X

Accede a todos los contenidos de infoLibre durante 15 días por 1. | El periodismo tiene un valor

infolibre Periodismo libre e independiente

¿Quiénes somos? Sociedad de Amigos
Buscador de la Hemeroteca

Hazte socio
Iniciar sesión Regístrate
INICIAR SESIÓN
¿Has olvidado
tu contraseña?
Secciones

Regístrate en infoLibre Comenta las noticias y recibe las últimas novedades sobre nosotros.

Gracias por registrarte en infoLibre Si además de comentar noticias quieres hacerte socio, sigue este enlace: Hazte socio
Formulario de Registro
¿Qué es Nombre público?

Es el nombre que se mostrará cuando hagas un comentario en infoLibre.es




La Grieta

El Parlamento de las Cosas

  • ¿Qué pasaría si compartiéramos nuestro poder político con cosas no humanas? ¿Y si los animales, plantas, objetos y tecnologías pudiesen representar sus propios intereses?
  • En esta nueva era, el hombre se enfrenta al reto del cambio climático. Necesitamos encontrar nuevas maneras de discutir la relación entre cultura y ecología

Kyrill Hartog (La Grieta) Publicada 05/07/2017 a las 06:00 Actualizada 05/07/2017 a las 14:21    
Facebook Twitter Mas Redes

Envíalo a un amigo Imprimir Comentarios 10

El Parlamento de las Cosas.

El Parlamento de las Cosas.

Juan Rayos

"[Este lugar] sabe que la gente es una marea que crece y que con el tiempo mengua, y que todos sus afanes se disuelven. (…) En cuanto a nosotros, debemos descentrar nuestras mentes de nosotros mismos; debemos inhumanizar un poco nuestra mirada, y tener la confianza de la roca y el océano de los que fuimos hechos" (Robinson Jeffers, Carmel Point).


¿Qué pasaría si compartiéramos nuestro poder político con cosas no humanas? ¿Y si los animales, plantas, objetos y tecnologías pudiesen representar sus propios intereses?

Bienvenidos al Antropoceno: por primera vez en la historia de este planeta, una especie —la humana— se ha convertido en la fuerza motriz del desarrollo del clima y la atmósfera de la Tierra. En esta nueva era, el hombre se enfrenta al reto del cambio climático —un híperproblema inmenso y profundo cuyas dimensiones difícilmente podemos llegar a comprender—. La única vía de escape pasa por actualizar nuestro pensamiento. Necesitamos, desesperadamente, encontrar nuevas maneras de discutir la relación entre cultura y ecología. Necesitamos un lugar de diálogo entre los animales, las plantas, las cosas y los humanos, un lugar de intereses encontrados e ideas en desarrollo para el futuro.

El Parlamento de las Cosas es ese lugar.


El origen bíblico de la división entre naturaleza y cultura

Es frecuente que el tema del cambio climático desemboque en una conversación un tanto banal sobre el reciclaje, el veganismo y el consumo de productos de comercio justo —una conversación que todos hemos mantenido demasiadas veces—. Estos nobles actos de caridad medioambiental son, sin duda, un avance, pero, ¿son suficientes para "salvarnos" de una crisis ecológica? Existe un fuerte argumento a favor de cambiar nuestro comportamiento de consumo. Después de todo, han sido el consumo excesivo y el capitalismo de casino lo que nos ha traído hasta aquí. Cortarle la cabeza a la bestia, por decirlo de alguna manera, podría resolver el problema.

Pero muchos dudan de que la solución esté dentro del sistema capitalista; no por el hecho de que reciclar, comer menos carne o ir en bicicleta al trabajo no contribuyan positivamente a mitigar el problema del calentamiento global, sino porque pueden no erradicar del todo un problema cuyas raíces se extienden hasta los orígenes del pensamiento occidental.  

Nuestra psicología colectiva se encuentra atrapada en las garras de la ilusión antropocéntrica descrita en el Génesis


En el Génesis, Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, separando nuestra especie del resto de sus creaciones. Es más, en la Biblia se llega a sugerir que la naturaleza no existiría, y no podría sobrevivir, si no fuera por el hombre:

"Cuando Dios el Señor hizo la tierra y los cielos, aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra, ni había brotado la hierba, porque Dios el Señor todavía no había hecho llover sobre la tierra ni existía el hombre para que la cultivara" (Génesis, 2:5).

