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El discreto encanto de lo fluido: nosotros, los victorianos y los hijos de la teoría queer

Publicada el 28/07/2021 a las 06:00 Actualizada el 04/08/2021 a las 12:59

Todo lo que sucede ya ha sucedido antes. Los Tres ensayos sobre teoría sexual, una de las propuestas más radicales y sistemáticas sobre cómo funcionan nuestras mentes, fueron publicados en 1905. Era obvio para sus coetáneos que había dos sexos (sin duda con “anomalías”, pecaminosas, antinaturales o ilegales) y que cierta configuración de la relación entre sexo y género tenía la aquiscencia tácita de la madre naturaleza. Esta idea, que todavía hoy resulta igualmente obvia para muchos, simplemente no tenía detractores en aquellos años. Tampoco la tenía, como el propio Freud reconocía, la noción de que los niños fueran intrínsecamente "inocentes", un tema prominente en sus ensayos. La inocencia infantil era también "obvia" para los victorianos. Como siempre, lo obvio es una de las cosas que merecen un cuestionamiento más contundente. En realidad tales obviedades eran consecuencia de un sistema ideológico de creación de mitos que la generación de Freud socavará desde diversos ámbitos. Los mitos dan cohesión a una cultura, y la territorializan con preceptos y desequilibrios, pero hay que recordar que los mitos no son simplemente algo que se impone: el ser humano es un consumidor ávido de mitos, se siente perdido sin ellos y estructura vida, sociedad y política en torno a ellos. Hay que hacer un esfuerzo por entender lo incongruente que resultaba la visión freudiana con el mundo cotidiano que se aprehendía, en la mayoría de los entornos, a partir de las fábulas de la Biblia, de las que se deducían relaciones de poder y justicia.

La ciencia y el pensamiento pueden considerarse peligrosos cuando socavan los mitos que sustentan fantasías de equilibrio y permanencia. Y los Tres ensayos tuvieron una recepción entre fría y furiosamente hostil. La propuesta freudiana iba contra concepciones muy profundas. Llevó algunos años para que la comunidad científica se tomase las ideas sobre sexualidad infantil y "aberraciones" en serio y se consolidase la armadura del psicoanálisis como teoría sobre la naturaleza humana. Gradualmente, las ideas de Freud, inadmisibles para el pensamiento decimonónico, encontraron acomodo en las culturas occidentales. Desde los años cuarenta, esas ideas, o algunas de ellas, ya eran utilizadas, por ejemplo, por cineastas como Alfred Hitchcock, Douglas Sirk o Michelangelo Antonioni para planificar su puesta en escena y re-pensar, por ejemplo, el deseo y la mirada. En los años sesenta ideas como el inconsciente, el complejo de Edipo o el falo como tótem simbólico tenían tal difusión que nos tuvieron que recordar que, a veces, un cigarrillo era sólo un cigarrillo. Las ideas de Freud han sido re-leídas, apropiadas, matizadas, reconcebidas por numerosos autores desde hace más de cien años, pero algunos de sus principios básicos dominan hoy la visión del mundo de cada uno de nosotros aun sin conocer su procedencia o el escándalo que generaron.

Recordar todo esto es relevante, incluso urgente, cuando, de nuevo, la fluidez sexual, y en definitiva el propio significado de la sexualidad humana, se convierte en un campo de batalla. A quienes llevamos treinta años dialogando con lo que de manera simplista se llama en las ágoras virtuales "teoría queer" nos sorprende realmente la falta de ganas de aprender del pasado combinada con una intensa necesidad de vehemencia. A los vehementes de turno les sorprenderá que no hay una "teoría queer" que puedan blandir contra quienes no siguen sus mitologías sobre sexo y naturaleza. Que en realidad se trata de una serie de propuestas que nos permiten hablar de sexualidad de maneras que sean enriquecedoras y no restrictivas (la capacidad del ser humano para soportar un exceso de verdad sigue siendo tan limitada como en los tiempos de Freud o T. S. Eliot). Y si hemos de caracterizarla brevemente y sin perder perspectiva histórica podríamos considerarla como una lectura del trabajo freudiano que elude el discurso represivo que se la apropió durante décadas: se trata de hablar de identidades y deseos en términos de un amplio espectro de posiciones y de ver el complejo género-sexo tradicional simplemente como una versión muy limitadora, casi siempre opresiva, de esas posiciones. Las ideas básicas de las propuestas queer, le pese a quien le pese, son ya parte de nuestro tejido cultural. Son, incluso, "obvias".

