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Memoria para la concordia

Gutmaro Gómez Bravo
Publicada el 13/07/2021 a las 06:00 Actualizada el 13/07/2021 a las 13:03

La memoria se ha convertido en un arma de la guerra cultural. Aquel permanente "deber de memoria", establecido como consenso en la posguerra europea, aparece ahora como una “amenaza para la paz”, tal y como lo ha definido recientemente el grupo de Conservadores y Reformistas del Parlamento Europeo. Hasta el momento existía otro planteamiento distinto entre liberales y conservadores; crítico con determinados usos y abusos de la memoria pero propositivo y tendente a la concordia. De hecho ese era el núcleo de la propuesta que debía funcionar como barrera ante la tentación o deriva revanchista.

En los últimos años se ha establecido una relación, muchas veces abusiva, entre "historia" y "memoria". La memoria constituye la versión dominante para designar el pasado, atribuyéndole un espacio que nunca ha quedado definido. Salvo en aquellos casos en que se ha convertido en un componente más de la lista de elementos negacionistas, ninguna de las formulaciones de memoria recientes (histórica, democrática o de concordia), han discutido la conveniencia de establecer políticas públicas en sociedades con un pasado traumático. La disputa en el caso español sigue estando en la reinterpretación de sus causas y efectos, a menudo confundidas y entremezcladas, y en poner en la balanza, al mismo tiempo, los pasos dados para su superación. La Transición, claro está, pero los ejemplos en disputa se han ido extendiendo hacia atrás. Existen, a pesar de todo, razones para el optimismo, teniendo en cuenta que ambas acepciones de memoria comparten la necesidad del propio reconocimiento del campo de las víctimas. Ese criterio obliga a hacer un esfuerzo para convencer a los que no piensan como nosotros, y, sobre todo, obliga a hacer pedagogía, profunda y didáctica, porque va dirigido a las generaciones futuras.

Hay que poner en valor los acuerdos a los que se llega todos los días en política municipal y autonómica, entre muchas administraciones distintas, sobre estas y otras cuestiones enfrentadas ideológica y culturalmente. Eso ha permitido conocer, desenterrar, exhumar, recordar, reconocer a todas las víctimas, las ocultas y las utilizadas durante décadas en comunidades enfrentadas, dejando al descubierto a sus perpetradores, tanto materiales como intelectuales. Este último punto es también esencial para salir del camino embarrado de mitos, símbolos e identidades excluyentes. Necesitamos promover y avanzar en la normalización de un debate entre la historia, la memoria y las ciencias sociales que no ha sido abordado con la tranquilidad y la objetividad necesarias. A ello puede contribuir la definición y conceptualización de la memoria, a través de la ampliación del concepto de víctima. Un nexo que ha forjado un planteamiento, entre pasado y presente, como forma de intervención frente a la polarización o a la exclusión del diálogo.

La construcción de una memoria colectiva ha sido el gran reto que la sociedad y los poderes públicos han intentado afrontar a lo largo de un tiempo muy convulso, que ha movido los cimientos de la identidad colectiva asentada, todavía, sobre los pilares de movilización tradicional. Una confrontación que ha renovado la visión del pasado al tiempo que ha cambiado las formas de percepción colectiva. La historia ha jugado un papel muy importante en esta tarea, a través de un difícil proceso de construcción en el que se ha establecido un complejo equilibrio entre la memoria de los protagonistas de estos acontecimientos y la de aquellos que, aunque no la han vivido, se nutren de un pasado que marca su presente. Partiendo de la capacidad por la que se recuerda, Halbwachs definió tres tipos de memoria. El primero, la memoria individual, el pasado que cada uno percibe o recuerda, está claramente condicionada por los diversos aspectos sociales y culturales que nos rodean, por los contextos, lenguajes y marcos sociales que componen las memorias personales. El segundo tipo, la memoria colectiva, representa el pasado de forma resumida y esquemática. Esta memoria es la común entre los grupos sociales y puede ser la memoria mantenida en una familia determinada, por ejemplo, en los partidos políticos o en las personas de un pueblo o localidad. Por último, la memoria oficial, compone un tipo de memoria colectiva que se realiza desde los ámbitos de poder para aglutinar a los ciudadanos bajo un manto común, a través de una identidad integradora o unificadora. La construcción de esta última memoria es la que ha generado múltiples problemas, ya que choca con el desarrollo de cada memoria individual y colectiva, que a su vez pugna por hacer oficial su percepción del pasado.