Hoy nos gusta pensar que conocemos mejor la historia. Los científicos pueden calcular la edad de la Tierra; así lo han hecho con rocas, animales y plantas. Comparada a la Tierra, la humanidad no es nada más que una mota de polvo en el espectro de la historia, un recién nacido que ha sido sobrealimentado y mimado y al que le gusta tirar por todas partes sus juguetes caros en sus rabietas, amenazando con romper la frágil cuna que le fue construida durante miles de millones de años.

Pero a pesar de ser conscientes de ello, nuestra psicología colectiva se encuentra atrapada en las garras de la misma ilusión antropocéntrica descrita en el Génesis. Es una especie de psicosis que nos coloca a los humanos en el centro del universo como dueños de una Tierra imaginaria —y por extensión del resto del universo—. Esta Tierra es un territorio sin límites, con recursos inagotables deseando ser explotados y convertidos en activos y valores. La humanidad ha contratado una suscripción vitalicia a una serie en la que el homo economicus es el héroe y la naturaleza un observador pasivo, el actor de segunda con una sola frase en el guión.


El problema de la narrativa apocalíptica

En el actual debate sobre el cambio climático, una narrativa apocalíptica de la que todos somos cómplices nos distrae de la verdadera raíz del problema. Los científicos, por ejemplo, afirman que la sociedad tal y como la conocemos "colapsará". Simultáneamente, cada semana surgen libros con títulos como La venganza de la Tierra, La hora final, La próxima plaga, El año del diluvio y Cuenta atrás para el Apocalipsis; además de la producción en masa de apocalípticas películas sobre el fin del mundo de la que Hollywood es culpable año tras año. La guinda del pastel es la reciente declaración del papa Francisco de que "si destruimos la Creación, la Creación nos destruirá a nosotros", una ironía agridulce considerando las raíces bíblicas de la mentalidad que nos ha llevado a la actual crisis ecológica.

La narrativa apocalíptica nos disuade de asumir la responsabilidad moral y transformarla en acción política


Hablar en estos términos del calentamiento global no es solo exhaustivo; también es desacertado. La realidad del cambio climático no se presta a taquillazos. Como explica Naomi Klein en Esto lo cambia todo, el cambio climático no es un apocalipsis en potencia sino un proceso sutil de degradación, visible en el florecimiento temprano de una particular flor, el desvanecimiento de una placa de hielo en una lago o la llegada tardía de un ave migratoria. La narrativa de la catástrofe nos distrae y nos apacigua. Nos volvemos agentes sin poder, esperando con un placer perverso el Juicio Final.

Pero, ante todo, la narrativa apocalíptica nos disuade de asumir la responsabilidad moral y transformarla en acción política.


Hacia una nueva forma de representación política

"Hay momentos en los que se necesitan nuevas palabras para conformar una nueva asamblea. La tarea de nuestro predecesores no era menos abrumadora cuando concedieron mayores derechos a los ciudadanos o incorporaron a los trabajadores en la sociedad" (Bruno Latour, Nunca fuimos modernos).


Es el año 2017 y el líder de la primera economía del mundo es un escéptico del cambio climático. Si el mundo está dividido entre creyentes y negacionistas, los últimos parecen estar ganando terreno. En esta lucha, ¿hay una salida de la jaula de hierro? Si quisiéramos desarrollar una institución política para la ecología, una especie de Naciones Unidas para la Tierra, ¿cómo sería y quiénes serían sus representantes? Es precisamente esta pregunta la que inspira la creación del Parlamento de las Cosas, un ejercicio de empatía con los no humanos. ¿Es posible imaginarse la miseria de un pez, empatizar con el deseo de un río y prestar nuestra voz humana a las demandas de un bosque, de un maizal, de una piedra o de una cordillera, sin poner siempre nuestro propio interés por delante?

Esto puede sonar demasiado abstracto o incluso infantil. Pero mientras nos acercamos a un punto sin retorno en el camino hacia una crisis ecológica sin matices (algunos científicos afirman que hemos sobrepasado la barrera de los 400ppm de dióxido de carbono), merece la pena intentarlo.

Artistas, filósofos, arquitectos, escritores o abogados, entre muchos otros, están intentando conseguir lo imposible: superar —aunque sea por un breve instante— su subjetividad humana y experimentar lo que se siente al ser una entidad no humana. Algunos se transforman en objetos; otros desarrollan tecnologías para comunicarse con ellos. Algunos se antropomofizan, otros se deshumanizan.
 



