había aquí era peor. Pero me cuesta entender a los intelectuales afrancesados. No todos los “progresistas” lo eran.

    Es cierto que Francia era “lo cool” en aquella época y que, por ejemplo, Suchet, como alcalde de Valencia hizo más por la ciudad, en el poco tiempo en el que estuvo, que todo el resto de alcaldes del siglo anterior. Pero tampoco olvido que el mismo Suchet regresó formando parte de los reaccionarios 100.000 hijos de San Luis.

    Un saludo.

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  • Andrew Andrew 15/05/21 17:13

    Cuanta falta hace la pedagogía de nuestra historia,tan desconocida por las mayorías. Buen artículo.

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  • elcapitantan elcapitantan 15/05/21 17:03

    En la España actual, casi el 50% de los ciudadanos proclama "con orgullo" no haber leido un libro en su vida. Ni siquiera de cocina.
    Pues eso.

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  • elcapitantan elcapitantan 15/05/21 16:57

    Y aqui seguimos.
    Con la mitad de los madrileños recien enganchados sus cuerpos y mentes a la carroza de "la nueva" Fernando VII para tirar de ella al grito de ¡Vivan las caenas!
    y llevarla hasta el palacio.
    Y aun hay quien piensa que no son ignorantes.

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  • Grobledam Grobledam 15/05/21 12:13

    Todo lo expuesto en el artículo es cierto; aunque el tinte maniqueo del mismo desmerece su contenido.
    Contenido, por cierto, parcial e incompleto.
    Siempre se nos olvida la otra España, la que estudió en Universidades que con sus barcos extendió el pensamiento científico (y las Universidades) por todo el Globo(1a Globalización). A los barcos, sus capitanes, sus maestres, sus pilotos y los cartógrafos, arquitectos navales, ingenieros y demás no los iluminaba la fe, si no el conocimiento científico. Y ello un par de siglos antes de la Ilustración, cuyos ilustrados no nacieron de la nada, si no que obviamente fueron producto de lo que "otros" -que nunca se citan- iniciaron.
    Siempre se nos olvida la otra España, la que peleó con uñas y dientes a través de los siglos contra la carcundia que describe el artículo y que nunca recibió el apoyo de la Europa "ilustrada" (o no). Más bien al contrario. Desde los "Cien mil Hijos de San Luis" hasta la Wehrmacht nazi y las tropas fascistas italianas, pasando por la sistemática deslealtad, boicot y agresividad de los otros Estados-Nación europeos que se formaron en la rapiña de la caída del Imperio Español, - No confundir con la actual España -, fenómeno éste que sigue lastrando la visión de la realidad de este país con una interpretación sesgada y maniquea de una memoria que parece olvidarse para el resto de países que disfrutan de un pasado virtuoso y magnífico (pa'reir x no llorar). ¿Qué hubiera sucedido sin esa triste y sistemática traición?. Yo lo tengo claro: "no hubieran pasado"; pero la historia no se puede cambiar; aunque sí recordar y describir....como fue..., con sus claroscuros de todos y para todos.

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    • Androide paranoide Androide paranoide 15/05/21 16:44

      Muy acertado su comentario, que no ha gustado a esos dos negativos, que ya podemos imaginar de quienes son.
      Un saludo.

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      • Grobledam Grobledam 16/05/21 11:04

        Quizás alguno de los negativos considere que los del "no pasarán", los de l y II Repúblicas, las Cortes de Cádiz, los liberales de Riego o los ilustrados de la Desamortización no eran españoles.

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  • Matoaro Matoaro 15/05/21 12:09

    Tal cual. Eso exactamente es lo que explica nuestra historia contemporánea, ese lastre que arrastramos penosamente, a la vista en tantos retrasos culturales, científicos y sobre todo políticos. En estas derechas impresentables herederas de Fernando VII, seguramente la peor desgracia que ha padecido este país.


    Gracias por este texto.

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  • mjoa mjoa 15/05/21 11:07

    Totalmente de acuerdo, muy bien expresado

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  • MIglesias MIglesias 15/05/21 10:47

    Se nos olvida que Napoleón fue un tirano que traicionó a la Revolución Francesa y se nombró emperador y que su idea de transmitir la cultura era invadir y masacrar, no entiendo esa reivindicación de su figura, se puede reivindicar la Ilustración y explicar nuestro atraso sin recurrir a ella.

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  • MIglesias MIglesias 15/05/21 10:18

    Hablando de Espartero y como es San Isidro:
    https://videomusicalis.com/es/component/melomania/video/2058-la-gran-via-chotis-del-eliseo?Itemid=&filter_categoria=343

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  • Dublin Dublin 15/05/21 10:05

    El objetivo de los que ostentan el poder en España, siempre ha sido tener súbditos, calladitos, obedientes, pero sobre todo ignorantes.

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