A través de estas y otras interacciones que se suceden a lo largo del tiempo, todas las memorias tienden a mostrarse como necesarias para justificar o explicar el presente de ese colectivo o grupo social y proyectar, del mismo modo, su identidad futura. Se trata de crear una identidad colectiva donde el grupo se vea asimismo representado. Esta operación simbólica, aparentemente sencilla, obliga a seleccionar aquello que debemos recordar y clasificar: qué acontecimientos del pasado son los más idóneos para poder entender nuestro presente de cara al futuro. Esta sería la función más clara de la memoria oficial; el problema estriba en el papel de los agentes que intervienen sobre ella. La construcción del relato, del discurso legitimador, ya no se activa exclusivamente desde el Estado, sino desde múltiples instancias de poder y de intereses contrapuestos que coexisten en la sociedad actual.

Esta visión clásica de la definición y funcionalidad integradora de la memoria ha sido matizada y reelaborada básicamente en dos direcciones: el conflicto (memorias traumáticas) y el componente temporal (memoria generacional). La memoria oficial nace tras un conflicto social o político y la primera reacción a este suceso traumático es el olvido o el silencio. Tras este conflicto político o social, es necesario un período de tiempo que permita comenzar a rememorar lo ocurrido para, posteriormente, reelaborar un pasado dirigido de nuevo al presente. El olvido es el primer paso en este camino hacia la conformación de un relato útil. Es el que permite afrontar el presente, un presente marcado por la conciencia de lo que ocurre en ese momento y la propia vivencia del pasado. En determinados acontecimientos traumáticos, esta vivencia del pasado no permitiría vivir el presente si no fuera por el olvido, facilitando la acción de descomponer recuerdos y experiencias traumáticas.

El modelo paradigmático de estas fases está construido sobre las formas del olvido que se extendieron por Europa tras la Segunda Guerra Mundial, no solo a través de la memoria oficial sino, sobre todo, en la colectiva. El más conocido es el ejemplo de Francia a través de los denominados “lugares de memoria” y su utilización y selección de los acontecimientos históricos para la creación de una identidad colectiva o nacional. En la misma línea se acuñó el término síndrome de Vichy para denominar el olvido que este país había extendido sobre su pasado colaboracionista con la Alemania nazi. Un problema que no fue exclusivo de la Francia de posguerra. Las obras de Primo Lévi, superviviente de Auswichtz, no se editaron ni distribuyeron de manera generalizada en Italia hasta los años 60 por el rechazo de la propia sociedad a aceptar este capítulo de su historia reciente. Y en el ámbito oficial del sistema educativo alemán, la historia que se estudiaba durante los años 50 solo llegaba al siglo XIX, obviando la historia del nazismo y de la “solución final”.

Una situación que en España ha mantenido unas características especiales por la larga duración de la dictadura y por su especial énfasis en su legitimación histórica. Situación que ha trascendido, en parte, hasta nuestros días y sigue siendo palpable, por ejemplo, en el tratamiento que recibe la propia Guerra Civil en el sistema educativo. España ha pasado por todas esas fases, con notables diferencias, pero con una fuerte oscilación entre la memoria y la desmemoria que ha durado demasiado tiempo, precisamente, el tiempo, la materia que constituye la historia. Los recuerdos son personales y propios, pero nos jugamos un imaginario colectivo que puede y debe tener conflictos, porque serán síntoma de su reelaboración, pero nunca uno cerrado, involucionado por efecto del miedo y las amenazas sobre un pasado manipulado.

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Gutmaro Gómez Bravo es historiador y profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

 

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1 Comentarios
  • MASEGOSO MASEGOSO 13/07/21 10:06

    La idea de que tiempo lo borra todo fracasa en nuestro concepto de lo vivido en la GC 1936/39 y, por mucho que se quiera, ni con los 38 años de dictadura ni con los 44 de democracia se olvidará que lo sufrido fue un holocausto que trató de eliminar a una gran parte de la ciudadanía española republicana. Eso está, no solo en la memoria individual, colectivamente con el conocimiento de los hechos y de sus autores al ser una forma de eliminar con odio al que no pensaba igual.
    Esa actitud sigue en vigor y  explicita, a diario, en cualquier medio de comunicación. Aún se sigue discriminando, desde la élite económica, a los desheredados de la fortuna a pesar de ser utilizados en las urnas por quienes les pisotean.

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