La importancia de desarrollar empatía hacia los seres naturales no es nueva. Tampoco lo es la pelea por una mayor inclusión de entidades no humanas en ámbitos como el Derecho. En un ensayo publicado en 1972 bajo el título de ¿Deberían tener capacidad legal los árboles?, Chistopher D. Stone argumentaba que, si se les garantizan derechos a las corporaciones, los objetos naturales, tal y como las plantas, también deberían tenerlos. Stone defendía que la adopción de los derechos de las plantas debería ser, pues, el siguiente paso lógico de una serie de avances, tanto morales como legales, en áreas como los derechos de los niños, la igualdad de género, la libertad de expresión y de religión, etc.

Por su parte, Matthew Hall toma una posición similar: mientras no apela directamente al aspecto legal, afirma que las plantas deberían ser una parte intrínseca de la moral humana. Su tratado Plantas como personas: una botánica filosófica sintetiza los antecedentes morales de las plantas en la filosofía occidental y los contrasta con otras tradiciones —incluyendo varias culturas indígenas, que no distinguen tan fuertemente entre plantas y personasen las que las plantas son consideradas seres inteligentes merecedoras de atención y respeto. Curiosamente, la principal justificación de Hall de la necesidad de tratar a las plantas con esta consideración ética se basa en los principios de la neurobiología relativos a estas. Existe una rama de la neurociencia que considera a las plantas como organismos autónomos y perceptivos capaces de desarrollar comportamientos complejos y adaptativos y hasta de ser conscientes de sí mismos.

En este intento de cambio de paradigma, es en el ámbito del Derecho donde se han llevado a cabo los mayores esfuerzos por llevar a la práctica estas reflexiones. Las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial fomentaron la expansión de la solidaridad y la empatía más allá de las fronteras nacionales. El derecho interno fue desplazado por el derecho internacional, basado en los principios universales de la humanidad. La actual crisis climática y la pérdida de biodiversidad podría conllevar una expansión similar, de los derechos humanos universales a los derechos planetarios universales. En los últimos años, diferentes iniciativas se han mantenido fieles a esta idea, estableciendo una serie de precedentes jurídicos de para garantizar los derechos de entidades no humanas.


Madre Tierra: los derechos de la Pachamama

"El desarrollo occidental ha generado una herida mortal en nuestra Pachamama [Madre Tierra]" ( David Choquehuanca, ex-Ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia, 2009).

Bolivia está a la cabeza de una rara forma de acción contra el cambio climático. Bajo el liderazgo del icónico e inconformista presidente Evo Morales, la nación ha establecido once nuevos derechos de la naturaleza. Estos incluyen: el derecho a la vida y a existir, el derecho a la regeneración de su biocapacidad y continuación de sus ciclos y procesos vitales libres de alteraciones humanas, los derechos al agua como fuente de vida y al aire limpio, el derecho a la salud integral, el derecho a estar libre de contaminación y el derecho a no ser alterada genéticamente y modificada en su estructura amenazando su integridad o funcionamiento vital y saludable.

Como parte de una reforma integral del sistema legal bolivariano tras el cambio de constitución de 2009, la ley ha sido fuertemente influida por la noción de la Pachamama (Madre Tierra), considerada como el núcleo de una visión del mundo compartida por los pueblos indígenas de los Andes Centrales de América del Sur que sitúa al medio ambiente como centro de la vida. Los humanos, por tanto, son considerados como iguales al resto de los seres en una totalidad natural integral. A la lucha de Bolivia se le suma Ecuador, donde los grupos indígenas tienen también una fuerte presencia. Ecuador fue el primer país del mundo que dio a la naturaleza "el derecho de existir, persistir, mantener y regenerar sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos" en el cambio de constitución de 2008.

Si algo han demostrado Bolivia y Ecuador es una disposición firme de decir basta ante una globalización económica que ha forzado a tantas naciones a traicionar sus principios básicos


Ante ambos esfuerzos, los escépticos señalan la inutilidad de estas leyes cuando se toma en consideración la fuerte dependencia de ambos países con las industrias extractivas. Bolivia recauda 500 millones de dólares al año de la minería, una industria que supone cerca de un tercio de la divisa extranjera del país. De igual manera, la ley ecuatoriana ha sido criticada por ser demasiado abstracta e incapaz de contener las actividades de las compañías petroleras, que están destruyendo muchas de las partes con mayor biodiversidad de la Amazonia.

