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Violencia machista

Vivir en una casa para víctimas de violencia machista en medio de una pandemia: "No te podías abrazar, pero sabías que las demás mujeres estaban ahí"

  • A.L. pasó el confinamiento con su maltratador, Julia llegó a un centro de emergencia para víctimas dos semanas antes de que se decretara el estado de alarma, Antía termina su proceso de sanación después de dos años y Belén rehace su vida tras salir de la red de acogida
  • Los recursos residenciales, formados por centros de emergencia, casas de acogida y pisos tutelados, tienen como objetivo ofrecer una salida a las víctimas para construir su independencia y romper con la violencia
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Publicada el 10/01/2021 a las 06:00
Manifiestación del 8M en Santa Cruz de Tenerife.

Manifiestación del 8M en Santa Cruz de Tenerife.

EFE.

En marzo de 2020, el anuncio de un estado de alarma insólito en el país obligó a la ciudadanía a echar el cerrojo de sus casas e integrar en su vocabulario un nuevo concepto: confinamiento domiciliario. Algunas voces se preguntaron entonces qué pasaría con las personas más vulnerables, especialmente las mujeres víctimas de violencia de género que deberían convivir con sus maltratadores o aquellas que estaban en un proceso de ruptura con la violencia. Han pasado diez meses y muchas de esas mujeres han encontrado refugio en los recursos dispuestos para acompañarlas hacia una nueva vida: la red de acogida. ¿Cómo ha sido el año, marcado por la pandemia y las restricciones, para ellas?

A.L. denunció a su agresor en mayo. Con tres niños pequeños a su cargo, la mujer de 49 años tuvo que pasar por el confinamiento junto al hombre que la maltrataba. "Fue terrible, la pandemia empeoró todas las situaciones de violencia", dice al otro lado del teléfono. Hasta que reunió las fuerzas necesarias para presentar una denuncia, cargó sobre sus espaldas con una situación permanente de "muchísimo miedo" porque "lo primero que hacen estas personas es quebrantar el espíritu". Sus niños "son hijos de la violencia", así que el reto es doble: "Hay que trabajar mucho para que ellos no repitan esa violencia, un miedo que tenemos las madres".

Ella dio el paso de acudir a las autoridades, pero "la violencia no termina sólo cuando denuncias", sino que al proceso le sigue "un duro camino". Ese camino le llevó a las puertas de un recurso de acogida para mujeres víctimas de violencia de género. Primero en un centro de emergencia y después en un piso de semiautonomía, donde reside actualmente con sus tres hijos pequeños. "Fue bastante difícil tomar la decisión porque hay muchos miedos", relata la superviviente. A su situación se le añade el lastre de ser extranjera en situación irregular. "No conoces las leyes, no estás en tu país, te cuesta mucho la denuncia… pero el instinto de conservación y de proteger a tus hijos te anima".

En el centro y en el piso encontró "la atención de profesionales y otras mujeres que están ahí acompañando". También en medio de una pandemia: "Con el covid no te podías abrazar, pero sabías que estaban ahí las 24 horas". A.L. reconoce que el impulso desde el recurso de acogida superó sus expectativas: "No tenía ni idea de que podía ser de esta manera, soy una persona inmensamente agradecida". La mujer define su situación como "el paso previo a volver a la normalidad: estás en una oscuridad espantosa y esto es la luz en el camino". El apoyo, dice, ha sido diario y se ha gestionado a través de teléfonos de guardia, atención psicológica constante y resolviendo cualquier escollo por la vía digital, durante los momentos más duros de la crisis sanitaria.

"Ni mis hijos ni yo somos las mismas personas que cuando llegamos, las que fuimos alguna vez. Nos estamos nutriendo desde otro lado y estoy muy orgullosa de que mis hijos vean que se puede vivir sin la violencia". Al otro lado del teléfono, su voz se quiebra, evidencia lo profundo de la herida y el tiempo que todavía resta para sanar. Pero esa misma voz muestra la determinación de una mujer decidida a romper con la violencia: "Esto es un tropiezo, no una caída. Ha formado parte de nuestras vidas pero vamos a salir adelante. Vine a darle un futuro a mis hijos, estas personas me lo están brindando y aquí estoy. No es fácil, pero tampoco es imposible".

