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Supervivientes de abusos infantiles animan a las víctimas a vencer los miedos del confinamiento: "Hay que pedir ayuda"

  • Gloria Viseras, Alexandra Membrive, Amelia Montes y Cristina Gómez hablan con infoLibre sobre sus experiencias y apelan a las víctimas de abuso en la infancia para salir adelante durante el aislamiento
  • Recuerdan que los jóvenes que sufren violencia en sus hogares cuentan con recursos disponibles pero reclaman más campañas de información para ellos
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Publicada el 19/04/2020 a las 06:00 Actualizada el 20/04/2020 a las 10:26
Gloria Viseras, Alexandra Membrive, Amelia Montes y Cristina Gómez, supervivientes de abusos en la infancia.

Gloria Viseras, Alexandra Membrive, Amelia Montes y Cristina Gómez, supervivientes de abusos en la infancia.

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Confinamiento no significa seguridad para todo el mundo. Hay quien tiene al enemigo en casa y hay quien es incapaz de lidiar con los traumas que se hacen más fuertes cuando la salud mental flaquea. Son las víctimas de abusos sexuales en la infancia. En una inmensa mayoría de los casos, el agresor es de su propia sangre. En los que no, la herida que deja la violencia en su bienestar es profunda y no siempre resulta visible para su entorno más próximo. El confinamiento afecta de manera evidente a los jóvenes que han sufrido o sufren abusos, pero también a los supervivientes adultos que han llegado a reconocerse como víctimas.

Alexandra Membrive sufrió abusos con siete años. Aunque matiza: es la edad que recuerda como clave, pero está segura de que los abusos empezaron antes. Alexandra se inclina por no decir quién fue su agresor, para no darle espacio. Pero sí cuenta que fue un agresor cercano y que él era menor de edad. "El 30% de las agresiones suceden entre menores de edad", cuenta al otro lado del teléfono.

Ella se reconoció como víctima, más bien superviviente, a los 33 años. "El cerebro es una máquina preciosa", cuenta. En su caso, la máquina le fue concediendo pequeños recuerdos en forma de flash, las piezas de un puzzle que terminó de completar siendo adulta. "Esos recuerdos van llegando una vez empiezas a estar preparada para sanarte, te va enseñando trocitos hasta que llega un momento en que explotas y te dices que ya no puedes soportar ese peso desde el silencio". Se hizo consciente, relata, se lo transmitió a su pareja y no fue hasta nueve meses después que dio el paso de compartirlo con su madre. "Sólo un 10% recibimos apoyo de la familia", recalca y celebra estar en ese porcentaje.

Alexandra tiene todas las cifras en la cabeza porque preside la Asociación El Mundo de los ASI, contra el abuso sexual en la infancia. "Hasta el día que me muera voy a luchar contra el abuso sexual infantil", promete.

La historia de Gloria Viseras es algo distinta y ha ocupado titulares desde hace años. Ella fue víctima de abusos sexuales en el entorno del equipo nacional de gimnasia artística a finales de los setenta. Su agresor era además su máximo referente: su entrenador. Pero el abuso no salió de lo privado hasta mucho después. "Denuncié en el año 2012, antes de movimientos como el MeToo", dice a este diario. Tras un proceso judicial que se extendió por años, la exgimnasta ganó la batalla. Desde entonces colabora con asociaciones a nivel internacional y, en suelo estatal, con el Consejo Superior de Deportes, para prevenir la violencia en este ámbito.

Un terreno que, comenta la propia Gloria, es muy similar al familiar. "Los entornos deportivos, sobre todo los de alto rendimiento, se parecen mucho a los familiares", describe, porque prima allí "una figura de referencia, de poder", que el caso deportivo "es tu entrenador". Por eso, relata, "es muy fácil que ocurra" el abuso.

Enseñar a pedir ayuda

A priori, explica Gloria, este tipo de abuso tendría menos efecto durante el confinamiento. Pero ocurre que si el menor ya ha sido víctima, le queda todo un proceso por recorrer que experimentará etapas muy diversas. "Es muy difícil que lo transmita, la mayoría no lo cuenta", sostiene y recuerda las herramientas a su disposición, como el teléfono de la Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR). Los más jóvenes, advierte la exgimnasta, "no saben que tienen recursos", por lo que es importante insistir en ello constantemente.

Los teléfonos de ayuda son clave si el abuso se produce en las paredes del propio hogar. "Si la gran mayoría de abusos son intrafamiliares, los agresores están en casa y ahora están más horas", recuerda Alexandra. La persona agresora, perfila, "sabe manipular bien y se las ingeniará para poder llegar a la víctima". Además, cuando se produce una agresión es "porque hay una frustración previa, que ahora es latente por el confinamiento". La salida, de nuevo, suele pasar por el impulso de campañas, porque los más pequeños "no saben a dónde ir". Actualmente, lamenta Alexandra, "no les estamos enseñando a pedir ayuda".