Pero, ¿es justo desestimar completamente estos esfuerzos de preservar y proteger la naturaleza? Incluso si estos recursos legales demuestran ser inútiles para frenar la explotación y todo lo que queda es su reclamo poético, ¿no serían valiosas en sí mismas? Después de todo, estas acciones evidencian una tendencia que involucra a sociedades enteras en el proceso de repensar su relación con la naturaleza. Si bien es cierto que —como tantos otros países en proceso de desarrollo industrial— Bolivia y Ecuador han soportado las demandas de la feroz economía global gracias, en gran parte, a la explotación de recursos naturales y su exportación, la capacidad de elegir es un factor importante en esta discusión. Si algo han demostrado Bolivia y Ecuador es una disposición firme de decir basta ante una globalización económica que ha forzado a tantas naciones a traicionar sus principios básicos. En lugar de criticar estas iniciativas por su falta de realismo, puede que muchas economías avanzadas lo fueran mucho más si defendiesen también una cosmovisión que destrona al hombre en favor de la Tierra.


El Río, el Árbol y el Mono

El río Whanganui, en la isla norte de Nueva Zelanda, adquirió en 2012 el estatus de persona jurídica. Tiene dos tutores legales: uno representando al Estado y otro, al pueblo maorí. Otro ejemplo: un roble blanco en Georgia, EEUU, conocido coloquialmente como El Árbol Que Se Pertenece A Sí Mismo debido al hecho de que posee propiedad legal sobre sí mismo y sobre toda la tierra en un radio de 2,4 metros. O el caso de Sandra, una orangután de 29 años, declarada por un juzgado argentino como una "persona no humana (…) injustamente mantenida en cautiverio", un veredicto que podría suponer un verdadero hito en el debate sobre los derechos de los primates y otras especies animales inteligentes.

Estos ejemplos no pretenden ser una recopilación exhaustiva; es más, son tan solo una fracción minúscula de las voces que deberían estar presentes en un Parlamento de las Cosas realmente representativo. Pero, en cualquier caso, pueden ofrecer una panorámica de la realidad que este ejercicio imaginario —y, a no ser que la tecnología avance significativamente en el futuro cercano, este seguirá siendo un ejercicio abstractosupondría para los participantes/representantes humanos. Desde un punto de vista teórico, tiene sentido desafiar la interpretación antropocéntrica de la división entre cultura y naturaleza. Desde la perspectiva práctica, la creación de una ONU para la naturaleza parece alejada de la realidad. El Parlamento de las Cosas es por tanto de mayor utilidad cuando es imaginado como una construcción mental, en vez de como un edificio físico.

Cualquier intento de participar en la vida política real derivaría, inevitablemente, en sesgos antropomórficos; pero la aproximación generada cuando los humanos se fuerzan a pensar desde la perspectiva de los animales y las cosas genera, al menos, empatía y entendimiento.

Esto es todo lo que podemos esperar, pero ya es un gran paso.
 

*Kyrill Hartog es escritor, consultor de comunicación y editor de Are We Europe.


Este artículo pertenece a la publicación Devenir mundo, una colección autoeditada por La Grieta. Ejemplares disponibles escribiendo a editorial@lagrietaonline.com. Una versión del artículo en inglés puede encontrarse en el último número de Are We Europe.

Lee este artículo en La Grieta
 

La grieta


Hazte socio de infolibre



10 Comentarios
  • Galeno1 Galeno1 22/07/17 19:16

    "António Lobo Antunes: “Escribo procurando decir lo que el libro espera de mí”"

    https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2017/07/24/antonio_lobo_antunes_escribo_procurando_decir_que_libro_espera_mi_67694_1026.html

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    0

  • Galeno1 Galeno1 12/07/17 14:51

    Málaga 28 a 30 de setiembre de 2012:

    https://www.youtube.com/watch?v=RKC2X0AuCAU&feature=youtu.be&t=314

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    0

  • Galeno1 Galeno1 12/07/17 14:51

    Málaga 28 a 30 de setiembre de 2012:

    https://www.youtube.com/watch?v=RKC2X0AuCAU&feature=youtu.be&t=314

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    0

  • jorgeplaza jorgeplaza 05/07/17 09:47

    Confieso que no consigo entender una palabra de este tipo de artículos. Por si a alguien le interesa, conviene recordar que seguir vivo supone que otros seres, animados o no, de esos a los que hay que "empoderar" según la autora, dejarán de estarlo. Aunque fuera posible alimentarnos exclusivamente de lechuguitas (o de quinoa, que está más de moda) sería la lechuga o nosotros. Peor aún, porque si nosotros nos comemos la lechuga, no se la comerán las innumerables larvas de insectos (o, ya puestos, los rumiantes que por allí pasaran) que de la lechuguita podrían alimentarse de no fuera por nuestra obstinación en comer a diario (aunque no sea más que lechuga). Además, el suelo en que cultiváramos las lechugas sería suelo en que no crecerían otras cosas: la existencia de las lechugas niega la del pino o las plantas forrajeras o los dientes de león o las plantas carnívoras o lo que fuera que hubiera crecido allí. Estar vivo equivale a que otros seres no lo estén, por muchas lagrimitas que tan áspera verdad pueda hacer verter a las almas sensibles.