Julia tiene 24 años y hace tres que llegó a España. Su vida echa raíces en una casa de acogida, su primera vez en un centro de estas características. Pisó sus instalaciones a finales de febrero, a dos semanas de que comenzase el confinamiento y con unas "expectativas de rehacer la vida" que la pandemia echó por tierra. Con dos niños pequeños en brazos, difícilmente se imaginaba lo que vendría. Requirió, dice en conversación con este diario, de todos los servicios que la red de acogida le ofreció. Y aunque se reconoce "asustada por la pandemia", también se encuentra decidida a "comenzar una vida de cero". Los meses de confinamiento, sin el frenético transcurrir de las rutinas, sembraron muchas dudas: "Dudas de si podré continuar y dudas de volver a mi país. Fue bastante difícil".

Julia reconoce que no solo la ayuda profesional fue determinante, sino también la convivencia con otras mujeres. "Son mujeres con experiencias similares, cercanas y atentas" que demostraron el valor del acompañamiento y el apoyo mutuo. Mientras rememora su experiencia, su cabeza acelera hacia los planes de futuro: "Armar un currículum, buscar trabajo en varias ciudades, poder cogerme un piso, tener mis ahorros, plantearme una carrera y seguir adelante con mis niños".

Después de dos años en la red de acogida, Antía trabaja su independencia en un piso tutelado. Llegó a los recursos en 2018 y ha ido evolucionando hasta asentarse en un apartamento, hace algo más de un año. Durante la pandemia, describe, la incertidumbre era total: "No sabías qué iba a pasar, pero el apoyo ha sido incluso mayor". Ella es completamente autónoma: trabaja cuidando a personas mayores, así que cargó con el peso de los meses más duros de la crisis sanitaria. Desconoce el tiempo exacto que le queda en el piso, pero aspira a ahorrar lo suficiente para poder comprar una casa propia donde quedarse. Mientras, el año marcado por el covid-19 ha sido para ella un año protagonizado por las trabajadoras y su atención: "Están siempre el mayor tiempo posible, preocupándose por nosotras, han sido un apoyo fundamental".

Belén entró en la red de acogida en abril y salió en noviembre. No era la primera vez que los recursos le servían de ayuda, "ya había estado otra vez anterior en otra casa, sabía perfectamente a dónde acudir cuando tenía problemas", explica. Tras pasar los momentos más duros del confinamiento con su maltratador, decidió dejar de soportar la violencia. Ella y sus tres hijos menores llamaron al centro de emergencia y comenzaron el proceso. La pandemia, reflexiona, "fue tan complicada como para todo el mundo", pero las mujeres han estado "muy bien cuidadas".

A sus 51 años, Belén está acostumbrada a trabajar. Para ella, labrar una independencia no ha sido tan costoso, pero reconoce que la violencia logró sepultarla. "Siempre he estado acostumbrada a trabajar, pero llegó un momento en que sí había más dependencia, empecé a quedarme en el hogar sólo para ocuparme de los niños y la casa". En el centro de acogida, el trabajo de las psicólogas, las trabajadoras sociales y las abogadas sirvió para abrir puertas. "Tenemos el camino cerrado, nos da miedo". A Belén le salió un trabajo y a raíz de ello decidió que "era el momento de dar el paso adelante". Ahora tiene una casa propia, vive de manera independiente con sus tres hijos y durante un año los responsables de acogida mantendrán un seguimiento de su evolución, para prestarle ayuda siempre que la requiera. Trabaja en el servicio de limpieza de un hospital, en una sala covid, por lo que conoce bien los peligros de la pandemia.

"Pasar el trago juntas"

Con pequeñas variaciones territoriales, el esquema general en la red de acogida es similar. El primer estamento lo forman los centros de emergencia, con horarios delimitados y un seguimiento más estricto, donde las mujeres acuden enseguida y donde permanecen una o dos semanas. A partir de ahí, las víctimas suelen pasar a casas de acogida, con un margen más amplio para desarrollar una vida autónoma y planes individualizados que determinan también el tiempo de estancia, entre seis y doce meses. En los pisos tutelados las mujeres y sus hijos están solos y empiezan a asumir algunos gastos. Suelen estar también un tiempo mínimo de seis meses, prorrogable un año en función de las circunstancias.

