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Francisco Brines, pulsión de vida

Publicada el 21/05/2021 a las 12:03 Actualizada el 21/05/2021 a las 12:55

Con Francisco Brines ha desaparecido una voz y una mirada única mediterránea en la tradición de los poetas clásicos grecolatinos. Su indudable magisterio a través de la poesía se ha reforzado a través de la amistad, pilar también de su obra, en la estela epicúrea de los placeres y la lealtad. Su cordialidad, elegancia y amabilidad lo distinguían. Independiente, era cariñoso y cómplice a un tiempo. Nunca le interesó mezclar arte con política, decantándose por una indagación rigurosa en la intimidad. Conocía los entresijos de los sentimientos, y desde la sabiduría y el privilegio que le otorgaron su pertenencia a una familia privilegiada, hijo de terratenientes que siempre le apoyaron, pudo adentrarse en la complejidad de las relaciones humanas, desde el trato afable de quien le gusta compartir un vaso de vino y una sabrosa conversación sobre cualquier tema, aunque con él preferentemente siempre se acababa orbitando sobre la palabra poética. Miró el poder de reojo, con cierta desconfianza aunque sin desdeños, pues no era una persona arisca, ni mucho menos de difícil trato, pero prefirió la amistad, que cultivaba con esmero, y los placeres inferiores, inclinándose por la clandestinidad del amor furtivo, que alternaba con la contemplación que proporciona la soledad, y siempre llevó a gala su condición de poeta, que fue lo que le determinó desde joven. Noctámbulo confeso y meditabundo melancólico, en Francisco Brines toman cuerpo varias escuelas filosóficas célebres de la Antigüedad, desde el citado epicureísmo, el hedonismo en su esplendor sensorial y, en su última etapa, el estoicismo de estirpe senequista. Nuestro poeta conocía con profundidad lo que significaba cada una de estas escuelas, y vivió a caballo entre Madrid y Valencia, retirándose ya en la senectud a su finca de Oliva, en la partida de Elca, donde recibía numerosas visitas.

Francisco Brines es uno de los poetas más importantes de la literatura española contemporánea por múltiples razones. Sin duda que su apuesta por una lírica alejada de las modas pudiera ser uno de sus baluartes. Nunca entendió el género como una coyuntura, una oportunidad o un reclamo. Tampoco como una necesidad ocasional, ya sea por razones colectivas, por nobles que fueran, o por imperativos individuales, evitando soluciones terapéuticas. La poesía no es un desahogo. Antes bien, ofrece a los lectores una lección de otredad y solidaridad inigualable e intransferible. Brines repetía a menudo que la experiencia que proporciona la poesía nos abre al mundo, no que nos haga mejores personas, pues él no era ningún ingenuo, pero sí que amplía nuestras perspectivas. Insistía en el ejercicio ético que supone abrirse al otro, olvidarse de sí mismo por un momento, borrando nuestra identidad, con lo que eso significa en este gran teatro del mundo, feria de vanidades y exaltación del yo y, más incluso, del ego, para centrarse en el tú y lo que representa la alteridad. Era un fervoroso defensor de la poesía como descubrimiento. Ponerse en el lugar del otro, en suma, es un acto de generosidad, y hasta ahí el poeta convino en que la poesía nos pone delante de unos valores que, si no universales, sí desde luego culturales, hace falta seguir reivindicando. La justicia, por tanto, forma parte de las intrínsecas y legítimas aspiraciones del hombre, entroncando con la conciencia ética y estética que nos define. O sea, con el deslumbramiento de la poesía. En Francisco Brines el binomio ética-estética se invierte, pues la estética genera a la ética, y no al revés, como usualmente se suele considerar. Dicho de otro modo: la búsqueda incansable de la belleza, esté donde esté, conlleva inequívocamente conocerse a sí mismo, conectando con el imperativo délfico.

Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda fueron sus dos puntales más queridos, y a ellos dedica su libro quizá más hermoso, extenso y ambicioso, El otoño de las rosas (1986). Su poesía completa hasta la fecha, Ensayo de una despedida (1960-1997), recientemente reeditada en 2020 –tras la concesión del Premio Cervantes, que fue una gran alegría, a modo de broche o colofón–, se cerrará con el poemario Donde muere la muerte, que verá la luz de manera póstuma, pues esa fue su voluntad, y que dejó preparado a lo largo de las últimas décadas. En el Nobel de Moguer y en Cernuda vio la rebeldía poética de quien se reafirma a sí mismo a pesar del mundo, en coherencia con sus ideas, y a veces a pesar de ellas, pero siempre como una respuesta desde la dignidad.

En Brines no hay metafísicas ni fantasmagorías, sí materialidad y carnalidad a través de los poros de la piel del poema, es decir, composición sensible hecha de palabras. La poesía no es una entelequia o dogma de fe, tampoco realismo, sí realidad emocional a través de un texto. Un poema no debe recrear emociones, sí crearlas. Un poema no debe transitar por sentimientos ya vividos por otros, sino que sirve como cauce para explorar territorios emocionales desconocidos. No hay ninguna verdad anterior al texto. La poesía es un lugar de partida, nunca de llegada. Un poema no debe reproducir la realidad; en cambio, un poema es una realidad inimitable en sí y posee la capacidad de convertirnos en otras personas después de leerlo, porque su catarsis nos punza, atravesándonos de parte a parte, produciéndonos un cambio emocional, desde las palabras que se encarnan. Buena parte de su obra respira pasión por los cuerpos, la única verdad de los sentidos, y la sensualidad y el erotismo tantas veces elegantemente sugerido, el deseo y la pasión de quien vibra con cada momento como si fuera el último, presiden sus versos. La pulsión de vida, sin embargo, es también pulsión de muerte, en una dialéctica erotanática que combina sus ganas de existir con la reflexión sobre la permanencia. Ser y estar en la poesía como en la vida. El sesgo meditativo de la brillante trayectoria lírica de Francisco Brines no se encuentra exento de esa sensación horaciana por la que Mors ultima linea rerum est, "la muerte es el último límite de las cosas", aunque precisamente por eso, a través de sus poesías, nos vemos más espoleados que nunca a entender el carpe diem, a gozar y a apurar lo que queda de la copa.

Paco –pues así le llamábamos los amigos– se nos ha ido con 89 años y, aunque es cierto que ya llevaba bastante tiempo con la salud delicada, ahora lo vemos instalado, ya definitivamente, en el Parnaso de nuestras letras. Un poeta inolvidable. Tal vez eso nos consuele.

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Juan Carlos Abril es poeta y profesor de Literatura. Autor de Panorama para leer. Un diagnóstico de la poesía española (Bartleby, 2020), y de numerosas obras de crítica poética.

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1 Comentarios
  • jvrgimeno jvrgimeno 22/05/21 20:40

    Vives ya en la estación del tiempo rezagado:
    lo has llamado el otoño de las rosas.
    Aspíralas y enciéndete. Y escucha
    cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

    Francisco Brines. El otoño de las rosas.

    In memoriam

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