    Responder

    Denunciar comentario

    Ocultar 5 Respuestas

    1

    0

    • Galeno1 Galeno1 05/07/17 18:27

      En esencia, se trata de ser "socialmente" responsables, incluyendo en ese "socialmente" a la naturaleza (ciencias naturales) que nos rodea, para que sea sostenible tanto la sociedad como el entorno (la casa) en la cual vive.

      Parece el inicio de una nueva "ciencia".

      Algo nuevo, como fue la Ecología en los años sesenta del siglo pasado. En esos años, a finales de esa década de los sesenta, el libro de texto de quinto de bachillerato de la asignatura de Biología (Ciencias Naturales) tenía un capítulo llamado Ecología, que solamente era medio folio, donde se definía que la Ecología era una materia que trataba de la flora y la fauna. No se decía más, porque era algo nuevo y desconocido. ¿No se mencionaba al mundo mineral? ni al mar en si mismo como tal mar, ni al agua, ni al aire. Se pensaba que el mar lo aguantaba todo. Se decía que el mar era eterno como tal.

      Habría que inventar una palabra para esta nueva "ciencia" al igual que se inventó la palabra Ecología para designar a la ciencia que hoy sabemos perfectamente de que trata, y antes (ayer como quien dice) no lo sabíamos.

      Saludos cordiales.

      Responder

      Denunciar comentario

      1

      1

    • Galeno1 Galeno1 05/07/17 17:18

      En cambio, mi interpretación del artículo, va en la línea de la filosofía perenne. En la línea por ejemplo de Francisco de Asís y su hermano sol, hermano Luna, o en la línea de los indios del amazonas que defienden sus árboles. No es que no se sirvan de la naturaleza para vivir, es considerar también al entorno como algo de tú a tú. El articulista dice que no se trata de veganismo o comercio justo (dice que eso son actos nobles, pero son como la caridad)

      Saludos cordiales

      Responder

      Denunciar comentario

      Ocultar 3 Respuestas

      1

      1

      • Galeno1 Galeno1 05/07/17 17:31

        La interpretación se la doy en ese sentido que apunto arriba, teniendo en cuenta el epígrafe, que, en este caso de comprehensión difícil, por sonar lo expuesto "demasiado abstracto o incluso infantil" el epígrafe, como tal epígrafe que es, debe de expresar la idea general que se quiere transmitir con el cuerpo del texto.

        Responder

        Denunciar comentario

        Ocultar 2 Respuestas

        1

        1

        • Galeno1 Galeno1 05/07/17 17:47

          Este es el epígrafe:

          ""[Este lugar] sabe que la gente es una marea que crece y que con el tiempo mengua, y que todos sus afanes se disuelven. (…) En cuanto a nosotros, debemos descentrar nuestras mentes de nosotros mismos; debemos inhumanizar un poco nuestra mirada, y tener la confianza de la roca y el océano de los que fuimos hechos" (Robinson Jeffers, Carmel Point)."

          Responder

          Denunciar comentario

          Ocultar 1 Respuestas

          1

          1

          • Galeno1 Galeno1 05/07/17 18:35

            Para mi, la clave del epígrafe, es esto:

            - "debemos descentrar nuestras mentes de nosotros mismos"

            Responder

            Denunciar comentario

            1

            1

  • Bacante Bacante 05/07/17 09:21

    No se agoten de bombardearnos con información y opinión en este sentido.  

    Es el reto más urgente al que nos enfrentamos. 

    Responder

    Denunciar comentario

    0

    3

Lo más...
 
Opinión
Oferta anticrisis
 
Sociedad de amigos

Ya puedes ser accionista de infoLibre

Cargando...
Cualquier ciudadana o ciudadano interesado en sostener un periodismo independiente como garantía democrática puede participar en la propiedad de infoLibre a través de la Sociedad de Amigos de infoLibre.
facebookLibre