El número de plazas varía en cada comunidad. En Cataluña existen 206, gestionadas por el Departament de Treball, Afers Socials i Families: 50 se corresponden a las casas de acogida o Servicio de Acogida y Recuperación (SAR) y las 156 restantes a los pisos, oficialmente Serveis Substitutoris de la Llar (SSLL). Las plazas de este último recurso se han cuadruplicado en lo que va de año. En Andalucía, hasta finales de noviembre los recursos de acogida del Instituto Andaluz de la Mujer cobijaban a 162 mujeres y 158 menores en el conjunto de los tres niveles. Desde el inicio del año han sido atendidas 1.180 mujeres y 951 menores. En Madrid, la cifra asciende a 3.200 mujeres y menores atendidos en los centros residenciales y no residenciales en lo que va de año. Existen en la comunidad cinco centros de emergencia, cuatro centros de acogida y ocho pisos tutelados.

En Navarra, el centro de emergencias y la casa de acogida cuentan con doce plazas cada uno, mientras que existen cinco pisos habitados normalmente por una o dos unidades familiares. En la comunidad f0ral, la pandemia no condujo a un aumento de los ingresos, pero sí "dificultó muchísimo la salida", así que se habilitó otro espacio "para ocupar en dos o tres meses, dividir el número de personas y ampliar el personal". Lo explica Olga Garroto, coordinadora de los recursos de acogida a mujeres víctimas de violencia de género del Gobierno de Navarra. Habitualmente, cuando existe sobreocupación, la red de acogida suele hacer uso de hoteles, pero el estado de alarma lo impidió. Respecto a la intervención, la coordinadora de la red señala que "fue más intensiva" y sobre todo tuvo que reinventarse para mantener una atención constante, clave para el acompañamiento de las mujeres.

Sobre eso mismo habla Macarena Vázquez, psicóloga en la red madrileña. En el caso de la Comunidad de Madrid, la psicóloga sí percibe que la red estaba "sumamente saturada", así que también se crearon fórmulas intermedias, como un piso de semiautonomía que ha llegado para quedarse. En este recurso trabaja actualmente la psicóloga, especialmente en la independencia de las víctimas. "Cuando dejas tu barrio, familia, amistades, lo complicado es subsistir por ti misma" y cuando una mujer entra en un piso es "un cambio para ella y para sus niños". Como estas mujeres ya han pasado previamente por centros de emergencia y casas de acogida, la tarea ahora es lograr que "se sientan más empoderadas y recuperen la confianza". La psicóloga se encarga de trabajar con las supervivientes "su historia de violencia, la relación con sus hijos, su autoestima y cualquier tipo de secuela" siempre con el objetivo de que "ellas aprendan a ir gestionándolo".

Hacerlo con una pandemia como telón de fondo "fue un reto a todos los niveles". Las mujeres apenas salían de sus respectivos pisos y la atención pasó a ser eminentemente telemática. "No es lo mismo pasar un confinamiento en tu hogar que estar en un sitio diferente, a veces con gente desconocida", relata la psicóloga. Supuso un "esfuerzo enorme" pero las mujeres "aprendieron a pasar ese trago juntas" y las trabajadoras supieron "transmitir todo el apoyo, el cariño, el ánimo y gestionar el miedo ante la incertidumbre".

Niní Balaguer, directora de un piso tutelado (SSLL) en Cataluña, lo ratifica. Ella trabaja con mujeres que "están terminando de hacer el proceso de recuperación, pero tienen un grado de autonomía pleno". Su balance del año es agridulce: ha sido duro, reconoce, pero también se han recogido victorias. "Para ellas ha sido durísimo, cada una cargaba con su propia mochila y sus dificultades", por lo que han soportado una "presión emocional" importante. Sin embargo, dice en entrevista con este diario, "hay que hablar muy en positivo de la capacidad adaptativa de tirar para adelante" de las mujeres. En cuanto a las dinámicas de trabajo, al tratarse de un servicio esencial, el equipo trató de organizarse para trabajar telemáticamente sin renunciar a la presencialidad: "Necesitábamos estar con ellas, compartir sus angustias, poder estar allí". Las trabajadoras organizaron los horarios para que una de ellas acudiera al piso cada día, estar con las mujeres, llevarles productos de primera necesidad y mantener el contacto, intensificando siempre la atención telefónica y telemática.

Hoy las trabajadoras hablan desde la experiencia de haber sabido sortear las barreras, pero todos sus elogios van para las mujeres que han dado el paso de salir de la violencia: "Han demostrado muchísima fuerza. Ha sido duro, pero ha merecido la pena".

 

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