Es aquí donde creo que hay que situar el discurso actual (pero nada nuevo) sobre fluidez de género y deseo. Vivimos en una era en la que muchos hemos llegado a asumir, sin que sea necesario hacer doctrina o escribir un tratado, que los géneros son fluidos y que, en los individuos, se dan como parte de un espectro. Estas ideas están en nuestro entorno: articulan novelas, narrativas audiovisuales, canciones, conversaciones de bar, relatos experienciales. La teoría queer simplemente sugiere que, una vez admitimos esto, podemos ir desarmando las micromitologías que asocian sexo y género. Esto no significa que el sexo no exista, que ser percibido de una u otra manera no haga surgir viejas mitologías de poder, que propongamos que se ha superado la desigualdad. Significa que si creemos en una sociedad abierta, libre, que contribuya al desarrollo de cada uno de nosotros, tenemos cierta responsabilidad de luchar contra las desigualdades que han generado esas mitologías. Esta actitud frente a una visión limitada no es, por otra parte, nada nuevo. Por ejemplo, la idea de una sexualidad basada simplemente en la procreación, tan obvia en el pasado, se antoja absurda a todos excepto a algunos exaltados. Hemos ido aceptando la disolución del complejo sexo-género con algunas resistencias (lo fijo es reconfortante) pero siempre para mejor. Sería absurdo, o requeriría explicaciones un tanto alambicadas, defender que en términos de sexo y género estamos peor que en 1905. Es parte de la (lenta) evolución de las cosas, es la respuesta a un mundo que, por mucho que nos duela, tiene que superar mitologías enraizadas en el pensamiento decimonónico.

Por otra parte, ¿es verdad que se está cambiando de manera fulminante y absoluta? El problema con "definirse" como "fluidos" es que se está cayendo en la trampa del lenguaje: uno se define como una ficción frente a categorías que son también ficciones inestables. Esto significa que es difícil evaluar lo que hay detrás de la mayor visibilidad de la fluidez entre los jóvenes. Definirse es entrar en el juego y las trampas del lenguaje. Como lingüista, creo que las palabras y los conceptos siempre nos preceden y a veces no son expresión de una realidad: que somos a partir del lenguaje que nos rodea. Los adolescentes se declaran fluidos, simplemente, porque pueden hacerlo. Porque, generación a generación, la idea de fluidez ha ganado camino frente a ideas que defendían lo contrario: posiblemente nos encontremos en el momento en que estas ideas han adquirido la masa crítica necesaria para su normalización (para que parezcan "obvias"). Porque, en definitiva, si a los victorianos les parecía "natural" que existieran dos sexos, hoy esa idea resulta menos creíble o menos aceptable, ciertamente defenderla a ultranza resulta regresivo. Que un chaval de catorce años asuma género o deseo fluido puede verse, en este sentido, como un logro de la evolución de las cosas, algo que nos hace congratularnos sobre el modo en que las ideas han generado un cambio de actitudes. Esas ideas, a su vez, no habrían sido posibles si desde el feminismo o el movimiento gay no se hubiera contribuido a socavar las definiciones de masculinidad y feminidad y su relación con el deseo.

La fluidez sexual no cancela automáticamente nociones de género. Especialmente para quienes hemos crecido en ellas. Pero puede que para nadie. Uno se declara fluido en un entorno en que existen dos polos: los polos siguen existiendo, siguen determinando el propio lugar y habrá que acostumbrarse a que, todavía, la mayoría de nosotros acabaremos más cercanos a los polos que en el centro. Ursula K. LeGuin, en su extraordinaria novela La mano izquierda de la oscuridad, sabe ver un mundo de géneros y sexualidades fluidas. Es posible que acabemos superando el género. Pero no lo demos por sentado. Las mitologías de género están profundamente arraigadas en nuestra cultura y no es descartable pensar que pueden ser parte de nuestro cableado como especie. Tampoco puede esperarse que todos acepten una desaparición absoluta del género sin inercias o resistencias. En este sentido, pensemos que nuestros mayores crecieron, sobre todo quienes procedían de entornos rurales, en un mundo pre-freudiano. Obligarles a aceptar sin ningún tipo de pedagogía o empatía la buena nueva no es que sea ridículo, es que no va a funcionar: el complejo sexo-género es tan natural para cierta generación como lo es la fluidez para la joven. Hay que saber establecer un diálogo respetuoso, empático, que no castigue errores, hay que saber aceptar la fuerza del prejuicio antes de desarmarlo. Es verdad que no todo el mundo se muestra muy capaz de hacerlo.