El confinamiento como superviviente

Las consecuencias del abuso infantil no son inmediatas y su cicatrización es pausada. "Muchas veces se calla y no se cuenta, se queda en la memoria", explica Alexandra. El confinamiento es, reflexiona, un instrumento excepcional que sin embargo reproduce con asombrosa exactitud el estado permanente de quienes han pasado por abusos en la infancia. "La soledad, estar encarcelada, no poder abrazar a las personas ni pedir ayuda", cita Alexandra.

Amelia Montes se detiene en todas las emociones que afloran con el aislamiento. Lo hace desde la experiencia. Ella sufrió abusos "desde que era un bebé hasta los trece años" por parte de su padre y otro familiar. Empezó a ser consciente hace aproximadamente diez años, cuando su agresor falleció. Ahí comenzó a trabajar su historia: "Empiezas a entender por qué te pasan cosas y luego empiezas a trabajar", dice a sus 53 años.

Pone el foco en el trabajo de las personas supervivientes. Amelia es miembro también de la asociación y gestiona un foro (ForoGam) donde comparten sus historias. "A través del foro lo que percibo es que están mucho alerta, es una situación que recuerda a cuando éramos niños", describe, cuando "estábamos muy pendientes de lo que pasaba alrededor". El confinamiento significa para muchos revivir experiencias. "Todo lo que implica estar atento a tu alrededor, a la higiene personal, a las relaciones con la gente", agrega Amelia, guarda especial similitud con las vivencias traumáticas de las víctimas. "Cuando eras niño, tenías miedo a que te tocaran y a tocar tú a los demás", comenta, por lo que vuelven a aflorar "los mismos miedos y precauciones".

Cristina Gómez relata tímidamente su experiencia. No quiere convertirse en protagonista, pero sí entiende su historia como un vector para conectar otras muchas. Sufrió abusos en la infancia, por parte de un cura de la escuela a la que asistía, pero fuera del centro educativo. "En mi caso no tuve amnesia, pero sí que lo he ido trabajando poco a poco, por el camino del autoconocimiento y el crecimiento personal". Cristina es además psicóloga, una disciplina que fue su "primera motivación" para investigarse a sí misma y para "ayudar a otras personas con experiencias parecidas". Lo hace actualmente compartiendo asociación con Amelia y Alexandra.

El confinamiento, coincide, degenera en toda una situación de "estrés y ansiedad que puede despertar esos recuerdos", tanto de manera visual, mediante imágenes, como a través de sensaciones físicas, somatizando todo lo que esto despierta. Las personas supervivientes "pueden sentirse más vulnerables, desprotegidas o no saber cómo actuar" y todo ello puede "potenciar una sensación de impotencia, aislamiento, retraimiento", que recuerda mucho a los abusos. También Cristina habla de un "nivel de alerta" mucho más intenso, que se ve además alimentado por la incertidumbre. "Se magnifican todos nuestros miedos", retrata.

Autocuidados

A Cristina no le faltan consejos para las personas supervivientes que estén transitando esta situación de confinamiento. "Todo aquello que te conecte con la vida", sostiene, como receta para aminorar las secuelas. No se trata de grandes fórmulas, sino de gestos más cotidianos: "Tomar un baño, escuchar música, bailar, dibujar, hacer aquello que te apasiona". Cristina es partidaria, en ese sentido, de la meditación como vía de sanación. Es importante "buscar un espacio donde esa persona se sienta cómoda y segura de toda la casa", explica. Allí, aconseja iniciar una suerte de ritual –aproximadamente de unos 20 minutos– que le conecte con su interior. "Cerrar los ojos, atender todo lo que pueda a la respiración y a su ritmo natural", dice al otro lado del teléfono. "Si vienen pensamientos o emociones, dejarlos fluir y volver a centrarse en la respiración", guía. Defiende las técnicas de relajación porque "empoderan a la persona, son recursos internos que no dependen de nadie más". Al final, resume, todo forma parte del "autoconocimiento y el autocuidado".

Sobre los cuidados habla también Gloria. Ella señala a la edad adulta como momento clave para empezar a ser consciente del abuso. "Lo he sabido siempre, pero no lo pude contar hasta los 47 años", relata y pone en valor la "fuerza y apoyo" de sus compañeras. El proceso hasta llegar ahí no fue fácil. Su estrategia, comparte, era siempre "estar muy ocupada y con mucha actividad para no poder pensar", un extremo que el confinamiento hace casi imposible. Pero lo principal, insiste, es pedir ayuda y "cuidarse emocionalmente".

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