Del mismo modo que la toxicidad articula las posiciones que inisisten en la necesidad de mantener cierto complejo género-sexo-orientación, se filtra en posiciones que defienden lo contrario. Una de las estrategias más nocivas de los debates en las redes sociales es la que orbita en torno a una legitimación absoluta de la emoción, del sentimiento. La emoción es central a nuestra experiencia, pero no es útil para construir un diálogo con posiciones encontradas ni para convencer al adversario. Es contraproducente, sospecho, justificar la fluidez desde el hecho de que la gente "no se siente ni hombre ni mujer". La pedagogía queer no debe justificarse desde la emoción. Sus fundamentos deben estar en el pensamiento racional, en la ciencia, en la argumentación cuidadosa, meditada, que entieda que el otro es tan persona como nosotros. La pedagogía queer tiene, como consecuencia, que hacer que ciertos sentimientos no sean dañinos, fomentar emociones que nos hagan sentirnos menos atrapados por los viejos mitos. Los sentimientos son el resultado, no el punto de partida. El problema de basar toda justificación en lo que uno siente es que parece asumirse que las emociones son simplemente algo individual que surge de nuestra verdad más profunda. Lo contrario es cierto: las emociones sólo toman forma en el lenguaje y se expresan a partir de ideas y concepciones sobre el mundo. El hecho de que uno sienta algo no lo hace más legítimo (tampoco menos).

Existen otra posibilidades. La juventud siempre ha implicado experimentación y no debe sorprendernos la situación actual. Pero hemos de resistirnos a la idea de que la experimentación conduce a la identidad. La fluidez sexual, en su vertiente liberadora, puede verse como una aventura, un viaje que sería deseable no acabar nunca (aunque muchos lo acabarán de una u otra manera: no todos estamos capacitados para vivir siempre fluyendo). Hay gente fluida, hay gente que no lo es. Hay espacio para todos. Ignoro si esos individuos, a medida que la vida los desgaste, lograrán superar por completo los dos polos, masculino-femenino, que están en la base de la mayor parte de las culturas. Puede que sí. Puede que no. Recordemos que las diversas polarizaciones se están convirtiendo en retóricas centrales a nuestros intercambios culturales. Y hablar desde los extremos no conduce a ningún tipo de cambio positivo. Hay algo en nuestros cerebros que prefiere "ser" a "estar", que necesita urgentemente la identificación, la identidad, ser como otros en el grupo y esto acaba derivando en un nosotros/ ellos. El principal peligro de todo esto del joven fluido es que derive en una nueva identidad que le limite la visión ante la aventura del devenir. Nos corresponde decidir si queremos confirmarnos en nuestras emociones o ayudar a cambiar el mundo.

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Alberto Mira es escritor y profesor en la Oxford Brookes University.

 

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2 Comentarios
  • noencaja noencaja 28/07/21 15:31

    Excelente artículo. No obstante la fluidez puede ser una trampa, como la flexibilidad, la cual nos sitúa en ninguna parte, lugar idóneo para la docilidad más absoluta. No en vano la flexibilidad es la ideología de la empresa. Y en cambio la identidad puede ser auténtica rebeldía, autoposicionarse en un contexto hostil y castrante. Que se lo digan precisamente a los que desafían la sexualidad normativa. Ser fluido no tiene por qué significar ausencia de identidad. No deja de se ésta una forma de resiliencia. Ser es arrancarse al no-ser, puro estallido, pura oposición.

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  • Janfri Janfri 28/07/21 12:45

    Me ha gustado mucho el texto, aunque no creo que sea cierto que "las emociones sólo toman forma en el lenguaje y se expresan a partir de ideas y concepciones sobre el mundo". El arte muestra que los sentimientos a menudo no logran tomar forma en el lenguaje y se expresan mejor con la música, el baile o la pintura, artes, por cierto, más fluidas que el rígido lenguaje con sus estructuras jerárquicas, sujetos, objetos y géneros. Cuando el lenguaje expresa mejor el sentimiento es en la poesía, que se sirve de recursos musicales y plásticos y a menudo rompe las estructuras gramaticales, confunde los géneros y trata de suplir las carencias del lenguaje a la hora de expresar sentimientos. Claro está, cuanto más fluya, mejor.

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